Tengo sobre la mesa, ante mí, los periódicos del día (los de otro: hoy no hay) y los de ayer, mojados por la lluvia. Tengo la última novela de un buen autor de aquí, dos poemarios que valen mucho la pena, y tengo los Diarios de Iñaki Uriarte abiertos por la mitad. Lo leo todo con gravedad, mesándome la barbilla. Hasta que algo me enfada, y hago una mueca: «¡Bah!»
¡Bah! es un gesto muy común. Consiste en, mientras que se lee o se observa, saltar de la mesa y derramar el café, catapultar las tostadas contra la pared y, encendido, acordarse de los muertos de alguien o exclamar de alegría. Quizás otros días sean mucho más melosos y se prefiera arrastrar los pies hasta el teclado. Quizás otros días sean mucho más ociosos, y se prefiera dar forma a un puñado de orgullosas notas, tomadas en una servilleta de papel.
Ocurre todos los días. Si no ocurriera, estaríamos muertos o no seríamos españoles. Para eso estamos. Para encendernos, para enfadarnos, para alegrarnos, para hacerlo todo sin mesura y tirando, ante todo, de la exclamación.
Hoy no hay periódicos ni literatura, hoy es un día uno que constituye, a su vez, un capítulo cero. Quitaremos el mantel manchado de la cena de Fin de Año, y todos los periódicos acumulados: con eso bastará.
Dejaré en su sitio los poemarios y la novela, buena, de ese autor de aquí y ya habré terminado los Diarios de Uriarte hace tiempo.
Ya con la mesa limpia, coloco por fin las tostadas y el café humeante cerca, para ponerme a leer lo que sea y, en el momento preciso, arrearles un manotazo y exclamar: «¡Bah!»
Mañana es lunes. No va a correr la sangre, pero sí el café, todo el café. Vamos a dejar el gotelé perdido.
