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Entradas que hablan sobre «España»

  1. Callados como… europeos

    Lo escribí el Martes 1 de febrero de 2011

    Creo que no hace falta que le recuerde a nadie  que tenga tele, Internet o que haya pasado a menos de 5 kilómetros de un quiosco que en Egipto hay una revolución. Ahora mismo. Desde hace una semana, para más señas, después de que en Túnez cayera una parecida en la conocida como Revolución de los Jazmines (qué nombre más cuco).

    La UE se ha mantenido, en el caso egipcio, perfectamente callada: desde luego, no se nos acusará de imprudentes.

    El caso es que no son pocas las voces que han criticado semejante exceso de corrección, más aún cuando ayer se reunieron en Bruselas los ministros de Asuntos Exteriores de la UE y llegaron a la burbujeante conclusión de que es el propio Egipto quien debe decidir su futuro. O sea, los egipcios. O sea, no han dicho nada que no resultara abiertamente obvio: que hacen falta elecciones democráticas y justas en Egipto.

    Lo mismo ocurrió con Túnez y lo mismo ocurre con Irán; lo mismo ocurre con todos aquellos países o potencias que no estén tirando bombas encima de un país miembro. No es lo mismo que Estados Unidos sea cauto y sigiloso, ya que le incumben cuestiones de otro calado (no olvidemos que tiene intereses directos en lo que ocurre en Egipto); el silencio europeo se debe, como siempre, a que aunque se lleven décadas tratando de unificar y centralizar ciertos aspectos que atañen a toda la UE, sigue y seguirá siendo imposible mientras que cada país tenga su propio discurso.

    Y esto no es necesariamente malo; y no es estrictamente negativo que Francia o Alemania miren con ojos cuidadosos y silenciosos lo que se cocina en el norte de África. Pero a mí no me sobraría, para nada, una postura medianamante clara de mi gobierno ante la situación: para recomendar a Mubarak que no se cargue manifestantes no hacía falta abrir la boca.


  2. Estate quieto

    Lo escribí el Lunes 31 de enero de 2011

    En ocasiones me pregunto por qué el mundo no se está quieto. Sin más: si es un sistema cerrado, si todos nos pusiéramos de acuerdo de golpe para no avanzar ni hacia adelante ni hacia atrás; si de pronto no ocurriera absolutamente nada… ¿Cómo sería ese mundo?

    Podría intentarse ir estableciendo pequeñas células de tranquilidad, que no se movieran en ningún sentido. Y que esa tendencia fuera extendiéndose hasta que, de pronto, reinara un enorme silencio. Solo relaciones entre humanos controladas, asépticas y casi profilácticas para que no estalle el conflicto, para que nada desmorone la torre de naipes. Claro que, inevitablemente, ocurrirá: ahora mismo está ocurriendo.

    Primero, España: pequeñas (grandes) bombas que quebrantan la pátina de uniformidad respetable. Figuras, bocados que parecen encajar a la perfección en mitad del puzzle y no lo hacen. Pienso en Marta Renedo malversando (presuntamente, por supuesto) fondos a costa de la administración asturiana. Pienso en el presidente con un nudo en la garganta tratando de explicar qué ocurre. Y pienso en Riopedre, el hombre del que dependió un trocito de mi educación y la de tantos otros, moviendo contratos oscuramente. Pienso en el secreto de sumario, que quedará levantado esta semana casi con total seguridad: otra bomba. El equilibrio es imposible.

    Pero quiero pensar, también, en Marta del Castillo, en esa cara que todos hemos visto tantas veces y que hace hoy dos años y una semana voló. Desapareció. Aquí la bomba es, y será, no la atrocidad que haya ocurrido allí, no solo la destrucción de una familia. No, lo que a mí mas me acongoja es recordar que en este mundo, aquí, a la vuelta de la esquina, viven seres como Miguel Carcaño o como El Cuco: gente con una frialdad a prueba de bombas, chiquillos por cuyas cabezas es imposible saber qué pasa. Que son capaces de soportar a policías que llevan años sacando información a personajes mucho más curtidos que ellos sin despeinarse, porque saben anteponer su propia seguridad a la carga de lo que han hecho.

    Sismos, movimientos que se manifiestan y que mantienen nuestro mundo dando bandazos en torno a su propio eje: movimientos que acaban por estallar, como ha ocurrido en Egipto. Como ha ocurrido en Túnez. Como ocurrirá en otros países. Porque uno se quemó a lo bonzo, y acabó con esa pátina de paz. Y provocó un cambio, una reacción en cadena que en estos momentos configura un nuevo país, que se filtra hacia arriba hasta alcanzar los parámetros geoestratégicos de los que jamás ha oído hablar el que no aguanta más, el estudiante cabreado, o el panadero arruinado.

    Sismos, movimientos que en Asturias sacuden una manta de desconfianza y polvo, que en Sevilla destruyen hogares y perpetúan lo mejor y lo peor de la especie humana, que en Egipto buscan con el mayor tino posible un nuevo equilibrio. Cambios, permanentes e insondables. Comunes, habituales y apasionantes.


  3. Pensionazo (tú verás)

    Lo escribí el Viernes 28 de enero de 2011

    No puedo hablar por gente mayor que yo, que lleva años inmersa en el mundo laboral y que ahora se encuentra con una mano delante y otra detrás. Pero sí puedo hablar de lo que conozco, lo que me rodea, y lo que vivo.

    Podría ser peor, dice Escolar, que apunta con cierto tino a la resignación popular. Pasotismo, quizás, de los jóvenes. No sé cuáles son las causas que nos han llevado a este arreglo, pero a la vista de lo que hemos experimentado tanto  yo como los universitarios de mi edad a los que conozco, el primer error que se comete tiene nombre y apellidos: Prácticas no remuneradas. También está su prima-hermana, Prácticas (precariamente) remuneradas.

    Que el empresario no es tonto ya lo sabíamos todos: en Traducción, las ayudas económicas ofrecidas (beneficencia) rondaban 200 euros por un trabajo a media jornada. Eso con suerte. Las mejor remuneradas que he visto daban 500 euros por jornada completa. 500 euros, en Madrid, dan para pagar un piso compartido, comida, transporte y para de contar. Que se te ocurra tomarte un cubata un viernes por la noche; atrévete a salir de cañas.

    Pero ese no es el asunto: cualquiera con una familia comprensiva y sentido común podría arreglarse con 500 euros. Ahora bien, el trabajo realizado ( y digo trabajo) no equivale, ni de lejos, a esa cantidad: cualquier empleado con la misma titulación que tú pero con un contrato de verdad lo está realizando, como poco, por el doble. Y no te confundas, no te mereces que tu retribución se vea dividida por el simple hecho de tener veintipocos años.

    «Es que ¡hay que aprender!», responderá más de uno. Y así queda configurada la barrera invisible del que no tiene experiencia. Sin currículum, no hay trabajo; sin trabajo, no hay currículum. Y vuelta a empezar. ¿Solución? Unas prácticas negreras con las que rellenar un trozo de papel, con la vana esperanza de que acabe colando en una empresa que se aproxime mínimamente a tus expectativas iniciales.

    Mi consejo es resistirse como gato panza arriba a caer en ese círculo vicioso: de nada sirve aceptar un trabajo desagradable y mal pagado. Si un universitario quiere que eso cambie, sinceramente le recomiendo meterse antes a trabajar poniendo copas un viernes por la noche a aceptar un arreglo, en mi opinión, denigrante: no te están, ni te estás, haciendo ningún favor.

    ¿Nos hemos vuelto locos para acabar prácticamente pagando por trabajar? Tal y como marchan las cosas, me parece mucho más fácil y productivo montarte tu proyecto, el que te emociona, por tu cuenta. Una buena idea sale gratis, y desarrollarla con ingenio tiene unos costes irrisorios a día de hoy. Igual que irte al extranjero a dar clase, igual que irte a Bombay a arreglar ciclomotores.

    Cualquier cosa menos dejarse engatusar: es esencial tener muy claro que todo trabajo, todo esfuerzo, merece su compensación. No hay por qué pensar constantemente en el dinero: es cierto que determinados entornos y determinados profesionales (los que tú estimes convenientes) merecen el esfuerzo porque pueden aportarte mucho. Pero solo ellos. Si entras en la rueda del currículum creo que lo más probable es que termines quemado, sin trabajo y totalmente desencantado de lo que un día te emocionó y te empujó a tirarte a la piscina.

    Jamás te creas que tu trabajo vale menos por tener menos experiencia. Jamás.


  4. Piedra y madera (viaje en el tiempo)

    Lo escribí el Sábado 18 de diciembre de 2010

    Ha sido una semana de lo más ajetreada y cargada, especialmente, de interesantes movimientos en el ámbito internacional: Kosovo, un ejercicio sobre el Sur Sudán, una magistral clase sobre Irán en la Historia y sus relaciones con los países vecinos…

    El miércoles disfruté, sin embargo, de una tarde libre que pude aprovechar convenientemente para acercarme hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación a hacer unos papeleos.

    Descubro que el Palacio de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio, fue una cárcel en tiempos, sobre la cual (extraigo de la propia web) William Bromley escribió, en 1702:

    «La cárcel de aquí es la más elegante que jamás he visto: fue construida como palacio para un príncipe; el Cardenal-Infante, creo, hermano de Felipe IV, le dio este otro fin de Cárcel del Estado.»

    El simple acceso lateral del edificio ya revela una frialdad marmórea por las sólidas paredes de piedra, pero suavizada más adelante por las pesadas puertas de madera y el crujiente parquet de sabedios qué época.

    Entro en la sala habilitada para información y una funcionaria, tremendamente amable, me cede su ordenador para que rellene los formularios que luego presentaré en la habitación contigua («Así te queda mejor», sonríe).

    En aquella otra sala me recibirá una alucinante señora que bien podría haber sobrevivido a un cómic de Tintín: es una mujer negra, muy negra, muy mayor, que camina encorvada bajo el peso de un moño imposible y que me mira por encima de las gafas, que hacen a su vez equilibrismos sobre la punta de su nariz.

    Me reñirá por no haber llevado un sobrecito para guardar las fotos de carnet, y grapará con parsimonia pero enorme minuciosidad todos los documentos que le entrego.

    Bien, volvamos a la habitación de información. En un momento en el que la funcionaria busca el documento que tengo que rellenar e imprimir, miro a las paredes.

    Hay mapas envejecidos. El más cercano es el de África, por el que paseo la mirada desde el Cabo de Buena Esperanza hacia el Norte. De pronto, mis ojos se detienen y tengo que acercar la cabeza para dar crédito a lo que veo: Rhodesia.

    Rhodesia lleva el nombre de Cecil Rhodes, ese gran hombre que conquistó su trocito de tierra y no tuvo empacho alguno en bautizarlo con su apellido. Pero Rhodesia dejó de existir en 1964 para dividirse en dos naciones; y una década más tarde, el territorio pasó a llamarse definitivamente Zambia (al norte) y Zimbabwe (al sur). En este glorioso mapa, en aras de la actualización, han pegado dos etiquetas Dimo que indican, muy dignamente, dónde está Zimbabwe y que su capital es Harare.

    Aún queda otra sorpresa entrañable: descubro, pasada Nigeria, la República del Alto Volta. No me sonaba de nada semejante país, así que volví a abrir mucho los ojos y a acercar la cabeza al mapa. No había reparado en otro Dimo que advertía, ahora, de que se trataba en realidad de Burkina Faso. La República del Alto Volta dejó de llamarse así, comprobé más tarde, en 1984. Esto es, hace 26 años.

    Sin duda no conviene malgastar el dinero del contribuyente en inútiles mapas políticos actualizados, por mucho Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que se sea: es más, aquí, uno, agradece y agradecerá saber dónde está la máquina del tiempo.


  5. Admonición (o los controladores, parte III)

    Lo escribí el Martes 7 de diciembre de 2010

    Quién tiene razón en todo este conflicto?

    Espero.

    ¿Ya?

    Bien. Me he intentado leer el famoso decreto de febrero; el del viernes pasado; el del viernes por la noche; el del sábado; la carta abierta de un controlador al ministro de Fomento; y un buen puñado de blogs aparentemente redactados por un equipo de monos borrachos (de un bando, del otro y de en medio). Me he aburrido mucho.

    Como decía en el anterior episodio sobre los controladores aéreos, ya el sábado por la tarde los medios de comunicación empezaban a retornar a sus respectivas trincheras para atacar a quien correspondiera: presidente, controlador o ministro. Elija su cabecera, siéntese en el sillón de pensar y a disfrutar.

    Si hay algo que me preocupa seriamente es, una vez más, la escasez de plumas y mentes que parecen no haberse dado cuenta de que nadie lleva razón. O al menos, nadie lleva suficiente razón como para que podamos decantarnos por un bando con la más mínima convicción.

    Iba a poner subtítulos, como en la entrada anterior, pero tampoco tiene mucho sentido. Recapitular no nos llevará más que dos frases: una vez más, probablemente los controladores tengan razón en sus reivindicaciones pero se equivocaron hondamente en su planteamiento; una vez más, probablemente el Gobierno haya montado una maraña difícil de desenmarañar (y el que la desenmarañe, buen desenmarañador será); una vez más, la opinión pública (pienso en las redes sociales) se comporta como un resplandeciente banco de arenques: juntito e indeciso en su rumbo.

    La opinión del común de los españoles parece avanzar a trompicones, en función de los dos o tres artículos del día. Nos abalanzamos sobre ellos, los descuartizamos y a otra cosa. Todo ello, cómodos comentarios anónimos mediante en webs de todo pelaje y condición, desde periódicos hasta los mencionados blogs, pasando por tweets enfervorecidos.

    Queda esperanza, sin embargo. Probablemente el motivo por el que Ignacio Escolar es el bloguero político más leído en este país sea porque es de los pocos (si no el único) que tiene el sentido común de publicar cosas como esta entrada confesando su indecisión (que no prudencia, y hace bien) en pleno fragor de la batalla. Y mira que cuando se pone sectario no hay quien le pare, pero al César lo que es del César. A ver si nos cae algún césar más. Se les echa de menos.