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Entradas que hablan sobre «Bukowski»

  1. Factótum

    Lo escribí el Lunes 4 de enero de 2010

    portada-factotumFactótum

    Charles Bukowski

    Nueva York: Ecco (HarperCollins)

    1975 (edición de 2002)

    Estamos ante una de las novelas más impactantes de Bukowski, sin duda. 87 capítulos, 87 trozos de experimento literario de los que nos gustan: el autor empieza a narrar en tono desaliñado y directo un relato rutinario, cotidiano. Así, nos va seduciendo con su manejo de las formas, utilizando una estructura de velocidad trabada, para encajar sus florituras, cuando, sin darnos cuenta, terminamos el libro y nos plantamos en el apoteósico final: sí, todo estaba pensado. Ja, ja.

    Es decir, la obra apenas sobrepasa unas cómodas 200 páginas, y los capítulos no ocupan más que un par de ellas; no obstante, nos sumimos en el mismo mundo, frenético pero anquilosado, de Chinaski, incluso con la sensación alucinada de que no ha ocurrido nada en los tres últimos capítulos cuando, en realidad, han pasado tantas cosas que nos cuesta procesarlas.

    Chinaski no llega a caernos bien. Ni siquiera podemos simpatizar con él, entender lo que le pasa porque no tiene ningún interés en que lo hagamos: esta es otra de las claves de un narrador en primera persona perfectamente creíble. Ni es persuasivo, ni es sensiblero, sino cualquier tipo contando su historia sin miedo a ser juzgado.

    Para terminar de aderezar el plato (y quizás aquí me esté colando), noto un regusto a Steinbeck espolvoreado con mimo por encima de todo el libro: un guiño (casi una parodia) a la carretera californiana polvorienta, a la ciudad desolada pero hiperpoblada de personajes que desfilan sin ninguna relevancia, al trabajador sacrificado y al contexto de un país en crisis. Pero, claro, con la irreverencia de Bukowski taponando dramatismos exagerados, y arrancando cuando procede (y cuando no: gracias por eso) una sonrisa al lector.


  2. Episodio 3: Charles Bukowski y poema (de las nubes)

    Lo escribí el Martes 15 de diciembre de 2009

    Vuelvo a la carga con el podcast cuando más de uno me daba por desaparecido. A pesar de todo, cumplo la promesa y hablo de Bukowski, además de leer una especie de poema escrito rápidamente el otro día. Una vez más, un gustazo hablaros.

    [podcast]http://alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/Episodio3.mp3[/podcast]


  3. La máquina de follar

    Lo escribí el Domingo 26 de julio de 2009

    La máquina de follarLa máquina de follar

    Charles Bukowski

    Barcelona, Anagrama

    2002

    Si puedo evitarlo, nunca jamás leo traducciones: la mente se dispersa, la atención se desvía involuntariamente hacia cuestiones que no tienen nada que ver con lo que se está leyendo. Es el caso de La máquina de follar, que, encima, está traducido por cuatro manos.

    La frescura e inmediatez originales, hijas sin duda de las cualidades como poeta de Bukowski, desaparecen en nuestra lengua, pero sí subsiste la atmósfera que crea en cada relato y el trasfondo entre humano y surreal que con tanta maestría trabaja.

    Hermoso es, pues, el collejón que se merecen los señores de Anagrama: qué fácil es encargar un dibujín de una zagala con dos lustrosos encantos y venga, ponle de título el del último relato, que suena apetecible. Justamente lo más lustroso del libro (y del autor), que es esa atmósfera, parecen haber sido olvidadas en la edición para, en su lugar, tirarse a lo fácil.

    Esta es la editorial responsable de acercarnos algunos de los más reseñables libros que se han escrito en lengua inglesa, pero en ocasiones, como esta, tropiezan con el espíritu ramplón de quedarse en lo guarro, en lo maldito, en lo simple, y el resultado —por mucho que la selección fuera aprobada por el autor— es una colección deslavazada y descafeinada.

    Es evidente que un libro de relatos no puede funcionar como un bloque, y que buscar una coherencia entre cada texto más allá de un estilo no sirve de nada; pero en La máquina de follar no, parece que los cuentos se alternan de manera desorganizada, que se cruzan chapuceramente convirtiendo el libro en una especie de colección de consulta. Para que figure en el armario, vamos.

    De la obra en sí misma poco hay que decir, lo de siempre: ya es sabido cómo se las gasta Bukowski y en qué terreno se mueve, pero vuelvo a descubrirme ante él, vuelvo a tener ganas de comprar otro libro y de abrirlo con avidez cuando encuentro, línea tras línea, que no deja de sorprender, que sólo escribe desde la creatividad. Se permite fijar unas coordenadas, elegir unos carriles por los que va a transcurrir lo que sea que nos quiere contar cuando un para de páginas más allá se lo carga todo, empieza de cero y se reinventa. Y así, hasta el infinito.


  4. Pulp

    Lo escribí el Sábado 18 de julio de 2009

    PulpPulp

    Charles Bukowski

    New York, Ecco (HarperCollins)

    2002

    Charles Bukowski siempre fue un escritor de historias cortas y poemas, si no me equivoco pocas son las veces (si no es esta la única) que se enfrentó al reto de componer toda una novela. Por eso al abrir la primera página, uno siente el cosquilleo del fan que va a enfrentarse a un triple salto mortal de un ídolo, del que quizás salga anonadado o quizás decepcionado; quizás se caiga un mito o se encumbre para siempre.

    Pues bien, en este caso, es lo segundo. Uno de los rasgos de Bukowski que más me han atraído es su capacidad para disparar sordideces de todas las formas y colores mientras que, en el fondo, o detrás de todo ello, se encuentra un escritor como pocos. Esto pude confundir al respetable, que no sabe muy bien si su literatura es una recopilación de borracheras, úlceras y guarradas o si era la única forma de expresión con la que contaba. Este libro demuestra que esta última explicación es la que mejor se adapta a su escritura.

    Porque Pulp tiene la frescura de sus relatos, seguramente concebidos a toda velocidad, pero envasada en un cuerpo y en un hilo argumental sólidos como la roca, un libro coherente y al mismo tiempo demencial, trufado de esas escenas marca de la casa y de una colección de ideas (¿matar a Celine?) que llevan la impronta del mejor Bukowski.

    Todo aquel que piense que es un escritor sobrevalorado, que no se explique cómo ha llegado al panteón de los clásicos contemporáneos debería hacerse con esta edición (sobresaliente), sentarse en una terraza, pedirse un algo y dejarse sorprender. Y que viva Bukowski.


  5. Hot Water Music

    Lo escribí el Domingo 8 de marzo de 2009

    Hot water music

    Charles Bukowksi

    New York, Ecco (HarperCollins)

    2002

    221 pp.

    Siguiendo con la buena racha de escritores atípicos, poco convencionales y absolutamente imprescindibles, me veo casi obligado a reseñar otra lectura reciente: esta recopilación de brevísimos relatos de Charles Bukowski, originalmente publicada en 1983, que presenta los temas, escenarios y tratamientos clásicos del autor. Como se suele decir, es Bukowski en estado puro: una buena manera de acceder a él.

    Se trata(ba) de un escritor con raíces alemanas, pero criado en los Estados Unidos. Dedicó gran parte de sus esfuerzos literarios a la producción poética, faceta más que reseñable pero, me imagino que por el océano cultural que nos separa, poco conocida por estas tierras. Y un buen día, Charles comenzó a escribir relatos, con ese tono sucio, pesimista y descarnadamente vívido que lo han hecho famoso, y que lo ligan, en un nivel bastante obvio, a otros maestros como Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis, por no mencionar a los DeLillo, o Ballard incluso, que comparten con él lo que un amigo de Ian McEwan etiquetaba como “maestría del desasosiego”.

    Hot water music es un libro que se puede leer de mil maneras distintas, entre ellas algunas tan atractivas como cocinando, bañándose o en el Metro, un listón que pocos autores con algún impacto intelectual pueden superar, pero que Bukowski salva con gran destreza recurriendo a textos enormemente breves (subrayo el adverbio), muy espectaculares en su concepción y llenos de personajes tan oscuros que en ocasiones llegan a asustar: esta renuncia a hacer pensar al lector que no quiera hacerlo es el primer triunfo de la obra, que, tras una larga jornada, cuando uno no quiere más que meterse en la cama, atrapa como el último best-seller de moda.

    Antes de hurgar más en el libro, creo que es importante detenerse un momento en este nivel, el inmediato: ¿en qué es en lo que cualquiera se fija primero? En el mundo de Bukowski, claro. Pero uno empieza a aburrirse de oír la palabra “nihilismo” en todas partes, a todas horas, de escuchar disertaciones catastrofistas de mentes reblandecidas por un pensamiento que poco tiene de forma de vida, que es (fue) más una observación aguda de lo que iba a pasar en nuestro continente a lo largo del siglo pasado; observación que unos cuantos fueron abrazando, corrompiendo y deformando hasta llegar a la incomprensión absoluta. Así, cuando Bukowski dedica un capítulo al abuso infantil, y el personaje acusado de hacerlo termina sorbiendo whisky de su vaso y confiesa: “sí, lo hice porque me aburría”, lo que cualquier espíritu sano encuentra es una reflexión turbadora de una profundiad inusitada, y no una excusa para cacarear “nada me importa, soy nihilista, el mundo es una mierda”, como si hubiera dado con una especie de presupuesto estético supremo que anula y cancela todos los anteriores, cosa que existe y, por desgracia, se extiende como una maldición: qué fácil es dedicarse a escribir, a crear limitándose a imaginar la mayor sordidez jamás concebida y a transmitirla de cualquier manera, para así generar un efecto facilón y sin fondo. Con esto quiero decir que aquellos que encuentran que el mayor logro de Bukowski es escribir palabras y situaciones soeces, sórdidas y oscuras le están menoscabando de una manera que en absoluto merece.

    Dicho lo cual podemos enterrar el hacha de guerra y seguir. ¿Cómo es el mundo sensible de Bukowksi? Como en el caso de tantos otros escritores de esta hornada, se trata de un Los Ángeles decadente y ruinoso, de una ciudad en la que no hay estrellas de cine sino prostitutas, moteles y camareros, y mucho alcohol, y mucho desorden por todas partes. Pero en ningún momento se da a entender que Los Ángeles es así, porque el narrador se cuida muy mucho de sortear una descripción completa, absoluta del escenario y se limita a hablarnos del entorno inmediato, de aquél en el que tendrán lugar los acontecimientos. De esta forma se logra un resultado mucho más amplio, ya que el paisaje resulta inabarcable, como en cualquier ciudad real: Bukowski nos muestra una parte, su parte, y el resto lo vemos de pasada. Sería demasiado pretencioso tratar de embutir toda la urbe, con sus luces y sombras.

    Esta estrategia se ve reforzada por el uso esporádico, en algunos de los textos, de una primera persona que sólo se molesta en contarnos qué pasa en ese preciso instante, y no siempre se esfuerza en aclarárnoslo absolutamente todo: así sucede en el relato en el que Henry Chinaski, un alter ego de Bukowski (digo yo, porque recuerda bastante a él) acude con una acompañante a cierta lectura de poesía, de un escritor al que no aguanta. ¿Cómo es la librería? ¿Quién asiste a la lectura? ¿Cómo está dispuesto todo? Apenas importa: una pincelada sobre unos carteles que cuelgan de las paredes, una frase sobre cierta mujer que mira mal a Chinaski, borracho, reventando la lectura… ¿Qué más necesitamos?

    Como les sucede a un enorme número de autores norteamericanos, el narrador aquí nunca puede evitar mencionar el aplastante sol de California y las noches frescas (o insoportablemente calurosas) de la ciudad. En este sentido sí que se nos proporcionan descripciones exhaustivas: se busca mostrar al lector los factores externos que afectan al personaje, y el clima, como una especie de hilo conductor imperceptible, ocupa un lugar de excepción en este apartado. Puede parecer superfluo, pero le da mucho color al texto.

    Poco tiempo antes de atacar este libro había leído a Boris Vian, la colección de Blues pour un chat noir. Hay algunos elementos que recuerdan tremendamente a Bukowski, que nos sirven además para comentar su escritura con algo más de tino. Vian concebía sus textos, se sentaba a redactarlos y fin de la historia. La escritura fluía, llegaba y, como en una buena actuación musical, emergía para permanecer en el papel, sin apenas revisiones. Esta técnica es muy atractiva, sobre todo en esos momentos en los que uno sólo tiene ganas de ver un taco de folios llenos, además de servir de excusa para cualquier imperfección que se encuentre a posteriori en el material publicado. Lo que ocurre es que Vian era Vian, y llegó a crear textos de enorme calidad (y otros más bien reguleros tirando a malos, todo sea dicho) a fuerza de trabajar este método.

    Otro ejemplo que me viene ahora a la memoria es Bret Easton Ellis, que escribió su primera novela, Less than zero, en cinco semanas, desde el suelo de una cabaña, donde languidecía a causa del consumo de drogas, y llenaba páginas sin apenas saber lo que hacía.

    En ambos casos, el de Vian y el de Ellis, el resultado han sido obras de gran calidad (más en el caso del segundo que del primero, si se me permite), pero en las que se puede percibir una cierta urgencia que afecta no sólo a la estructura, sino al lenguaje, al estilo, que se deja llevar por el propio ritmo de los acontecimientos y que acaba por parecer al lector algo puramente funcional: no importa cómo te lo diga, sólo te lo quiero decir.

    Lo que Bukowski hace es jugar con esto, como el grandísimo escritor que era. Parece que no importa escribir, que es sólo un trámite por el que quiere pasar lo más deprisa posible, de puntillas, y dejar constancia de su historia lo más deprisa posible. Pero he aquí que, de pronto, encontramos una frase agazapada, un comienzo de párrafo que no es un verbo que afecta a los personajes, sino un sustantivo, un adjetivo bien encadenado y una sintaxis precisa, descriptiva. Son pequeñas oraciones disimuladas entre el ritmo continuo de acciones, de acontecimientos que se suceden sin descanso, y que sirven para adornar, para condimentar: no sólo las descripciones, discretas, a las que antes me refería, sino reflexiones profundas que, comprimidas, no obstaculizan el paso de la historia, lo enriquecen enormemente.

    Así, destapando minúsculas perlas que van quedando por el camino, descubrimos que el poeta que parecía haber escrito como cualquiera de sus descuidados personajes ha sometido, en realidad, al manuscrito a varias pasadas, a un trabajo de estructuración y arquitectura laborioso y siempre lento, aunque seguramente a Bukowski, a estas alturas, ya le saliera solo.

    Ya tenemos el estilo y la estructura, ahora viene el más difícil todavía: ¿cómo lograr que todos los textos tengan una coherencia? ¿Qué hace de este libro una obra completa, acabada, y no un collage propio de un muerto de hambre que, tras abrir el cajón, le endosó todo lo que había dentro a su editor?

    En la respuesta se encuentra el mayor logro del libro, sin duda: Bukowski se siente cómodo en determinados temas, en determinados hábitats recurrentes a los que acude sin parar. Pero a medida que avanzamos en los textos percibimos que todo ese marco estético (ese nivel básico, formal, espectacular, efectista si se quiere, del que hablaba más arriba) se convierte en un medio de expresión, en la única manera en que el autor se ve capaz de plasmar algo.

    El juego consiste, básicamente, en coger una idea, guardarla en la cabeza e ir dejándola evolucionar, mutar, hasta que toma forma en ese marco estético propio, en ese vehículo de expresión: fondo y forma. Normalmente este proceso, del cual pende en gran medida el arte de escribir, se manifiesta en el texto de dos maneras posibles: una, que es explicitando cada peldaño de la reflexión desde su génesis hasta su término, con lo cual se corre el riesgo de caer en la trampa de contar al lector la propia vida interior (así, entre nosotros, un tostón); y la otra, que es la más habitual, que consiste en reflejar únicamente el término de esa reflexión, eliminando todo el proceso previo.

    Lo que Bukowski presenta en este libro es un poco de ambas tácticas: cada relato es único, cerrado y acabado, pero entre todos componen una evolución lógica, desde el punto A hasta el punto B. Así sucede con, por ejemplo, la idea del sexo casual entre dos desconocidos: puede ser un protagonista en primera persona con una prostituta, o un hombre en un ascensor con una pelirroja, o un chaval con una mujer borracha… Hay mil posibilidades.

    Esta idea se repite, una y otra vez, pero con cada repetición cambia: cambia el contexto, cambia el resultado, cambian los sentimientos (si los hubiera)… Algo se va transformando dentro del propio relato, y, así, asistimos a una evolución implícita que da cuenta de los pensamientos de Bukowski a lo largo del proceso creador.

    Este cambio latente le da una frescura inusitada a la compliación, ya que genera una continuidad subyacente que hace dudar al lector de si está asistiendo a un efecto buscado, consciente o casual: ¿se muestra, después de todo, el autor, o una vez más está jugando con nosotros?. La pregunta nos persigue hasta cerrar el libro, cuando, decididos a responderla, concluimos que ese misterioso narrador que al tiempo inquieta, seduce, y engancha es un personaje más, con mucho de Bukowski, y mucho de invención: pero nunca sabremos dónde está la frontera entre lo falso y lo real.

    La fuerza literaria de Bukowski convierte Hot Water Music en una obra en prosa que, por momentos, parece poesía: el fondo queda reservado a quien lo quiera inspeccionar, pero, entre tanto, podemos dejarnos mecer por la delicia formal que es su escritura. Una vez hecho esto, y tranquilamente, ya nos detendremos en las complejas relaciones humanas, en la introspección destructiva, en el paso de la vida, en la muerte, en todos esos temas profundos sobre los que no hay tratado de sociología, aquellos que salen a la luz en una cena cualquiera, alrededor de una mesa cualquiera, cuando a alguien le da por ponerse trascendental y empiezan a brotar ideas existenciales sobre cómo funciona el mundo.

    En definitiva, estamos ante uno de esos libros que te recuerdan por qué existe la literatura, y de qué es capaz: un genio.