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Ficción

  1. El gran paseo [2]

    Lo escribí el Jueves 20 de agosto de 2009

    Ver la primera parte.

    Hacía un día tan excepcional que no pude dejar de seguir caminando, bordeando la costa con dirección a la Providencia: pasé al lado de los campistas apiñados y me dejé sorprender por la espléndida tarde que caía sobre la bahía. Glorioso calor, sorprendentemente excesivo para estas latitudes, y un sol de los que invitan al moreno marbellí que más de una y más de uno lucen por estas fechas (nos vemos en diciembre…).

    La cuestión es que sobrepasar aquel recodo, el del camping, y enfilar la empinada cuesta es como superar una frontera inesperada: parece que sólo los elegidos la cruzan, porque más allá se terminan súbitamente las parejas de paseantes calmos y sólo quedan o bien enérgicos andarines o bien deportistas de pro, además del viento atronador.

    Desde allí se domina todo, se ve la ciudad en una dirección y, hacia la otra, tan sólo verde y azul, sin más. Esto, unido a una buena ducha tras desandar el camino y una ración de terraza en buena compañía es, a buen seguro, la impagable recompensa de sobrevivir a las eventuales inclemencias de esta villa: prometer lluvia por la mañana, amenazar niebla a la hora de comer y regalar tardes claras y agradables de vez en cuando. Días como este son los que, a fin de cuentas, dan sentido al verano. Y sería una pena desperdiciarlos.

    Ver la tercera parte.


  2. El gran paseo [1]

    Lo escribí el Miércoles 19 de agosto de 2009

    Me voy a lanzar con un mini relato en tres partes. Hoy, aquí, con la libertad de que se trata de mi blog; mañana, en El Comercio, disimulando y pasando de puntillas; pasado, termino en el blog. Aunque por una vez, creo que las palabras sobran bastante:

    Mi reino

    Salimos sin buscar ningún tipo de problema, y yo al menos los encontré todos reunidos bajo el justiciero sol de agosto: el muy cabrón me lo largó así, en una terraza, sin pensarlo dos veces y aparentemente ajeno a lo que me pudiera ocurrir. Efectivamente, lo dijo en aquella ciudad que aún me resultaba lejana y a mí, idiota, no se me ocurrió nada mejor que ponerme a caminar.

    En la playa se arremolinaban familias enteras, me llegaba el olor a crema protectora y sólo con imaginar el tacto de aquellas pieles, dispuestas sobre la arena, sólo con intuir la temperatura del agua entre aquel maremágnum de norteños que se bañaban sin piedad, me recorrió un malestar que se sumó al anterior y redondeó mi glorioso estado de ánimo; no quise mirar atrás pero él, seguramente, estaría contemplando cómo me marchaba con decisión (aunque sin saber bien qué hacía).

    A medida que notaba alejarse las calles y el bullicio del centro de El Norte; cuanto más cemento recorrían mis pies y más engordaba la (aún) fina capa de sudor que cubría mi piel, más libre me sentía; el nudo en el estómago desaparecía poco a poco. En este punto del paseo marítimo empezaron a florecer pescadores aficionados; en las calas de piedra, bañistas y submarinistas confundiéndose en el agua cristalina con las rocas y la espuma. Más allá, se terminaba todo: municipalmente hablando, donde nace el camino de piedras el paseo ya no es tal, sino que se convierte en senda costera. Y yo tan aturdida, enfundada en un vestido y unas bailarinas, con mis gafas de sol, fumando sin parar y evitando pensar en nada.

    Ver la segunda parte.