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Entradas que hablan sobre «Comunicación»

  1. Fin de año, etc. (tres) Ranking(s)

    Lo escribí el Miércoles 29 de diciembre de 2010

    Me había propuesto ceñirme a un español pulcro e irreprochable, ya que aprovecho los días finales del año para leer, entre otras cosas, El nuevo dardo en la palabra, pero compruebo alucinado que la Academia no reconoce «ránquin». ¿Cómo pluralizar, pues, el concepto ranking?

    En fin, evidentemente con esta entrada me refiero a la gloriosa proliferación de listas con lo mejor, lo peor y lo anodino del año en todos los medios. En esta ocasión, con más entusiasmo que nunca debido sin duda al efecto 2.0 y a las abominables técnicas de posicionamiento en buscadores.

    Me he sentido muy tentado de hacer una lista, aunque fuera de la compra, pero en lugar de eso he preferido comprarme un puro como una casa para despedirme de los bares en Nochevieja y me he centrado, ante todo, en el menú de lecturas que me aguarda en la entrada del año.

    Digo lecturas como podría decir freidoras, visto que el año 2010 ha dejado más bien poco que recordar dentro de otra década: cada vez más, disfrutamos dejándonos recomendar por cosas (sí, cosas) que atesorar primero, almacenar después y acabar odiando.

    Hoy, más que nunca, recuerdo la filosofía de Libros del Asteroide: «Un día me di cuenta de que no compraba libros que tuvieran más diez años». Pues eso. Me niego a renunciar a la pretensión de comprar o vivir experiencias que me duren, por lo menos, otros diez años.


  2. Admonición (o los controladores, parte III)

    Lo escribí el Martes 7 de diciembre de 2010

    Quién tiene razón en todo este conflicto?

    Espero.

    ¿Ya?

    Bien. Me he intentado leer el famoso decreto de febrero; el del viernes pasado; el del viernes por la noche; el del sábado; la carta abierta de un controlador al ministro de Fomento; y un buen puñado de blogs aparentemente redactados por un equipo de monos borrachos (de un bando, del otro y de en medio). Me he aburrido mucho.

    Como decía en el anterior episodio sobre los controladores aéreos, ya el sábado por la tarde los medios de comunicación empezaban a retornar a sus respectivas trincheras para atacar a quien correspondiera: presidente, controlador o ministro. Elija su cabecera, siéntese en el sillón de pensar y a disfrutar.

    Si hay algo que me preocupa seriamente es, una vez más, la escasez de plumas y mentes que parecen no haberse dado cuenta de que nadie lleva razón. O al menos, nadie lleva suficiente razón como para que podamos decantarnos por un bando con la más mínima convicción.

    Iba a poner subtítulos, como en la entrada anterior, pero tampoco tiene mucho sentido. Recapitular no nos llevará más que dos frases: una vez más, probablemente los controladores tengan razón en sus reivindicaciones pero se equivocaron hondamente en su planteamiento; una vez más, probablemente el Gobierno haya montado una maraña difícil de desenmarañar (y el que la desenmarañe, buen desenmarañador será); una vez más, la opinión pública (pienso en las redes sociales) se comporta como un resplandeciente banco de arenques: juntito e indeciso en su rumbo.

    La opinión del común de los españoles parece avanzar a trompicones, en función de los dos o tres artículos del día. Nos abalanzamos sobre ellos, los descuartizamos y a otra cosa. Todo ello, cómodos comentarios anónimos mediante en webs de todo pelaje y condición, desde periódicos hasta los mencionados blogs, pasando por tweets enfervorecidos.

    Queda esperanza, sin embargo. Probablemente el motivo por el que Ignacio Escolar es el bloguero político más leído en este país sea porque es de los pocos (si no el único) que tiene el sentido común de publicar cosas como esta entrada confesando su indecisión (que no prudencia, y hace bien) en pleno fragor de la batalla. Y mira que cuando se pone sectario no hay quien le pare, pero al César lo que es del César. A ver si nos cae algún césar más. Se les echa de menos.


  3. Opinadores de traje y corbata

    Lo escribí el Lunes 6 de diciembre de 2010

    Nos visitó el jueves pasado Ignacio Camacho, columnista prácticamente diario de ABC y ex director del periódico, para charlar un rato sobre el consabido futuro del periodismo y algunos asuntos varios.

    Tenía muchas ganas de hablar con uno de estos señores que opinan de traje y corbata, que defienden un espacio día tras día constantemente sobre cuestiones políticas y de actualidad que no solo resultan áridas, polémicas, y difíciles de tratar, sino que (con perdón) deben de acabar agotando el alma y la pluma de tanto hablar de lo que, al final, no son más que círculos cerrados y repetitivos.

    Efectivamente, teníamos como ejercicio, al término de la charla, decidir si incluiríamos en el periódico la información y con qué formato. Algunos compañeros optamos por no utilizarla en absoluto: a fin de cuentas, lo que Camacho nos dejó fue su opinión («Y estoy aquí como Ignacio Camacho S.L.U.», repetía). Sí, que el periodismo en papel nunca morirá. Y que nunca publicaría Wikileaks. Bueno.

    –Pagaron por esa información –sentenció refiriéndose a El País. Y me saltaron todas las alarmas.

    –Su director ha declarado que no.

    –¿Y tú te lo crees?

    –No sé, es lo que ha dicho.

    Bueno, menudo bombazo. Pero unos minutos después…

    –Ojo, es solo mi opinión.

    Opinión informada, interesante sobre toda clase de cuestiones. Pero opinión, a fin de cuentas. Y ¿cuál es su valor? Pues el que se le quiera dar: porque un análisis certero siempre será bien recibido, si viene de una fuente competente y sabia; pero, como bien expone el propio Camacho, «el lector de ABC busca en la opinión del periódico reafirmar sus ideas, que le den un argumentario con el que después opinar y debatir».

    Enfoque interesante, este. Ahora bien, me asalta otra duda a la que, en este momento, no me veo capaz de responder aún: ¿Qué pasa con el lector crítico, el que no busca argumentos de debate sino información de fondo y personalizada?


  4. Columna de domingo (o los controladores, parte II)

    Lo escribí el Domingo 5 de diciembre de 2010

    Esta semana, más que ninguna otra, el domingo tiene un sentido esencial, un sentido básico y bastante significativo.

    Hablo, claro está, de los controladores, a los que ya dediqué unas líneas el viernes por la noche, en caliente, y a los que ahora me gustaría dedicar un par más ya en frío, con las ideas serenas.

    La comunicación alineada (y alienada)

    En primer lugar, lo más superficial: mención a los medios de comunicación, que se están cubriendo de gloria. Igual que cuando se murió el dictador, igual que cuando llegó el 23-F, aquí hasta que no volvieron a despegar los aviones nadie se atrevió a volver a sus filas, y las grandes cabeceras se alinearon, como mansos corderitos, tras el peligro de la situación, como si trascendiera a lo informativo.

    Todos titulaban «estado de alarma» el sábado por la mañana. Ninguno sabía muy bien por dónde salir.

    Ahora, que todo ha vuelto a la calma, ya han retornado a sus respectivas posiciones de crítica/apoyo y editoriales cansinos sobre Zapatero y el Estado de Derecho. Un aburrimiento.

    Segundo asunto: el Gobierno y la barra libre

    Es muy difícil valorar culpas y disculpas de un Gobierno ante semejante crisis. Quiero pensar que la mano dura aplicada es la adecuada, que la presión ejercida no ha sido desproporcionada sino contundente, y que es lo que requería la situación.

    Ahora bien, si tenemos que tirar del estado de alarma (que vaya nombrecito, por cierto) cada vez que ocurra algo similar, estamos aviados: este podría ser el primer paso al desgaste de ciertas garantías constitucionales. No hay como que un gobierno abra la barra libre para que todos se echen en tromba detrás. ¿Huelga de basuras? venga…

    Es difícil, por muy jurista que se sea, calcular hoy y aquí el alcance de lo ocurrido en las últimas 48 horas: que Zapatero utilice a Rubalcaba de mandamás tiene sentido –el que sea, pero lo tiene–. Lo que se ha salido del guión (consejos de ministros extraordinarios de 3 horas y decretos a la carrera) ya será evaluado con el tiempo.

    Un regalo final: los controladores

    Se está cubriendo de gloria la tal Cristina Antón con su blog de marras, que al parecer los usuarios le han reventado a comentarios. En él defiende las tesis que, según leo, son comunes a los controladores (entre los cuales incluyo al ya citado anormal de la chaqueta y el signo de la victoria, en esta foto de ABC.es)
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    Dicen que defienden sus derechos, sí. Y que sienten las molestias. Jo, pobres, qué majos: y nosotros creyéndonos las mentiras del Gobierno, que no hace sino desprestigiarles dando cifras sobre su sueldo infladas en exceso. ¿Dónde quedó la voz de los controladores, que tanto trabajan y tan poco cobran?

    Bueno, pues se quedó en la puerta de la torre de control el día en que eligieron dedicarse a lo que se dedican. No, no sé nada de control aéreo, no sé cómo se vive y se respira ahí dentro (aunque me encantaría: qué buen reportaje) pero me da exctamente igual: no vuelan aviones.

    No es la primera vez que he defendido en este blog que ciertas profesiones (periodista, por ejemplo; controlador, ahora) no deberían hacer huelga. Directamente: porque sin tu trabajo el país y su sociedad dejan de funcionar. Punto pelota. Pedir, por tanto, al ciudadano que se solidarice con tu causa (o imponérselo, más bien) es un acto de egoísmo del caletre más turbio; hasta el punto de que aquí, uno, se alegrará de que tenga consecuencias penales.

    Que la tal Cristina Antón tenga razón en todo lo que expone (en un español nítido como el suelo de un bar de barrio un sábado a las 11 de la noche) y que los jefazos de Aena sean el demonio no es óbice para que los aviones sigan volando. Y que un avión vuele depende de que haya un controlador haciéndolo volar. Y que un controlador esté en su puesto de trabajo depende exclusivamente de él.

    Una vez más: si tengo que entregar un artículo hoy; si tengo que entregar una traducción, una corrección, un texto hoy; si tengo que tocar hoy, a quien esté al otro lado del correo electrónico, bajo el escenario, donde sea, le da igual que acaben de amputarme una pierna. Puede darme una palmada y echarme un cable –esos son los buenos jefes– pero el hecho es que EXACTAMENTE mi trabajo no lo va a hacer nadie más que yo. Y si no lo hago, no lo cobro, pase lo que me pase. Así de fácil.

    Y no me quejo, es la vida que elegí y con la que estoy más que satisfecho. No creo que el caso de los controladores se aleje tanto de esto. Ellos sabrán.


  5. Tortilla de filtraciones

    Lo escribí el Martes 2 de noviembre de 2010

    Aquel viernes por la noche, como tantos otros españoles, me disponía a salir de casa cuando miré el ordenador por última vez, y resulta que se había hecho Historia mientras que apuraba una tortilla francesa. Al-Jazeera había anunciado, a eso de las 10 y media, que iba a filtrar algo del material de Wikileaks, esos esperados y temidos 400.000 documentos. A las 11, la cuenta de Twitter de la organización anunció que el embargo quedaba levantado.

    Lo que ocurrió en las horas siguientes marcará un antes y después: páginas y páginas y páginas y páginas de información se materializaron, de golpe, en completísimos especiales de The New York Times, Der Spiegel, Le Monde y la propia Al-Jazeera, los medios a los que Wikileaks había dado casi un mes de ventaja para trabajar con el material.

    En estos especiales pudieron apreciarse las culturas y enfoques de cada uno (el Times, cauteloso, sintetizaba la información de la manera más aséptica posible; Le Monde anunciaba siete páginas de décryptage de sus sesudos colaboradores; The Guardian arremetía contra la crueldad de los soldados reflejada sobre el campo de batalla…). Pero todos ellos, trabajando independientemente, lanzaron al mundo un contenido único: la visualización de datos.

    Esta rama de la información, aún en pañales en España, es la que permitió al rotativo británico a condensar una hoja de cálculo de 400.000 entradas en un mapa interactivo de Google, sobre el que se puede consultar cada emplazamiento en el que había tenido lugar un conflicto, y quién había resultado muerto o herido allí. También pudimos sobrecogernos con una reconstrucción de un día de guerra en el Times, o incluso entender, en un vídeo de apenas siete minutos, en qué consistía la orden FARGO 242, que permitía a los militares abrir fuego en caso de considerarlo oportuno.

    Este terremoto ocurrió en apenas un par de horas, como digo; pero lo que es más increíble es que pocos días después, con la opinión formada y los datos más escrutados, también podemos empezar a atisbar una vuelta a la tortilla que dará aún más que hablar: la revista Wired, en su edición digital, ya dejaba caer hace dos sábados que los documentos podrían demostrar que sí había armas de destrucción masiva, o químicas, y que los soldados estadounidenses estuvieron, efectivamente, buscándolas en Irak.

    También se ha sometido a escrutinio público la figura de Julian Assange, responsable de la organización… y todo este caudal de noticias alternado con un Pérez-Reverte enfervorecido y ácidos comentarios sobre la serie de Felipe y Letizia en Telecinco, en tiempo real.

    En la portada de la página web de Wikileaks puede verse un vídeo de Daniel Ellsberg, el periodista que destapó un escándalo de magnitudes similares con la guerra de Vietnam, celebrando la amplitud, alcance, impacto y eficacia de lo que ha ocurrido. En su época fue perseguido y se levantó un gran revuelo no solo por el contenido de la documentación, sino por el debate que nació en torno a los límites de la libertad de expresión; todo eso acaba de resucitar. Y todo, además, en lo que tarda en cuajarse una tortilla francesa.