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Entradas que hablan sobre «El Comercio»

  1. And last, but not least…

    Lo escribí el Lunes 20 de junio de 2011

    Springsteen siempre presentaba igual al Big Man: «And last, but not least… ¡Clarence Clemons!» («Y por último, aunque no menos importante… ¡Clarence Clemons!»). Y los estadios se caían. En el caso de Bruce Springsteen y de su E Street Band, a la capacidad natural que tuvieron para reconfigurar una banda de rock convencional hay que añadir que en el momento en el que se les vive en directo, dan ganas de tirar todos los discos a la basura y no escuchar más que conciertos.

    Porque por mucha manía que se le tenga al saxo como instrumento, Clarence Clemons supo atacarlo con cordura y mucha elegancia y, además, integrarlo en el proyecto de Springsteen y de su E Street Band. Ese fue su primer triunfo.

    Clemons no es solo, entonces, momentos fulgurantes, sino algo tan sorprendente como la introducción de este The River del Reunion Tour (1999) en el Madison Square Garden:

    En este vídeo aparece el otro e-streeter que ya no está entre nosotros, Danny Federici. Federici falleció en 2008, y le sustituyó Charles Giordano, el teclista de la formación folk que Springsteen se sacó de la manga en 2006, la Seeger Sessions Band.

    Por eso las muertes o sustituciones en una banda como esta, que es una piña, son muy complicadas para los fans y escuchantes en general: llega un momento en el que la emoción sobrepasa la música, en el que la mera presencia de, por ejemplo, un Clemons agarrotado y al que sacaban del escenario en silla de ruedas enchufado a una bombona de oxígeno era más importante que lo que fuera capaz de demostrar con su saxo de oro.

    Será difícil olvidar aquel concierto de verano de 2008 en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, en el Magic Tour, cuando Clemons logró sobrevivir a Radio Nowhere (había entrado en su solo como un elefante en una cacharrería) y se atrevió con Jungleland.

    Cuando sonaron los primeros acordes de esa canción quienes allí estábamos nos miramos sorprendidos: su solo en ese tema es uno de los momentos por los que mejor se le conoce y entraña, además, una dificultad técnica considerable. «No va a ser capaz», pensé entonces. Empezó con cautela, la banda le arropaba, atenta, echándole el tempo hacia atrás para que pudiera amarrar cada nota con prudencia. De pronto, uno ve aparecer de alguna forma al músico, a lo que le ha conferido esos poderes: uno sabe, de golpe, que por encima de la leyenda que él se sabe para mucha gente y por debajo del poder que destila quedándose aparcado en un taburete sobre el escenario, hay un musicazo. Había un musicazo. Y sí, pudo con el solo.

     


  2. Electrificados

    Lo escribí el Sábado 18 de junio de 2011

    Hace seis días que terminó la 70 edición de la Feria del Libro de Madrid. Fernando Valverde, su director adjunto, se lamentó el domingo de un descenso del 4% en las ventas en las casetas, pero no llegó a quejarse (demasiado). ¿Por qué? Porque ese descenso supone que la cifra se sitúa en 7,95 millones de euros. No está mal para 17 días acampados en el Retiro: es una media de más de 467.000 euros al día, esté como esté repartido el pastel, además de la publicidad gratuita.

    Justo antes de que empezara la Feria, un periodista preguntó a su presidenta, Pilar Gallego, qué papel iba a desempeñar el libro electrónico en esta edición, y ella vino a decir que el libro electrónico es un aparato que, como tal, se vende en otro tipo de establecimientos y que, además, las obras en ese formato se descargan de Internet. Así, no hace falta ir a ninguna Feria para hacerse con ellos. Aplastante. El plato fuerte de la cita, había explicado minutos antes, era la posibilidad de conocer a los autores preferidos y que le dedicaran a uno su libro. Y uno se pregunta: ¿Cómo se firma un e-book?

    Al final, va a ser que el peligro digital no acecha desde tan cerca como lamentan algunos, si la Feria del Libro, fiesta del papel, factura ese dineral sin prestar demasiada atención a ese presunto peligro, si se permite cerrar de 2 de la tarde a 6 para ir a comer (el sol aprieta en Madrid, qué quieren). Pero aunque las orejas del lobo asomen desde lejos, asoman. Y ¿dónde nos va a pillar cuando llegue?


  3. ¿Botellón?

    Lo escribí el Viernes 22 de abril de 2011

    Es miércoles. Se está jugando la final de la Copa del Rey entre silbidos y el himno a un volumen «en el umbral del dolor», según dicen.

    En una marisquería no muy lejos de la playa, algunos se hinchan con buenos productos del mar y con selectos vinos blancos. Fuera, pasan dos jóvenes sospechosamente emperifolladas –mañana es jueves santo y, por tanto, fiesta–: «Tía, ¿sabes que hay una movida que la copa cuesta 150.000 euros?» «¡Calla, ho!», contesta exageradamente su acompañante.

    A simple vista, cualquier chigrero que haya vuelto a la calle, a fumar para aliviar los nervios de tan cardíaco encuentro, diría que esas dos chicas son víctimas de su tiempo, frutos de una educación que reformar y de un sistema que se derrumba.

    Un par de horas antes de que comenzara el segundo de los partidos de la tetralogía llamada a parar el país, un candidato a la alcaldía de su ciudad estaba comprometido, en las redes sociales, con su mensaje político y su consabido discurso electoral.

    Sin embargo, ahora, al filo del fin de la primera parte, con el gol (que no es gol) de Pepe, con medio país saltando del butacón y el otro medio tratando de aislarse del deporte rey, nuestro candidato retransmite un escueto pero significativo «Qué mal Arbeloa…» Ahora estamos a lo que estamos.

    Hay quien se abstrae, en esta noche de abril, con un cine y una buena cena (la minoría) y hay quien se abstrae con un buen Madrid-Barça (la mayoría), con lo que ello conlleva. Hay quien se abstrae, en primavera en general, con un terraceo. Hay quien no deja de ser cabal. Y hay quien, imitando a sus mayores o tratando de cabrearles, se apalanca en el parque de turno para circunvalar los derechos que le otorga su edad y ponerse tibio. Pues bueno.

    Podríamos examinarlo todo (empezando por los botellones, siguiendo por los patadones de Messi al respetable) a la luz del café meditado del sábado por la mañana, al calor analítico y somnoliento de los lunes. Pero de momento, mañana es fiesta, y el marcador está a ceros.


  4. Madrileño y en 3D

    Lo escribí el Domingo 27 de marzo de 2011

    Es el primer martes por la tarde de la primavera en Madrid. Los oficinistas vuelven a casa paseando por la calle Luchana. Pero allí, en el cine que hace esquina, una cola que alcanza la puerta de la discoteca contigua se aprieta para sacar su entrada. No es que vayan a ver Torrente 4: no son jóvenes, ni fans atraídos por uno de los horterísimas preestrenos de la Gran Vía. Son señores y señoras ataviados con sus mejores galas que esperan pacientemente para aprovecharse del precio especial de un euro que hoy se les ofrece.

    Porque este Madrid, Madrid, Madrid del chotis no es necesariamente elegante, pero sigue teniendo encanto. Es, incluso, un pelín cutre cuando se lo propone. Eso sí, cuida el estómago y el bolsillo a partes iguales, y alimenta una de las pocas cosas por las que algunos no nos quejamos en absoluto de vivir en la capital del reino.

    Como aquellos mayores, procuro ir a cines de barrio cuando toca. Sigo prefiriendo las butacas desvencijadas y el estampado gastado de las paredes de esta sala al mega emporio de enfrente (los horrores de Las Rozas, a la vuelta de la esquina). Claro que la última vez que me acerqué a uno de estos cines, lo que topé fue a una taquillera borde negándome el descuento por llevar el carnet joven y a 4 personas ociosas desperdigadas por el patio de butacas. Igual que el pescadero sospechosamente sonriente y pesetero que suele intentar colarme estas doradas, «fresquísimas».

    Los viernes en el Camacho no cabe un alma, porque los camareros gruñirán con entusiasmo, pero nadie se resiste a la llamada de esos vermús alquímicos a euro y poco. En el Palentino corretean sin cesar los sábados, pero es que ¿quién puede hacer caso omiso a esos grasientos pepitos de ternera?

    Ahí lo tenemos: ¿por qué llena nuestro policía más insigne las salas del país? ¿Es lo que es, o es el 3D?


  5. La cocina de los Oscar

    Lo escribí el Martes 1 de marzo de 2011

    Estamos en Los Ángeles. Esta noche se entregan los Oscar, los premios -quizás- más importantes de la «industria del cine». Bueno, más bien, estamos en una cocina de una de las plantas altas del Círculo de Bellas Artes de Madrid mirando fijamente a una pantalla y esperando a que un presentador o premiado tome la palabra.

    Dos voces masculinas y dos voces femeninas llevamos cuatro horas, cuando se acercan las 2 y media de la madrugada en España, con el ceño fruncido sobre el guión de casi 200 páginas que rigió, con paso marcial, la ceremonia de entrega de los premios de la Academia.

    Los técnicos corretean entre el plató de televisión y el de radio que nos rodean, van dando buena cuenta del catering entre carrera y carrera y nosotros, entre tanto, vamos repartiéndonos los papeles: «Bueno, yo creo que seré James Franco», afirma Fernando. «Oprah. Sí, soy yo, que tú eres Anne Hathaway», dice Christine a Christina. Por supuesto, el guión no revela todos los misterios («Pero ¿quién es TBR?»): nadie sabe por dónde van a salir los premiados, nadie puede esperarse la metralleta de nombres en la que se convierte Andrew Sorkin al recoger el Oscar al mejor Guión Adaptado; tampoco que Bob Hope pueda ponerse a charlar, desde el más allá, con Jude Law y Robert Downey Jr.

    Así van pasando las horas hasta que cae el telón: son casi las seis de la mañana en un Madrid de lunes que empieza a desperezarse y entre tragos de café hemos ido tratando de poner voz, con el mayor tino posible, a todo el firmamento de Hollywood. Han caído los premios más técnicos, en los que una voz en ‘off’ felicitaba a los técnicos reconocidos por haber «desarrollado tanto ese sistema de cabrestantes»: ojipláticos, nos giramos entonces hacia Christina y le aplaudimos en silencio para que las palmadas no se colaran por el micrófono. En una noche recurrente pero inolvidable, hemos sido, por un rato y en la sombra, desde Kathryn Bigelow hasta Geoffrey Rush, desde Steven Spielberg hasta Sandra Bullock, desde Gwyneth Paltrow hasta Randy Newman. Y todo… desde la cocina.