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Entradas que hablan sobre «Cine»

  1. Festival de cine, o de lo que sea

    Lo escribí el Jueves 12 de enero de 2012

    Rápido: resulta paradójico que el camino más corto para ser mejor que los demás no pase por intentarlo, sino por intentar, en cambio, ser el mejor a secas. Uno puede esforzarse lo que quiera en superar a aquellos que cree sus rivales, y quizás tenga algún éxito; pero está muy claro que el que irá por delante es el que no compara, el que no busca. Será el que encuentre, al final.

    Otra paradoja: he participado en la cobertura del Festival Internacional de Cine de Gijón los últimos dos años y, en total, creo que mientras duró tuve tiempo de ver menos cine que cualquier otra semana del año.

    Ayer, su hasta ahora director, José Luis Cienfuegos, fue destituido y sustituido en un corto espacio de tiempo por Nacho Carballo. No es cuestión de meterse en los porqués y en los entonces de la decisión, pero sí es inevitable echar la vista atrás, en la medida de lo posible, y topar con (¡qué empacho!) más paradojas: en las tripas del festival vivía gente que entregaba mucho más de lo que recibía (en su cuenta corriente) por el trabajo que hacía; y la otra gente, la que llenaba las salas, parecía feliz con lo que recibía. Quizás no con las películas, pero sí con el hecho de tener algo que criticar, o que hacer con su intelecto, al menos, durante la semana que dura el Festival.

    En quienes participaban descubrí que, sin ser necesariamente los mejores, sí existía la voluntad de serlo. Pero de serlo como decía al principio: de serlo de corazón, de serlo en el día a día y no al presentar todos esos números aburridísimos en torno a los que orbitará, ahora, el debate por la destitución. De serlo con lo que había y con lo que no, de tomarse unas cervezas en los conciertos de por la noche y de llevar despiertos las horas que hiciera falta cuando el resto empezara a desperezarse. De hacerlo bien.

    Por desgracia, no quedan muchos sitios, o muchas familias de la cultura, en las que ese espíritu siga vivo. Que desapareciera ese reducto sería una pena. Por eso espero que siga vivo, esté a su frente Carballo o el mismísimo Carlos Rubiera. Les deseo suerte en la empresa: solo así podrán ser mejores que. Solo así podrán ser los mejores.


  2. La cocina de los Oscar

    Lo escribí el Martes 1 de marzo de 2011

    Estamos en Los Ángeles. Esta noche se entregan los Oscar, los premios -quizás- más importantes de la «industria del cine». Bueno, más bien, estamos en una cocina de una de las plantas altas del Círculo de Bellas Artes de Madrid mirando fijamente a una pantalla y esperando a que un presentador o premiado tome la palabra.

    Dos voces masculinas y dos voces femeninas llevamos cuatro horas, cuando se acercan las 2 y media de la madrugada en España, con el ceño fruncido sobre el guión de casi 200 páginas que rigió, con paso marcial, la ceremonia de entrega de los premios de la Academia.

    Los técnicos corretean entre el plató de televisión y el de radio que nos rodean, van dando buena cuenta del catering entre carrera y carrera y nosotros, entre tanto, vamos repartiéndonos los papeles: «Bueno, yo creo que seré James Franco», afirma Fernando. «Oprah. Sí, soy yo, que tú eres Anne Hathaway», dice Christine a Christina. Por supuesto, el guión no revela todos los misterios («Pero ¿quién es TBR?»): nadie sabe por dónde van a salir los premiados, nadie puede esperarse la metralleta de nombres en la que se convierte Andrew Sorkin al recoger el Oscar al mejor Guión Adaptado; tampoco que Bob Hope pueda ponerse a charlar, desde el más allá, con Jude Law y Robert Downey Jr.

    Así van pasando las horas hasta que cae el telón: son casi las seis de la mañana en un Madrid de lunes que empieza a desperezarse y entre tragos de café hemos ido tratando de poner voz, con el mayor tino posible, a todo el firmamento de Hollywood. Han caído los premios más técnicos, en los que una voz en ‘off’ felicitaba a los técnicos reconocidos por haber «desarrollado tanto ese sistema de cabrestantes»: ojipláticos, nos giramos entonces hacia Christina y le aplaudimos en silencio para que las palmadas no se colaran por el micrófono. En una noche recurrente pero inolvidable, hemos sido, por un rato y en la sombra, desde Kathryn Bigelow hasta Geoffrey Rush, desde Steven Spielberg hasta Sandra Bullock, desde Gwyneth Paltrow hasta Randy Newman. Y todo… desde la cocina.


  3. Cisne negro

    Lo escribí el Lunes 21 de febrero de 2011

    Vengo de ver esta película y creo que, en una hora, me meteré a ver Valor de ley con la única esperanza de dormir bien esta noche.

    Cisne negro no es turbadora por la crudeza inesperada de algunas imágenes, ni siquiera porque tenga un desarrollo especialmente sobrecogedor: lo es por los riesgos que asume. Lo es porque Aronofsky se embarca en la nunca fácil tarea de incluir al espectador en un viaje que ha sido contado mil veces, el del protagonista que no tiene más remedio que empujar sus propios límites primero, y sobrepasarlos después, para alcanzar el ansiado objetivo.

    En este sentido, los logros del director son dos: sacar de Natalie Portman el proceso, lograr que lo cuente, y al mismo tiempo conseguir que perdamos en los momentos precisos el interés en el esperado final para imbuirnos en el mero placer y sufrimiento de la caza.

    Portman está brillante, soporta todo el peso de la película y así construye, ella sola, el doble juego que tanto seduce al espectador: primero, nos obliga a sospechar hasta dónde se mete la propia actriz en el papel de la intérprete; después, tratamos de adivinar con interés morboso qué hay de Portman y qué hay de Nina. Hasta Vincent Cassel, que está inmenso, termina por borrarse, por desaparecer (y sabe cómo hacerlo) ante el chaparrón de talento que destila Nina.

    El guión camina con mucha firmeza en la primera mitad, luego se emborrona con algunos instantes de autoparodia y concluye con un final intencionadamente abrupto (en cuanto cae el telón, se acaba todo). Deja el regusto de la duda en cuanto a su intencionalidad; ahora bien, luego uno se pregunta: ¿hubiera sido posible dejar tanto margen de maniobra a Portman y a Aronofsky sin perder el control de la película? Probablemente no.

    La propia tensión entre perfección, entre intención y desmelene existe en la película… ¿Una historia dentro de otra historia, quizás?

    Cisne negro solo gustará a los espectadores cuyos propios límites haya logrado pulsar, una película de las que jamás se podrán ver con objetividad y rigor cinematográfico. No es ni buena ni mala, ni clásica ni moderna. Es, sencillamente, la que es, para ser consumida en el momento preciso. Todo un riesgo; pero también un acierto.


  4. Jurado popular

    Lo escribí el Sábado 13 de noviembre de 2010

    Me ha crecido un flequillo que tengo que cortarme. Aún no he sucumbido a las gafas (no me hacen falta, por suerte); ni se me han ceñido los pantalones tanto a las piernas. Sí tengo una rebeca (por si refresca, ya se sabe) en el fondo de armario, pero me falta una pashmina con la que dar empaque a mis palabras en las tertulias. Pero ese día puede llegar de un momento a otro.

    En el Café Dam las espirales de humo y conversaciones en torno a lo más granado del Festival se multiplican por estas fechas, y en casi cualquier rincón de la ciudad pueden divisarse encendidas conversaciones. Conversaciones que pueden no ser tales, ojo, sino deliberaciones del jurado joven del festival, compuesto, en general, por perfiles como el arriba descrito. Esto es, el 92% de la población cimavillense, en algún momento de su vida.

    Será difícil tener a Julia Roberts correteando por la alfombra roja, aunque Joaquin Phoenix esté en las pantallas de la Laboral; eso sí, ese mismo espíritu que llevará al gijonés joven a plantarse, dentro de cinco décadas, a pie de obra para comentar la calidad del mortero, encontrará una buena formación en este primer acercamiento.

    Sin duda, lo mejor del Festival: como si Perry Mason se pasara por La Plaza; como si Jessica Fletcher se dejara caer por el Sonotone: durante unos días, cualquier cineasta puede caer fulminado en el rincón más insospechado y, cuando se abra el plano, descubriremos que una imagen desconocida y juvenil está detrás del veredicto. No hay como esta cita para recordar que, por suerte, este festival sigue siendo como Hacienda: somos todos.


  5. La red social

    Lo escribí el Viernes 22 de octubre de 2010

    Muchas son las moralejas que aparentemente se pueden extraer de La red social; pero, al mismo tiempo, ninguna. Se trata únicamente de un retrato (aunque el cartelito que anuncia que está basada en hechos reales no aparece al principio de la película) de un momento histórico que estamos viviendo. Ahora, aquí.

    Es difícil decir, tras haber salido del cine hace apenas 45 minutos, cuál es su alcance: sólo sé que me ha empujado a escribir estas líneas, que me ha removido varias cosas a lo largo de las dos horas que he pasado apoltronado en la butaca. Es una película absolutamente Sorkin: es épica, es honda, tiene unos diálogos afiladamente brillantes, no es tópica, posee una estructura inapelable y tiene una carga tan concentrada que casi asusta. Por otro lado, es una película absolutamente Fincher: cuidada, conmovedora, gélida, difícil de digerir e impactantemente cercana al espectador –en todo–. Por cierto, la escena de la carrera de traineras, con esa banda sonora, probablemente sea lo mejor de todo 2010.

    Como adelantaba, la epopeya de los Zuckerberg y Savarin de la pantalla no es una historia que provoque simpatía, antipatía, miedo o asco hacia Facebook; es más, es la demostración de que este mundo en el que vivimos contiene una fascinante cantidad de hechos, de cosas, compuestos a su vez por tantos elementos que lo convierten en un festival tan poliédrico que es inevitable la tentación de exprimirlo hasta dejarlo seco.

    Lo más inteligente es, sin duda, haber logrado eso que tanto le critican a El Americano, de Anton Corbijn: aislar a sus personajes y a las relaciones entre ellos de todo lo demás, abstraer la auténtica esencia de lo que ocurre y destriparlo sin contemplaciones o prejuicios incómodos –salvo, levemente, al final–.

    Lo negativo es, quizás, que no se haya aprovechado del todo la teatralidad (por lo reducido de los espacios) del guión de Sorkin, y quizás esa abundancia de escenarios sea lo único que puede confundir al espectador.

    Por todo lo demás, corriendo al cine.