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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. ¿Quién es el loco?

    Lo escribí el Sábado 5 de febrero de 2011

    El dinero está para gastarlo. Y más, aún, cuando uno puede meterse en una librería y dejarse los cuartos en algo que quizás guste o quizás no, pero que quedará precioso en la estantería del salón por el simple volumen de su lomo.

    El otro día, entre los vastos dominios de una vendelibros de las grandes, recordé la repentina decisión francesa de exiliar a Ferdinand de Céline de su patrimonio y, curioso, rebusqué en el rincón internacional alguna de sus obras para legitimar el no siempre fácil paso por caja.

    Céline, de cuya muerte se cumplen 50 años el próximo 1 de julio, era nazi. Es un hecho, pertenecía a un equipo de pensadores o de escritores o de indeseables que nadie querrá recordar jamás, estuviera hoy del lado de los combativos pueblos árabes o del inefable Israel (¡menudo dilema!).

    Y Céline también es un autor cuya lectura, en cuatro años de licenciatura profusamente bañados en la francofonía, solo han hablado profesores a los que recorría cierto sentimiento de transgresión por el simple hecho de pronunciar su nombre.

    ¿Por qué justamente él, padre de algunos de los renglones mejor escritos del siglo XX, merecerá quedar olvidado el próximo 1 de julio? ¿Por qué una de las firmas esenciales para entender un siglo que ya empieza a oler a caduco, a histórico, merece semejante paliza intelectual?

    Pregunté a una de las dependientas dónde caía Céline, entonces, y solo acertó a decirme que no había nada en su lengua original y que sería necesario pedirlo, con un condicional así de grande («Habría que…»), como para disuadirme de que se lo encargara.

    Había despertado el repentino recuerdo del de Courbevoie una charla, horas antes, sobre la alucinante crítica que ha padecido Umberto Eco con ‘El cementerio de Praga’, su última novela, por la mera construcción de personajes de calaña moral y socialmente reprobable.

    En definitiva: Céline inexistente, nazi y despojado del francesismo que tan bien le sentaba; Eco, segundo en la lista de ventas. Ambos, pensando, creando y contando. Lo primero, a su manera; lo segundo, inapelablemente bien; lo tercero, magistralmente. Y ¿quién de los dos dicen que es el loco?


  2. Lo que viene

    Lo escribí el Sábado 22 de enero de 2011

    Hay autores que dedican toda una vida a un objetivo. De esos que son capaces de levantarse a diario a labrarse un Nobel; o de los que guardan, pegada en la nevera, una lista de todos los premios literarios que conceden las cajas rurales constantemente por ese relato ya escrito, por esa novela manida. Y hay autores como Johnathan Franzen, que se dedica a dar con su novela perfecta. Saltó a la fama a principios de la década (ya) pasada con The Corrections, con un estilo tan expansivo como adictivo. Un género tan propiamente estadounidense como personal, unos libros que andan a medio camino de la ficción y del ensayo contemporáneo. En septiembre del año pasado, tiró la casa por la ventana con Freedom, mismo estilo, mismo género, pero no más de lo mismo. Un novelón de los que podrían tener más de un siglo y que alguien de la editorial Salamandra aún se debe de estar deslomando para traducir, pero que llegará en 2011 a España.

    Otra buena noticia: el solemne, canadiense, barbudo y entrañablemente erudito Robertson Davies regresa de la tumba (21 años hace ya que nos dejó), una vez más, de la mano de Libros del Asteroide. «Monté la editorial porque un día me di cuenta de que no leía nada que tuviera menos de 10 años», contaba el editor en una ocasión. Y así fue: dos de las trilogías de este genio olvidado ya han aterrizado impecablemente publicadas. Pronto, muy pronto, llegará la primera parte de otra más, la de una compañía de teatro que se enfrentará, en esta entrega, al montaje de The Tempest, de Shakespeare.

    No será difícil perderse en la ensalada editorial del año que entra, pero así, de mano, estos dos bocados vale la pena buscarlos.


  3. Fin de año, etc. (ocho) Sin comerlo ni beberlo

    Lo escribí el Viernes 24 de diciembre de 2010

    Hay dos maneras de tomarse el fin de año: a la ligera o a la tremenda. Inevitablemente, es el momento en el que la mayoría se detiene y mira hacia atrás, hacia delante, hacia un lado y hacia el otro; salda cuentas y elabora planes.

    Empezamos a tomar conciencia al descubrirnos con la familia, vistiendo el consabido jersey de lana, en Nochebuena. Dejamos pasar los días y de pronto es Nochevieja. Hay quien se queda en casa, hay a quien le toca trabajar, quien tiene calor y quien tiene frío: situémonos en el salón elegante y añejo, con todo el mundo haciendo equilibrismos para aguantar las doce uvas, en una reunión que congrega a todos los personajes que han pasado por nuestro 2010.

    Uno hace balance bajo los techos altos y las lámparas, en el mismo decorado del año anterior. Cuando se quiere dar cuenta, el cuenco con las uvas se ha vaciado y está brindando con quien tiene alrededor. Todo el mundo parece festivo, pero todo el mundo está, también, empezando a hacerse a la idea de que el calendario ya ha completado otra vuelta completa.

    Examina errores, aciertos y acontecimientos del año que acaba para predecir qué depara el entrante. Así hasta que amanece otro primero de enero y la luz de la mañana empieza a colarse por los enormes ventanales; en el suelo solo quedan confeti, serpentinas y colillas pisoteadas. Vuelve a casa y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra ante un año más que estrujar, explotar y disfrutar. Feliz 2011.


  4. Lo bueno y lo malo

    Lo escribí el

    La ciencia médica es tajantemente clara al respecto del peligro del tabaco. Lo que ocurre es que a pesar de que la ciencia médica se tome tres raciones de verdura al día, haga media hora de ejercicio, duerma ocho horas y modere el consumo de alcohol, el hecho es que el común de los mortales disfruta remoloneando en la cama media horita más, adora brindarse un homenaje (por estas fechas, más) y en general pretende equilibrar lo que es físicamente sano con lo que es mentalmente sano. O lo que es médicamente inapelable con lo que es económicamente jugoso.

    Consultando el avance de la liquidación de los Presupuestos Generales de 2010, observamos que el Estado ha recibido de las llamadas labores del tabaco, y solo del tabaco (sin alcohol), 4.289 millones de euros. Agárrense, que hay más: la previsión de gasto por programas para 2011 del Ministerio de Sanidad es de 2.693 millones de euros, esto es, un 62% de lo ingresado por las labores del tabaco, y solo del tabaco. Con los 1.596 millones de euros restantes podrían cubrirse las previsiones de gasto del Ministerio de Cultura para todo 2011, y todavía sobrarían 360 milloncejos para, no sé, regalar 50 billetes de Metro a cada habitante de Madrid y frenar el cambio climático, que también es muy malo.

    He aquí el imponderable de marras: la nivelación entre lo que nos garantiza vivir 100 años y lo que nos garantiza vivirlos a gusto. Hay quien disfruta yendo a pescar (eso es bueno); hay quien disfruta fumando (eso es malo); hay quien disfruta corriendo 15 kilómetros en su día libre (eso es bueno); hay quien disfruta comiéndose, mientras, cuatro grasientas hamburguesas (eso es malo).

    Conste que todo es malo o bueno, que no hay términos medios: el humo en la ropa molesta, los ambientes cargados, también. Y todos agradeceremos respirar mejor y saborear vinos y manjares. Eso sí, no debemos olvidar que lo que estamos examinando aquí no es la densidad del humo de un cigarrillo. No, esa es otra guerra y no debemos confundirnos: lo que estamos midiendo es la potestad de nuestro Estado-padre para decidir sobre qué nos conviene y qué no (mientras que nos vende cajetillas a puñados).

    Dejando de lado aficiones poco positivas (robar bancos o importar ojivas nucleares), lo que no termino de comprender es qué clase de autoridad moral tiene el Estado sobre todos nosotros, sobre el devenir de la sociedad civil. Probablemente, ninguna. Evidentemente, toda.


  5. ¡Que no controles!

    Lo escribí el Sábado 11 de diciembre de 2010

    Supongo que cualquiera que haya visto una película de acción en condiciones habrá fantaseado, aunque sea al irse a la cama, con la posibilidad de que ocurra una calamidad de la magnitud necesaria para que un Sylvester Stallone entre en escena.

    Lo de los controladores no ha sido para menos, y lo más emocionante y atinado que ha engendrado el asunto hasta el momento ha sido el ministro de Fomento cometiendo el esplendoroso desliz de disculparse por los «prejuicios» causados a los viajeros que se quedaron en tierra. Efectivamente, prejuicios nacieron: desde el viernes pasado no nos gustan ni los controladores, ni los ministros, ni los presidentes.

    Pues ahí estaba medio país, más pendiente de que el Osasuna-Barça se disputara con normalidad por culpa del estado de alarma que de la que se estaba liando.

    No desesperemos: siempre nos quedará Wikileaks. 250.000 documentos contando, esencialmente, lo que todos sospechábamos. Tratando de mantener el interés (no olvidemos que a este ritmo de publicación nos van a dar las uvas, literalmente) el fin de semana pasado vio la luz una entrevista con Julian Assange íntegra y trepidante, por chat, con emoticonos y todo. No es broma: P: «Hola, ¿aún sigue ahí?» R: … P: «¿Se acabó?» R: «Lo siento, Internet se desconectó momentáneamente». Esto es.

    Probablemente los controladores, la huelga general, Wikileaks, la visita del Papa, el caso Gürtel, la Pantoja, la muerte de Berlanga, que hayamos ganado el Mundial y todas esas cosas tan interesantes que nos han ido ocurriendo a lo largo de este año que se nos acaba hayan marcado la Historia. Sí, seguro. Dentro de dos generaciones. Y… ¿hoy qué? Hoy juega el Getafe, me han dicho.