Creo que no hace falta que le recuerde a nadie que tenga tele, Internet o que haya pasado a menos de 5 kilómetros de un quiosco que en Egipto hay una revolución. Ahora mismo. Desde hace una semana, para más señas, después de que en Túnez cayera una parecida en la conocida como Revolución de los Jazmines (qué nombre más cuco).
La UE se ha mantenido, en el caso egipcio, perfectamente callada: desde luego, no se nos acusará de imprudentes.
El caso es que no son pocas las voces que han criticado semejante exceso de corrección, más aún cuando ayer se reunieron en Bruselas los ministros de Asuntos Exteriores de la UE y llegaron a la burbujeante conclusión de que es el propio Egipto quien debe decidir su futuro. O sea, los egipcios. O sea, no han dicho nada que no resultara abiertamente obvio: que hacen falta elecciones democráticas y justas en Egipto.
Lo mismo ocurrió con Túnez y lo mismo ocurre con Irán; lo mismo ocurre con todos aquellos países o potencias que no estén tirando bombas encima de un país miembro. No es lo mismo que Estados Unidos sea cauto y sigiloso, ya que le incumben cuestiones de otro calado (no olvidemos que tiene intereses directos en lo que ocurre en Egipto); el silencio europeo se debe, como siempre, a que aunque se lleven décadas tratando de unificar y centralizar ciertos aspectos que atañen a toda la UE, sigue y seguirá siendo imposible mientras que cada país tenga su propio discurso.
Y esto no es necesariamente malo; y no es estrictamente negativo que Francia o Alemania miren con ojos cuidadosos y silenciosos lo que se cocina en el norte de África. Pero a mí no me sobraría, para nada, una postura medianamante clara de mi gobierno ante la situación: para recomendar a Mubarak que no se cargue manifestantes no hacía falta abrir la boca.