Diez horas han pasado desde la última vez que estuve sentado ante estas teclas; diez horas desde que la mañana se abriese brumosa, y luego entrara el sol a raudales. Ahora las nubes blancas aplastan la humedad contra el empedrado; ahora, diez horas después y mes y medio después, estamos exactamente como estábamos entonces.
En estas diez horas me ha dado tiempo a muchas cosas, como por ejemplo a sentarme frente a la Junta General del Principado a comer un pincho a media mañana y ver a Fernando Lastra, portavoz del Grupo Parlamentario Socialista, salir de allí móvil en ristre y cierta sonrisa en la cara. Me dio a tiempo a llevarme las manos al Twitter y encontrar que ¡plof! la sentencia del TSJA que le quitaba un diputado al PSOE acababa de esfumarse, de desvanecerse entre los dedos.
Me dio tiempo a echar cuentas antes de que escampara del todo, y a descubrir que el parlamento tiene el mismo aspecto que el día 28 de marzo, cuando se recontó el voto emigrante; solo que ahora han llovido todas las reuniones posibles y a los señores diputados (a unos más que a otros) el cansancio se les empieza a notar.
En este tiempo la situación ha dado unos cuantos bandazos con visos de ser vuelcos, como ayer, cuando parecía que UPyD había pactado con el PSOE pero todo resultó ser una falsa alarma. Pero para desgracia de todos no han dejado de ser bandazos, amagos, conatos, tentativas, fintas, barullos, intentos y fracasos de desbloquear una parálisis que parece no tener fecha de caducidad.
El próxima día 22 comienza el debate de investidura y se supone que todo tiene que acabar, que todo tiene que escampar. Claro que, después de todo –del café con hielo y de la solana de mediodía–, ahora, tenemos la boina (de nubes) puesta otra vez. Esperemos que al menos no se arranque a llover. Otra vez.