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Entradas que hablan sobre «Bienvenidas»

  1. Una nueva vida

    Lo escribí el Martes 13 de abril de 2010

    Eso es mudarse. Creo que ya puedo decir –aunque siga sin Internet– que he terminado el movimiento: a apenas una parada de metro de mi antigua casa, pero a fin de cuentas, movido.

    Voy tapando el olor a pintura fresca con los propios de un hogar habitado, voy comprando lo que falta y agobiándome porque igual llueve y no puedo tender; voy buscando la mejor manera de guardar la escoba, la fregona, y de limpiar la tarima flotante. Mantengo el piso ordenado, voy encontrando los huecos, la cosa toma forma.

    Mudarse a una nueva casa, y más, solo, puede ser un paso ilusionante o agobiante; pero es, en cualquier caso, el primer reto tras terminar de desempaquetar cajas y tener dónde caerse a dormir. ¿A qué hora me levanto? ¿Cómo es desayunar, somnoliento, en tu nueva casa? ¿Soy capaz de encender la luz y coger la toalla casi a tientas, con los ojos llenos de legañas?

    Día a día, mañana a mañana, noche a noche, se van realizando las pequeñas conquistas. De pronto, el paño de la cocina ya está sucio; y el Fairy se acaba; y la nevera se vacía… Y la rueda vuelve a empezar, más afinada y colocada.

    Tras dos semanas, las pasiones ya se han diluido, las ganas de jugar con el cierre automático del microondas han quedado atrás y la fascinación por los perfiles de aluminio que sujetan las luces del techo se encuentra en un segundo plano. Pero ahora, por fin, uno puede decir: “Esta es mi casa.”


  2. Día 1 de primavera, casi verano

    Lo escribí el Miércoles 31 de marzo de 2010

    Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.

    Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.

    Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.

    No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.

    Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.

    Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo– el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.