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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. Jubileo

    Lo escribí el Sábado 27 de febrero de 2010

    logoculturasDediqué el fin de semana pasado a revisitar lugares importantes de la tierna infancia y, por qué no, a mantener vivas tradiciones esenciales: llegarse a Muros de San Pedro, en las Rías Baixas, y ponerse tricolor a base de pulpo a la gallega tras pasear por sus calles empinadas y pescadoras; andar por Santiago de Compostela y visitar la catedral: me ha llamado especialmente la atención que, poco a poco, visitar la catedral de Santiago con intención de ganar el jubileo no va a diferir demasiado de darse una vuelta por la sección de electrodomésticos de El Corte Inglés.

    Para empezar, la colección de hermosas capillas, a donde yo de niño solía acercarme en busca de la titilante luz de las llamas sobre el Cristo correspondiente y el inconfundible olor a cirio, se han convertido en «un meta diez céntimos y se encenderá una lucecita». Para seguir, a alguna lumbrera se le ha ocurrido proteger el Santo del Croque, esa columna en cuyo desgaste la tradición manda colocar la mano, de la hercúlea fuerza de los visitantes. Y no sólo se ha instalado una valla; también un avezado empleado de Prosegur debidamente aleccionado para explicar el por qué de semejante decisión con profusión de datos históricos (no es broma). No llegamos a probar a echarle diez céntimos, pero igual se encendía. A ver si la próxima vez se animan a encargarle al Cirque du Soleil el rito del botafumeiro.


  2. ¡Quinqui!

    Lo escribí el Sábado 13 de febrero de 2010

    Cualquier estudiante sabe que, cuanto más se acercan los exámenes, mayor es el surtido de películas, series y materiales culturales de diverso pelaje que se cruzan en su camino: un amigo pasó diez años intentando sacar Derecho sin éxito, por culpa de Falcon Crest.

    Pero yo voy con todo, nada de sutilezas: leo una noticia sobre la política de comunicación de la Casa Blanca y veo La cortina de humo, peliculón; ya que estamos de thriller político, revisemos Todos los hombres del presidente (cómo nos gusta Robert Redford); y puestos a degustar el inconfundible sabor de las películas setenteras, rebusquemos, rebusquemos… ¡Nada al otro lado del charco! Bueno, pues volvamos a España (siempre con los apuntes al alcance de la mano para no sentirnos mal). ¡Premio! En dos días no puedo resistirme a la trilogía de Perros callejeros, con El Torete en plena forma; a las de El Lute; a la de El Vaquilla y -gracias, España- El Pico partes 1 y 2.

    Por ir, iremos a septiembre en procesión, pero hay que ver lo que se puede llegar a aprender en un par de semanas: in ir más lejos, a robar coches y la historia reciente de España, condensada en un puñado de cintas a medio camino entre lo cómico, lo dramático y lo grotescamente pos franquista: cine quinqui vs. apuntes. ¿Queda alguna duda? Suerte, estudiantes.


  3. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.


  4. Sacrebleu!

    Lo escribí el Sábado 16 de enero de 2010

    logoculturasHace no demasiado acudí, en busca del tema de conversación del mes, a ver ‘Avatar’, y no pude más que esperar curioso a leer alguna crítica (francesa) sobre la enésima voladura cerebral de James Cameron. Háganse cargo: «François, necesitamos que nos escribas un par de páginas.» ¡Menudo papelón!

    Señalaba el semanario ‘The New Yorker’ en un reportaje previo al estreno de la película la cantidad de plumillas de todo el mundo caídos en desgracia tras descuartizar, a raíz de los pases de prensa, ‘Titanic’: alguno aún lleva el rabo entre las piernas por haber vaticinado un trompazo de proporciones épicas (porque la película buena, lo que se dice buena, no es) que resultó en el mayor éxito de todos los tiempos. Con Oscars, y todo.

    Ahora añádase a la prudencia del entendido cauteloso el inevitable requisito al que hacen frente los colegas del cruasán: insertar un par de reflexiones sobre la modernidad y derivados en cualquier crítica, algo peliagudo en este empastillamiento ‘new age’ ecologista de agradables tonos azules. ¿El resultado?

    En el ‘Libération’ del 16 de diciembre está: en el tercer párrafo se cuela un tímido «imperialismo cultural»; en el séptimo, en un esfuerzo de contención, aparece la ‘Ilíada’; y en el octavo, ya con la gota condensándose en la frente, Lévi-Strauss hace su aparición estelar: cine palomitero, sí, pero con cabeza. Y mientras, la mitad de la humanidad duerme plácida tras sus gafas de 3D.


  5. Un siglo después

    Lo escribí el Sábado 2 de enero de 2010

    logoculturasCuando llegó el año 2000, aparte de lo exótico de la cifra, me dio por pensar en la visión que ahora tenemos del siglo pasado, más allá de análisis históricos: atrás quedaron las roídas maletas de cartón de los malos tiempos; qué lejana resuena la biografía de un Truman Capote bañado en lujo neyorkino; qué extraña se ve Ava Gardner tomándose sus cócteles en el castizo Chicote de la Gran Vía madrileña.

    ¿Les dará a nuestros sucesores, dentro de un siglo, por verle el encanto a lo que ahora estamos viviendo? Seguramente se reirán de esa payasada del libro electrónico, ese armatroste que el bisabuelo guardó en un cajón un par de navidades después de recibirlo, en 2010.

    Qué lejanos quedan los manifiestos contra la piratería, con aquellas llantinas que les daban a los atribulados intelectuales, cuando tenían la solución delante de las narices.

    Y montarán un ‘Curso del 2010’ que levantará ampollas, o un Gran Hermano con animales –«Rebelión en la casa»–.

    Ansiarán la efímera (pero resultona) ropa de H&M que ahora tanto nos gusta; en algún momento se pondrán de moda las AllStar, el rosa, los sombreros, los mostachos, y ‘Colgando en tus manos’ será  considerada ‘vintage’.

    Cunde la preocupación, no obstante, porque algunos desaprensivos consideran que en lo cultural vamos cuesta abajo en la rodada: ¡No, por Dios! ¡Brindemos porque dentro de 100 años sea una Belén Esteban biónica quien presente las campanadas!: ¿Quién quiere premios Nobel pudiendo criar campeones de las ondas?