Sólo podía ser él. El único hombre que se las apaña para salir en la portada de todas sus novelas fumando, tenía que ganar el premio Goncourt. Pero ¿qué ha hecho Michel Houellebecq por las letras? Varias cosas. Lo que aún nos preguntamos es si son buenas.
Me acerqué a él por primera vez con Les particules élémentaires, un libro desasosegante, raro, y bastante explícito, no nos engañemos, cuya portada le tenía –claro– a él como protagonista, con una bolsa de plástico y blandiendo un cigarrillo. No sé, en una primera lectura podría llegar a parecer que nos encontrábamos ante una especie de Medem (uf) o de Bigas Luna (uf, uf) literario (uf, uf, uf) francés (recontra uf).
Pero con el tiempo, abandonando un interés casi marrano por la reproducción; dejando de lado su amistad con Fernando Arrabal y la consiguiente tendencia hacia el mileniarismo chusco; obviando que se trate de uno de esos autores que despiertan frases en Wikipedia del tipo «el ‘fenómeno Houellebecq’, que provocó numerosos y apasionados debates»; e incluso olvidando el barniz científico que da un presunto giro inusitado a todas sus tramas, empecé a sentir, como tantos otros, que efectivamente se trata de uno de los mejores escritores que ha dado la madre Francia.
Le perdí levemente la pista cuando empezó a ser más importante su faceta de carnaza mediática que de escritor (algo) preocupado por lo que producía; cuando empezó a ser, en fin, objeto de sesudos seminarios de estudio (!). Cuando lo que había entre sus fotos fumando y la contra de sus libros, dejó de importar.
Ahora, que ha salido su nuevo libro, lo único de lo que se ha hablado ha sido de supuestos plagios de Wikipedia, para ese barniz científico que tan poco me interesó en su día. Eso sí, ahora, Houellebecq tiene un Goncourt. Y un lector menos, creo.
