Aunque los peores augurios vaticinen que el fin de el mundo llega en 2012, parece que muchos ciudadanos estiman que en realidad termina el viernes; por ello, por miedo a una monstruosa hecatombe, se están abasteciendo de los necesarios regalos.
Me he dejado caer, acompañando a un amigo a comprar 17 kilos de comida para su perro (!), por una gran superficie. Lo primero, nada más entrar, ordenadores, videocámaras y cosas que se enchufan, donde un tipo con gafas toma minuciosas notas sobre las especificidades de una impresora.
Pero un poco más allá se encuentra el inefable paraíso de los juguetes, todos aquellos muñecos que tan buenos recuerdos traen. ¿Todos? No, mi visita me ha permitido revivir uno de los momentos más amargos de la Navidad –aparte del «pilas no incluidas» que tantas existencias ha marcado–: como toda gran superficie que se precie, esta despliega ante el visitante ocasional el montonazo de juegos qué-más-te-da-si-es-casi-lo-mismo. Es CASI una Wii, es CASI una PSP, es CASI un Playmobil… pero no.
Ahí están esperando, a ver quién pica y se olvida durante suficiente tiempo del flamante brillo de una carcasa bien acabada como para encontrarse, en el coche, con un sucedáneo baratero del objeto tan ansiado. Y con unos euros menos.
Pero aquí no, aquí no aceptamos imitaciones.