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El Monopoly del cooperante
Miedo me dan estas cosas. Ayer, por si alguien no se había enterado, llegaron a Barcelona los dos cooperantes que quedaban secuestrados en Mali: han sido unos meses muy largos de un caso del que la opinión pública casi se había olvidado. Había entrado en esa dinámica de estancamiento informativo que se rompe regularmente para recordarnos que siguen ahí, pero, aparentemente, en stand by.
Ahora ya están en casa. Sus vidas valían dinero, o un prisionero, o algo, y seguramente por ello no se las arrebataron: eso sí, cuanto más altas son las apuestas (dos españoles por aquellos lares deben de equivaler a un hotel del Monopoly en la calle Serrano en términos diplomáticos) más opaca se va volviendo la pátina que lo recubre todo. Seguir leyendo
El imperio de los gordos
Llevo varios días dándole vueltas a un artículo sobre una noticia, aparecida en el diario Público, titulada «La ministra británica de Salud pide llamar “gordos” a los obesos». Qué tema espinoso: trataré de no herir sensibilidades.
Pulsando impresiones, he recalado en la web de la Asociación Española para la Aceptación de la Obesidad (ellos lo escriben así, con mayúsculas), que, ironías de la vida, se llama gordos.org. Sólo quería mencionarla, porque uno podría pasarse horas navegando por esta organización casi equiparable a la de fans del cubo de Rubik.
Volviendo a la ministra: opina que con este cambio terminológico, las personas con sobrepeso se sentirán culpables y adelgazarán más rápido (o al menos así lo relata Público). Como razonamiento deja bastante que desear, pero esconde el mismo proteccionismo grimoso que rezumaba aquel intento por prohibirnos el Burger King.
El problema de los gordos, obesos, gente con sobrepeso u orondos es el de siempre: lo políticamente correcto enfrentado a una realidad social, añadiéndole el factor patológico. Nadie podrá decirle nada a quien padezca una enfermedad que le condene a una vida de curvas e inseguridades; pero a mí, personalmente, el gordo por deporte me da bastante reparo. Si has elegido comer como un animal, enchufarte tres bocadillos de chorizo en un trayecto Asturias-Madrid, cinco cervezas y dos cocacolas ¿por qué tengo que ceder los preciosos centímetros que arrebatas a mi asiento?
Y alguien dirá que si el otro obeso, el patológico, no me molesta. Sí, claro, igual que –quien no quiera, que no lo reconozca– alguien con un problema de salud mental que se pasa el mismo viaje gritando. Pero como enfermedades tenemos todos, uno se aguanta y se calla –o lo intenta, o se va a otro vagón–.
Hablando de esto el otro día con un amigo que defiende las curvas –y eso, sorprendentemente, le ha costado más de una crítica feroz– llegamos a la conclusión (novedosa) de que todo radica en hasta qué punto se nos ha ido la cabeza. Como bien indican en gordos.org, el problema no es tanto el volumen como la autoestima, la seguridad. Vivimos en una sociedad (tranquilos, trataré de esquivar el tópico) que no ve con buenos ojos determinados físicos; pero como la sociedad no es La Sociedad, S.A., esquivar aquello que nos acompleja, o incluso afrontarlo es mucho más fácil de lo que pretenden hacernos creer.
Se montó una buena con aquella compañía aérea que pretendía cobrar dos asientos a quienes ocuparan demasiado espacio, y hubo quien se quejó. Bueno, es comprensible, pero yo en los aviones sigo procurando coger pasillo para encajar más a gusto mi metro ochenta generoso.
Lo llevan repitiendo unos cuantos siglos: no somos todos iguales, y pretenderlo es absurdo; no es fácil haber nacido de esta o de aquella manera; lo único por lo que podemos pelear, no obstante, es por establecer un sistema de convivencia aceptable y digno para todos pero que, al mismo tiempo, establezca unos límites razonables a la libertad individual y a la colectiva: déjame fumar, maldito; déjame engordar, maldito; déjame decir tacos, maldito; pero evita que con ello moleste a los demás. No puedes hacer más, y si lo intentas, fracasarás.
Los toros, o manual para (no) tomar partido
Pocos minutos después de que, este mediodía, el parlamento catalán aprobara la prohibición de los toros en aquella comunidad, mi Facebook y mi Twitter empezaban a echar humo con reacciones (en general desaforadas) a tan polémica decisión.
La verdad es que a mí, personalmente, me ha costado mucho formarme una opinión al respecto; es más, no lo he hecho y dudo que llegue a hacerlo en algún momento. Todos los argumentos esgrimidos tienen dos, tres o cuatro filos, tanto de un bando como del otro: me cuesta empatizar con un bicho que sólo comparte conmigo el hecho de ser mamífero; me cuesta, igualmente, creer que es sano cargarse cosas para pasarlo bien. Seguir leyendo
Bom Bom Chip – El niño invisible
Me dispongo a realizar un acto de nostalgia que probablemente extermine la poca estima que alguien pudiera tener por mi gusto musical, pero me parece imprescindible: Bom Bom Chip marcó mi infancia, como la de tantos otros pequeños españoles.
En Spotify sólo he logrado encontrar el disco del declive, esa suerte de grandes éxitos que fue la banda sonora de El niño invisible: no obstante, contiene un puñado de temazos que he visto a gente de mi edad cantar hoy, de cabo a rabo, sorprendidos por lo hondo que calaron en su subconsciente. Seguir leyendo
Y ya que estamos, a nivel nacional
Son muchas las ocasiones en las que me he regocijado por el jugoso potaje de berzas y patatas con el que los analfabetos funcionales que pululan por la red alimentan a los marranos del lenguaje por excelencia, que no son ni más ni menos que aquellos que parecen haber aprendido a leer y/o escribir –ambas, no– puestos hasta las cejas de absenta y mescalina.
No lo digo por nada en especial, es sólo que de vez en cuando las ocurrencias que me topo por la red me dejan absolutamente fascinado: entiendo ciertos errores al colocar esas molestas amiguitas que son las tildes –en ocasiones, de criterio dudoso, aunque no se pueda aplicar al ejemplo de aquí abajo–; entiendo incluso el cambio de bes por uves al teclear con esos deditos de golem fartón de más de uno; pero no me da la mente para asumir joyas como las que siguen.