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Despedida y cierre
Estoy ahora mismo sentado en el sofá, con un café en la mano, y dejando pasar los minutos mientras que se me acaba y me pongo en marcha hacia la Facultad.
Supongo que, con cada proyecto o cosa que hacemos, es necesario tener claro un final: un trabajo, al entregarlo; una mudanza, al cerrar la puerta del piso vacío y entregar las llaves; una carrera, el último día de exámenes y entregas. Bien: ese día es hoy.
Puede que alguna de las notas que me queda por saber sea un suspenso, puede que el examen que haré en dos horas me envíe a septiembre… Quién sabe, da igual, para mí hoy acaba todo: anoche, a las cinco y media de la mañana, puse el último punto y final que pondré a uno de estos .doc de Traducción e Interpretación y, hace unos minutos, grabé el último PDF.
También será la última vez que la malencarada empleada de reprografía, con su eterno chicle, me lo imprima de mala gana y lo encuaderne; y será la última vez que me sentaré, mirando de reojo la hora, esperando a que den las 15.30 para empezar el examen de turno.
Hoy, después de cuatro años, acabamos la carrera.
Un libro «de mayores»
Siendo yo niño, niño, vi a alguien con un grueso libro, de esos que tienen «sólo texto, sin dibujos» y cuyo argumento es además difícil de explicar (una novela «de mayores») y quise leer algo parecido: las aventuras de Guillermo eran de lo más divertido, pero sentía la necesidad de tener entre las manos un volumen con la fotografía de un señor circunspecto en la cubierta. Me parecía lo más: eran montañas literarias de una densidad insoportable para mí, y admiraba a aquellos adultos que podían con ellas sin pestañear y encima las disfrutaban, mientras que yo daba cabezadas al tercer capítulo. El reto se tornó factible cuando en clase nos mandaron leer ‘El camino’: bullía solo, leí una página, dos, tres, ¡un momento! ¿Qué significa «membrudo»? Corrí al diccionario, lo averigüé y seguí.
No ocurren grandes cosas en la escritura de Delibes, no abunda el movimiento, pero al mismo tiempo las constantes descripciones no se están quietas: la apertura de ‘Las ratas’ contiene una violencia visceral durísima dentro de su anodina rutina. Mientras que nos transporta adonde quiere, tachona el texto con palabras desconocidas y acota, así, un espacio único, unos libros aleccionadores sin ser cargantes, que los currículos educativos nos enseñan a mirar con la reverencia del comentario de texto: «este», parecen decir, «es un gran libro». Pocas veces llegamos a creérnoslo del todo, pero de vez cuando salta esa chispa oculta al darle una segunda lectura en la intimidad, sin la presión de un examen, por puro placer: Delibes juega en esa liga.
Es de los pocos autores a los que se puede no coger manía después de que a uno se lo embuchen de pequeño, a destiempo: los cuadros que nos pinta rebosan una humanidad y una belleza que impactan entonces y que, años después, cuando ya estamos en condiciones de entender algo, sobrecogen en lo más hondo.
Tras de él quedan lecturas de todos los niveles, formas y sabores, en una producción tan extensa en el tiempo que se ha ido engarzando, poco a poco, con la vida de varias generaciones de españoles, siendo su Castilla un ingrediente fundamental de nuestro paisaje literario. Ahora, callado irremediablemente, ha llegado el momento de auparle a la categoría de «clásico». Sólo espero que, además de lograrlo, no deje de ser suyo el primer libro «de mayores» de muchos lectores más.
Siete minutos: Siete (de las despedidas)
Aguarda, ya, con las 12 uvas dispuestas en un cuenco, a las correspondientes campanadas. Asiste a la explicación del presentador, en televisión, de lo que va a ocurrir en la Puerta del Sol. Todos los presentes en el salón observan la gigantesca pantalla de plasma, cuchicheando entre parejas, con sonrisas cómplices; o entre amigos, con contenidas carcajadas.
Bien, esto se acaba. Recapitula, piensa en los cabos que quedan por atar: en apenas 50 segundos, cuando el presentador sugiere el último anuncio del año como algo exótico, excepcional o necesario, todo habrá terminado. No, no queda mucho por pensar: no puede quejarse de la vida que lleva, de los amigos que tiene, de la casa que mantiene, del trabajo que le agota y le ayuda a dormir bien.
40 segundos. Un frasco de colonia vuela sobre un fondo negro en la pantalla de plasma, y las caras contenidas en el salón aprovechan para girarse y dedicar miradas de felicitación teñidas de nerviosismo: ¿sabrán comer las uvas? ¿Se evitarán atragantamientos insalvables? Él empieza a notar el champán subir por sus sienes, hacia la coronilla, y dejarse caer por todo su cuerpo: empieza a estar levemente borracho, pero con la satisfacción el año cumplido, y bien hecho.
30 segundos. Empiezan los zooms, los avisos, el presentador desaparece de plano.
20 segundos. Está cada vez más nervioso, y no sabe por qué: 2010 es su año; esta década, la suya.
10 segundos. ¿Se le está olvidando algo? Se lo pregunta como si estuviera a punto de emprender un viaje en el tiempo, como si fuera a un lugar del que no estuviera seguro poder volver. No sabe, se pregunta, se inquieta… ¿Y si de verdad estuviera dejando todo lo demás atrás (comida, amigos, clima, libros, plantas, luz)?
2 segundos. Ya da igual. Feliz 2010.
Siete minutos: Seis (de los libros)
Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:58
De pequeño le dijeron, como a todo el mundo, que la literatura era un universo de fantasía y aventuras; que encerraba sensaciones únicas; y así le dieron una copia mal impresa y con el lomo roído de Moby Dick. Llegó a la página 27, lo guardó y no ha vuelto a abrirlo desde entonces.
Una posterior y momentánea manía por el orden le hizo encontrarlo y colocarlo, aunque sólo fuera como recordatorio de su fracaso, en la balda más alta de la estantería del salón. Allí ha permanecido, amenazante, presidencial y adquiriendo paulatinamente una pátina de polvo.
En uno de los asaltos de limpieza anuales, volvió a vaciar toda la estantería y, cuando llegó al roñoso ejemplar de Moby Dick, tomó una decisión resolutiva: empapado en sudor como estaba, incómodo, con el suelo del salón copado de objetos (grapadoras, folios, carpetas, libros, regletas, pisapapeles, objetos decorativos, etc.) se dirigió, furioso y a trompicones, hasta la cocina; abrió la papelera y con una mueca de desprecio, lo tiró.
Pasó tiempo antes de que pudiera arrepentirse, puesto que en aquel momento aún trataba de hacerse un hueco profesional y lo último en lo que pensaba era en leer; pero poco a poco empezó a recordar aquel tomo no como un detalle desafiante en mitad de aburridos manuales (“¡Conmigo no puedes!”), sino con la nostalgia de aquel olor a papel en descomposición, con el tacto rugoso y desagradable de las hojas amarillentas.
En su incipiente estado de culpa, abrió cierto suplemento cultural un domingo por la tarde y encontró, como reportaje destacado, que se reeditaba Moby Dick en tapa dura, durísima, a un precio tan deliciosamente exagerado que le entraron ganas de pagarlo, sólo para saber qué se sentía.
Corrió, el lunes, a por un ejemplar de su nuevo Moby Dick y, sin siquiera sacarlo de la bolsa, espero a que llegara la noche para colocar una lámpara adecuadamente, poner el sillón en su sitio y abrir la primera hoja. ¡Qué papel! Y empezar a leer, con enorme atención primero, frunciendo las cejas y acercándose al volumen: ¡Qué olor! Y pasar las páginas con avidez: ¡Qué edición!
Disfrutó, durante un rato, del enorme libro que tanto le pesaba sobre el abdomen y lo depositó, agotado ya por un día de trabajo, sobre la mesilla. Se acostó y, satisfecho, durmió.
Sigue leyéndolo, lo tiene en casa esperándole ahora mismo: pretendía terminarlo antes de que el 2009 se lo llevara, pero no ha sido posible. Brinda, y recoge un cuenco con doce perfectas uvas.
Siete minutos: Cinco (de los amigos)
Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:57
Tener, siempre ha tenido amigos. Amigos, amistades, conocidos: cada cual le da un nombre, pero el caso es que la soledad nunca había hecho mella en él y eso no tenía por qué ocurrir. La única melancolía que pudo llegar a sentir fue más joven, cuando, sin batería en el iPod, se vio obligado a caminar bajo la lluvia sin paraguas sobre la cabeza ni música en los oídos.
Con los años el grupo de amigos se ha ido reformando, mutando, creciendo y encogiendo, pero jamás ha llegado a desmembrarse del todo: de hecho esta noche, aquí, están todos los que son con sus mujeres, o novias, o desubicados en alguna esquina del salón mientras esperan a que termine el año y a que, aguardando una suerte de efecto 2000, el mundo dé un cambio radical a su alrededor con la última campanada.
Él nunca ha sido consciente de la soledad que le ha sobrevolado, o que ha llegado incluso a apoderarse de él, porque creció aprendiendo a obviarla (de nuevo, sin pretenderlo). Por ejemplo, en septiembre más o menos, se encontraba en casa dispuesto a salir, planeando una noche con quienes hoy comparte fiesta. Dos de ellos ya tenían compromisos, uno de los desubicados trabajaba al día siguiente, el otro estaba fuera de la ciudad, otros tres estaban de viajes de trabajo y fue, por fin, el desubicado que ahora otea la sala despreocupado, el único que le ofreció compañía para la velada.
Salieron, cenaron, rieron con carcajadas menos sonoras de lo habitual y se enfrascaron en una conversación intrascendente, luego trascendente, luego ascendente, luego descendente y, finalmente, en barrena emocional, aplacados por una ristra de gin-tonics y asidos a sus respectivos taburetes acolchados como si en ello les fuera la vida.
Pero daba igual, porque no dejaban de reír aunque por dentro fueran quemándose y retorciéndose: volviendo a casa, sintió un atisbo de melancolía, que por suerte sus reflejos achacaron al alcohol ingerido y le recetaron, sabios, que se metiera en la cama urgentemente.
A apenas tres minutos de la explosión final de amistad, que mantiene a todos los estómagos levemente tensos, nadie piensa en ello. Y él, por descontado, menos aún: hay cosas mejores de las que preocuparse.