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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. Sobre el Goncourt

    Lo escribí el Sábado 20 de noviembre de 2010

    Sólo podía ser él. El único hombre que se las apaña para salir en la portada de todas sus novelas fumando, tenía que ganar el premio Goncourt. Pero ¿qué ha hecho Michel Houellebecq por las letras? Varias cosas. Lo que aún nos preguntamos es si son buenas.

    Me acerqué a él por primera vez con Les particules élémentaires, un libro desasosegante, raro, y bastante explícito, no nos engañemos, cuya portada le tenía –claro– a él como protagonista, con una bolsa de plástico y blandiendo un cigarrillo. No sé, en una primera lectura podría llegar a parecer que nos encontrábamos ante una especie de Medem (uf) o de Bigas Luna (uf, uf) literario (uf, uf, uf) francés (recontra uf).

    Pero con el tiempo, abandonando un interés casi marrano por la reproducción; dejando de lado su amistad con Fernando Arrabal y la consiguiente tendencia hacia el mileniarismo chusco; obviando que se trate de uno de esos autores que despiertan frases en Wikipedia del tipo «el ‘fenómeno Houellebecq’, que provocó numerosos y apasionados debates»; e incluso olvidando el barniz científico que da un presunto giro inusitado a todas sus tramas, empecé a sentir, como tantos otros, que efectivamente se trata de uno de los mejores escritores que ha dado la madre Francia.

    Le perdí levemente la pista cuando empezó a ser más importante su faceta de carnaza mediática que de escritor (algo) preocupado por lo que producía; cuando empezó a ser, en fin, objeto de sesudos seminarios de estudio (!). Cuando lo que había entre sus fotos fumando y la contra de sus libros, dejó de importar.

    Ahora, que ha salido su nuevo libro, lo único de lo que se ha hablado ha sido de supuestos plagios de Wikipedia, para ese barniz científico que tan poco me interesó en su día. Eso sí, ahora, Houellebecq tiene un Goncourt. Y un lector menos, creo.


  2. Jurado popular

    Lo escribí el Sábado 13 de noviembre de 2010

    Me ha crecido un flequillo que tengo que cortarme. Aún no he sucumbido a las gafas (no me hacen falta, por suerte); ni se me han ceñido los pantalones tanto a las piernas. Sí tengo una rebeca (por si refresca, ya se sabe) en el fondo de armario, pero me falta una pashmina con la que dar empaque a mis palabras en las tertulias. Pero ese día puede llegar de un momento a otro.

    En el Café Dam las espirales de humo y conversaciones en torno a lo más granado del Festival se multiplican por estas fechas, y en casi cualquier rincón de la ciudad pueden divisarse encendidas conversaciones. Conversaciones que pueden no ser tales, ojo, sino deliberaciones del jurado joven del festival, compuesto, en general, por perfiles como el arriba descrito. Esto es, el 92% de la población cimavillense, en algún momento de su vida.

    Será difícil tener a Julia Roberts correteando por la alfombra roja, aunque Joaquin Phoenix esté en las pantallas de la Laboral; eso sí, ese mismo espíritu que llevará al gijonés joven a plantarse, dentro de cinco décadas, a pie de obra para comentar la calidad del mortero, encontrará una buena formación en este primer acercamiento.

    Sin duda, lo mejor del Festival: como si Perry Mason se pasara por La Plaza; como si Jessica Fletcher se dejara caer por el Sonotone: durante unos días, cualquier cineasta puede caer fulminado en el rincón más insospechado y, cuando se abra el plano, descubriremos que una imagen desconocida y juvenil está detrás del veredicto. No hay como esta cita para recordar que, por suerte, este festival sigue siendo como Hacienda: somos todos.


  3. El mejor canal

    Lo escribí el Domingo 31 de octubre de 2010

    Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.

    Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.

    Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.

    El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?


  4. El canon ¿qué más da?

    Lo escribí el Sábado 23 de octubre de 2010

    Un magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid nos dijo el año pasado, en una charla, que el Derecho y la Medicina eran las dos «únicas ciencias abocadas al fracaso de antemano». La suya, en concreto, porque se ocupa de la dificilísima tarea de vertebrar y organizar una sociedad.

    Así, los derechos de autor han encontrado, en esta disciplina, un campo de batalla fértil para la pelea y farragoso para dar con una solución razonable; un debate que al ciudadano medio le cuesta entender, y no digamos ya juzgar.

    De lo legal se ha saltado a lo político; de lo político, a lo popular; y de lo popular, a lo faltoso. Con ese cóctel, ha terminado por ocurrir lo único posible: que los derechos de autor se hayan convertido en un tema tan vidrioso que es mejor no acercarse.

    Esto ya no se trata de compensar a los autores (que pregunten a los artistas nacionales que a día de hoy copan las listas de éxitos cuánto dinero perciben al año), ni de echarle la culpa al intercambio de archivos de la caída en el número de ventas, no. Se trata de un cómodo tema, acotado y paulatinamente vaciado de contenido, que se está instalando entre el tabaco y la obesidad en la siempre necesaria lista de asuntos de sociedad sobre los que debatir con el menor fundamento posible.

    El Tribunal de Justicia de la UE acaba de prohibir cobrar el canon digital a personas jurídicas, pero no a físicas. ¿Quién gana, quién pierde? Una pequeña victoria para algunos, y una inyección de polémica para otros. Poco importa, mientras que sigamos enzarzados en una pelea que tiene que ver con todo menos con los discos y libros que se gestan afortunadamente lejos de tribunales y polémicas, y que mañana, sin duda, querremos disfrutar.


  5. De Sorel a Pijoaparte

    Lo escribí el Sábado 16 de octubre de 2010

    Ese libro sólo podía haber sido así», me dijo un profesor sobre Últimas tardes con Teresa. Y tiene toda la razón del mundo: el Pijoaparte es un chulito arrabalero que empieza por caernos bien hasta que, al final, se acaba quitando su propia careta para quedarse en el Manolo Reyes que nunca debió dejar de ser: un chico inocente, tontamente enamorado de una rubia no menos prendada de los trajes baratos y las maneras de barriada.

    Pero que el Pijoaparte acabe por dejar de ser quien es, o al menos en parte, no es nada comparado con lo que el bueno de Julien Sorel, en Rojo y negro, era capaz de hacer en circunstancias similares (y eso que el segundo era unos añitos más joven que el primero). Los personajes de Stendhal no se andan con chiquitas: mientras que Pijoaparte se pasa un puñado de líneas poniéndose tonto porque ha visto, fugazmente, un hombro en la playa, Sorel pasa del aserradero a la docencia, de la docencia a los líos de faldas, de los líos de faldas a la cárcel y –¡como tiene que ser!– luego el que no muere, llora amargamente.

    No, no se andaban con chiquitas, aquellos decimonónicos: las macarradas de nuestro mejor cine quinqui se quedan en pañales al lado de aquel orondo personaje de las Crónicas italianas, del propio Stendhal, a cuya llaga de la pierna tenían que alimentar directamente con filetes para que dejara al amo en paz.

    El Pijoaparte no deja de resultar entrañable por sus torpes esfuerzos por aprender, por salir de eso que llaman un «drama social»; Sorel no deja de resultar entrañable por lo bruto que es bajo esa apariencia dócil e inocente: después de todo… ¿Quién logra, hoy, conmovernos como ellos?