Me despierto y, como cada mañana, miro por la ventana para asegurarme de que Madrid no se ha movido de donde está. Pero hoy, aparte del plomizo cielo y del frío que se cuela en la habitación, la ciudad me depara una sorpresa: una fina capa de nieve lo recubre todo.
Pocas cosas se me ocurren más exageradamente decimonónicas que la nieve: a uno le entran ganas de quedarse en su gabinete inexistente, frente a un fuego, leyendo a Montaigne, trabajando sobre sesudísimas notas o escribiéndole una carta a Balzac con cualquier excusa, mientras que fuera algún ejército napoleónico cae masacrado sobre el suelo blanco y esperamos a que llegue un Stendhal a contárnoslo.
Es decir, el frío logra sumirnos en el aislamiento de las miles de mantas, obliga a pensar: luego, tras una ducha exageradamente larga y caliente, llega la hora de salir bien embozado, con la barbilla elevada y la erudición a flor de piel, a buscar por la plaza del 2 de mayo y alrededores algún rastro de los franceses rendidos. ¿Estará don Mariano José de Larra por el café del Parnasillo tomando un algo?
Así me planto yo en la calle: con el abrigo hasta las cejas, la punta de la nariz helada, los ojos llorosos por el viento, el pelo alborotado y un libro y una libreta bajo el brazo. ¡Inspiración, a mí!
Cuando estoy llegando al café en el que han de explotar, definitivamente, estos elevados sentimientos, aterriza sobre mi cabeza una bola de nieve del tamaño de una sandía que me baja de la burra y me devuelve al Madrid de (casi) 2010. Aturdido, me sacudo el bolazo, entro en el café, pido algo caliente y me siento cerca de la ventana. Bestias…
