Ha cundido la sorpresa entre gijoneses y veraneantes habituales por la sorprendente afluencia de visitantes que han aguantado en la ciudad esta segunda quincena de agosto, una vez superados los conciertos, restallones y demás festivales.
La crisis no afecta al sector turístico: al contrario, lo impulsa; tenemos una de las proporciones de bares por habitante más elevadas de España; y por si todo esto fuera poco, llegan noticias de que barrios como la Calzada o Pumarín cuentan ahora con una presencia hostelera más que boyante.
Tal es el optimismo que por no afectarnos, no nos afecta ni el clima: proliferan ‘a veira do mar’ terrazas y chiringuitos de corte ibicenco-mediterráneo, con su rollo lounge y sus sillones blancos («Pero eso ¿cómo harán pa lavarlo?», se preguntaba el otro día una nativa) que quedan preciosos en el litoral astur y le confieren ese toque sofisticado que tanto nos gusta por estos lares.
La gente bien se apoltrona encantada, con sus gin-tonics a precio de oro, rodeados de palmeritas disfrutando de las noches de verano. Y si se tuercen, poco importa: en vez de jersey por los hombros nos ponemos el polar en agosto para salvar el orbayo y tan panchos. Pa gallos, nosotros: Ibiza está ahí. Y si no, al tiempo
