Es lo que tienen los festivales, y más aún los que se organizan en escenarios contiguos: que las comparaciones, aparte de inevitables, se hacen más odiosas que nunca.
Estoy asistiendo al dcode Festival ayer y hoy y, aunque no lo he visto todo (12 horas de música, seis de ellas a 35 grados bajo el sol de un secarral), lo que más llama la atención por el momento son los contrastes. No solo de estilos e ideas, sino de calidades.
Anoche esto se percibió particularmente en el caso de las actuaciones de Band of Horses y de Lori Meyers, una detrás de otra. El cantante de los estadounidenses no siempre encuentra el tono, y menos en un recital como el de ayer, en el que hasta la segunda canción no se lograron remediar los problemas de sonido que le impedían escucharse bien y, por tanto, afinar como debería. Sin embargo, Band of Horses tiene una calidad dentro de su simplicidad, una solidez rítmica y melódica que hacen disfrutar de cada bocado de música que ofrecen.
Es algo que sobrepasa los ensayos, y que entra en ese terreno brumoso que es el feeling: saben moverse como nadie por lo que hacen, son indiscutiblemente buenos músicos.
De ahí, al bailoteo del penúltimo concierto de la noche: Lori Meyers con sus tres o cuatro himnos y sus ritmos para venirse arriba. Pero no, no lo consiguieron. Ellos sacan todo su complejo aparataje, sus percusiones, sus teclados y mares de guitarras, pero hay algo que no encaja. Para empezar, tocar indie como el que ellos proponen requiere de una base rítmica no ya pegada con loctite, sino con hormigón armado, y tanto la batería como el bajo zozobran lo suficiente como para romper la ilusión.
El trabajo del técnico, elemento esencial de todo grupo que se precie en un recinto al aire libre de grandes dimensiones, es bastante más importante que el de una roadie que te ponga un cigarrillo en la boca a mitad de concierto y te lo encienda (así, tal cual): por eso no es bueno que al respetable le vibren las aletas de la nariz con los graves estando a 30 metros del escenario, por eso no es bueno que no se escuchen más que lejanamente los platos y, por eso, es catastrófico que la percusión no se escuche en absoluto (menos aún cuando dobla la línea de batería).
Ayer quedó demostrado que en un directo, en un buen directo, es imposible vivir de las rentas que da una grabación de estudio: por muy himnos que se hayan hecho tus temas, hay que lograr defenderlos con simpatía y con compenetración, con tablas, en definitiva. Ya tendrás tiempo para quitarte la camiseta y hacer el canelo después.


