Miguel escribe en un foro de fanáticos de Bruce Springsteen bajo el pseudónimo de «razzmatazz». Trabaja como desratizador en Murcia y, cuando tiene oportunidad, agarra el hatillo y se hace una gira por media Europa persiguiéndole, en busca de esa canción deseada o del autógrafo prometido, como el que consiguió en Dublín tras esperar «cuatro horas en la puerta del hotel».
Uno ya desiste. Hace exactamente un año glosaba las maravillas de haber asistido a 6 conciertos de Springsteen, pero tan sólo 12 meses después (que alguien le dé un Tranquilmazin al Jefe) el plan Valladolid-Benidorm-Sevilla no convence demasiado, y menos aún teniendo en cuenta que, a buen seguro, los viejos rockeros volverán el año que viene con la voz más cascada y más injertos de pelo.
Lo mismo con U2; el respetable empieza a dormirse de mesianismos e himnos épicos: no somos pocos a los que nos encantan tanto la E-Street como los irlandeses, pero que preferimos quedarnos con un The River bien entonado a tiempo que ver languidecer al ídolo sobre el escenario. Seguro que el señor aquel que denunció a U2 por ruidos acababa de escuchar No line on the horizon…
Pero Miguel, una vez más, se despide azorado: «Llego tarde, la cola, las pulseras…» Y allá que se va, a por los 200 conciertos.
Según leo y veo desde varios ángulos (desde un móvil entre el público, en el telediario: bendito Internet) Liam Gallagher y su infame voz de cazallero protagonizaron una de sus conocidas espantadas en mitad de una canción el pasado jueves, en el FIB. No era cualquier canción, era Wonderwall.
En el conocido como «britpop» todo son bandos: están los de Blur y los de Oasis, los que prefieren a un Gallagher o al otro, los que les aman y los que les odian. Este último club se incrementa cada vez que abren la boca, intentan dar un concierto o, lo que es más frustrante, sacan un disco. Y es que resulta bastante mosqueante encontrarles edulcoradamente melosones acariciándonos los tímpanos con sus baladas primigenias para luego comportarse como punkys pasados de vueltas.
Puede que hayan logrado sobrevivir a esta actitud a base de tirarse los trastos a la cabeza, que sus conciertos hayan terminado por funcionar gracias a una banda medianamente profesional, puede que incluso tengan algún motivo para no saber sobreponerse a lo que son.
Pero lo más increíble y paranormal no es nada de esto: son, precisamente, más de 40.000 personas, sin necesidad alguna de un Liam Gallagher, coreando Wonderwall 14 años después, que se dice pronto.
Cuenta la leyenda que hace años, en París, un asturiano deambulaba por el metro cuando topó con un faquir, un encantador de serpientes perfectamente maqueado y que mantenía a un reptil erguido con la sola melodía que brotaba de su instrumento.
Prosigue el mito explicando que al asturiano en cuestión le resultó extremadamente familiar aquello que sonaba y que, igual que la serpiente había quedado prendada, él permaneció inmóvil frente al faquir por espacio de varios minutos.
Sabía que era una versión, sabía que había escuchado el tema en alguna parte pero no lograba recuperarlo de la memoria.
Algo similar nos ocurrió cenando en el Lavaderu esta semana con un par de madrileños visitantes. El celebérrimo trío de rumanos que circulan por las terrazas de Cimadevilla con su tambor, su guitarra y su acordeón vinieron a dedicarle su particular tocata a nuestro plato de croquetas y al chorizo a la sidra mientras que pedían «una ayuda para la música».
Sabía que aquella fanfarria me decía algo, sabía que no se trataba de folk rumano (!) y, efectivamente, tras un par de vueltas logré discernir la pegadiza melodía del hit minero Santa Bárbara bendita.
Pero volvamos a París, a nuestro asturiano legendario atrapado frente al faquir y al misterio que estaba a punto de resolverse.
Por la frente del eventual versionador empezaron a caer gotas de sudor frío, a medida que miraba de reojo a su escrutador oyente y se hacía más y más claro que se acercaba peligrosamente a la respuesta a la incógnita.
De pronto, el visitante cayó en la cuenta de qué le sonaba aquella música, los verdes prados astures se abrieron ante él al descubrir, atónito, que se trataba de Villaviciosa hermosa.
Acabo de recordar la que probablemente sea mi canción favorita de Nacho Vegas, Secretos y mentiras: me voy a dar un pedazo de paseo con este concierto en el iPod como está mandado…
Cuando faltaban 10 minutos para el principio del concierto Barley Scotch, vocalista del grupo, aún asomaba la cabecilla con nerviosismo entre las cortinas de la sala Caracol, mientras que Don Wayne Reno, el del banjo, vendía camisetas y sorbía cerveza despreocupadamente: apenas había 20 ó 30 personas dispersas por el local.
Pero cinco minutos después, cuando el grupo ya se estaba preparando para salir, se produjo el milagro: de pronto, la sala se llenó a rebosar y, con los primeros acordes, ninguno de los cuatro de Tennessee logró contener una sonrisa cómplice, como si ya hubieran ganado la mitad del partido.
Para quien no los conozca, el concepto de Hayseed Dixie es bien sencillo y eficaz: trasponer canciones míticas del rock al hillbilly y al bluegrass, esto es, música tradicional basada en una formación de bajo acústico y banjo acompañados por guitarra y mandolina o violín, según el tema. Efectivamente, sin batería. Eso por el lado musical: por el escénico, baste señalar que la imagen de su página web son ellos cuatro, con cara de rednecks, apuntando sus armas a la cámara, y que la historia de la génesis del grupo —siempre según la web— parte de que vivían en los Apalaches tocando canciones tradicionales cuando un forastero se estrelló con el coche en la zona y murió, y los cuatro encontraron, debajo del asiento del conductor, unas cintas de AC/DC que no tuvieron más remedio que adaptar con lo que había a mano: banjo, mandolina, violín, guitarra y bajo.
Desde su primer petardazo en 2001, aquel disco de versiones de AC/DC, han ido dando buena cuenta, con mucho humor y enorme destreza técnica, de canciones memorables que uno jamás se esperaría que sonaran así de bien: desde el Holiday de Green Day hasta Ace of Spades, pasando por I don’t feel like dancing. Incluso se han atrevido, recientemente, a lanzar un disco de canciones propias, en el que las letras, como no podía ser de otra manera, se dejan empapar por la socarronería rural que da sentido al grupo.
Pero para que un proyecto así no se quede en reuniones de amigotes los viernes por la noche hace falta algo de seriedad y de dedicación, que es donde estos grupos más bien “de broma” tropiezan; Hayseed Dixie salva el obstáculo con nota. En la hora y media que estuvieron tocando no cometieron un solo error, ni una sola salida de tono o tempo (al menos perceptible: ahí está la genialidad) y ofrecieron un espectáculo medido al milímetro, desde los chistes hasta los solos, sin caer no obstante en lo estudiado o soso. Se entregaron en cuerpo y alma, tratando de superar con cada intervención la anterior, aunque siempre alerta, para que el entusiasmo no barriera la maestría técnica que llevaban demostrando todo el concierto.
Al principio sólo un par de exaltados se atrevieron a saltar y a bailar, pero a medida que iban cayendo canciones la gente se iba caldeando, el grupo logró leerlo y explotarlo. Se esforzaron por ir ganándonos, Scotch se disculpó por no hablar español, hizo algunos chistes… y llegó el momento de la verdad. “The banjo test”, anunció. “Reverend” Don Wayne Reno, con su banjo y sonrisa perenne, con su gorra hacia atrás y unas Reebook blancas; “Deacon” Dale Reno, con su aspecto de Bon Jovi en miniatura y unos dedos que hacían lo que querían con la mandolina; Barley Scotch con su peto y su camiseta imposible, y su voz que no falló ni un segundo; y Jake “Bakesnake” Byers, el tipo del bajo, se colocaron en formación.
Lo que siguió fue una pieza instrumental trufada de solos, a una velocidad tal que ni siquiera los de las primeras filas lograban seguir el ritmo con las palmas. Fueron tirándonos perlas; luego empezaron las acrobacias: yo rasgo las cuerdas, tú pones las notas, ahora los tres, ahora los cuatro. Ahí acabaron, amontonados, tocando todos su propio instrumento y otro más, mientras que el público enloquecía definitivamente.
Finalmente el teatrillo de los bises: llegaron, saludaron, y dispararon Dueling banjos, coescrita por el padre de los hermanos Reno. Después Daddy Sang Bass, y a la cama. Nos quedamos de piedra cuando, apenas 3 minutos más tarde, salieron del backastage para cumplir su promesa: departir con el público y, ya de paso, ganarnos definitivamente.
No negaron un solo autógrafo o foto, a pesar de haber tocado en Barcelona la noche anterior y de haberse levantado a las siete de la mañana para llegar a Madrid; Barley Scotch fue dando un fuerte apretón de manos o un abrazo a todo aquel que se cruzaba en su camino, “Thanks for comin’ out”, y el padre de Jake Byers, el bajista, revoloteaba entre el público con sus 64 añazos y un vasito de Coca-Cola, entusiasmado por la acogida: “No sabíamos qué esperar y esto nos ha sorprendido mucho, mucho.”
Todavía tuvieron fuerzas para hablar con quien se les quisiera acercar, y cuando por fin nos echaron del sitio, ninguno de los cuatro se esforzó por disimular la alegría y las ganas de volver. Y no es para menos: un público que en su mayoría no sabe inglés recitando las letras de memoria, jaleando, saltando y aplaudiendo como el que más; un público variopinto y curioso, una masa heterogénea de personas que los Hayseed Dixie lograron homogeneizar y unir como a una sola voz.
Basta de rajar, pasemos a la acción. Os dejo un par de vídeos: el primero es Dueling Banjos en algún directo que he encontrado. El sonido no vale nada, pero os podéis hacer una idea de cómo se las gastan. Por favor, paciencia y esperad a que entre en escena Dale Reno con su mandolina.
Y aquí, el videoclip de Ace of Spades. Simplemente brutal: