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Entradas que hablan sobre «2009»

  1. Siete minutos: Dos (de la comida)

    Lo escribí el Viernes 25 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:54

    Tampoco ha sido un año malo en lo que a comer se refiere: allá por marzo alguien le sentó a una mesa y pidió por él. Por su condición no había perdido la oportunidad de comer en sitios caros, buenos quizás, malos habitualmente. Esas raciones mal medidas, esos platos fatal calculados que sembraban, en un principio, una acidez difícil de superar, pero a las que su estómago acabó por acostumbrarse por pura inercia social.

    Ahora bien, tras tantos años (“¡años, ya, qué viejos nos hacemos!”) topó con alguien, como decía, que le sentó a una mesa y pidió por él. Lo recuerda con vividez, incluso mejor de lo que realmente fue, gracias a la habilidad de su acompañante. El sitio se encontraba en un patio interior, sin un solo cartel que advirtiera de su naturaleza; había que atravesar uno de esos antiguos portalones para coches de caballos y, al llegar al patio interior, de adoquinado nivelado y regular, un impecable maître aguardaba con la elegante carta bajo el brazo y una mesa, en un rincón, perfectamente vestida.

    Apenas había más comensales, por lo que desde ese preciso instante empezó a sentirse cómodo; más aún cuando, al ir a mordisquear un trozo de pan, rozó el mantel y la servilleta. La acompañante eligió por los dos el vino, cuyo nombre o denominación ocultó rogando al camarero que lo sirviera decantado; los entrantes, algunas delicias frías con tantos ingredientes que la andanada de sabores formaba un todo imposible de desnetrañar; los primeros, sopas templadas suaves y cariñosas; los segundos, solomillos de salsas tan bien medidas y guarniciones tan bien calculadas que ni siquiera era posible pensar en ellas, sólo en un sentimiento de pura y simple euforia; y los postres, dos raciones de una mousse esponjosa y sonora bajo la cuchara.

    Luego tomaron una copa que podría haberlo destruido todo, pero que no hizo más que compactarlo y vestirlo de terciopelo en su renacido estómago (o eso creyó sentir). Estaba tan entusiasmado que olvidó todo lo demás por unos momentos y, desde entonces, no ha hecho más que buscar de nuevo esa sensación. Con un breve sorbo de champán, tras tantos meses de práctica, cree acercarse bastante. Pero sigue teniendo un nudo: apenas quedan seis minutos para que termine el año.


  2. Siete minutos: Uno (del clima)

    Lo escribí el Jueves 24 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:53

    La primera vez que oyó hablar del cambio climático le fascinó la idea de que los seres humanos pudieran influir en el tiempo. Luego, empezó a ser escéptico. A lo largo de este año ha ido dejándose seducir, más bien por la idea de que el clima pudiera influir en los seres humanos.

    Por ejemplo, se puso a prueba exponiéndose, en febrero, a uno de los mayores chaparrones que se recuerdan. Salió a la terraza, se sentó en una silla de madera y dejó que las gotas se perlaran sobre su pelo, que luego lo empaparan y que finalmente chorrearan camisa, pecho, pantalón y silla abajo. Luego se desvistió, dejó la pesada ropa en la lavadora y se metió en la bañera con una botella de tinto hasta quedarse casi dormido. Aquel día, durmió como pocas veces lo había hecho, y al día siguiente pudo decir que era feliz.

    A lo largo del año, pues, ha ido reparando en aquello que el clima puede ofrecer, e incluso se ha acostumbrado a empezar el día por mirar al cielo en lugar del despertador, el móvil, la pared o el techo. Y así es como, poco a poco, ha ido aprovechándose: en días de sol y brisa leve, se ducha y apenas usa la toalla, para ponerse aquella camisa de tejido indefinido que con tanto mimo se mece sobre la piel; en días de frío brutal, rebusca entusiasmado los calcetines de lana y elige con cuidado el número de capas que vestirá en busca de una nariz helada y un torso cálido (que no caliente); en días de nieve, directamente, mete los pies entre los cojines del sofá mientras cobija entre las manos una taza de té con leche.

    El propósito para el año que entra en apenas siete minutos es no dejar de hacerlo: esta es una nochevieja calurosa, dentro de lo que cabe, pero dentro del salón de fiestas la temperatura es sencillamente la óptima para el esmóquin. Le queda a la perfección; y a las yemas de sus dedos las despierta la copa de champán que recoge de una bandeja cercana. Queda tan poco para que empiece otra década…