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Ficción

  1. Siete minutos: Uno (del clima)

    Lo escribí el Jueves 24 de diciembre de 2009

    Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:53

    La primera vez que oyó hablar del cambio climático le fascinó la idea de que los seres humanos pudieran influir en el tiempo. Luego, empezó a ser escéptico. A lo largo de este año ha ido dejándose seducir, más bien por la idea de que el clima pudiera influir en los seres humanos.

    Por ejemplo, se puso a prueba exponiéndose, en febrero, a uno de los mayores chaparrones que se recuerdan. Salió a la terraza, se sentó en una silla de madera y dejó que las gotas se perlaran sobre su pelo, que luego lo empaparan y que finalmente chorrearan camisa, pecho, pantalón y silla abajo. Luego se desvistió, dejó la pesada ropa en la lavadora y se metió en la bañera con una botella de tinto hasta quedarse casi dormido. Aquel día, durmió como pocas veces lo había hecho, y al día siguiente pudo decir que era feliz.

    A lo largo del año, pues, ha ido reparando en aquello que el clima puede ofrecer, e incluso se ha acostumbrado a empezar el día por mirar al cielo en lugar del despertador, el móvil, la pared o el techo. Y así es como, poco a poco, ha ido aprovechándose: en días de sol y brisa leve, se ducha y apenas usa la toalla, para ponerse aquella camisa de tejido indefinido que con tanto mimo se mece sobre la piel; en días de frío brutal, rebusca entusiasmado los calcetines de lana y elige con cuidado el número de capas que vestirá en busca de una nariz helada y un torso cálido (que no caliente); en días de nieve, directamente, mete los pies entre los cojines del sofá mientras cobija entre las manos una taza de té con leche.

    El propósito para el año que entra en apenas siete minutos es no dejar de hacerlo: esta es una nochevieja calurosa, dentro de lo que cabe, pero dentro del salón de fiestas la temperatura es sencillamente la óptima para el esmóquin. Le queda a la perfección; y a las yemas de sus dedos las despierta la copa de champán que recoge de una bandeja cercana. Queda tan poco para que empiece otra década…


  2. Días de niebla [4]

    Lo escribí el Jueves 17 de diciembre de 2009

    Lee la tercera parte.

    Pero a medida que se fue acercando al pueblo descubrió que nada refulgía en las paredes de piedra de las casas: no tenían ventanas; que las entradas eran agujeros oscuros: no tenían puertas; que pocos tejados se mantenían en su sitio. Aquel pueblo marronuzco, lleno de ocres y bañado por la lluvia que empezaba a brillar bajo los primeros acordes del sol que siguió a la tormenta, estaba abandonado.

    Siguió andando, con la masa de niebla pisándole los talones pero cada vez más alejada, como extenuándose y empezando a disolverse. Aprovechó la momentánea tranquilidad para comerse la otra barra energética y recordar, intranquilo, que no le quedaban víveres.

    No había querido que el nerviosismo cundiera en él, había preferido achacar los temblores de su pulso al frío y al barro que aún quedaba pegado en la espalda, pero ahora, al no encontrarse sumido en la blancura cegadora de la mole de niebla, no pudo evitar que le invadieran las hipótesis.

    Palpándose la ropa concluyó que era la misma que recordaba haberse puesto pot última vez y que, casualmente, todo lo que llevaba en los bolsillos respondía a su disposición habitual: odiaba equivocarse y guardar la navaja en el bolsillo derecho para luego, al necesitarla, ir a buscarla al izquierdo y que no estuviese allí.

    Era tan secretamente escrupuloso que nadie, nadie, podría haber sabido cómo colocar las cosas adecuadamente más que él; y se habría dado cuenta enseguida si hubieran hurgado en sus cosas… Pero ¿cómo podía haber ido a parar a un sitio que no conocía, que no le era ni remotamente familiar? ¿Quién, cómo, por qué había logrado jugar con él de aquella manera?

    Entró en el pueblo fantasma, caminando despacio y con la respiración acelerada, cuando encontró la respuesta sin buscarla: creyó oír tras de sí unos pasos, creyó sentir un pinchazo en el brazo y, mientras se desvanecía sobre el suelo mojado, entrevió unos ojos azules y brillantes, un pelo negro y alborotado, una cara blanca y sucia, unas ropas roídas y andrajosas, unos pies descalzos y magullados, una boca sonriente y siniestra.

    Y luego le encontraron en la montaña en la que creía (y creían) que se había perdido, sumido en la niebla. Y guardó silencio sobre lo ocurrido durante días, preguntándose quién, cómo por qué había logrado hurgar en él de aquella manera. Al no obtener respuesta, se sentó ante el fuego, en el refugio, con los demás, y sonriente, decidió olvidarlo todo. Pero, claro, nunca lo logró.


  3. Días de niebla [3]

    Lo escribí el Lunes 14 de diciembre de 2009

    Lee la segunda parte.

    Por fin, podría decir que tenía miedo.

    Lo que había empezado siendo un pequeño temblor sin posibilidad de turbar lo más mínimo su habitual templanza se había extendido ya hasta los nervios tras sus vidriosos ojos, hasta su helada y húmeda nariz, hasta su boca, hasta su pecho de latir acelerado: el miedo empezaba a atenazar sus sentidos, como el del niño que, desorientado en la oscuridad de su habitación, deja de oír el silencio para quedarse sordo, mudo, ciego hasta que alguien vuelve a encender el interruptor.

    Pero él sabía que nadie iba a encender el interruptor, empezaba a ser consciente de que descansar un poco no iba a ayudar en nada: el chubasquero seguía condensando rocío hasta formar gotas que se deslizaban hasta el pantalón; sobre su espalda, sus pantalones la capa de barro empezabaa hacerse más densa (que no sólida).

    Estaba pensando en esto, y no en la manera de salir del laberinto abierto: cada vez había menos árboles y el suelo presentaba menos accidentes, pero la niebla que se cernía sobre él seguía plantando, alucinante, una pantalla blanca ante él, sin importar la dirección en la que caminara.

    De pronto, se fue aclarando, se hizo más luminosa. Fue adquiriendo motivos, manchas aquí y allá que dudó si serían fruto de su imaginación y de pronto, como quien atraviesa una puerta, el sol le golpeó en la cara descompuesta, dejándole repentinamente boquiabierto.

    Ante él se extendía un campo reseco, de amarillo apagado y punzante: crujía bajo sus pies -por fin podía oírlo- y, vasto, resplandecía bajo un sol que aún se estaba desperezando. El cielo estaba ribeteado por algunas nubes estiradas y amorfas, el paisaje se perdía, desierto, en el infinito y tras él, una pared de niebla le iba persiguiendo lentamente, sin disolverse, amenazante.

    Echó a andar en la única dirección posible: lejos de la mole blanca que quería engullirle, en línea recta. Allí, a lo lejos, creyó ver un pueblo. Por fin…

    Lee la cuarta parte.


  4. Días de niebla [2]

    Lo escribí el Martes 8 de diciembre de 2009

    Lee la primera parte.

    No tardó en tropezar con una piedra, en sortear un tronco caído, en sentir algún animalillo asustado escurrirse entre sus piernas al escapar. Seguía desorientado, pero al menos tenía la certeza de estar caminando en una dirección fija, con la esperanza de topar con algo, algo, en un momento dado.

    En esta zona no debería ser demasiado complicado encontrar señales, aunque fueran nimiedades, que le permitieran ubicarse en el mapa que tan netamente tenía dibujado en la mente: era como si el terreno esperara a que llegara él y clavara con decisión su dedo sobre un punto (“¡Aquí estoy!”), como si el paisaje que le rodeba estuviera dispuesto a descubrirse, majestuoso, de esta niebla tupida y abandonara el siniestro cariz que poco a poco iba tomando.

    Era lo suficientemente aficionado al monte como para no dejar que se le acelerara el pulso, que la incómoda humedad le hiciera exhalar vaho, desasosegado, hasta tener que gritar para liberar la presión del pecho: ya se había perdido alguna vez, y nunca había tardado en volver a encontrar el camino. Esta vez no tenía por qué ser distinta.

    Efectivamente, evitaba pensar, absolutamente, en lo que le podría haber llevado a despertar sumido en barro: ¿De qué le serviría hacerse preguntas que era imposible responder ahora? Lo último que recordaba era noche, calor, lana, las manos enroscadas en una taza y meterse en la cama del refugio con calcetines. Nada de vestirse, nada de acostarse con esta ropa.

    Sintió una punzada de hambre que le hizo pensar en que la mañana avanzaba rápida, sin que la niebla hiciera el más mínimo amago de romper filas. Y seguía sin reconocer nada, y sin agobiarse. Ni siquiera tenía clara la topografía: subía, bajaba, saltaba.

    Empezó a sospechar que nunca había pisado este bosque, y que orientarse sería una cuestión de suerte. Había querido reservarse las barritas energéticas, pero una nueva punzada en el estómago le obligó a abrir una y a engullirla casi sin pensarlo. Cuando guardó el papel en el bolsillo, empezó a tener claro que la pregunta que no tenía sentido responder entonces (“¿Cómo”?) era, quizás, la clave para salir de esa niebla.

    Por fin, le empezó a temblar el pulso.

    Lee la tercera parte.


  5. Días de niebla [1]

    Lo escribí el Jueves 3 de diciembre de 2009

    Se despertó con la espalda, desde la nuca hasta la rabadilla, hundida en el húmedo barro. Abrió los ojos nada más despejarse por la fina llovizna que caía sobre el chubasquero; no vio más que una densa niebla correr sobre él. Estaba tumbado en mitad de ninguna parte y no sabía por qué: sólo que le costaba levantar los talones de las botas de montaña del pegadizo suelo; que los vaqueros hacía tiempo que se habían calado y que tenía el pelo y la cara cubiertos por una molestísima mezcla de gotas de agua y trocitos de hojas, de ramas, de suelo.

    Se levantó tan solo para descubrir que la niebla impedía ver a más de dos metros alrededor. Giró sobre sí mismo, como buscando una salida a aquella espesura; miró hacia arriba, como contando con encontrar la trampilla por la que estaba cayendo la lluvia. Sin éxito.

    Se calló, trató de escuchar pero no oyó nada: ¿la niebla retiene el sonido? No, ni un riachuelo, ni un pájaro, ni el crujir de una rama.

    Olió: el bosque que sin duda se cernía sobre él (aunque no pudiera verlo) le enviaba, montadas en la humedad, notas de robles, de criaturas de ojos afilados, de bayas, de solitarios senderos; quizás algo de otoño así, en general: ineludibles las ganas de una taza de chocolate caliente en el refugio, frente al fuego que solían encender esta clase de tardes, o de mañanas.

    Se preguntó dónde estarían los demás mientras comprobaba —no pudo recordarlo— qué llevaba  consigo. Encontró la navaja, dos barritas energéticas, un poco de agua. La brújula de la muñeca seguía donde estaba, y parecía funcionar.

    En ningún momento había dejado que le invadiera la inaquietud, ni siquiera consideraba importante preguntarse cómo había ido a parar allí: ahora sólo quería encontrar el refugio, sentarse frente al fuego y contarles a los demás que, sin saber bien qué hacer, había decidido caminar, con los pies chapoteando en la espesa capa de barro, hacia el Norte en primer lugar.

    Lee la segunda parte.