Esta semana, más que ninguna otra, el domingo tiene un sentido esencial, un sentido básico y bastante significativo.
Hablo, claro está, de los controladores, a los que ya dediqué unas líneas el viernes por la noche, en caliente, y a los que ahora me gustaría dedicar un par más ya en frío, con las ideas serenas.
La comunicación alineada (y alienada)
En primer lugar, lo más superficial: mención a los medios de comunicación, que se están cubriendo de gloria. Igual que cuando se murió el dictador, igual que cuando llegó el 23-F, aquí hasta que no volvieron a despegar los aviones nadie se atrevió a volver a sus filas, y las grandes cabeceras se alinearon, como mansos corderitos, tras el peligro de la situación, como si trascendiera a lo informativo.
Todos titulaban «estado de alarma» el sábado por la mañana. Ninguno sabía muy bien por dónde salir.
Ahora, que todo ha vuelto a la calma, ya han retornado a sus respectivas posiciones de crítica/apoyo y editoriales cansinos sobre Zapatero y el Estado de Derecho. Un aburrimiento.
Segundo asunto: el Gobierno y la barra libre
Es muy difícil valorar culpas y disculpas de un Gobierno ante semejante crisis. Quiero pensar que la mano dura aplicada es la adecuada, que la presión ejercida no ha sido desproporcionada sino contundente, y que es lo que requería la situación.
Ahora bien, si tenemos que tirar del estado de alarma (que vaya nombrecito, por cierto) cada vez que ocurra algo similar, estamos aviados: este podría ser el primer paso al desgaste de ciertas garantías constitucionales. No hay como que un gobierno abra la barra libre para que todos se echen en tromba detrás. ¿Huelga de basuras? venga…
Es difícil, por muy jurista que se sea, calcular hoy y aquí el alcance de lo ocurrido en las últimas 48 horas: que Zapatero utilice a Rubalcaba de mandamás tiene sentido –el que sea, pero lo tiene–. Lo que se ha salido del guión (consejos de ministros extraordinarios de 3 horas y decretos a la carrera) ya será evaluado con el tiempo.
Un regalo final: los controladores
Se está cubriendo de gloria la tal Cristina Antón con su blog de marras, que al parecer los usuarios le han reventado a comentarios. En él defiende las tesis que, según leo, son comunes a los controladores (entre los cuales incluyo al ya citado anormal de la chaqueta y el signo de la victoria, en esta foto de ABC.es)

Dicen que defienden sus derechos, sí. Y que sienten las molestias. Jo, pobres, qué majos: y nosotros creyéndonos las mentiras del Gobierno, que no hace sino desprestigiarles dando cifras sobre su sueldo infladas en exceso. ¿Dónde quedó la voz de los controladores, que tanto trabajan y tan poco cobran?
Bueno, pues se quedó en la puerta de la torre de control el día en que eligieron dedicarse a lo que se dedican. No, no sé nada de control aéreo, no sé cómo se vive y se respira ahí dentro (aunque me encantaría: qué buen reportaje) pero me da exctamente igual: no vuelan aviones.
No es la primera vez que he defendido en este blog que ciertas profesiones (periodista, por ejemplo; controlador, ahora) no deberían hacer huelga. Directamente: porque sin tu trabajo el país y su sociedad dejan de funcionar. Punto pelota. Pedir, por tanto, al ciudadano que se solidarice con tu causa (o imponérselo, más bien) es un acto de egoísmo del caletre más turbio; hasta el punto de que aquí, uno, se alegrará de que tenga consecuencias penales.
Que la tal Cristina Antón tenga razón en todo lo que expone (en un español nítido como el suelo de un bar de barrio un sábado a las 11 de la noche) y que los jefazos de Aena sean el demonio no es óbice para que los aviones sigan volando. Y que un avión vuele depende de que haya un controlador haciéndolo volar. Y que un controlador esté en su puesto de trabajo depende exclusivamente de él.
Una vez más: si tengo que entregar un artículo hoy; si tengo que entregar una traducción, una corrección, un texto hoy; si tengo que tocar hoy, a quien esté al otro lado del correo electrónico, bajo el escenario, donde sea, le da igual que acaben de amputarme una pierna. Puede darme una palmada y echarme un cable –esos son los buenos jefes– pero el hecho es que EXACTAMENTE mi trabajo no lo va a hacer nadie más que yo. Y si no lo hago, no lo cobro, pase lo que me pase. Así de fácil.
Y no me quejo, es la vida que elegí y con la que estoy más que satisfecho. No creo que el caso de los controladores se aleje tanto de esto. Ellos sabrán.