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Música

  1. Band of Horses frente a Lori Meyers

    Lo escribí el Sábado 25 de junio de 2011

    Es lo que tienen los festivales, y más aún los que  se organizan en escenarios contiguos: que las comparaciones, aparte de inevitables, se hacen más odiosas que nunca.

    Estoy asistiendo al dcode Festival ayer y hoy y, aunque no lo he visto todo (12 horas de música, seis de ellas a 35 grados bajo el sol de un secarral), lo que más llama la atención por el momento son los contrastes. No solo de estilos e ideas, sino de calidades.

    Anoche esto se percibió particularmente en el caso de las actuaciones de Band of Horses y de Lori Meyers, una detrás de otra. El cantante de los estadounidenses no siempre encuentra el tono, y menos en un recital como el de ayer, en el que hasta la segunda canción no se lograron remediar los problemas de sonido que le impedían escucharse bien y, por tanto, afinar como debería. Sin embargo, Band of Horses tiene una calidad dentro de su simplicidad, una solidez rítmica y melódica que hacen disfrutar de cada bocado de música que ofrecen.

    Es algo que sobrepasa los ensayos, y que entra en ese terreno brumoso que es el feeling: saben moverse como nadie por lo que hacen, son indiscutiblemente buenos músicos.

    De ahí, al bailoteo del penúltimo concierto de la noche: Lori Meyers con sus tres o cuatro himnos y sus ritmos para venirse arriba. Pero no, no lo consiguieron. Ellos sacan todo su complejo aparataje, sus percusiones, sus teclados y mares de guitarras, pero hay algo que no encaja. Para empezar, tocar indie como el que ellos proponen requiere de una base rítmica no ya pegada con loctite, sino con hormigón armado, y tanto la batería como el bajo zozobran lo suficiente como para romper la ilusión.

    El trabajo del técnico, elemento esencial de todo grupo que se precie en un recinto al aire libre de grandes dimensiones, es bastante más importante que el de una roadie que te ponga un cigarrillo en la boca a mitad de concierto y te lo encienda (así, tal cual): por eso no es bueno que al respetable le vibren las aletas de la nariz con los graves estando a 30 metros del escenario, por eso no es bueno que no se escuchen más que lejanamente los platos y, por eso, es catastrófico que la percusión no se escuche en absoluto (menos aún cuando dobla la línea de batería).

    Ayer quedó demostrado que en un directo, en un buen directo, es imposible vivir de las rentas que da una grabación de estudio: por muy himnos que se hayan hecho tus temas, hay que lograr defenderlos con simpatía y con compenetración, con tablas, en definitiva. Ya tendrás tiempo para quitarte la camiseta y hacer el canelo después.


  2. And last, but not least…

    Lo escribí el Lunes 20 de junio de 2011

    Springsteen siempre presentaba igual al Big Man: «And last, but not least… ¡Clarence Clemons!» («Y por último, aunque no menos importante… ¡Clarence Clemons!»). Y los estadios se caían. En el caso de Bruce Springsteen y de su E Street Band, a la capacidad natural que tuvieron para reconfigurar una banda de rock convencional hay que añadir que en el momento en el que se les vive en directo, dan ganas de tirar todos los discos a la basura y no escuchar más que conciertos.

    Porque por mucha manía que se le tenga al saxo como instrumento, Clarence Clemons supo atacarlo con cordura y mucha elegancia y, además, integrarlo en el proyecto de Springsteen y de su E Street Band. Ese fue su primer triunfo.

    Clemons no es solo, entonces, momentos fulgurantes, sino algo tan sorprendente como la introducción de este The River del Reunion Tour (1999) en el Madison Square Garden:

    En este vídeo aparece el otro e-streeter que ya no está entre nosotros, Danny Federici. Federici falleció en 2008, y le sustituyó Charles Giordano, el teclista de la formación folk que Springsteen se sacó de la manga en 2006, la Seeger Sessions Band.

    Por eso las muertes o sustituciones en una banda como esta, que es una piña, son muy complicadas para los fans y escuchantes en general: llega un momento en el que la emoción sobrepasa la música, en el que la mera presencia de, por ejemplo, un Clemons agarrotado y al que sacaban del escenario en silla de ruedas enchufado a una bombona de oxígeno era más importante que lo que fuera capaz de demostrar con su saxo de oro.

    Será difícil olvidar aquel concierto de verano de 2008 en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, en el Magic Tour, cuando Clemons logró sobrevivir a Radio Nowhere (había entrado en su solo como un elefante en una cacharrería) y se atrevió con Jungleland.

    Cuando sonaron los primeros acordes de esa canción quienes allí estábamos nos miramos sorprendidos: su solo en ese tema es uno de los momentos por los que mejor se le conoce y entraña, además, una dificultad técnica considerable. «No va a ser capaz», pensé entonces. Empezó con cautela, la banda le arropaba, atenta, echándole el tempo hacia atrás para que pudiera amarrar cada nota con prudencia. De pronto, uno ve aparecer de alguna forma al músico, a lo que le ha conferido esos poderes: uno sabe, de golpe, que por encima de la leyenda que él se sabe para mucha gente y por debajo del poder que destila quedándose aparcado en un taburete sobre el escenario, hay un musicazo. Había un musicazo. Y sí, pudo con el solo.

     


  3. Valor de ley

    Lo escribí el Miércoles 23 de febrero de 2011

    Decir de Valor de ley que es un peliculón es muy osado. Decir que es la mejor película de las nominadas a los Oscar, más. Pero es tan rematadamente necesaria como la canción de Johhny Cash que suena en la página web oficial. Y eso la hace única.

    Siempre he sido un gran admirador de los westerns, de las historias que brindan un trasfondo sencillo, un entorno conocido y explotado hasta la saciedad pero siempre fascinante y, por qué no, unos paisajes alucinantes.

    Precisamente la fotografía de las noches son, tanto en esta película como en La red social una de las cosas que más me ha atrapado de las películas de este año.

    Pero volvamos a la última de los Coen, película que, además, según leo, ha sido la primera de ellos que ha sobrepasado una recaudación en cines de 100 millones de dólares en Estados Unidos. Esto debería darnos algo que pensar: ¿qué aporta este remake? ¿Qué tiene de novedoso? Nada, y todo al mismo tiempo.

    Porque Valor de ley logra hacer que lo complicado parezca sencillo, logra llevar el lenguaje cinematográfico un par de pasos más allá lavándole la cara a lo que ya conocíamos y trayéndolo a los cines de hoy. Estas películas, de enorme complejidad en muchos de los planos cinematográficos que hay que saber conjugar, son las que terminan por reunir en un cine al público más variopinto, las fábulas más inmortales del folclore de una nación en construcción que han ido saltando del relato oral a la música (véase Johnny Cash, pero también a sus predecesores y herederos).

    Igual que esos cuentos hablan no solo de una tierra (los paisajes que nos regalan la vista) sino de unos personajes, de un dramatismo, de una cierta moraleja en mitad de la nada (los que nos seducen los sentidos e impregnan las narraciones), Valor de ley no solo plantea por enésima vez ese mundo al que siempre nos gusta volver.

    Con su historia, con unas interpretaciones bien servidas, con una niña repelente, con una pizca de humor negro, con tiros y una épica tan, tan particular… Vuelve a conseguirlo.


  4. Eurovisión (esto es una mierda)

    Lo escribí el Domingo 20 de febrero de 2011

    El músico, el artista o cualquiera que dé la cara en un escenario se enfrenta, como hecho inherente a la profesión que ha elegido, a la crítica más dura y difícil de rebatir, la intelectualmente más elevada: «Esto es una mierda».

    ¿Qué se puede responder ante semejante despliegue argumental? Poco. Lo mejor es pasar. Sobre todo cuando uno es consciente de que el trabajo que ha hecho está objetivamente bien: la música, que tomaré como caso aquí, consiste en tiempos, armonías e instrumentación. Consiste en matemáticas, en números y en ondas que son las que son. Lo que cada cual haga con ellas va con él y con ella y con su conciencia. Ese es el primer filtro.

    Una vez colocado todo en su sitio, podemos pasar a contemplar otros matices: originalidad, frescura, ejecución, soltura, color… Y aquí no hay nada escrito; es imposible evaluar qué es bueno y qué es malo. Aunque yo propongo una vara de medir, creo que la más aceptable: sinceridad. Es difícil de explicar, a veces incluso de percibir, pero por plano que resulte, el artista que se arremanga y se mancha las manos con lo que hace, el que se machaca no por la fama o el éxito (solamente) sino por una convicción más honda, merece, por lo pronto, respeto. Eso tampoco podrá ser una mierda.

    Dicho lo cual, estimo sin pudor alguno que la canción que este año nos representará en Eurovisión es una mierda. Con todas las letras.

    La tal Lucía Pérez es la que menos culpa tiene de este descalabro musical, aunque no está exenta de su parte. Lo digo porque:

    a) La melodía le pilla fuera de tono. El uouo este le queda bastante alto, y tiene que forzar la voz. No sé si es porque no le da para más o, sencillamente, porque a quien haya producido esto no se le ha ocurrido la sencilla idea de bajar la canción un tono. Uno. Más fácil, imposible.

    b) Una cosa son las licencias literarias y otra, muy distinta, es tener los santos redaños de escribir:

    Pero a fin de cuentas he disfrutao

    de todo lo bailao

    c) Cuando la voz de alguien no llega, no puedes intentar taparlo con autotune y un reverb más bestia que hay en el baño.

    d) Si vas a meter coros para tapar el desaguisao (ya me estoy imbuyendo) no es necesario que los interprete una coral de tabernarios.

    Esas son las cuatro cosas, digamos, objetivas que se pueden señalar para justificar que es una de las peores canciones jamás escritas. Podría, con menos frialdad, meterme en razonamientos, pero ni siquiera estoy seguro de que merezca la pena comentar la armonía, los arreglos y la estructura.

    Y bien por Lucía Pérez y por quien haya perpetrado esto. Nos vemos en Eurovisión. Abajo, abajo.


  5. El genio de Bill Evans

    Lo escribí el Sábado 6 de noviembre de 2010

    Me pasa algo extraño con el jazz: los artistas no me gustan por discos, sino en conjunto. Quiero decir, si compro, compro el pack: no me valen medias tintas –exceptuando puntuales idas de olla de determinados personajes, ejem, en los 80–.

    Uno de ellos, y probablemente el único que logró mantenerse permanentemente fresco, es Bill Evans. Por los formatos en los que ha tocado, por la manera en que ha abordado grandes clásicos y, en general, por esa conexión absoluta con el instrumento que le permitió hacer, exactamente, lo que le diera la gana.

    Hoy leo, y le escucho de fondo. Casi nunca soy capaz de tener música puesta, porque me desconcentra, me saca de las páginas y me obliga a prestarle a atención: pero esa es, justamente, la generosidad de Evans. No toca, habla. Mece.

    Ejemplos hay por miles, pero en este sábado de noviembre que parece de agosto, os dejo una pequeña muestra.