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Palabras vacías

El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.

Primeras escenas

logoculturasUna de las maneras más provechosas y cómodas de lograr que el lector quede atrapado por la novela o el relato de turno es rellenar el texto de imágenes, de escenas cuya representación mental resulta bastante más duradera que cualquier otra noción. Ejemplo: de las múltiples festividades que siguen al fin de exámenes será duro recordar la fecha o el número exacto de asistentes; no obstante, recordaremos con precisión milimétrica el plato de huevos con chorizo al amanecer, tras una infinita sesión de bailoteos en traje y corbata.

Este es uno de los baremos infalibles para, recién entrado el verano, medir la calidad de los dos meses largos que están por venir.

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Haciendo Historia

logoculturasResulta que hace exactamente una semana estaba tirado en el sofá, contemplando fascinado el almidonado cuello de Carmen Sevilla presentando la película de turno en ‘Cine de Barrio’, cuando lanzaron el consabido «esto es lo que ocurrió aquel año». 1969, para ser exactos.

Desfiló por la pantalla una velada sucesión de cortes recuperados de la videoteca, con esa entusiasta vocecilla tan del NO-DO uncida con música algo velada por el paso de los años y, por encima, una narradora relatando los triunfos de Eurovisión, las visitas a la Luna y demás gestas.

Un día antes de aquel sábado, había empezado el Mundial; cuatro días después, los suizos se la iban a armar a la roja. A miles de kilómetros, el vertido del Golfo de Méjico; y nuestra Asturias a punto de hundirse o de ponerse a flotar…

Dentro de unas cuantas décadas, imagino que estaré tirado en el sofá y la Carmen Sevilla correspondiente mandará «un besito… para esa artihta… que la quiero musho…» y volverán a desfilar las imágenes; pero entonces serán de Villa con las manos en la cara, de la mancha naranja flotando en el mar, o de suelos anegados en el occidente astur: y entonces, imagino que no recordaremos sólo lo que ocurrió en este junio de 2010, sino, además, que el inefable cuello de Carmen no hacía más que impedirme volver a coger los apuntes, y que brindamos por el penúltimo examen de la carrera minutos antes del gol de Suiza, y que contemplamos la mancha de petróleo desde la cafetería de la Facultad, justo después de que el dueño volviera a cambiar furtivamente de canal para ver ‘Pasión de gavilanes’…

No habrá voz del NO-DO, ni esa musiquilla velada, pero sienta tan bien saber que habremos hecho Historia…

Ahumados

logoculturasEn mi facultad está prohibido fumar desde el 1 de enero de 2006, lo cual no fue óbice para que la gente siguiera haciéndolo por los pasillos. Estaba aquel hombre de tupida barba blanca, de Filología Francesa, creo, que se enfrentaba a quienes echaban unos cigarros entre clase y clase, pero poco más.

Luego vino la campaña publicitaria; después, las amenazas; finalmente, dos vigilantes de seguridad cuya única misión, que yo sepa, es vigilar tan innoble hábito. No obstante, a más de uno y más de dos profesores hemos visto, furtivamente, salir a vaciar los ceniceros de sus despachos a las 8 de la tarde, cuando ya quedan pocas almas por los pasillos.

Además, la cena de graduación que tendrá lugar dentro de un par de semanas será «libre de humos», por consenso del sector talibán de mi carrera; y seguro que dentro de tres o cuatro promociones se van a un vegetariano a beber zumo de soja y a comer tofu hasta que les salga por las orejas: la culpa de que un puñado de pobres malnacidos de blando cerebro se dedicaran a fumar era de una sociedad anticuada y de unos referentes pochos, claro.

Es una pena que quienes fuman vayan a tener que irse a la calle siempre que quieran echar unas bocanadas; y que la próxima cruzada vaya a ser contra la comida basura; sin embargo, uno no puede más que dar saltos de alegría por seguir poder llegando hasta la Universidad en un vagón de metro que huele a perro mojado por la dudosa higiene de los viandantes; por poder seguir disfrutando del reggaeton a todo trapo en los móviles de ciertos especímenes; porque nunca nos vayan a quitar esos audaces bocinazos infantiles, que ponen a prueba las frecuencias sónicas, y que tanto nos alegran la estancia en bares, trenes, restaurantes… Fumar ya no mola; ser un cabestro, sí: para todo lo demás, Ministerio de Sanidad.

Entrevistar a Maalouf

Ayer llegué al periódico con intención de rellenar un simple artículo sobre Amin Maalouf cuando, de golpe, me puse al teléfono y estaba ahí. Ayer tuve el gustazo de entrevistar a Amin Maalouf: fue breve pero intenso. Ahí va la entrevista, publicada originalmente aquí:

Amin Maalouf recibió ayer la noticia de que había ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por toda una carrera entregada a la literatura, una literatura arraigada en su mundo, pero también en el nuestro. El escritor coge el teléfono en su casa de París con la voz algo afectada por la emoción de un Príncipe de Asturias aún fresco, pero tocada de un elegante acento francés de tintes arábigos. Sus palabras, pausadas y profundas, echan un vistazo sobre el universo que le rodea.
-Ante todo, felicidades por el Premio, ¿cómo ha recibido la noticia?
-Para mí es un momento de enorme alegría; me siento muy honrado. Se trata de un galardón prestigioso, que además me acerca a un país muy importante para mí desde el principio de mi carrera literaria. España siempre me ha servido de inspiración para mis personajes, y la he visitado en varias ocasiones.
-El jurado ha dicho de su obra que constituye un «mosaico de lenguas, culturas y religiones». ¿Qué opina de esta valoración?¿Es acertada?
-En primer lugar, esas palabras me emocionan; en segundo lugar, estoy totalmente de acuerdo. Vivimos en un mundo muy diverso, un mundo que es, enteramente, un mosaico. Ese término en concreto es muy pertinente, ya que lo importante no son tanto las piezas que lo componen ni su posición como la manera en que conviven. Todos estamos obligados a habitar este mundo con otras personas, y por eso es esencial encontrar el equilibrio entre la suerte de cada cual y arreglar nuestros problemas: vivimos tiempos difíciles en ese nivel…
-Usted tiende a transmitir una visión del mundo global, una concepción que deja de lado las fronteras puramente políticas; no obstante, suele utilizar metáforas que tienen que ver con el desierto, con oasis, con un paisaje muy particular. ¿Es el prisma a través del cual mira a su alrededor?
-Ahora mismo, lo que estoy es intranquilo. Intranquilo cuando miro a ese mundo árabe al que se refiere: está atravesando su momento más sombrío, en especial en lo tocante a las personas. Cada vez que miro al Líbano, que es mi tierra, dudo mucho que la gente que vive allí, que los libaneses, quieran vivir así.
-¿Cómo es, entonces, ese paisaje ahora mismo?
-El paisaje del mundo árabe es triste. Lo que veo es gente que sueña con otro mundo.
-No obstante, la perspectiva desde Francia, donde usted reside, será muy diferente…
-Sí, lo es: vivo en un país desarrollado, libre y soy un apasionado absoluto de Europa: sin embargo, Francia es un país en el que está creciendo el malestar, en el que surgen tensiones y desencuentros constantemente y, cada vez, más acentuadas. En el ámbito europeo, la perspectiva es similar: se percibe una dejadez preocupante ante las elecciones, por ejemplo.
-¿Qué solución propone?
-Creo que la observación del mundo debe ser serena. Tenemos que verlo tal cual es y, una vez hecho eso, reinventarlo. Y eso es algo que sólo puede lograrse a través de la cultura, del arte y de las letras.
-Esa idea se refleja en su obra, está imbuida por ella, pero ¿en qué medida considera que su propia producción tiene una influencia en ese sentido? ¿Piensa que sus libros están cambiando el mundo de alguna manera?
-Creo que hay que ser muy modesto en ese aspecto, yo no quiero pensar que mis libros estén cambiando nada. No puedo evitar estar triste porque veo que el mundo avanza en un sentido que no es el que yo esperaba y que las cosas no funcionan como yo querría, pero no puedo hacer más que escribir, leer y escuchar y, luego, esperar que me lean y me escuchen a mí.
-¿No le resulta paradójico que entreguen este galardón a un árabe que escribe novela histórica, justamente, en la tierra que empezó la Reconquista?
-(Ríe) No, para nada. Soy un enamorado de la Historia, y soy de la opinión de que no se pueden observar hechos pretéritos desde las preocupaciones y consideraciones del presente. Cada vez que visito una mezquita cordobesa, o que contemplo la catedral en Santiago de Compostela lo que siento es una gran admiración; y al mismo tiempo soy consciente de que son edifcios construidos en momentos determinados y por razones concretas. Lo que me fascina es que sean construcciones realizadas por los hombres, y para los hombres.
-Ni siquiera su editorial sabe en qué está trabajando ahora mismo: ¿puede adelantarnos algo?
-Nunca digo nada de mis libros a nadie hasta que los tengo terminados. Sí puedo decir, sin embargo, que es una novela y que tengo previsto acabarla a finales de este año. Hasta entonces, estaré trabajando en ella: sólo interrumpiré el proceso en octubre para ir a Oviedo a recoger el galardón; después, la terminaré.