Termino julio con un sabor de boca excepcional: advertía a principios de mes que volvía a El Comercio en plan cafre y que me prodigaría poco por el blog estas semanas, pero al final me he venido arriba y he logrado actualizar todos los días, con más o menos tino.
Siempre es un placer para mí producir y compartir el resultado, pero más grato aún ha sido descubrir que cuando las ideas no llegan y parece que las palabras no vienen, hay quien sigue leyendo, dando ganas de no parar y de mejorar.
Mil gracias a todos por hacer de este julio un mes excepcional.
Ayer estaba, recién llegado a Gijón, tomando algo en cierto bar del centro al que siempre acudo en mis sesiones de lectura. Era ya tarde, la camarera revoloteaba recogiendo y limpiando y cerrando; su amigo, acodado en la barra, se concentraba en el enésimo gin tonic, y yo me bebía, no menos absorto, The informers, de Bret Easton Ellis.
Me llegó entonces un mensaje, que sólo decía: “Michael Jackson ha muerto”. Yo creí que era una broma, obviamente, pero al mismo tiempo me pareció imposible que alguien se inventara semejante absurdidad. Cerré el libro y, algo desasosegado, pagué la cuenta y me fui. Les dije a los allí presentes antes de salir: “Me han dejado un dato curioso: murió Michael Jackson”. Los dos se me quedaron mirando.
El tipo, borracho de ginebra, no supo cómo reaccionar y balbuceó algo como que “Calla ho, que eso ye mentira.” La camarera se rió y opinó que no podía ser. “Michael Jackson no puede morir”.
A mí cada vez me parecía más verosímil, más real, hasta que llegué a casa, encendí el ordenador e Internet explotó ante mis ojos. Toda la portada de Facebook eran comentarios al respecto; en Google ya había indexadas 688 noticias de periódico, y todas, absolutamente todas las redes sociales, como ya han atestiguado otros bloggers, quedaron colapsadas.
Y es que en aquel bar, anoche, mientras compartía con el parroquiano y la camarera semejante información, se me aceleró el pulso, noté mis nervios momentáneos y tuve la sensación de que se había producido un pequeño sismo, un 11-S en miniatura, uno de esos días que no se olvidan y que luego contaremos a los nietos. “Recuerdo el día en que murió Michael Jackson”.
Y claro, imaginad cuando, superado el impacto inicial, me entero de que Farrah Fawcett también murió ayer. No somos nada.
Entre los muchos fenómenos provocados por las nuevas tecnologías, hay uno que justifica sobradamente la afirmación de que Internet democratiza: la globalización informativa conlleva el acceso de todo el mundo a todo, y con ello la creación de mercados profesionales donde nadie, jamás, esperaría que florecieran.
El ejemplo de los blogs y de los periódicos es el más notorio, pero quiero empezar por otro que conozco algo mejor y del que quizás se hable menos: el mundillo de los traductores pirata.
Se trata de una práctica tremendamente frecuente en el ámbito friki de las series, y que ha generado un mecanismo tan rápido y eficiente que casi asusta: se emite el último capítulo de Lost o de Prison Break o de la serie de turno en Estados Unidos; los de aquel país lo graban durante su emisión y menos de una hora después de su final, está colgado en la Red. Entonces los de este lado del charco (o de Sudamérica: se dice, se comenta que en Argentina son muchos los traductores que se “regalan”) se lo descargan inmediatamente, lo despiezan en varios segmentos y se lo reparten. Comienza la traducción, que estará acabada la misma noche y el capítulo, disponible para todo aquel que no entienda inglés y quiera disfrutarlo. En la comunidad de la traducción profesional existe una gran polémica con todo este tema: hay quien defiende que habría que meterlos a todos en la cárcel; quien considera que son unos héroes; quien no les tiene miedo por la teórica escasa calidad de su trabajo; y quien defiende esta última postura con la boquita piñonera.
No entraré en valoraciones personales porque sería alejarse demasiado del tema central, baste observar que, en cualquier caso, la aparición de los traductores altruistas, piratas o como se les quiera llamar ha supuesto un importante terremoto en el mundo de la producción audiovisual. El público ya no considera de recibo esperar dos años a que su serie preferida se emita en España, ya no está dispuesto a comprar una caja con los DVD de una temporada completa. Claro que, en su mayoría, da por buena una traducción que puede no serlo, y está dispuesto a consumir un producto de inferior calidad (imagen, sonido: eso es innegable) por el mero hecho de ver el ansiado capítulo ya mismo. En cualquier caso, han cambiado las tornas.
Pues en el periodismo actual se da exactamente lo mismo. Me di cuenta leyendo las palabras de Pedro J. en Navarra el pasado viernes, cuando decía que “un bloguero no es un periodista por contar cosas”. Y un traductor pirata, ¿no se convierte en traductor por traducir cosas? He aquí el problema, la dificultad de definir qué distingue a un intruso de un profesional: la titulitis. La vía fácil es afirmar que lo que hace a un periodista (o a un traductor) es el haber estudiado una carrera, que es el mensaje de fondo de ese discurso del terror, el de los profesionales que temen (con razón) quedarse sin empleo por culpa de la gente que regala su trabajo o que cobra menos por él. O quienes sostienen (como intuyo que hacía Pedro J.) que se trata de una cuestión de análisis, de encontrar caras de la noticia. Da igual la excusa elegida, ya es hora de abrir los ojos: un tipo de Albacete que lleve toda su vida apasionado por la política estadounidense podrá competir con cualquier analista del USA Today. Digo.
La otra dificultad es asumir que nuestro albaceteño es capaz de producir algo que quizás tenga peor calidad, a ojos de un experto, pero que venda 10 veces más: dinero contra calidad. Qué combinación más peligrosa. Peligrosa porque cuando la (supuesta, que hay mucho jeta) profesionalidad es inversamente proporcional al dinero generado lo fácil, de nuevo, es invocar al Estado y pedir una ley, una ayuda, o un algo que remedie la situación. Puede colocarse este parche, pero la cuestión de fondo perdurará: el público prefiere menos calidad; o le da igual. Eso es lo que hay que subsanar.
Con la tranquilidad de un viernes festivo, el diario Público incluye un detalladísimo artículo sobre el ya famoso informe de la IIPA, la Alianza Internacional para la Propiedad Intelectual (a.k.a. “los americanos”), que pone a caldo a nuestro gobierno por su enorme ineficacia a la hora de frenar la descarga ilegal, etc.
Lo primero que trasluce el artículo es la dificultad ibérica para entender el concepto de “lobby”, que tan arraigado está en Estados Unidos y que tiene una importancia capital en el buen funcionamiento de la maquinaria democrática de aquel país. No el lobby entendido como herramienta chusca para chantajear a congresistas con escándalos sexuales, no, sino como un grupo de personas que, desde su posición de comunidad o de asociación defienden sus intereses; un conjunto que recomienda, asesora y trata de que ser escuchado reuniéndose con representantes electos en Washington, organizando think tanks y grupos de presión; actuando, en definitiva, en los despachos, que es donde, en mi opinión, se ganan estas guerras.
Esto significa que el poder real y efectivo de la Alianza no es mayor que el de cualquier comunidad de vecinos, y que aunque desembarque en nuestro país con un nombre tan pomposo y un informe tan serio, no depende sino del gobierno de España que se adopten sus propuestas y se acepten sus opiniones.
El informe parte de una idea que ya se ha convertido en tópica: que la piratería es mala; luego, dedica un pescozón a nuestro gobierno por su ineficacia legislativo-ejecutivo-judicial para frenar esta situación. Y aunque se trata de un estudio muy bien documentado, el núcleo del problema queda fuera de su alcance: la SGAE como encarnación del cutrismo hispánico más arraigado, esas figuras casposas capaces de ganarse el odio de toda una sociedad consumidora de cultura por el mero hecho de defender sus jubilaciones en Torrevieja.
Lo que necesitamos no es una caza de brujas amparada por la ley, lo que necesitamos no es que nos expliquen qué está bien y qué está mal: lo único que nos hace falta es una industria del entretenimiento lo suficientemente dinámica y competente como para ofrecernos los avances que la tecnología ha puesto a nuestro alcance y olvidarse de las preocupaciones mezquinas de dos o tres viejas glorias. Es decir, no necesitamos que se inviertan nuestros impuestos en convencernos de que bajarse una película equivale a robar un coche; no necesitamos que se tiren horas y horas de nuestros ahorros en reuniones eternas para determinar si un quinceañero de Villaconejo de Abajo es un terrorista en potencia; necesitamos que se fomenten prácticas como poner a disposición de los internautas los contenidos íntegros de la televisión para su posterior disfrute; que se prime la iniciativa de un músico de ofrecer gratuitamente su trabajo y luego ganar dinero en una gira. Que se busquen medidas, de esta forma, que beneficien a todo el mundo aprovechando las posibilidades que, en 2009, nos brindan las nuevas tecnologías.
Cada día son más los españoles que piensan de esta manera, y alegra ver que una convicción tan sana (que no co-mu-nis-ta, como decía Bau-tis-ta en una en-tre-vis-ta) cuenta el soporte social necesario para impulsar un cambio en la concepción y consumo de cultura que no es ya una opción, sino una necesidad: somos muchos los ciudadanos que estamos más que dispuestos a pagar por la cultura de este país y deseosos por hacerlo, lo cual nos exculpa de los cargos de comunistas, y que no obstante prescindimos de dejarnos los cuartos por el simple hecho de no pagar a quien no le estamos comprando nada. Pero ¿qué falta, pues, para que este cambio se ponga en marcha de una vez?
Paradójicamente, la carencia más urgente de los consumidores de cultura en España es un grupo de personas bien organizado, con argumentos sólidos y alguna que otra aptitud política, que pueda asesorar y convencer a la administración sobre las fronteras legales en esta cuestión; un conjunto de ciudadanos que despierte un debate real y de fondo sobre el problema; unas voces que (¡sólo por una vez!) aparquen ideologías y se sobrepongan a los caducos esteretotipos políticos (izquierda, derecha); un grupo de seres racionales que encarne las ideas, ya maduras y bien definidas, que exponía un poco más arriba: esto es, un “lobby”. Lo habéis adivinado: como el del demonio yanqui.
Anoche Buenafuente entrevistó a Julio Salinas, y estuvo bromeando con él, entre otras cosas, sobre un vídeo titulado El delantero más malo de todos los tiempos. Salinas, después de la sucesión de cantadas futbolísticas, se puso medianamente serio y soltó una verdad como una casa: “En este país siempre nos acordamos primero de lo malo.” Buenafuente se quedó pensativo por un momento, y el ex futbolista planteó entonces una serie de ejemplos, dirigiéndose al público:
— ¿Por qué nos acordamos de Arconada? — Por la cantada del 84— respondieron a coro. —¿Y de Carlos Sáinz? —“Carlos, trata de arrancarlo”— clamaron. —¿Y de Induráin?
Así siguieron un buen rato, y yo no pude evitar preguntarme por qué será tan cierta esta teoría, por qué hemos convertido ese morbo que despierta el error ajeno en una religión pura y dura: como decía, bastaba abrir los periódicos de hoy para darse cuenta.
La final del Athletic-Barça viene envuelta en una aureola de terrorismo futbolístico propiciada por la final de hace 25 años, casualmente la última que ha ganado el Athletic. Basta rebuscar mínimamente en YouTube para encontrar este vídeo de Maradona repartiendo, con la música del Mortal Kombat de fondo: 57.000 visionados y toda una ristra de vídeos relacionados.
En El País dedican dos páginas enteras a Antonio Vega, indiscutible musicazo que recibe el consabido cocktail necrológico de sentimientos amargos y revisión de su carrera artística aderezado, como no podía ser de otra manera, con lo que todos esperábamos (¿y deseábamos?) oír: qué caña se metía, cuánta heroína en el cuerpo, no sé cómo aguantó tanto tiempo.
Y qué decir del enfrentamiento político (no lo digo yo: cualquier periódico de tirada nacional sustantiva “cara a cara” o “duelo” y apostilla “agrio”, “amargo”, “violento”) de la jornada: Zapatero vs. Rajoy, vencedores y vencidos, el morbo de las réplicas más impertinentes en bandeja. El mismo engranaje que mueve la apisonadora Operación Triunfo (un Risto Mejide) mueve el interés ciudadano por el debate. Luego no, luego la crispación es detestable y todos lamentamos que nuestros políticos no se lleven bien y arreglen la crisis. Pero mientras, pan y circo.
Los programas de vídeos caseros de niños chinos dándose cabezazos contra una mesa jamás dejarán de tener audiencia, y esos realities que tanto odiamos, esos programas tan deleznables en los que se abren las tripas de los concursantes y se sirven al respetable con un poquito de caspa no son sólo una apuesta segura, sino un síntoma exagerado, una manifestación que todos vemos con claridad, de un rasgo tremendamente arraigado en nuestra sociedad y que no resulta necesariamente evidente: el interés por lo oscuro, por lo menos bueno de la gente.
La basura que nos rodea nos atrae como a las moscas, cuesta resistir la tentación de echar un vistacito por la cerradura de la imperfección, aunque sólo sea para darnos cuenta de que ese famoso tan pluscuamperfecto en el fondo no lo es tanto; para odiar a algún político, periodista, comentarista, fantoche o caradura cuya ideología es del signo contrario a la nuestra (me encanta esa frase); para conocer lo que nadie más conoce y sentirnos más sabios; para odiar por envidia ciega e irracional; o, sencillamente, para tapar con la basura ajena la propia (“No, si es que llevarse dinero del Ayuntamiento siempre se hizo, lo hace todo el mundo.”).
Esto no pretende ser un pescozón, ni siquiera una crítica: me descubro a mí y a todos mis compañeros de viaje en el metro mirando con atención sibilina la silueta renqueante y apagada del creador de La chica de ayer en una foto junto a su esquela, buscando las cicatrices que una vida de excesos había dejado en él.
Luego ya vendrán las mitificaciones y beatificaciones; ahora lo que importa es la foto del ataúd, las causas de la muerte. Con Zapatero y Rajoy igual: ya veremos dentro de 20 años algún programa nostálgico en la tele que nos conceda distancia y sentido común para opinar (si procediera o procediese); ahora lo importante es ensimismarse en lo que no han hecho y en lo que han hecho mal, en quién tiene la lengua más viperina y los machos más grandes.
Menos mal que esta noche, como en las grandes ocasiones, podremos descalzarnos y reunirnos en torno a la televisión para disfrutar de un buen partido y de una cervecita fría. ¿A que sí?