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Gracias por fumar

Tabaco, tabaco, tabaco. Ayer me vi esta película en uno de mis arranques de insomnio estival, y me quedé muy gratamente sorprendido: me la habían recomendado, me habían hablado muy bien de ella, pero he visto tantos documentales y películas de este tipo dársela por un mensaje mal llevado…

Pero no, eso no ocurre en Gracias por fumar. Y eso se debe, fundamentalmente, a que el tema central de la película no es el tabaco, sino la comunicación: se exhiben con sentido del humor todas las técnicas y trampas a través de un Aaron Eckhart magistralmente dirigido por Jason Reitman, y al final la moraleja obvia pasa a un segundo plano –hasta el punto de que se permiten detalles como que no aparezca ni una sola persona fumando en toda la película–. Seguir leyendo

Palabras vacías

El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.

Some kind of monster

Aún no sé muy bien por qué, la semana pasada me acordé repentinamente del documental sobre Metallica Some kind of monster, rodado entre 2001 y 2003, cuando la banda atravesaba uno de sus episodios más constructivos: sin bajista, con un bloqueo creativo de tres pares y la tormenta de la demanda de Lars Ulrich, el batería, a Napster, aún fresca.

Realmente sorprende la cantidad de horas de metraje que tienen que existir como para describir con tanta exactitud el camino que va desde un grupo al borde del abismo hasta el de los cuatro metallicos defendiendo su St. Anger frente a nosecuantascientas mil personas, pasando por las imprescindibles escenas con el terapeuta.

Se aprecia a la perfección cómo el mismo ego y energía que llevaron a Ulrich, Hetfield y Hammet a comerse el mundo empezaban a volverse contra ellos; más aún cuando se veían incapaces de producir una canción que valiera la pena: se les estaba empezando a ir la cabeza (más) y ese pequeño resquicio de maldad, de estupidez, de lo que sea que acaba por germinar y convertirnos en seres insoprotables e ingobernables parece adueñarse de ellos al principio de la historia, para acabar por derretirse cuando todo encaja y funciona, de golpe.

Dudo que el señor terapeuta como tal tenga demasiado que ver en el proceso; más bien parece que el hecho de tener cámaras delante y a alguien “vigilándoles” basta para que Hetfield y sus psicópatas se contengan en momentos clave y consigan llevar a buen puerto –no sin esfuerzos sobrehumanos– el disco que acabaría por ser St. Anger.

Tampoco queda de lado la presión: a pesar de la capacidad que ha de tener uno para ser músico y poder permitirse ser Metallica al mismo tiempo, cómo meterse en el estudio y (en la medida de lo posible) olvidarse del mundanal ruido y hacer lo que mejor –o lo único– que saben hacer.

En fin, tampoco conviene hablar mucho más: vedlo y opinad, sabios.

Barack me robó el periódico

El gabinete de prensa de la Casa Blanca nunca había tenido que preocuparse en exceso de las nuevas tecnologías: hasta la legislatura anterior, valía con tener a un pollo que supiera usar Internet Explorer y enviar e-mails para enterarse más o menos de lo que se decía del presidente de Estados Unidos por ahí.

Pero con la era Obama llegó la locura: Twitter, Facebook, Youtube ya eran una realidad, un monstruo de siete cabezas imposible de dominar. Sólo quedaba una opción: hacerse un hueco.

En alguna ocasión he hablado ya de esos psicópatas de las nuevas tecnologías que con la excusa de la web 2.0 twittean hasta desde la cola del supermercado, y comparten con nosotros cada detalle de sus vidas mediante insulsos blogs en los que los enlaces a redes sociales ocupan más que el propio cuerpo del texto. Bien, pues de esta tendencia no se iba a salvar la prensa política estadounidense de hoy: habla un artículo reciente de The New Yorker de un corresponsal que a lo largo del día publica 3 ó 5 entradas en su blog y 8 ó 10 actualizaciones de Twitter. El ritmo de la noticia en Washington dura 24 horas, y vuelve a coger carrerilla antes de que amanezca.

Vista la voracidad del nuevo periodismo, frenético e imparable, lo que la administración Obama decidió, como astutamente analiza el artículo de Ken Auletta, fue llevarles la noticia a la puerta de casa. Te abro un canal en Youtube, te modernizo la página web, contrato a un equipo de televisión: yo te lo cuento TODO. Yo soy la fuente directa; así, no se acalla a los medios de comunicación, sino que (esto suena rarísimo) se compite con ellos: ¿Quién hubiera podido pensar hace 30 años que el gobierno publicara un periódico propio? Ahora no sólo hace eso: tiene además un canal de televisión y, todo, con difusión mundial.

Los medios tradicionales, mientras, están contra la pared: los tipos de los puros reclaman a los atribulados reporteros en mangas de camisa y con el lápiz sobre la oreja historias, historias, historias, y a éstos no les queda más remedio que tirar de Blackberry y procurar esquivar las faltas de ortografía; el periodismo no tiene más remedio que hacerse con un nicho ideológico y afianzarlo, a costa de cortar cabezas, y el análisis se va doblegando ante el hambre de sencillez poco a poco.

La inmediatez ha permitido a un gobierno circunvalar a una prensa de dudosa moralidad y levantar, en tan sólo unos meses, un debate sobre la ética periodística y comunicativa que empieza a proyectar una sombra ligeramente siniestra sobre el idolotrado Obama, que ha dejado de molar algo de lo que molaba (pero sigue siendo guay).

Aquí esto no pasa, y dudo que llegue a ocurrir. Como siempre digo, mientras que en un sótano de Washington un think tank mide cada uno de los términos que aparecerá en un discurso, aquí montamos un ministerio. Pero el poder, más que nunca, está en nuestras manos: ellos saben cómo funciona; nosotros, no.

Es tonificante vivir en un país que sigue creyendo que es más eficaz regalar bolis y globos en los mítines que esto:

La autodestrucción de Prisa

Es bien sabido que, en los tiempos que corren, al grupo Prisa no le van bien las cosas. Entre peleas políticas y económicas, entre crisis y consabidos bandazos ideológicos, parece que no atraviesan su mejor momento.

Ayer a mediodía, comiendo con Cuatro, quedé absolutamente boquiabierto al recalar en el último spot publicitario de El País, regado con una canción compuesta para la ocasión por Calle 13 y que, aparte de su combativa letra (no tiene desperdicio) cuenta con uno de los estribillos más brillantes de la última década:

No hay nadie como tú, no hay nadie como tú mi amor, no hay nadie como tú, El País está donde estás tú.

En fin. Si cito esto (musicalmente un temazo, eso sí) es porque sospecho que supone la puntilla y el hundimiento final de un periódico medianamente potable: hasta ahora, a algunos nos bastaba con esquivar las columnas de tercero de primaria (heroicas amas de casa, et al.), los titulares capciosos o los editoriales pastelosos para disfrutar de unos contenidos que, de cuando en cuando, arrojaban algo culturalmente interesante.

Pero he aquí que el progresismo chungo y los arquetipos prefabricados se han colado hasta la cocina en todo lo demás: la apuesta para salvarse es convertirlo todo en una mole, en reducir lo que quiera que supone leer El País (un estilo de vida, al parecer) a lo que refleja esta campaña, que ya olía desde aquello de juntar al famoseo de La Latina a loar su dominical.

Más preocupante aún: el domingo pasado, Javier Marías publicó un interesantísimo artículo en El País Semanal sobre las patadas que se le propinan a nuestra lengua en ese periódico (y en los demás: Marías tira la piedra, pero hay que andarse con cautelas y atenuar un poco el mensaje). Haciendo alarde, calculo, de su sentido crítico y amplia conciencia democrática, los responsables del suplemento parecen estar queriendo demostrar con la publicación de esta suave colleja algún tipo arrepentimiento o de intención de cambio por la más que obvia apatía lingüística de muchos de sus curritos, lo cual no sirve sino para que uno acuda raudo al traductor automático de ElPais.com y, tras pasar por él las dos primeras frases del artículo de Marías hacia el inglés primero y de vuelta a nuestra lengua después, obtenga el siguiente resultado:

Original español: Leo este periódico a diario, desde su fundación. Además he escrito en él desde 1978, esporádicamente durante muchos años, mensualmente durante unos pocos, semanalmente desde hace casi siete, en este dominical.

Traducción al inglés: I read this paper every day, since its foundation. I have also written on it since 1978, sporadically for many years, for a few monthly, weekly, nearly seven in this Sunday.

Vuelta al español: He leído este artículo todos los días, desde su fundación. También he escrito sobre él desde 1978, de forma esporádica durante muchos años, por unos pocos meses, semanas, casi siete de este domingo.

Y entretanto, llenándose la boca cada dos días con lo mal que está la industria de la traducción en España. Qué fácil es poner a Obama en portada, contratar a un francés que te analice la sociedad europea una vez al mes y entrevistar a Almodóvar de cuando en cuando: así les va. Menos mal que al menos tienen Granjero busca esposa y Fama: ¡a bailar!