Ver la tercera parte.
Acabó por tranquilizarme no ya el tiempo que transcurrió —¿minutos?¿horas?— sino el más absoluto aburrimiento de no poder moverme: la impotencia se transformaba en desazón y ésta en una quietud que no me atrevería a llamar paz, puesto que el desasosiego no me abandonaba, pero sí en un cierto aturdimiento.
Tenía los ojos cerrados cuando empezaron a llamar a la puerta con insistencia: mi secretario y la criada gritaban, alarmados, desde el pasillo. Yo trataba de responder, de nuevo con una especie de estertores melosos, sin éxito. Volvió la angustia, volvieron los sudores; tenía que hacer esfuerzos mayores para tragar saliva y, con cada intento, mi garganta ardía un poco más.
Finalmente sentí que rompían una de las ventanas, noté una mano firme pero delicada zarandearme, supe que sería el ama de llaves, y a continuación escuché la voz de mi secretario, ahora cercana. No podía verles, estaban detrás de mí; seguía siendo incapaz de girar la cabeza. Me destaparon, encontraron la cama empapada, manchada; me miraron, adivinaron algo de vida en mi pecho agitado, me incorporaron, me movieron y entonces, sólo entonces, mi cráneo formó un ángulo imposible con mis cervicales que hizo proferir a la criada un horrendo grito, que hizo a mi secretario y al ama de llaves depositarme con cierta violencia de vuelta en la almohada.
El médico sentenció que se trataba de una extrañísima separación del cráneo: la juntura entre dos de mis vértebras se había resquebrajado milagrosamente, sin llegar a matarme, dejando la vida suficiente fluir por mi cuerpo, pero postrándome en esta silla de ruedas envuelto en un artificioso cuello acolchado de roble. Tardé años en saber que a punto estuvo el matasanos de lanzar un brusco movimiento que me decapitara finalmente, y yo mismo pienso, a veces, si no sería mejor que olvidaran sujetarme las malditas vértebras un día cualquiera. Porque sé que nunca, jamás, volveré a escuchar aquel delicioso crujido.
