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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. La paz del titular

    Lo escribí el Sábado 2 de octubre de 2010

    Ahora que la actualidad ya ha recuperado sus revoluciones normales, conviene retomar la arriesgada actividad de desayunar titulares con café. La mayoría hacen temer una hecatombe nacional inminente, y el resto adoban con su inverosimilitud nuestras grises vidas.

    Pero bajo la densa capa de periodismo «serio», el de juicios masivos, huelgas generales y crisis de diversa condición, se esconde la inexplicable paz con la que viven algunos de nuestros vecinos del otro lado del charco: Bret Easton Ellis, con su última novela recién publicada y en el ojo del huracán literario por su genio y polémico jugueteo mediático, aparecía hace dos semanas en el suplemento cultural de ‘ABC’ en bata y zapatillas, sentado ante la pantalla del ordenador confesando, tan campante, que se había tirado toda ‘Toy Story 3’ llorando.

    O más inquietante aún, David Remnick, director de ‘The New Yorker’, entrevistado por Iker Seisdedos el sábado pasado, contaba en mitad del silencio bibliotecario de su redacción cómo en el último año y medio ha completado una biografía de Obama de 700 páginas mientras que dirigía el semanario.

    Uno sigue preguntándose cómo hace esta gente para encontrar la paz suficiente para conciliar los bamboleos y bombardeos de la actualidad con su actividad literaria y, lo que es más, ser capaces de sonreír. Algo debemos de estar haciendo mal por estos lares cuando cuatro míseros titulares nos quitan el sueño durante días, o cuando dos estadísticas de nada nos roban la calma sin pretenderlo. Obama adelgaza kilos a puñados, pero a ver quién es el guapo que le arrebata la sonrisa de la cara; un libro sobre la Moncloa en pantuflas y de pronto (¡blam!) nacen portadas sobre pagos del GAL de hace 14 años. ¿Y lo que nos convendría vivir en paz?


  2. Escolarización

    Lo escribí el Sábado 18 de septiembre de 2010

    Hace poco más de una semana Clara, con sus tres años, empezó al colegio por primera vez. Engalanada con el uniforme nuevo, nerviosa desde días antes por los compañeros, por lo que aprendería y por cómo sería ir al «cole de mayores», como dice ella.

    Pocas horas después de que ella atravesara ilusionada las puertas de su entusiasmante licenciatura en plastilina aplicada al entretenimiento, yo tuve a bien ir a recoger el título de bachillerato al instituto, con unos años de retraso. En el gris edificio del centro de Madrid no queda uno solo de los profesores que nos acribillaron, por aquel entonces, a fórmulas químicas y nociones de filosofía para mentes boquiabiertas. Aquel bull-dog castellano capaz de bregar con cabestros en ebullición mientras que sonreía al que se sabía la tabla periódica se había jubilado. En su lugar, una docente de lo más urbanita trata de que un padre no estrangule a su hijo después de que este le vendiera la moto de que apuntaba a un nueve en los exámenes de septiembre que acabó por diluirse en un cuatro con poco; una madre llora desconsolada por nosequé suspenso de su retoño que parece condenarle a un limbo académico-administrativo de lo más apetecible. Hijos, sobrinos y nietos de la LOGSE.

    La siguiente parada es la Facultad, en la que he de pescar mi flamante título de licenciado. Una fotocopia por aquí, una compulsa por allá y en una brillante mañana de septiembre logro, por fin, que Juan Carlos I explique al mundo en un papelito qué he estado haciendo los últimos cuatro años, previo pago de 150 euros.

    Y la cosa no acaba ahí: ahora a echar la solicitud del máster y, con suerte, a dedicar otro curso a rellenarnos de sabiduría. Clara, supongo, estará diplomándose en rotuladores Carioca encantada de la vida, ajena aún a que, por lo pronto, es muy probable que las próximas dos décadas de su existencia estén dedicadas a arrastrar la legaña hasta el pupitre y a escuchar lecciones de todo pelaje. A ver dónde estamos nosotros entonces…


  3. El Kafka de Roces

    Lo escribí el Sábado 11 de septiembre de 2010

    Hace unos días el desierto informativo estival que tantas alegrías reporta («Roban una plantación de marihuana protegida por osos»;  «Calamaro cierra su Twitter»; «Un restaurante de Berlín pide donantes para servir comida caníbal brasileña»; «Muere un fotógrafo de bodas al pedir a los novios que posaran con armas»; etc.) se inundó con el chaparrón típico de un septiembre posvacacional. Lo que más me gusta de este momento catártico es un titular grandote que rece algo así como: «Un otoño cargado de tentaciones literarias». Ken Follet empieza otra trilogía (más); Vila-Matas vuelve a derramar las babas de los más repelentes autores de blogs ilegibles; Paulo Coelho parece seguir vivo… Nada nuevo bajo el sol, la verdad. (más…)


  4. Palabras vacías

    Lo escribí el Viernes 30 de julio de 2010

    El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

    Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

    Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

    Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

    Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.


  5. Primeras escenas

    Lo escribí el Sábado 3 de julio de 2010

    logoculturasUna de las maneras más provechosas y cómodas de lograr que el lector quede atrapado por la novela o el relato de turno es rellenar el texto de imágenes, de escenas cuya representación mental resulta bastante más duradera que cualquier otra noción. Ejemplo: de las múltiples festividades que siguen al fin de exámenes será duro recordar la fecha o el número exacto de asistentes; no obstante, recordaremos con precisión milimétrica el plato de huevos con chorizo al amanecer, tras una infinita sesión de bailoteos en traje y corbata.

    Este es uno de los baremos infalibles para, recién entrado el verano, medir la calidad de los dos meses largos que están por venir.

    (más…)