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De haitianos, desastres y maratones
Me había propuesto esquivar esta entrada pero, visto lo visto, parece imposible.
Estoy, últimamente, lo suficientemente concentrado en mis cosas como para no enterarme de nada de lo que ocurre a tres manzanas de mi casa, incluidos terremotos de magnitudes insalvables. Pero hete aquí que lo de Haití se me ha plantado en la puerta de la habitación, en el armario de las tazas del desayuno y hasta en los blogs que suelo consultar: uno va a por un poco de lechuga al supermercado, y alguien ha montado una colecta “desinteresada”; acude a la Facultad a un examen, y Renfe ha logrado imprimir unos carteles bastante más caros de lo que recaudará; todos los artistas buenrolleros del mundo han organizado sus maratones (en el de la sala El Sol se las ingeniaron para que figurara en las notas de prensa hasta la marca de guitarras que las había cedido); y hemos llegado, por fin, a una de esas situaciones en las que si no donas pasta eres el demonio en persona aunque, si lo haces, has ganado la santidad sin pensarlo.
Está muy bien que de vez en cuando el Altísimo nos dé la oportunidad de redimirnos de todos nuestros pecados pretéritos, que ponga un checkpoint para guardar la partida y seguir como si tal cosa. Porque no nos dejemos engañar: está en la naturaleza humana el que nos revuelvan algo las imágenes que llegan desde Haití, pero también lo está que, si no nos enteramos de ellas, o si sencillamente lo hubiéramos oído contar, nos diese exactamente lo mismo.
A esto sigue el argumento de la nivelación por lo alto, que completa el checkpoint divino: si ayudamos a Haití, estamos siendo hipócritas, porque en otros lugares del mundo están ocurriendo barbaridades a diario que nos dan igual. Entonces, igual que hacemos con las colecciones de quiosco en septiembre, nos hacemos de Amnistía Internacional (¿soy el único que ha notado que últimamente el número de captadores callejeros se ha multiplicado?), de Greenpeace y de Médicos Sin Fronteras.
Luego quedarán cinco columnistas neo-ilustrados para recordarnos cuán malos somos (incluyéndose a sí mismos, lo cual es aún más desgarrador) y, finalmente, un puñado ínfimo de gente capaz y valiente, se irá a donde tercie a echar una mano.
Lo realmente cruel de todo este proceso es el terror, cada vez más evidente, que nos tenemos a nosotros mismos: resulta mucho más sencillo dar algo de dinero y llorar las injusticias del mundo que asumir que esas supuestas injusticias son INHERENTES a la especie humana, son lo único que ha mantenido la Tierra en movimiento. Aquí va otra verdad: el cambio climático (¡tachán!) se debe, en gran medida, a su socavamiento: en vez de renunciar al bienestar que tan bien nos sienta, tratamos de convencernos de que lo mejor que podemos hacer es elevar el nivel de vida de los 6.000 y pico millones de personas que ya anegamos el planeta. Error.
Lo de Haití es un drama televisado, una gran mentira vestida de verdad analizada, masticada y vendida por un puñado de trajeados sin ideas que ya han logrado sentar las bases de un lugar común en el que nos sentimos cómodos (no así el terrible caso de la Gripe A, en el que todos fuimos escépticos y listos como nosotros solos): llorar, llorar, dar, llorar, insultar a los políticos (siempre hace bonito) y, por fin, bajar a por el pan y los periódicos el domingo por la mañana para alternar entre las páginas de moda de El País Semanal y las últimas noticias del seísmo.
Menos mal que no me entero de lo que ocurre a tres manzanas de mi casa.
Traducir y callar
Estudio cuarto de carrera de la licenciatura (sí, licenciatura) de Traducción e Interpretación, el último curso. No me pondré ahora a relatar en qué ha consistido y consiste mi formación en “la segunda profesión más antigua del mundo”; baste decir que me han dado clase 5 profesores (cinco) en toda la carrera que hayan practicado la traducción profesional en algún momento de sus vidas y que los otros (más de diez, y de 20 me atrevería a decir) eran lingüistas, filólogos, o mejor, teóricos de la traducción que nunca han traducido (paradojas de la vida).
Ocurre con frecuencia que se organiza algún debate en clase sobre esas marcianadas que tanto nos gustan: la invisibilidad del traductor (¿hasta qué punto se tiene que notar que estamos ante una traducción?), cómo hay que afrontar la traducción de determinado tipo de texto (¿leerlo previamente o no? ¿usar software de apoyo o hacerlo a pelo?), y mi preferido: euros.
La obsesión que ha desarrollado cierta gente en esta carrera —fomentada, en ocasiones, por conferenciantes con problemas para pagar las facturas— por los euros y la situación laboral del traductor les ha convertido en aguerridos sindicalistas de cuchillo entre los dientes antes incluso de asomarse de lejos a lo que es el mercado: escuchar hablar a veteranos del mundillo que han tenido que luchar por leyes que reconozcan nuestro estatus les envalentona y llena el espíritu de ganas de venganza contra el empresario maligno.
Entretanto, se van nutriendo, en su burbuja de instituto —”¡Mierda, este 5,2 me baja la media!”—, de lo que los lingüistas insertan en sus cerebritos: un mundo idílico en el que se traduce un párrafo por hora, en el que cada recoveco del texto se puede y debe explorar, en el que la traducción es una actividad científica, compleja, para la que hacen falta un método y sabiduría teóricas que, por supuesto, nunca adquiriremos (e ignorantes moriremos).
Con este unvierso cocinado en los pasillos, despachos y congresos de facultades mal iluminadas rondándome, estaba hace unas semanas en casa cuando sonó el teléfono: “Alejandro, soy X. Tengo una traducción para ti; cambio climtáico; 70 páginas; fatal escrito; te lo mando.”
Otra vez la adrenalina, otra vez noches sin dormir, otra vez correr, volar, pasar páginas del diccionario, comer delante del ordenador. Otra vez curro del que nos motiva a los que nos gusta el tipo de trabajo que en algún momento te lleva a preguntarte: “¿En qué hora…?” Otra vez traducir el doble de lo recomendable en un día, otra vez sonreírse al pensar en el libro acabado. Otra vez, la satisfacción que pocos entienden o quieren entender: otra vez, traducir y callar.
De cómo perdimos la razón
El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?
Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.
Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.
Hablar de lo que no se sabe
Estoy despachando los New Yorkers atrasados y he encontrado, en el del 20 de julio, un incisivo reportaje sobre el sheriff del Condado de Maricopa (Arizona). El pollo se llama Joe Arpaio, podéis leer un resumen del artículo aquí.
Bueno, la gracia del personaje reside en que es un inmigrante italiano de 77 años de los que las pasó canutas de pequeño, creció sin madre y, en general, ganándose la vida desde que era un chaval en las fuerzas del orden. Luego se retiró y en 1992 se presentó como candidato a sheriff (allí funciona como unas elecciones, se elige sheriff cada cuatro años) y en el puesto lleva desde entonces, saboreando la peligrosa miel resultante de mezclar política chusca con poderes policiales.
Cuenta el artículo que su nueva obsesión es la inmigración ilegal: apuntaré, sólo como ejemplo de sus expeditivos métodos, la solución impuesta para solventar el problema de la saturación de las cárceles: instalar tiendas de campaña militares al sur de Phoenix (que cae en su jurisdicción), a tiro de piedra de una perrera, un vertedero y una planta de tratamiento de residuos; rodearlas de alambre de espino; y colgar de una de las torres vigilancia un neón que reza “Plazas libres”.
Huelga decir que, aunque hasta aquí no haya llegado, la figura del sheriff Arpaio es tan odiada como idolatrada por aquellos lares: es la típica historia que, bien filtrada por el tamiz de un estudiante de 3º de Ciencias Progres, daría cuenta de lo paletos y de lo analfabetos que son estos yanquis, que siguen votando a esta especie de ogro neonazi. En fin, lo de siempre.
Ahora bien, este artículo me ha hecho cruzar la frontera en dirección sur y ponderarlo usando la balanza de dos noticias que recientemente nos han llegado: en primer lugar, esta semana hemos sabido que 18 personas habían sido asesinadas en Ciudad Juárez a sangre fría por unos sicarios, que dos quedaron con heridas graves y que tres se desvanecieron (y van…). La situación allí es insostenible, creo que de eso no nos cabe ninguna duda. Estamos hablando, cuidado, de un lugar que se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con los States, donde tenemos una buena remesa de Arpaios esperando para cazar al ilegal, ponerse un par de chapitas y empezar a usar los méritos en sus carreras por los pasillos de Washington.
La otra noticia es el asesinato de Christian Poveda, en El Salvador, a manos de las Maras, sobre las cuales había realizado un reportaje. Según he leído, estas bandas se llevaron por delante a 3.700 personas el año pasado: otra animalada.
Quiero decir con esto que William Finnegan ha podido firmar un artículo sobre Joe Arpaio que incluye conversaciones con él y con su equipo en el que no le tiembla la mano al insinuar que el sheriff es poco menos que un dictador, un personaje sin escrúpulos ni demasiados problemas para saltarse un puñado de leyes. Y nadie le ha pegado un tiro por hacerlo.
Y toda la gente que ha votado a Arpaio teme a “lo que hay al sur”, ora debido a la burricie, ora debido a noticias como las que llegan de Juárez; la gente que le ha votado también odia, sin duda a causa del desconocimiento y, probablemente, a causa también del temor mencionado. Y si a esto le sumamos la estirpe que citaba, la de quienes manipulan, crean y recrean para beneficiarse (Arpaio, seguramente, el capitán de todos ellos), tenemos un cóctel lo suficientemente denso como para que simplificarlo y servirlo bien remozadito y masticadito no resulte demasiado complicado a ciertos medios de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme.
La realidad americana (norte, sur y centro) es, si no imposible, muy complicada de entender. No digamos ya de compartir, apoltronados en esta península con una frontera de 11 km de mar y cómodamente alejados de lo que realmente está ocurriendo. Me encantaría que dejáramos de juzgar de una santa vez a Arpaios y compañía, pero no de lamentar que existan; que dejáramos de opinar sobre Ciudad Juárez como si fuéramos legisladores, pero no de horrorizarnos ante la crueldad humana; que nos diera tanta grima el asesinato de Christian Poveda como el hecho de que el gobierno de El Salvador no haya tardado ni una semana (¡milagro!) en detener a un responsable… Que dejemos, en definitiva, de hablar de lo que no sabemos.
Los reyes del servidor
Leo en El Mundo de hoy un reportaje de media página sobre el creador de Facebook, uno de esos tipos de 25 años que hacen que los padres empiecen a mirar a los hijos universitarios con cara de «ya te estás dando prisa». Resulta que se forró a base de mangar fotos de sus compañeras del archivo de la universidad y, a partir de ahí, sólo había que dejar hacer a la máxima universal de la interné: «Dame chicas y fútbol, y te haré rico». De fotos de compañeras a red de colegas de universidad, de ahí a red social y voilà.
Mientras tanto uno, que tiene aspiraciones poco más que napoleónicas con este blog, asiste perplejo a un nuevo episodio de desastre absoluto en el ínclito reino de la informática: se desenchufa mi página web un soleado domingo a mediodía por un oportuno fallo eléctrico, según descubro al enviarles un e-mail y así me tiro más de 24 horas.
Agradezco la consideración de enviarme a tomar algo el sol y despegarme del engendro maligno, pero sólo renuncio a la Red para ir a topar con el mencionado artículo, desde el cual me sonríe el tipo con su misma camisa de hace 6 años, vanagloriándose de su oficina de californianos enrollaos que llegan cuando quieren, comen gratis y curran poco: «Sí, Alejandro, mi hosting funciona y el tuyo no.»
Y mientras, mis reyes del servidor 20 horas intentando conectar el cable azul con el verde. Hay que joderse.