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Entradas que hablan sobre «Escuchar»

  1. Hablemos de Bill Evans

    Lo escribí el Jueves 3 de septiembre de 2009

    Llevo una temporada escuchando casi compulsivamente Alone, un disco de Bill Evans grabado en los años 60 (no me atrevo a dar fecha) en solitario, y que incluye un tema que me tiene obsesionado: se llama Never let me go, dura 14 minutos y pico y prometo que quien lo escuche, quedará hipnotizado.

    De momento, dejo Waltz for Debbie en una excepcional versión con su trío; podéis ponerla mientras leéis:

    El (buen) jazz realiza un recorrido casi simétrico desde que es concebido hasta que el escuchante lo recibe: cuanto más honda es su raigambre en el alma del músico, en una zona más profunda golpeará la del espectador: nace de las tripas más tripas, de la improvisación. Se trata de adquirir una serie de cualidades técnicas (que el contrabajo afine, que la trompeta suene) que permitan olvidarlas en el momento en que se toca la primera nota: sólo la armonía o la melodía deben estar presentes, y de una manera absolutamente orientativa. A partir de ahí, sale el artista de verdad.

    De los mejores trompetistas, por ejemplo, siempre me ha fascinado su capacidad para hacer hablar a un instrumento que, en el fondo, no es más que el filtro de sus soplidos. ¿Cómo se le imprime un estilo personal a los metales? Es una cuestión de feeling, de tempos, de intensidades… Es una combinación de factores que no creo que valga la pena siquiera explicar (eso para los musicólogos). Lo mismo ocurre con el resto de instrumentos de una formación jazzera: guitarra, contrabajo, bajo, batería… Se puede coger cualquiera de ellos y se observará que no hace más que filtrar la energía de quien lo domina, sea energía muscular, aeróbica o artística.

    Pero llega un momento en el que esa barrera desaparece, en que el propio instrumento deja de importar. Pues eso, exactamente, es lo que ocurre con Bill Evans: su piano no canaliza, dialoga. Además, literalmente.

    Más allá de una brillantez técnica que le permite hacer cualquier filigrana con las teclas, más allá del virtuosismo compositivo para idear o versionar, creo que lo que más me fascina de Evans es su capacidad para llevar cada mano por un lado: escucharle solo es encontrar que la una no acompaña a la otra, que no imprime una base, no. Existen dos melodías, que se entrecruzan sin tropezar y se complementan a la perfección. Una dice una cosa, la otra le responde o sigue a lo suyo; nunca llegan a discutir, siempre se entienden, pero generan una tensión que nos hace asistir a una suerte de peloteo tenístico: cuando, en el inicio de Waltz for Debbie, la derecha presenta la melodía y la izquierda apostilla breves acordes de respuesta, se producen repentinos fraseos, se produce un acompañamiento inesperado y chocante y ¡zas!, la mano supuestamente en segundo plano nos grita “aquí estoy, hacedme caso”, casi como un guiño, casi imperceptible pero, de alguna manera, perfectamente presente.

    Eso es jazz.


  2. Nuevo indie español

    Lo escribí el Martes 11 de agosto de 2009

    Andaba ayer por la mañana sin saber bien si llovía o no llovía, cuando el sol resplandeció sobre Gijón y quedó un excelente tiempo de verano. Era de esos lunes en los que tenía que hacer varios recados, por lo que cargué el iPod y hala, a caminar.

    Terminé con los quehaceres mucho antes de lo previsto, gracias al sol y al vientín fresco y, quizás, al último descubrimiento, Klaus & Kinski, indies murcianos de manual con canciones variadas; en general, bastante buenas. No hay como darse un paseo por el Cerro con la esperanza de que la música en este país no se haya autodestruido del todo.

    Puede que el rollo indie-melosón, con una muchacha cantando suave y algún que otro sintetizador loco por ahí lleguen a molestar a los más puristas, pero desde luego el surtido de estilos, letras y tipos hacen del álbum eso, un álbum, una colección, y no un disco de temas embutidos y planos de difícil digestión. También es posible que cansen rápido, pero eso lo diré cuando se ponga a llover porque, de momento, con este clima, resultan de lo más grato.

    Aquí dejo Flashback al revés, me temo que la única canción con vídeo. Podéis escuchar más en el MySpace que he enlazado arriba. A disfrutar.

    KLAUS & KINSKI: Flash-back al revés


  3. Episodio 2: Stefan Zweig y un poema (barra) canción

    Lo escribí el Martes 21 de julio de 2009

    Hacía un calor del demonio el día en que grabe esto… Pero creo que no se me fue la cabeza en ningún momento. Bueno, en la poesía. En fin, que Zweig nos pille confesados:

    [podcast]http://alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/Episodio2.mp3[/podcast]


  4. ¿Oasis?

    Lo escribí el Domingo 19 de julio de 2009

    Según leo y veo desde varios ángulos (desde un móvil entre el público, en el telediario: bendito Internet) Liam Gallagher y su infame voz de cazallero protagonizaron una de sus conocidas espantadas en mitad de una canción el pasado jueves, en el FIB. No era cualquier canción, era Wonderwall.

    En el conocido como «britpop» todo son bandos: están los de Blur y los de Oasis, los que prefieren a un Gallagher o al otro, los que les aman y los que les odian. Este último club se incrementa cada vez que abren la boca, intentan dar un concierto o, lo que es más frustrante, sacan un disco. Y es que resulta bastante mosqueante encontrarles edulcoradamente melosones acariciándonos los tímpanos con sus baladas primigenias para luego comportarse como punkys pasados de vueltas.

    Puede que hayan logrado sobrevivir a esta actitud a base de tirarse los trastos a la cabeza, que sus conciertos hayan terminado por funcionar gracias a una banda medianamente profesional, puede que incluso tengan algún motivo para no saber sobreponerse a lo que son.

    Pero lo más increíble y paranormal no es nada de esto: son, precisamente, más de 40.000 personas, sin necesidad alguna de un Liam Gallagher, coreando Wonderwall 14 años después, que se dice pronto.


  5. Guanchuzrifor

    Lo escribí el Sábado 27 de junio de 2009

    logoculturasEstoy concentrado —en el sentido futbolístico del término — la noche anterior a un examen. Y, no sé si como futbolista también, me dispongo a alternar entre cierto programa musical de la Primera y otro que, no mentiré, es Operación Triunfo.

    Cuando enciendo la televisión, encuentro a un par de jóvenes airados propinándole al Born to run de Bruce Springsteen una coreografía eurovisiva. Ya se sabe: camisa de cuadros a medio sacar del pantalón: 15 euros; mensaje al 5557 con la palabra RUN: 20 euros; Ramoncín lamentando la versión en un emocionante alegato por el rock’n’roll («llevo 30 años viendo a Springsteen en directo»): no tiene precio. Me voy a TVE. Al cantante de Los Diablos parece habérsele caído Un rayo de sol (uoh, oh, oh) encima, con ese moreno nocillesco.

    Vuelta a Telecinco, unos reconfortantes anuncios y el cásting para el musical de Mecano. Una concursante se inquieta: «Me parece muy fuerte que tenga que hacer de chico». Cambio, a la pública. El Koala, King África y un cuerpo de figurantes digno de la playa de Palomares (por lo nuclear y por lo añejo) se apiñan en una esquina del plató, debidamente acondicionada con una palmera hinchable.

    Esto es lo bueno de los exámenes de Traducción, que aparte de pasar la víspera leyendo prensa extranjera, nadie sabe exactamente cómo se estudian. Todos en igualdad de condiciones;  todos menos yo que, con mis técnicas balompédicas, juego con ventaja: el inglés fresco («guanchuzrifor») y Mueve tu cucú en el corazón. Y pobre del que quiera…