El dinero está para gastarlo. Y más, aún, cuando uno puede meterse en una librería y dejarse los cuartos en algo que quizás guste o quizás no, pero que quedará precioso en la estantería del salón por el simple volumen de su lomo.
El otro día, entre los vastos dominios de una vendelibros de las grandes, recordé la repentina decisión francesa de exiliar a Ferdinand de Céline de su patrimonio y, curioso, rebusqué en el rincón internacional alguna de sus obras para legitimar el no siempre fácil paso por caja.
Céline, de cuya muerte se cumplen 50 años el próximo 1 de julio, era nazi. Es un hecho, pertenecía a un equipo de pensadores o de escritores o de indeseables que nadie querrá recordar jamás, estuviera hoy del lado de los combativos pueblos árabes o del inefable Israel (¡menudo dilema!).
Y Céline también es un autor cuya lectura, en cuatro años de licenciatura profusamente bañados en la francofonía, solo han hablado profesores a los que recorría cierto sentimiento de transgresión por el simple hecho de pronunciar su nombre.
¿Por qué justamente él, padre de algunos de los renglones mejor escritos del siglo XX, merecerá quedar olvidado el próximo 1 de julio? ¿Por qué una de las firmas esenciales para entender un siglo que ya empieza a oler a caduco, a histórico, merece semejante paliza intelectual?
Pregunté a una de las dependientas dónde caía Céline, entonces, y solo acertó a decirme que no había nada en su lengua original y que sería necesario pedirlo, con un condicional así de grande («Habría que…»), como para disuadirme de que se lo encargara.
Había despertado el repentino recuerdo del de Courbevoie una charla, horas antes, sobre la alucinante crítica que ha padecido Umberto Eco con ‘El cementerio de Praga’, su última novela, por la mera construcción de personajes de calaña moral y socialmente reprobable.
En definitiva: Céline inexistente, nazi y despojado del francesismo que tan bien le sentaba; Eco, segundo en la lista de ventas. Ambos, pensando, creando y contando. Lo primero, a su manera; lo segundo, inapelablemente bien; lo tercero, magistralmente. Y ¿quién de los dos dicen que es el loco?
