RSS Feed

Entradas que hablan sobre «España»

  1. El gol de Camps en la prórroga

    Lo escribí el Jueves 26 de enero de 2012

    Qué abono más fértil para la comparación tontorrona, para el cruce ocioso. Pero es que parece que lo ponen a huevo: Camps fue declarado no culpable, después de tres años de dimes y diretes, y de ganar unas elecciones regionales, dos horas y media antes de que empezara el partido en el que el Barça eliminó al Madrid en Copa del Rey, con un gol anulado por nosequé y una inefable entrada de Pepe pocos segundos antes de que terminara el encuentro, como si quisiera hacer (aún más) leña del árbol caído.

    En Asturias, todo esto sucedía (tomaremos el fútbol como eje central, esas fatídicas 22 horas del 25 de enero de 2012), aproximadamente nueve horas después de que a Francisco Álvarez-Cascos le tumbaran el presupuesto y entrábamos en prórroga, con el consiguiente tumulto. Y, es más, once horas después de que Gallardón saliera con la cadena perpetua y el aborto, y se cepillara todas las previsiones sobre cuestiones judiciales.

    Maravilloso nudo de cuatro temas que muchos se han apresurado en cruzar; pero un nudo, una alineación astral que no recordaremos dentro de dos meses. El 25 de enero no pasará a la Historia como aquel día en el que todo ocurrió de una sola vez, sino como un día más, normal y corriente, salvo para los obsesos o los que han salvado la vida de milagro (!), los que han obtenido el trabajo de su carrera o los que han tenido un lindo retoño.

    ¿Por qué? Quizás porque todas estas cosas ocurren a diario, o a lo largo de muchos días. Alguno tendrá ganas de pegar un puñetazo en la mesa y afirmar que no, que esto es intolerable y que lo va a llevar grabado a fuego toda la vida: el Barça, me temo, gana al Madrid todo el rato (con perdón); Camps lleva tanto tiempo siendo no culpable que ha dejado de importar más que por la foto; Cascos y su presupuesto tenían una vida aciaga desde hace meses; y lo de Gallardón pues sí, pues bueno, habrá que ver en qué queda. Seguramente, en nada, en una curiosidad de hemeroteca que alguien descubrirá dentro de doscientos años. Boutades, todas, entrañables y olvidables.

    La realidad, que se mueve más despacio pero con más contundencia, no era esto. No era un gol de Camps en la prórroga.


  2. Eurovisión (esto es una mierda)

    Lo escribí el Domingo 20 de febrero de 2011

    El músico, el artista o cualquiera que dé la cara en un escenario se enfrenta, como hecho inherente a la profesión que ha elegido, a la crítica más dura y difícil de rebatir, la intelectualmente más elevada: «Esto es una mierda».

    ¿Qué se puede responder ante semejante despliegue argumental? Poco. Lo mejor es pasar. Sobre todo cuando uno es consciente de que el trabajo que ha hecho está objetivamente bien: la música, que tomaré como caso aquí, consiste en tiempos, armonías e instrumentación. Consiste en matemáticas, en números y en ondas que son las que son. Lo que cada cual haga con ellas va con él y con ella y con su conciencia. Ese es el primer filtro.

    Una vez colocado todo en su sitio, podemos pasar a contemplar otros matices: originalidad, frescura, ejecución, soltura, color… Y aquí no hay nada escrito; es imposible evaluar qué es bueno y qué es malo. Aunque yo propongo una vara de medir, creo que la más aceptable: sinceridad. Es difícil de explicar, a veces incluso de percibir, pero por plano que resulte, el artista que se arremanga y se mancha las manos con lo que hace, el que se machaca no por la fama o el éxito (solamente) sino por una convicción más honda, merece, por lo pronto, respeto. Eso tampoco podrá ser una mierda.

    Dicho lo cual, estimo sin pudor alguno que la canción que este año nos representará en Eurovisión es una mierda. Con todas las letras.

    La tal Lucía Pérez es la que menos culpa tiene de este descalabro musical, aunque no está exenta de su parte. Lo digo porque:

    a) La melodía le pilla fuera de tono. El uouo este le queda bastante alto, y tiene que forzar la voz. No sé si es porque no le da para más o, sencillamente, porque a quien haya producido esto no se le ha ocurrido la sencilla idea de bajar la canción un tono. Uno. Más fácil, imposible.

    b) Una cosa son las licencias literarias y otra, muy distinta, es tener los santos redaños de escribir:

    Pero a fin de cuentas he disfrutao

    de todo lo bailao

    c) Cuando la voz de alguien no llega, no puedes intentar taparlo con autotune y un reverb más bestia que hay en el baño.

    d) Si vas a meter coros para tapar el desaguisao (ya me estoy imbuyendo) no es necesario que los interprete una coral de tabernarios.

    Esas son las cuatro cosas, digamos, objetivas que se pueden señalar para justificar que es una de las peores canciones jamás escritas. Podría, con menos frialdad, meterme en razonamientos, pero ni siquiera estoy seguro de que merezca la pena comentar la armonía, los arreglos y la estructura.

    Y bien por Lucía Pérez y por quien haya perpetrado esto. Nos vemos en Eurovisión. Abajo, abajo.


  3. Callados como… europeos

    Lo escribí el Martes 1 de febrero de 2011

    Creo que no hace falta que le recuerde a nadie  que tenga tele, Internet o que haya pasado a menos de 5 kilómetros de un quiosco que en Egipto hay una revolución. Ahora mismo. Desde hace una semana, para más señas, después de que en Túnez cayera una parecida en la conocida como Revolución de los Jazmines (qué nombre más cuco).

    La UE se ha mantenido, en el caso egipcio, perfectamente callada: desde luego, no se nos acusará de imprudentes.

    El caso es que no son pocas las voces que han criticado semejante exceso de corrección, más aún cuando ayer se reunieron en Bruselas los ministros de Asuntos Exteriores de la UE y llegaron a la burbujeante conclusión de que es el propio Egipto quien debe decidir su futuro. O sea, los egipcios. O sea, no han dicho nada que no resultara abiertamente obvio: que hacen falta elecciones democráticas y justas en Egipto.

    Lo mismo ocurrió con Túnez y lo mismo ocurre con Irán; lo mismo ocurre con todos aquellos países o potencias que no estén tirando bombas encima de un país miembro. No es lo mismo que Estados Unidos sea cauto y sigiloso, ya que le incumben cuestiones de otro calado (no olvidemos que tiene intereses directos en lo que ocurre en Egipto); el silencio europeo se debe, como siempre, a que aunque se lleven décadas tratando de unificar y centralizar ciertos aspectos que atañen a toda la UE, sigue y seguirá siendo imposible mientras que cada país tenga su propio discurso.

    Y esto no es necesariamente malo; y no es estrictamente negativo que Francia o Alemania miren con ojos cuidadosos y silenciosos lo que se cocina en el norte de África. Pero a mí no me sobraría, para nada, una postura medianamante clara de mi gobierno ante la situación: para recomendar a Mubarak que no se cargue manifestantes no hacía falta abrir la boca.


  4. Estate quieto

    Lo escribí el Lunes 31 de enero de 2011

    En ocasiones me pregunto por qué el mundo no se está quieto. Sin más: si es un sistema cerrado, si todos nos pusiéramos de acuerdo de golpe para no avanzar ni hacia adelante ni hacia atrás; si de pronto no ocurriera absolutamente nada… ¿Cómo sería ese mundo?

    Podría intentarse ir estableciendo pequeñas células de tranquilidad, que no se movieran en ningún sentido. Y que esa tendencia fuera extendiéndose hasta que, de pronto, reinara un enorme silencio. Solo relaciones entre humanos controladas, asépticas y casi profilácticas para que no estalle el conflicto, para que nada desmorone la torre de naipes. Claro que, inevitablemente, ocurrirá: ahora mismo está ocurriendo.

    Primero, España: pequeñas (grandes) bombas que quebrantan la pátina de uniformidad respetable. Figuras, bocados que parecen encajar a la perfección en mitad del puzzle y no lo hacen. Pienso en Marta Renedo malversando (presuntamente, por supuesto) fondos a costa de la administración asturiana. Pienso en el presidente con un nudo en la garganta tratando de explicar qué ocurre. Y pienso en Riopedre, el hombre del que dependió un trocito de mi educación y la de tantos otros, moviendo contratos oscuramente. Pienso en el secreto de sumario, que quedará levantado esta semana casi con total seguridad: otra bomba. El equilibrio es imposible.

    Pero quiero pensar, también, en Marta del Castillo, en esa cara que todos hemos visto tantas veces y que hace hoy dos años y una semana voló. Desapareció. Aquí la bomba es, y será, no la atrocidad que haya ocurrido allí, no solo la destrucción de una familia. No, lo que a mí mas me acongoja es recordar que en este mundo, aquí, a la vuelta de la esquina, viven seres como Miguel Carcaño o como El Cuco: gente con una frialdad a prueba de bombas, chiquillos por cuyas cabezas es imposible saber qué pasa. Que son capaces de soportar a policías que llevan años sacando información a personajes mucho más curtidos que ellos sin despeinarse, porque saben anteponer su propia seguridad a la carga de lo que han hecho.

    Sismos, movimientos que se manifiestan y que mantienen nuestro mundo dando bandazos en torno a su propio eje: movimientos que acaban por estallar, como ha ocurrido en Egipto. Como ha ocurrido en Túnez. Como ocurrirá en otros países. Porque uno se quemó a lo bonzo, y acabó con esa pátina de paz. Y provocó un cambio, una reacción en cadena que en estos momentos configura un nuevo país, que se filtra hacia arriba hasta alcanzar los parámetros geoestratégicos de los que jamás ha oído hablar el que no aguanta más, el estudiante cabreado, o el panadero arruinado.

    Sismos, movimientos que en Asturias sacuden una manta de desconfianza y polvo, que en Sevilla destruyen hogares y perpetúan lo mejor y lo peor de la especie humana, que en Egipto buscan con el mayor tino posible un nuevo equilibrio. Cambios, permanentes e insondables. Comunes, habituales y apasionantes.


  5. Pensionazo (tú verás)

    Lo escribí el Viernes 28 de enero de 2011

    No puedo hablar por gente mayor que yo, que lleva años inmersa en el mundo laboral y que ahora se encuentra con una mano delante y otra detrás. Pero sí puedo hablar de lo que conozco, lo que me rodea, y lo que vivo.

    Podría ser peor, dice Escolar, que apunta con cierto tino a la resignación popular. Pasotismo, quizás, de los jóvenes. No sé cuáles son las causas que nos han llevado a este arreglo, pero a la vista de lo que hemos experimentado tanto  yo como los universitarios de mi edad a los que conozco, el primer error que se comete tiene nombre y apellidos: Prácticas no remuneradas. También está su prima-hermana, Prácticas (precariamente) remuneradas.

    Que el empresario no es tonto ya lo sabíamos todos: en Traducción, las ayudas económicas ofrecidas (beneficencia) rondaban 200 euros por un trabajo a media jornada. Eso con suerte. Las mejor remuneradas que he visto daban 500 euros por jornada completa. 500 euros, en Madrid, dan para pagar un piso compartido, comida, transporte y para de contar. Que se te ocurra tomarte un cubata un viernes por la noche; atrévete a salir de cañas.

    Pero ese no es el asunto: cualquiera con una familia comprensiva y sentido común podría arreglarse con 500 euros. Ahora bien, el trabajo realizado ( y digo trabajo) no equivale, ni de lejos, a esa cantidad: cualquier empleado con la misma titulación que tú pero con un contrato de verdad lo está realizando, como poco, por el doble. Y no te confundas, no te mereces que tu retribución se vea dividida por el simple hecho de tener veintipocos años.

    «Es que ¡hay que aprender!», responderá más de uno. Y así queda configurada la barrera invisible del que no tiene experiencia. Sin currículum, no hay trabajo; sin trabajo, no hay currículum. Y vuelta a empezar. ¿Solución? Unas prácticas negreras con las que rellenar un trozo de papel, con la vana esperanza de que acabe colando en una empresa que se aproxime mínimamente a tus expectativas iniciales.

    Mi consejo es resistirse como gato panza arriba a caer en ese círculo vicioso: de nada sirve aceptar un trabajo desagradable y mal pagado. Si un universitario quiere que eso cambie, sinceramente le recomiendo meterse antes a trabajar poniendo copas un viernes por la noche a aceptar un arreglo, en mi opinión, denigrante: no te están, ni te estás, haciendo ningún favor.

    ¿Nos hemos vuelto locos para acabar prácticamente pagando por trabajar? Tal y como marchan las cosas, me parece mucho más fácil y productivo montarte tu proyecto, el que te emociona, por tu cuenta. Una buena idea sale gratis, y desarrollarla con ingenio tiene unos costes irrisorios a día de hoy. Igual que irte al extranjero a dar clase, igual que irte a Bombay a arreglar ciclomotores.

    Cualquier cosa menos dejarse engatusar: es esencial tener muy claro que todo trabajo, todo esfuerzo, merece su compensación. No hay por qué pensar constantemente en el dinero: es cierto que determinados entornos y determinados profesionales (los que tú estimes convenientes) merecen el esfuerzo porque pueden aportarte mucho. Pero solo ellos. Si entras en la rueda del currículum creo que lo más probable es que termines quemado, sin trabajo y totalmente desencantado de lo que un día te emocionó y te empujó a tirarte a la piscina.

    Jamás te creas que tu trabajo vale menos por tener menos experiencia. Jamás.