Springsteen siempre presentaba igual al Big Man: «And last, but not least… ¡Clarence Clemons!» («Y por último, aunque no menos importante… ¡Clarence Clemons!»). Y los estadios se caían. En el caso de Bruce Springsteen y de su E Street Band, a la capacidad natural que tuvieron para reconfigurar una banda de rock convencional hay que añadir que en el momento en el que se les vive en directo, dan ganas de tirar todos los discos a la basura y no escuchar más que conciertos.
Porque por mucha manía que se le tenga al saxo como instrumento, Clarence Clemons supo atacarlo con cordura y mucha elegancia y, además, integrarlo en el proyecto de Springsteen y de su E Street Band. Ese fue su primer triunfo.
Clemons no es solo, entonces, momentos fulgurantes, sino algo tan sorprendente como la introducción de este The River del Reunion Tour (1999) en el Madison Square Garden:
En este vídeo aparece el otro e-streeter que ya no está entre nosotros, Danny Federici. Federici falleció en 2008, y le sustituyó Charles Giordano, el teclista de la formación folk que Springsteen se sacó de la manga en 2006, la Seeger Sessions Band.
Por eso las muertes o sustituciones en una banda como esta, que es una piña, son muy complicadas para los fans y escuchantes en general: llega un momento en el que la emoción sobrepasa la música, en el que la mera presencia de, por ejemplo, un Clemons agarrotado y al que sacaban del escenario en silla de ruedas enchufado a una bombona de oxígeno era más importante que lo que fuera capaz de demostrar con su saxo de oro.
Será difícil olvidar aquel concierto de verano de 2008 en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, en el Magic Tour, cuando Clemons logró sobrevivir a Radio Nowhere (había entrado en su solo como un elefante en una cacharrería) y se atrevió con Jungleland.
Cuando sonaron los primeros acordes de esa canción quienes allí estábamos nos miramos sorprendidos: su solo en ese tema es uno de los momentos por los que mejor se le conoce y entraña, además, una dificultad técnica considerable. «No va a ser capaz», pensé entonces. Empezó con cautela, la banda le arropaba, atenta, echándole el tempo hacia atrás para que pudiera amarrar cada nota con prudencia. De pronto, uno ve aparecer de alguna forma al músico, a lo que le ha conferido esos poderes: uno sabe, de golpe, que por encima de la leyenda que él se sabe para mucha gente y por debajo del poder que destila quedándose aparcado en un taburete sobre el escenario, hay un musicazo. Había un musicazo. Y sí, pudo con el solo.
