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Entradas que hablan sobre «Colaboraciones»

  1. El mejor canal

    Lo escribí el Domingo 31 de octubre de 2010

    Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.

    Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.

    Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.

    El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?


  2. Escolarización

    Lo escribí el Sábado 18 de septiembre de 2010

    Hace poco más de una semana Clara, con sus tres años, empezó al colegio por primera vez. Engalanada con el uniforme nuevo, nerviosa desde días antes por los compañeros, por lo que aprendería y por cómo sería ir al «cole de mayores», como dice ella.

    Pocas horas después de que ella atravesara ilusionada las puertas de su entusiasmante licenciatura en plastilina aplicada al entretenimiento, yo tuve a bien ir a recoger el título de bachillerato al instituto, con unos años de retraso. En el gris edificio del centro de Madrid no queda uno solo de los profesores que nos acribillaron, por aquel entonces, a fórmulas químicas y nociones de filosofía para mentes boquiabiertas. Aquel bull-dog castellano capaz de bregar con cabestros en ebullición mientras que sonreía al que se sabía la tabla periódica se había jubilado. En su lugar, una docente de lo más urbanita trata de que un padre no estrangule a su hijo después de que este le vendiera la moto de que apuntaba a un nueve en los exámenes de septiembre que acabó por diluirse en un cuatro con poco; una madre llora desconsolada por nosequé suspenso de su retoño que parece condenarle a un limbo académico-administrativo de lo más apetecible. Hijos, sobrinos y nietos de la LOGSE.

    La siguiente parada es la Facultad, en la que he de pescar mi flamante título de licenciado. Una fotocopia por aquí, una compulsa por allá y en una brillante mañana de septiembre logro, por fin, que Juan Carlos I explique al mundo en un papelito qué he estado haciendo los últimos cuatro años, previo pago de 150 euros.

    Y la cosa no acaba ahí: ahora a echar la solicitud del máster y, con suerte, a dedicar otro curso a rellenarnos de sabiduría. Clara, supongo, estará diplomándose en rotuladores Carioca encantada de la vida, ajena aún a que, por lo pronto, es muy probable que las próximas dos décadas de su existencia estén dedicadas a arrastrar la legaña hasta el pupitre y a escuchar lecciones de todo pelaje. A ver dónde estamos nosotros entonces…


  3. El Kafka de Roces

    Lo escribí el Sábado 11 de septiembre de 2010

    Hace unos días el desierto informativo estival que tantas alegrías reporta («Roban una plantación de marihuana protegida por osos»;  «Calamaro cierra su Twitter»; «Un restaurante de Berlín pide donantes para servir comida caníbal brasileña»; «Muere un fotógrafo de bodas al pedir a los novios que posaran con armas»; etc.) se inundó con el chaparrón típico de un septiembre posvacacional. Lo que más me gusta de este momento catártico es un titular grandote que rece algo así como: «Un otoño cargado de tentaciones literarias». Ken Follet empieza otra trilogía (más); Vila-Matas vuelve a derramar las babas de los más repelentes autores de blogs ilegibles; Paulo Coelho parece seguir vivo… Nada nuevo bajo el sol, la verdad. (más…)


  4. Palabras vacías

    Lo escribí el Viernes 30 de julio de 2010

    El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

    Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

    Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

    Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

    Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.