Leo en The New York Times que el mítico Solomon Burke ha muerto hoy en Amsterdam. Según un artículo de prensa holandés, concretamente en el vuelo desde Los Ángeles: iba a presentar su nuevo disco, con la banda De Dijk.
Solomon Burke es famoso –más o menos– por haber concebido la archiconocida Everybody needs somebody to love. Pero lo que realmente me interesa de esta enorme estrella del soul (en algún lugar leí que se llevaba a una de sus hijas de gira para secarle el sudor, y cantaba en un trono) es su figura, su efigie de unos años a esta parte.
Cualquiera que consulte la discografía de Solomon Burke verá que es inabarcable: forma parte de ese equipo de artistas currantes y muy dados a inundar el mercado, a un ritmo frenético del que salían cosas geniales y otras mucho más del montón. Hablo de los años 60 y 70, cuando se dio el esplendor auténtico de Solomon. Luego, claro, llegaron esos jovencitos con greñas a comérselo todo en los 90 y en los 2000 él, como tantas otras estrellas de su quinta, se embarcaron en la típica aventura crepuscular con un productor de relumbrón.
Don’t give up on me (2002) es un gran disco, no obstante. Y, especialmente, Nashville (2006): no tienen tanta personalidad como lo que ha hecho un chaval que empieza o incluso un artista que se apaga (pienso en los American Recordings de Johnny Cash), pero transmiten algo, no sabía lo que era.
Un tiempo después leí en una entrevista, creo que en Rolling Stone: hablaba de los enecientos mil hijos de Solomon, de lo que se volcaba con la familia (en el sentido más «domingo de iglesia-barbacoa-traje nuevo»). Coincidía, además, con un reportaje de cocina sureña estadounidense en algún sitio: cómo hacían esos pasteles, ese pollo, ese cerdo…
El caso es que la acumulación de sensaciones acabó por meter esos dos discos en el grupo de obras que se cargan de un significado más emocional que musical, que se alinean con determinado momento personal, vital, y con esas lecturas para configurar, en definitiva, una imagen mental a la que de vez en cuando me resulta grato acudir.
Por eso, por haber logrado colarse en casa, le echaré de menos.