Archivo de etiquetas de ‘Curiosidades’
Autoayúdate
Niños con pijamas de rayas aparte, existe un fenómeno editorial único en su especie e irresistible por derecho propio, en la sección de autoayuda, que me tiene atrapado desde hace días: El Secreto o Ley de la Atracción (con muchas mayúsculas, como mandan los cánones del género).
Canta conmigo
La escena tuvo lugar el fin de semana pasado en la RAI: neumática presentadora italiana anuncia la actuación del grupo Muse, el más «eclettico, innovativo e coraggioso» de la música británica, con un entusiasmo digno de la era más tenebrosa de las galas ‘Murcia, qué hermosa eres’. Comienza a sonar la batería del último single de Bellamy y compañía, ‘Uprising’, y sorpresa: cada componente del trío está tocando un instrumento que no es el suyo (en general, a destiempo). Resulta que les pusieron a hacer playback y los muchachos, ni cortos ni perezosos, aprovecharon para demostrar sus «aptitudes» en otros campos. Ninguno de los presentes pareció enterarse, por cierto: entrevistaron al batería, crecido en su papel de cantante por un día, sin inmutarse lo más mínimo.
Con el revuelo que se ha armado en Internet con este asunto han empezado a florecer otros casos célebres de ironía en «riguroso directo»: tenemos a Iron Maiden pasándose alegremente las guitarras y baquetas de mano en mano en un programa alemán de 1986 o a Oasis haciendo lo propio en la televisión inglesa, inventándose hasta la letra.
Hay quien dice, como los fans de los grupos mencionados, que habría que lapidar a quien lo utiliza, pero, tras haber topado con un vídeo de alguna ‘starlette’ cantando en directo del bueno, no les quepa la menor duda de que más de uno nos están haciendo un favor. Y de los gordos.
Que nos quiten lo orbayao (Sella 09)
Ayer Mario y yo fuimos hasta Arriondas a enfrentarnos a la fiestona del Descenso, para llenar la última página del suplemento especial que hoy publica El Comercio sobre el acontecimiento. Por eso hoy, en lugar de copiar el texto, dejo el PDF con el reportaje y sus fotos.
Soldados
Podría ser un chiste: sentados en una bulliciosa terraza matritense, un guardia civil y un miembro de la marina británica departían sobre gastronomía castrense.
El diálogo transcurría, más o menos, de la siguiente manera: «Nuestras beans son de lo mejor que te puedas echar a la cara», iniciaba uno. «No, si ya, lo de nuestra sopa que se calienta agitándola… Pero de todos modos nuestras salchichas con tomate eran de lo más cotizado en Bosnia eh.» Ponían cara de asco, daban un trago a sus cañas y seguían parloteando sobre calibres y gases lacrimógenos.
A pocos metros de ellos, empezaban a cundir las miradas de recelo y los sibilinos movimientos de sillas entre el resto de terracistas, a medida que la cosa avanzaba hacia terrenos más pantanosos: masticaban olivas y mordisqueaban patatitas mientras comparaban el marco legal de las porras extensibles en una legislación y en otra.
Para terminar, una anécdota sobre sprays de pimienta y la despedida: «Se me hace tarde. Si ves en el telediario que pasa algo en Afganistán, mándame un mensaje por el Facebook y te confirmo que sigo bien. Nos vamos de cañas cuando vuelva eh, sin falta.» Como si tal cosa, se saludaron con efusividad y cada uno se fue doblando una esquina. «¡Hasta la próxima!»
El potaje del siglo
Si hay algo más peligroso que un pitoniso o futurólogo carterista eso es, sin duda, un científico con demasiada imaginación. Y si no que se lo digan a los que marcharon a vivir a una cueva el 31 de diciembre de 1999 creyéndose los más espabilados del lugar.
El otro día tuve la oportunidad de leer un artículo de 1966 sobre cómo sería la vida en el año 2000, de aquella época en la que estaban plenamente convencidos de que fumar era bueno; beber, divertido; y en la que los marines americanos se sentaban en el desierto de Mojave a ver explosiones nucleares con gafas de sol y una sonrisa de oreja a oreja. Eran otros tiempos.
Allí embutido entre anuncios de camisas que se planchaban solas y cosméticos novedosos («¡Maquíllese como en Norteamérica!»), el autor, de nombre francés, sugería que en los albores del siglo XXI el 80% del trabajo lo realizarían las máquinas y no los obreros, y preconizaba -inquietante- que por estas fechas sería perfectamente natural congelar y descongelar humanos a voluntad: Jacko ya tiene un hueco en el olimpo del refrigerado -dicen-.
Pero todas estas quinielas científicas, en las que más o menos andaba atinado nuestro corresponsal sesentero, incluían otra premonición realmente espectacular y a la que no daba excesiva importancia: hombres-rana se dedicarían a cultivar algas bajo el mar para una alimentación más saludable y barata, desplazando al resto de alimentos; y anunciaba que vivirían en casetas asentadas en las profundidades oceánicas.
Unos habitáculos confortables, decía el pollo, en los que podrían sobrevivir durante semanas, meses incluso, produciendo toneladas del preciado vegetal submarino: el mejor potaje de berzas de todos los tiempos, la ensalada definitiva… Ver para creer.