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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. Culpa de la gente

    Lo escribí el Sábado 22 de mayo de 2010

    Estaba el lunes pasado viendo nosequé zapping, tirado en el sofá, cuando aparecen Jordi González, ese solemne presentador de programas rosas, y mi ministro de Fomento preferido, José Blanco. Salto del incipiente letargo, y me pregunto si será un avance de la nueva película de Goddard –al que, si no fuera por el plantón de Cannes, seguiría dando por muerto–.

    No, será real: veamos lo que piensa el número dos del PSOE: que le han criticado en los últimos días por ir a ‘La Noria’, pero que a él no le importa porque tiene una «másima»: el político ha de ir «donde esté la gente». ¡Por fin alguien valiente, no como Montilla, ese desaprensivo que pasó de irse a quemar contenedores a Canaletas!

    Seguía sospechando que era un sueño, y que, como digo, Goddard había pasado a mejor vida; le rescaté de la categoría de «genio fallecido», gracias al episodio blanquiano. Sí, resulta que el tipo no solo aguanta sino que sigue haciendo películas, como ‘Film Socialisme’, una ida de olla sin precedentes.

    En cualquier caso, en el preciso instante en el que nuestro ínclito ministro acudía a la cadena de Berlusconi, yo –y otras enecientas mil personas que no nos encontrábamos delante de la caja tonta– estábamos distribuidos entre los estridentes conciertos que tomaron la Gran Vía; o en las Vistillas, aprovechando que por un día Madrí se baja del pedestal para ofrecer unas gratas fiestas de pueblo; o tomándonos un vermú a la fresca de una noche más que agradable, con la gorra y el clavel. Y a mí, la verdad, si no llega a ser por el camarero del bar de paisanos de la esquina, que está muy puesto, nunca se me hubiera ocurrido pensar que realmente Goddard sigue vivo o que ‘La Noria’ sigue emitiéndose…


  2. En la corte

    Lo escribí el Sábado 8 de mayo de 2010

    logoculturasEl jueves de la semana pasada tuve el gusto, que se convirtió en orgullo –qué calidad, en serio– de asistir a la segunda representación en Madrid de As you like it, de William Shakespeare, a cargo de la compañía transatlántica orquestada por Kevin Spacey y Sam Mendes: ¿director ozcarizado dirigiendo dos montajes únicos durante cinco días cada uno? Eso hay que verlo.

    Eso es: ocho y cinco de la tarde, ya llevamos retraso y entra Ángeles González-Sinde en el patio de butacas; saluda a Elena Salgado; sortea a Pedro Almodóvar y ocupa su asiento. Parece que podemos empezar. En mi platea, una mujer resopla porque no alcanza a leer los sobretítulos mientras que los de la de al lado se murmuran y, en el descanso, se dicen: «Aún queda hora y media de suplicio…» El descanso es, efectivamente, como una obra de Shakespeare: si no fuera por los iPhones, uno diría que es Alicia Moreno, concejal de las Artes en el Ayuntamiento de Madrid, la Rosalind por cuyo amor se pasa toda la obra suspirando Orlando, a juzgar por la cantidad de miradas ávidas de contactos que en ella se posan, y no la excelente actriz que se está dejando la piel en las tablas.

    En la segunda parte, Almodóvar tiene que levantarse y sale corriendo del teatro, para volver pocos minutos después: menos mal, porque de haber esperado diez minutejos más, se hubiera cruzado con Jacques, el heredero del Duque, por el patio de butacas. Tras un emocionante epílogo que nos hace saltar del asiento a la mayoría –los de mi platea están haciendo lucha libre fuera del teatro porque la señora tampoco alcanzaba a ver el escenario, según ella por culpa del mastodóntico espectador que ocupaba el asiento de al lado; los de la platea de al lado duermen plácidamente– un puñado de celebérrimas sombras aprovechan, en un movimiento ejemplar, los segundos de oscuridad que median entre final de la obra y aplausos para correr. Pero no se lo reprochen: lo de aparcar está fatal en el centro por estas fechas…


  3. Calentamiento global

    Lo escribí el Sábado 24 de abril de 2010

    Creo que cuando aquel sábado se apagaron tres o cuatro rascacielos entré en una de esas fases en las que uno decide desenchufarse de prensa, televisión, radio e Internet por un tiempo. Me llegan ecos desde fuera de la fortaleza (des)informativa, lo justo como para que el mundo no se acabe y me pille desprevenido, pero, servicios mínimos aparte, hay que decir que la vida es bastante más brillante y divertida.

    En la plaza acaban de plantar las terrazas, en el café del rincón ya dejan las puertas abiertas de par en par toda la noche, hasta cerrar, y la chaqueta va cogiendo postura en la percha, como preparándose para su particular hibernación de aquí a octubre.

    Lo mejor es que en Madrid, hace una semana, no era difícil encontrarnos pelados de frío la noche más tonta, por confiados; pero de pronto, tras discretas nieves en marzo (!) y la rasca amenazante de Semana Santa, me descubro sacando las camisas de verano y desterrando hasta el jerséy, a los oficinistas sin corbata dormitando en las terrazas a la hora de comer. Para mis amigos, los que apagan rascacielos, este es sólo otro síntoma del drama que atenaza al planeta; para nosotros, una semana de calor delicioso: ¿Quién llevará la razón? A saber: menuda tarde ha quedado.


  4. Distinto

    Lo escribí el Domingo 14 de marzo de 2010

    logoculturasPor mucho que digan, no es fácil encontrar buenas obras de teatro en Madrid. Hay muchas potables, bastantes decentes, demasiadas experimentales y un puñado de joyas cuyo programa no nos atreveremos a tirar al llegar a casa, y guardaremos arrugado en un cajón por los siglos de los siglos.

    Pero en el fondo, da igual: el poder del teatro, en estos tiempos en que la prudencial distancia de una pantalla y un moreno reluciente nos separan de películas, series y actores, reside, ante todo, en la propia potencia de lo que ocurre entre esas cuatro paredes.

    Dejemos de atender al texto: un silencio solidario y sepulcral se apodera del teatro en cuanto sube el telón; las tablas resuenan bajo los zapatos de los personajes; cada vez que se encienden un cigarrillo, una bocanada de humo alcanza las primeras filas; y resulta que sus voces les persiguen allá donde vayan dentro de la escena. Todo está sucediendo ahí, delante, al alcance de la mano.

    En el descanso somos conscientes, repentinamente, de que llevamos una hora y media callados, y rodeados de gente callada (¡milagro!), como sumidos en un limbo entre la ficción y lo tangible que sólo logramos desarmar un rato después, al desaparecer la enemistad de los dos protagonistas, o al resucitar aquel villano, que ahora sonríen, se agarran de la mano y saludan en una reverencia final. Ellos mismos se transforman, noche tras noche, en un ejercicio agotador que acota un tiempo, lo abstrae de todo lo demás y luego nos devuelve, zarandeados, al mundo real. Un gustazo, sin duda.


  5. Un libro «de mayores»

    Lo escribí el Sábado 13 de marzo de 2010

    Siendo yo niño, niño, vi a alguien con un grueso libro, de esos que tienen «sólo texto, sin dibujos» y cuyo argumento es además difícil de explicar (una novela «de mayores») y quise leer algo parecido: las aventuras de Guillermo eran de lo más divertido, pero sentía la necesidad de tener entre las manos un volumen con la fotografía de un señor circunspecto en la cubierta. Me parecía lo más: eran montañas literarias de una densidad insoportable para mí, y admiraba a aquellos adultos que podían con ellas sin pestañear y encima las disfrutaban, mientras que yo daba cabezadas al tercer capítulo. El reto se tornó factible cuando en clase nos mandaron leer ‘El camino’: bullía solo, leí una página, dos, tres, ¡un momento! ¿Qué significa «membrudo»? Corrí al diccionario, lo averigüé y seguí.

    No ocurren grandes cosas en la escritura de Delibes, no abunda el movimiento, pero al mismo tiempo las constantes descripciones no se están quietas: la apertura de ‘Las ratas’ contiene una violencia visceral durísima dentro de su anodina rutina. Mientras que nos transporta adonde quiere, tachona el texto con palabras desconocidas y acota, así, un espacio único, unos libros aleccionadores sin ser cargantes, que los currículos educativos nos enseñan a mirar con la reverencia del comentario de texto: «este», parecen decir, «es un gran libro». Pocas veces llegamos a creérnoslo del todo, pero de vez cuando salta esa chispa oculta al darle una segunda lectura en la intimidad, sin la presión de un examen, por puro placer: Delibes juega en esa liga.

    Es de los pocos autores a los que se puede no coger manía después de que a uno se lo embuchen de pequeño, a destiempo: los cuadros que nos pinta rebosan una humanidad y una belleza que impactan entonces y que, años después, cuando ya estamos en condiciones de entender algo, sobrecogen en lo más hondo.

    Tras de él quedan lecturas de todos los niveles, formas y sabores, en una producción tan extensa en el tiempo que se ha ido engarzando, poco a poco, con la vida de varias generaciones de españoles, siendo su Castilla un ingrediente fundamental de nuestro paisaje literario. Ahora, callado irremediablemente, ha llegado el momento de auparle a la categoría de «clásico». Sólo espero que, además de lograrlo, no deje de ser suyo el primer libro «de mayores» de muchos lectores más.