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Entradas que hablan sobre «Cine»

  1. Nuevos sabores

    Lo escribí el Sábado 5 de diciembre de 2009

    logoculturasGivaudan es una multinacional suiza, gigantesca, que se dedica a la síntesis de aromas naturales: una molécula de este cítrico, un toque de ua planta tropical y tachán: un nuevo sabor sintético.

    Existe, en este sector envuelto en secretismo corporativo, un concepto interesante: el de espacios blancos, esto es, sabores que no existían creados a partir de componentes conocidos. Por ejemplo, el Red Bull: ¿a qué sabe? A sí mismo, es único e inconfundible.

    Es sabido que lo mismo ocurre con los libros, con el cine o con la música: por estar, está todo inventado, la cuestión es ir colocando y recolocando elementos hasta dar con una nueva fórmula magistral: ese solo tremendo, esa descripción emocionante, ese plano secuencia que quita el habla.

    Uno de estos nuevos aromas, de los que estremecen hasta los dedos de los pies, topé hará un par de semanas, en un zapping, visitando la última joya de la producción televisiva nacional: Un burka por amor. Creo que uno de los momentos cumbre de la Historia de la pequeña pantalla se dio cuando, sobre la imagen de una pista de aterrizaje, apareció un subtítulo informándonos de que estábamos viendo Kabul. Exotismo a tope: entonces aterriza un avión de EasyJet, como si nada, y vemos a una Olivia Molina desembarcar más ancha que pancha en un aeropuerto que, si no era Ranón con un puñado de figurantes con la cara sin lavar, bien podría pasar por el vestíbulo de una oficina de Correos.

    Nuevos sabores, nuevas emociones: algo de castizo, mucho de barato, quítame allá el pudor, un buen chorro de tópicos y bien de carne para que entre mejor. Y a correr.


  2. Gran Torino

    Lo escribí el Jueves 19 de noviembre de 2009

    torinoposterClint Eastwood, dirigiendo, es un auténtico dolor de muelas para todo aquel que quiera comentar su cine o incluso entenderlo en toda su extensión.

    Esta película no iba a ser menos: otra que avanza con su ritmo pausado y dimensiones pequeñas; otra en la que el espectador tiene permanentemente la sensación de que algo se está perdiendo entre línea y línea.

    No hay problema con utilizar este recurso, con ponerle algo difícil las cosas al espectador y exigirle un mínimo esfuerzo; aunque se corre el riesgo de que lo que parecía un mensaje enterrado bajo una narración sencilla empiece a hacer aguas a mitad de la película.

    Se abren muchos frentes en Gran Torino, a cada cual más interesante, que resultan quedarse en nada o aparcados indefinidamente en la cuneta, como si Eastwood no tuviera reparo en señalarnos dónde hemos errado en nuestra interpretación como espectadores.

    El resultado es, por un lado, un batiburrillo excesivo de ideas, algo mareante y poco fluido; y por otro, una película que obliga en el último momento a aferrarse a su lectura más simple para no perderse, precisamente, en el mogollón: el problema es que esta lectura más básica es, en efecto, demasiado simple.

    El final también cojea, dejándonos, en definitiva, con una sensación agridulce que nos impide saber bien si nos encontramos ante una obra maestra o un producto fallido. Yo, tras cuatro días de darle vueltas, he llegado a la conclusión de que se trata de lo segundo.

    Me la defendían, no obstante, arguyendo un magistral lenguaje de imágenes o ciertas referencias a Harry el Sucio. Esto sí resulta claro: Eastwood ha intentado algo tremendamente complicado. Y bien por él, pero no lo ha logrado: uno no puede ensimismarse en las dificultades (nimiedades, al final) y olvidarse del espectador que, con la mente cansada y la cabeza desenchufada, quiere disfrutar de una película el domingo.


  3. Malditos Bastardos

    Lo escribí el Jueves 24 de septiembre de 2009

    Malditos Bastardos

    Qué miedo da Tarantino cuando se pone detrás de una cámara. Su habilidad para forzar estilos y lenguajes cinematográficos le ha llevado, con los años, a producir grandes maravillas y obras fallidas (nunca truños, porque bueno es): de ahí el temor y el recelo con el que acudimos a ver Malditos Bastardos: ¿una incursión de más de dos horas y media en el género bélico-nazi? Caramba…

    El experimento no sólo sale bien, sino que sale redondo: cójase Kil Bill y subsánense los errores narrativos cometidos; aderécese todo con una buena dosis de sobriedad y elegancia y se tendrá esta película. Puede que el hecho de que a servidor la filosofía oriental le de exactamente lo mismo tenga algo que ver, pero vaya, quedándonos en lo puramente cinematográfico, le da mil vueltas.

    Posee un ritmo pausado, casi teatral y muy deudor del mejor cine clásico: no abundan los escenarios, predominan los diálogos y un argumento sólido, que se aguanta por sí solo incluso fuera del contexto histórico. La trama no gira en torno a los Bastardos, en realidad, sino que reposa sobre los hombros del Coronel Landa, uno de los personajes mejor construidos por Tarantino. Es él quien se hace con las escenas de diálogo, quien crea la desasosegante sensación de saber siempre algo que el espectador desconoce, quien posee la clave de toda la historia.

    Por otro lado, la historia progresa firme y contenida, aunque algunos detalles (no doy datos por no reventarla) hacen pensar en una concepción más cercana al cine negro: empezando por el final y llegando al principio, desde donde se irá avanzando, perdiendo y confundiendo al espectador, hasta desvelar la sorpresa final. Una vez más, Malditos Bastardos hace gala, en este sentido, de una buena cantidad de referencias, sin por ello apabullar al espectador con su erudición u obligándole a “darse cuenta”  de una brillantez del autor

    El resultado es una historia cerrada y redonda, sin fisuras; de ritmo cadencioso, complicado pero perfecto… Un peliculón, arriesgado y no para todos los públicos, pero un peliculón con todas las letras.


  4. Nuevo cine español

    Lo escribí el Martes 18 de agosto de 2009

    Pongamos a un showman que se encuentra rodando la última esperanza del cine patrio por estas latitudes y que, como casi todos los famosos y pseudofamosos que pasan por Gijón, realiza sus salidas nocturnas.

    El encuentro tiene lugar un sábado, tras haber topado con buena parte del resto del reparto y haberles visto
    departir y fotografiarse con quien tenía a bien acercárseles.

    Nuestro hombre, haciendo gala de una labia privilegiada, se encuentra acodado a una hora, ejem, tardía, en cierto bar del barrio pescador tomando la última y, por qué no, charlando con la camarera, azorada por las babas que el gran genio parece estar a punto de derramar por la impoluta barra. Entran dos amigos, y preguntan: «¿Podemos comprar tabaco?» El otro se vuelve, y niega con rotundidad y los ojos inyectados en sangre. La taquilla de cine español de la próxima temporada acaba de perder dos espectadores.

    A continuación sale (solo) y, sin pensárserlo dos veces, se adosa a otro par de zagalas que circulan por las calles mojadas. Allá que se va, pellizcando a una de ellas donde la espalda pierde su nombre y desairando con un elegante gesto de muñeca a otros dos fans: bravo, dos menos.

    Ésa es la actitud, levantando la industria a golpe de simpatía: próximamente, en los mejores cines.


  5. El milagro de la (in)comunicación

    Lo escribí el Jueves 30 de julio de 2009

    Anteanoche pude dejarme sorprender a una hora indecente por una película de 1971, The day of the Jackal. En España se  llamó Chacal, a secas, pero no guarda más parentesco con la película de Bruce Willis que el hecho de que ésta es un mal remake de aquélla.

    Se trata de una historia basada en la novela del mismo título de Frederick Forsyth. La trama es simple y clara: la OAS, esa organización terrorista francesa de los años 60, quiere cargarse a De Gaulle y, para ello, contrata a un asesino profesional e implacable. La gracia está en que, una vez preparado el golpe, el asesino comienza su periplo desde Italia hacia París en coche mientras que un agente trata de pararle los pies: el gato y el ratón, de nuevo, aliñado con el lujo entendido en los años 60.

    La gracia está en que la historia transcurre en 1963, de ahí el título de esta entrada: 20 años después, con móviles a medio cocinar y la capacidad de enviar fotografías en poco tiempo, no habría argumento, y el autor se vería en serios apuros para mantener alejado a su protagonista de las fuerzas del orden —eso por no hablar del encanto de verlos hablar por macroteléfonos desde un coche—. La fuerza del guión reside, en gran medida, en la tensión que se genera en el tiempo transcurrido entre el descubrimiento de pruebas cruciales y el peregrinaje que realizan hasta su punto de destino, para llegar, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y dejando al Chacal avanzar un poco más hacia su presa. Este escollo se hace aún más claro en el mencionado remake, que sorteaba estos problemas con más bien poco tino, aprovechando los momentos en los que el cerco se cerraba para montar uno o dos asesinatos, tres explosiones y fuera.

    Y no es ninguna tontería: ¿cuántas trabas ha encontrado Hollywood en los últimos tiempos para redondear esta clase de argumentos? Los fugitivos ya no pueden echar a correr con un grillete y una cadena por Louisiana, robar un coche y escaparse sin más; el mundo ya no funciona así: ahora los guionistas se ven en la obligación de introducir al típico enrollao experto en telecomunicaciones que lleva gafas amarillas y pelopincho para que aquello quede medianamente verosímil; hay que servir al espectador una buena dosis de tecnicismos para que no chirríe.

    Ahora los personajes tienen el Internet ese de las narices, tienen un teléfono a mano constantemente (lo de que no haya cobertura ya no cuela) y, así, sin comerlo ni beberlo, asistimos a un nuevo quebradero de cabeza provocado por las condiciones tecnológicas. ¿Será por eso que tenemos inflación de westerns y películas de época?