A media tarde, un hombre impertérrito cruza la plaza con una urraca viva (aunque igualmente seria) sobre el brazo: acaba de darle de beber en una fuente pública y ahora corren a refugiarse a la sombra de un árbol, sentados en un banco de piedra.
El tipo se dedica a jugar con el ave, le da de comer, la posa en una papelera mientras que recoge algo del suelo («No te escapes eh, pórtate bien») y la otra obedece dócil.
Pero lo más increíble es que aquí, en pleno centro de Madrid, no deje de pasar gente, que ya sale de sus guaridas y oficinas, sin prestar la más mínima atención al dúo. Será que ya están aburridos de encontrar a gente que tiene una urraca como animal de compañía.
Por fin, llega la última esperanza: el consabido estudiante de Bellas Artes sacándole fotos a cada baldosa que pisa. Se acerca al hombre y a la urraca, yo cruzo los dedos de la emoción ¾ellos no mudan su semblante por nada: urraca y paisano en una simbiosis única¾ cuando de pronto… Sorpresa, cambia de rumbo en el último segundo y se dirige a la papelera en la que hace unos minutos reposaba el ave. Le saca una foto al mamotreto gris y solitario y, encantado por la instantánea, prosigue su camino como si nada hubiera ocurrido.