Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.
Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.
Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.
El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?
