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	<title>¡Bah! &#187; Ficción</title>
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	<description>El irreductible blog diario</description>
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		<title>Abrirte los ojos</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 14:40:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Otoño]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[Creía que no disfrutabas, en absoluto, de la oscuridad. Es más, creía que las luces, esas luces, estaban rotas y no apagadas. Mandaron encenderlas, y en ese confuso primer momento vi tus ojos, castaños, acurrucarse con rapidez. Los cerraste con tantas ganas, esos ojos, que los oí luxarse. Los encerraste bajo los puños, esos ojos, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Creía que no disfrutabas,<br />
en absoluto, de la oscuridad.<br />
Es más, creía que las luces,<br />
esas luces, estaban rotas y no apagadas.</p>
<p>Mandaron encenderlas, y en ese<br />
confuso primer momento vi tus ojos,<br />
castaños, acurrucarse con rapidez.</p>
<p>Los cerraste con tantas ganas,<br />
esos ojos, que los oí luxarse.<br />
Los encerraste bajo los puños,<br />
esos ojos, para no oírme.</p>
<p>Pero decidí abrirlos. Abrirlos,<br />
sin palabras, con silencio.<br />
Luego con palabras, con estruendo.</p>
<p>Luego los abrí, los trepané.</p>
<p>Los abrí, los sorbí.</p>
<p>En tus ojos ya no<br />
hay luz, no entra.</p>
<p>Tranquila.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Primer escalofrío (de pies y manos)</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Oct 2010 09:22:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Escalofrío]]></category>
		<category><![CDATA[Grava]]></category>

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		<description><![CDATA[La culpa le asalta por primera vez.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La grava que rodeaba la casa crujió bajo las toscas botas del guardés. La culpa, venía pensando, no es más que el arrepentimiento rápido y doloroso del culpable cazado. La culpa, percibió más rápido de lo que pudo asumir, acababa de dar con él.</p>
<p>El viento de octubre ululaba entre los árboles. Era una brisa que pretendía, quizás, recordarle que el frío estaba a la vuelta de la esquina. O bien que no se merecía disfrutar de las tiras cobrizas de cielo que el atardecer iba dejando en el horizonte. Por eso bajó la cabeza y se limitó a observar cómo avanzaba sobre el monótono suelo. La culpa adquirió cuerpo y volumen cuando fue a entrar en la casa.</p>
<p>La familia estaba cenando en el comedor. Los entrevió, sentados alrededor de la maciza mesa de roble, llevándose las cucharas a la boca en silencio. La hija, con aquella melena rubia que el guardés había visto crecer, era la que más problemas tenía con el caldo: el brazo en cabestrillo le impedía moverse con naturalidad. Pero el ojo amoratado del padre, con la debilidad aún impresa en la cara, o el maltrecho cuello de la madre no se quedaban atrás. Probablemente lo peor de la escena no fuera, desde donde él se encontraba observando, el silencio acongojado e íntimo del hijo, sino la ausencia total de sonido –ni siquiera las cucharillas repiqueteaban en los platos– en la casa: aquel día, el tocadiscos que la madre solía poner con música suave permanecía mudo.</p>
<p>El guardés se encaminó directamente a la cocina, donde estaban terminando de confirmar la espesura aterciopelada del puré de patata. La cocinera le miró, y luego dirigió los ojos a una pequeña bandeja donde reposaba lo que, según intuyó, sería su cena. Así todo, esos mismos ojos que le guiaban hacia un plato humeante &#8211;necesitaba ese calor&#8211; y suculento eran los mismos que, con la discreción propia de quien se sabe cómplice, le acusaban.</p>
<p>Le asaltó de nuevo la misma sensación: la culpa no era ver a los señores tratando de cenar penosamente. La culpa era aquella mirada: ambos sabían, sabían mucho, aunque estuvieran tácitamente dispuestos a callar. Y fuera, lo que era una brisa se iba convirtiendo en un viento cortante. Ya era noche cerrada.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La madre de tus hijos</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2010/07/25/la-madre-de-tus-hijos/</link>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 13:59:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Bienvenidas]]></category>
		<category><![CDATA[Ensoñaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida de casado.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al final, decidió levantarse para dejar de soñarla como sabía que no era. La noche no había sido larga, pero sí lo suficiente como para que el sueño empezara a hacer mella en él cuando aún estaba llegando a casa, andando solo por las aceras aún calientes por el castigo del sol. Así, al acostarse, las casi dos horas que había invertido en acercarse a ella; la otra media que tardó en conseguir su teléfono; y el paseo de vuelta se engarzaron con un sueño profundo y repleto de imágenes.</p>
<p>Pocas horas después de haberse acostado, se sorprendió despertándose solo y sobresaltado entre las sábanas<span id="more-1204"></span>, creyendo que ella se había marchado sin mediar palabra; claro, ella nunca había estado allí. Decidió dormir un poco más.</p>
<p>Ni media hora más pasó antes de que la recordara silbándole su teléfono de cerca, bajo la atronadora música del bar, mientras que él lo apuntaba y contenía una sonrisa irredenta por las cosquillas que le estaba haciendo, en la oreja, con la nariz. Pero luego, en su duermevela, en lugar de alejarse de él como efectivamente había ocurrido, la recordaba besándole como pocas veces lo habían hecho: de nuevo, al separarse de aquellos labios, mirarla a los ojos y descubrir que se trataba de la pescadera, volvió a ser repentinamente consciente de que los sueños le estaban jugando una mala pasada.</p>
<p>Hizo un último intento por descansar, pero fue en vano: en esta ocasión, el tiempo corría, y se veía levantándose al día siguiente, y llamándola; ella contestaba, y quedaban; charlaban, y a ella parecía gustarle; se besaban, y se abrazaban; se iban juntos, y funcionaba; ella le preparaba un café, y quedaban en volver a verse.</p>
<p>Pasaba el tiempo, se conocían mejor; ella encontraba trabajo y él, también. No hacían lo mismo, pero lo hacían a gusto, se veían los jueves para cenar en casa de uno de ellos algún plato que incluyera, necesariamente, verduras a la parrilla; luego se contaban la semana apurando la botella de vino. Finalmente, apagaban las velas y se iban a dormir.</p>
<p>Un buen día se presentaban a sus amigos; otro, por pura coincidencia, a los padres; luego llegaban los viajes a la tierra de cada uno de ellos: el peligro a precipitarse, la sensación de bienestar, el cosquilleo al salir de viaje el viernes, en coche, después de la oficina; irse a vivir juntos&#8230;</p>
<p>Decidió levantarse, como digo, para dejar de soñarla como sabía que no era. Simplemente abrió la nevera, con los ojos rojos y el pelo alborotado, y bebió un largo trago de agua helada. Entonces se acercó al teléfono, descolgó, marcó, y esperó a que diera señal.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Día 1 de primavera, casi verano</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Mar 2010 15:52:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Bienvenidas]]></category>
		<category><![CDATA[Primavera]]></category>
		<category><![CDATA[Verano]]></category>

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		<description><![CDATA[Entre el día que hace y la alegría del amo de casa.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.</p>
<p>Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.</p>
<p>Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.</p>
<p>No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.</p>
<p>Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.</p>
<p>Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo&#8211; el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Siete minutos: Siete (de las despedidas)</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Dec 2009 16:16:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[Feliz 2010 (casi).]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aguarda, ya, con las 12 uvas dispuestas en un cuenco, a las correspondientes campanadas. Asiste a la explicación del presentador, en televisión, de lo que va a ocurrir en la Puerta del Sol. Todos los presentes en el salón observan la gigantesca pantalla de plasma, cuchicheando entre parejas, con sonrisas cómplices; o entre amigos, con contenidas carcajadas.</p>
<p>Bien, esto se acaba. Recapitula, piensa en los cabos que quedan por atar: en apenas 50 segundos, cuando el presentador sugiere el último anuncio del año como algo exótico, excepcional o necesario, todo habrá terminado. No, no queda mucho por pensar: no puede quejarse de la vida que lleva, de los amigos que tiene, de la casa que mantiene, del trabajo que le agota y le ayuda a dormir bien.</p>
<p>40 segundos. Un frasco de colonia vuela sobre un fondo negro en la pantalla de plasma, y las caras contenidas en el salón aprovechan para girarse y dedicar miradas de felicitación teñidas de nerviosismo: ¿sabrán comer las uvas? ¿Se evitarán atragantamientos insalvables? Él empieza a notar el champán subir por sus sienes, hacia la coronilla, y dejarse caer por todo su cuerpo: empieza a estar levemente borracho, pero con la satisfacción el año cumplido, y bien hecho.</p>
<p>30 segundos. Empiezan los zooms, los avisos, el presentador desaparece de plano.</p>
<p>20 segundos. Está cada vez más nervioso, y no sabe por qué: 2010 es su año; esta década, la suya.</p>
<p>10 segundos. ¿Se le está olvidando algo? Se lo pregunta como si estuviera a punto de emprender un viaje en el tiempo, como si fuera a un lugar del que no estuviera seguro poder volver. No sabe, se pregunta, se inquieta&#8230; ¿Y si de verdad estuviera dejando todo lo demás atrás (comida, amigos, clima, libros, plantas, luz)?</p>
<p>2 segundos. Ya da igual. Feliz 2010.</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Siete minutos: Seis (de los libros)</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Dec 2009 15:33:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[A sólo dos minutos de 2010.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:58</strong></em></p>
<p>De pequeño le dijeron, como a todo el mundo, que la literatura era un universo de fantasía y aventuras; que encerraba sensaciones únicas; y así le dieron una copia mal impresa y con el lomo roído de <em>Moby Dick</em>. Llegó a la página 27, lo guardó y no ha vuelto a abrirlo desde entonces.</p>
<p>Una posterior y momentánea manía por el orden le hizo encontrarlo y colocarlo, aunque sólo fuera como recordatorio de su fracaso, en la balda más alta de la estantería del salón. Allí ha permanecido, amenazante, presidencial y adquiriendo paulatinamente una pátina  de polvo.</p>
<p>En uno de los asaltos de limpieza anuales, volvió a vaciar toda la estantería y, cuando llegó al roñoso ejemplar de <em>Moby Dick</em>, tomó una decisión resolutiva: empapado en sudor como estaba, incómodo, con el suelo del salón copado de objetos (grapadoras, folios, carpetas, libros, regletas, pisapapeles, objetos decorativos, etc.) se dirigió, furioso y a trompicones, hasta la cocina; abrió la papelera y con una mueca de desprecio, lo tiró.</p>
<p>Pasó tiempo antes de que pudiera arrepentirse, puesto que en aquel momento aún trataba de hacerse un hueco profesional y lo último en lo que pensaba era en leer; pero poco a poco empezó a recordar aquel tomo no como un detalle desafiante en mitad de aburridos manuales (&#8220;¡Conmigo no puedes!&#8221;), sino con la nostalgia de aquel olor a papel en descomposición, con el tacto rugoso y desagradable de las hojas amarillentas.</p>
<p>En su incipiente estado de culpa, abrió cierto suplemento cultural un domingo por la tarde y encontró, como reportaje destacado, que se reeditaba <em>Moby Dick</em> en tapa dura, durísima, a un precio tan deliciosamente exagerado que le entraron ganas de pagarlo, sólo para saber qué se sentía.</p>
<p>Corrió, el lunes, a por un ejemplar de su nuevo <em>Moby Dick </em>y, sin siquiera sacarlo de la bolsa, espero a que llegara la noche para colocar una lámpara adecuadamente, poner el sillón en su sitio y abrir la primera hoja. ¡Qué papel! Y empezar a leer, con enorme atención primero, frunciendo las cejas y acercándose al volumen: ¡Qué olor! Y pasar las páginas con avidez: ¡Qué edición!</p>
<p>Disfrutó, durante un rato, del enorme libro que tanto le pesaba sobre el abdomen y lo depositó, agotado ya por un día de trabajo, sobre la mesilla. Se acostó y, satisfecho, durmió.</p>
<p>Sigue leyéndolo, lo tiene en casa esperándole ahora mismo: pretendía terminarlo antes de que el 2009 se lo llevara, pero no ha sido posible. Brinda, y recoge un cuenco con doce perfectas uvas.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Siete minutos: Cinco (de los amigos)</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/29/siete-minutos-cinco-de-los-amigos/</link>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 16:07:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[A tan solo tres minutos de que termine el año, llega el momento de recapitular.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:57</strong></em></p>
<p>Tener, siempre ha tenido amigos. Amigos, amistades, conocidos: cada cual le da un nombre, pero el caso es que la soledad nunca había hecho mella en él y eso no tenía por qué ocurrir. La única melancolía que pudo llegar a sentir fue más joven, cuando, sin batería en el iPod, se vio obligado a caminar bajo la lluvia sin paraguas sobre la cabeza ni música en los oídos.</p>
<p>Con los años el grupo de amigos se ha ido reformando, mutando, creciendo y encogiendo, pero jamás ha llegado a desmembrarse del todo: de hecho esta noche, aquí, están todos los que son con sus mujeres, o novias, o desubicados en alguna esquina del salón mientras esperan a que termine el año y a que, aguardando una suerte de efecto 2000, el mundo dé un cambio radical a su alrededor con la última campanada.</p>
<p>Él nunca ha sido consciente de la soledad que le ha sobrevolado, o que ha llegado incluso a apoderarse de él, porque creció aprendiendo a obviarla (de nuevo, sin pretenderlo). Por ejemplo, en septiembre más o menos, se encontraba en casa dispuesto a salir, planeando una noche con quienes hoy comparte fiesta. Dos de ellos ya tenían compromisos, uno de los desubicados trabajaba al día siguiente, el otro estaba fuera de la ciudad, otros tres estaban de viajes de trabajo y fue, por fin, el desubicado que ahora otea la sala despreocupado, el único que le ofreció compañía para la velada.</p>
<p>Salieron, cenaron, rieron con carcajadas menos sonoras de lo habitual y se enfrascaron en una conversación intrascendente, luego trascendente, luego ascendente, luego descendente y, finalmente, en barrena emocional, aplacados por una ristra de gin-tonics y asidos a sus respectivos taburetes acolchados como si en ello les fuera la vida.</p>
<p>Pero daba igual, porque no dejaban de reír aunque por dentro fueran quemándose y retorciéndose: volviendo a casa, sintió un atisbo de melancolía, que por suerte sus reflejos achacaron al alcohol ingerido y le recetaron, sabios, que se metiera en la cama urgentemente.</p>
<p>A apenas tres minutos de la explosión final de amistad, que mantiene a todos los estómagos  levemente tensos, nadie piensa en ello. Y él, por descontado, menos aún: hay cosas mejores de las que preocuparse.</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Siete minutos: Cuatro (de las plantas)</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/27/siete-minutos-cuatro-de-las-plantas/</link>
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		<pubDate>Sun, 27 Dec 2009 21:21:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[Quedan cuatro minutos, tan solo, y estaremos en 2010]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:56</strong></em></p>
<p>A pesar de esa tendencia a madrugar, como testimonio de la medida en que el trabajo estructura su vida, hasta este año le había resultado casi imposible establecer otro hábito, por sí mismo, que escapara a lo que está &#8220;obligado&#8221; a hacer. Sí que tiene sus hobbys, claro que le gusta que la casa esté cuidada, por supuesto que le entusiasma leer o establecer costumbres con sus amigos que le aten a un ciclo temporal determinado, pero jamás había logrado que entre los cuatro muros de su casa naciera y creciera algo propio.</p>
<p>Pero alguien decidió regalarle por su cumpleaños una planta, de hojas verdes y carnosas, tanto que parecía de plástico. Él, en la fuesta que organizó en el apartamento, la agradeció al instante y la depositó, con la maceta envuelta y todo, en una mesa, sin prestar demasiada atención a la explicación que le daban.</p>
<p>Fue al día siguiente, al ir a recoger los restos del día anterior (ceniceros a rebosar, copas mediadas en el baño, platos con restos de comida esparcidos por el suelo del salón, camas deshechas, bufandas perdidas tras los butaciones) cuando reparó de nuevo en el obsequio y, sin pretenderlo, fue a rozar las hojas cuando, al tacto, se dio cuenta de que era necesariamente natural. Se asustó y, por pudor, evitó llamar a quien se la había regalado para preguntar qué cuidados necesitaba.</p>
<p>Pero el simple hecho de haber sentido la pulsión de cuidar aquella planta le catapultó a la floristería más cercana, a consultar, como quien no quiere la cosa, qué debía hacer: regarla con profusión cada dos días, remojar las hojas de vez en cuando usando un aerosol, y tenerla en un lugar iluminado el máximo de tiempo posible.</p>
<p>Así lo hizo, y con los meses ha ido creciendo, engordando, reproduciéndose hasta resultar en un objeto especial y cambiante que, con mirarlo, le provoca la satisfacción del &#8220;lo he hecho yo&#8221;. Poco a poco, se ha propuesto ir comprando más, y cuidándolas y alimentándolas.</p>
<p>Se sonríe al ver, en una esquina del salón (y con la copa de champán siempre en la mano) unas macetas igual de artificiales en apariencia, pero igual de vivas y carnosas en realidad, que la que él atesora en el alféizar de la ventana. Tan sólo cuatro minutos&#8230;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Siete minutos: Tres (de la luz)</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/26/siete-minutos-tres-de-la-luz/</link>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2009 21:16:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[5 minutos y estamos en 2010.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:55</strong></em></p>
<p>No solía permitirse dormir hasta tarde, ni siquiera los domingos, hasta que tras una velada idiota lo hizo. Sin querer, casi, pero se descubrió amaneciendo a las 12 y media de la mañana, con la habitación ya invadida por el sol reflejándose en las paredes.</p>
<p>Por un momento le costó comprender cómo se había dormido y dónde se encontraba, tan sumamente iluminado a través de las legañas. Es decir, nunca había contemplado las paredes de la habitación en ese estado de semiinconsciencia del que sólo controla sus movimientos lo suficiente como para palmear el despertador y apurar cinco minutos más, y ahora, antes de desperezarse por completo y asistir a la realidad tal cual la conocía, pudo verlas durante unos momentos.</p>
<p>Ese fue el día en el que, igual que le había ocurrido con la comida o con el clima, empezó a apreciar una iluminación adecuada y a su gusto en casa: tiró (casi) todas las bombillas y se hartó a comprar lámparas de pie, que le encanta enfocar al techo y mover de sitio en función de las visitas, de su estado de ánimo o de lo que esté haciendo por casa: para fregar, todas las posibles; para leer, sólo una y embutida entre las páginas, por debajo de sus ojos; para cocinar, tenue e indirecta; para dormir, el piloto rojo del cargador del móvil, una pequeña mota  en mitad de la habitación que la hace parecer sumida en la oscuridad en principio pero que, a medida que se va acostumbrando la vista, revela volúmenes, sombras y figuras inusitadas.</p>
<p>Piensa en esto mientras que recoge una segunda copa de champán, a falta tan solo de 5 minutos para acabar el año, mientras observa cómo los halógenos refulgen en el techo del salón, ocultos tras unas molduras de gusto dudoso pero acabado resultón.</p>
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		<title>Siete minutos: Dos (de la comida)</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/25/siete-minutos-dos-de-la-comida/</link>
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		<pubDate>Fri, 25 Dec 2009 19:23:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[Nos acercamos poco a poco al final de la década...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:54</strong></em></p>
<p>Tampoco ha sido un año malo en lo que a comer se refiere: allá por marzo alguien le sentó a una mesa y pidió por él. Por su condición no había perdido la oportunidad de comer en sitios caros, buenos quizás, malos habitualmente. Esas raciones mal medidas, esos platos fatal calculados que sembraban, en un principio, una acidez difícil de superar, pero a las que su estómago acabó por acostumbrarse por pura inercia social.</p>
<p>Ahora bien, tras tantos años (&#8220;¡años, ya, qué viejos nos hacemos!&#8221;) topó con alguien, como decía, que le sentó a una mesa y pidió por él. Lo recuerda con vividez, incluso mejor de lo que realmente fue, gracias a la habilidad de su acompañante. El sitio se encontraba en un patio interior, sin un solo cartel que advirtiera de su naturaleza; había que atravesar uno de esos antiguos portalones para coches de caballos y, al llegar al patio interior, de adoquinado nivelado y regular, un impecable <em>maître</em> aguardaba con la elegante carta bajo el brazo y una mesa, en un rincón, perfectamente vestida.</p>
<p>Apenas había más comensales, por lo que desde ese preciso instante empezó a sentirse cómodo; más aún cuando, al ir a mordisquear un trozo de pan, rozó el mantel y la servilleta. La acompañante eligió por los dos el vino, cuyo nombre o denominación ocultó rogando al camarero que lo sirviera decantado; los entrantes, algunas delicias frías con tantos ingredientes que la andanada de sabores formaba un todo imposible de desnetrañar; los primeros, sopas templadas suaves y cariñosas; los segundos, solomillos de salsas tan bien medidas y guarniciones tan bien calculadas que ni siquiera era posible pensar en ellas, sólo en un sentimiento de pura y simple euforia; y los postres, dos raciones de una <em>mousse</em> esponjosa y sonora bajo la cuchara.</p>
<p>Luego tomaron una copa que podría haberlo destruido todo, pero que no hizo más que compactarlo y vestirlo de terciopelo en su renacido estómago (o eso creyó sentir). Estaba tan entusiasmado que olvidó todo lo demás por unos momentos y, desde entonces, no ha hecho más que buscar de nuevo esa sensación. Con un breve sorbo de champán, tras tantos meses de práctica, cree acercarse bastante. Pero sigue teniendo un nudo: apenas quedan seis minutos para que termine el año.</p>
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		<title>Siete minutos: Uno (del clima)</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/24/siete-minutos-uno-del-clima/</link>
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		<pubDate>Thu, 24 Dec 2009 17:47:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[2009]]></category>
		<category><![CDATA[Despedidas]]></category>
		<category><![CDATA[Siete minutos]]></category>

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		<description><![CDATA[Los siete últimos minutos del 2009.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><strong>Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:53</strong></em></p>
<p>La primera vez que oyó hablar del cambio climático le fascinó la idea de que los seres humanos pudieran influir en el tiempo. Luego, empezó a ser escéptico. A lo largo de este año ha ido dejándose seducir, más bien por la idea de que el clima pudiera influir en los seres humanos.</p>
<p>Por ejemplo, se puso a prueba exponiéndose, en febrero, a uno de los mayores chaparrones que se recuerdan. Salió a la terraza, se sentó en una silla de madera y dejó que las gotas se perlaran sobre su pelo, que luego lo empaparan y que finalmente chorrearan camisa, pecho, pantalón y silla abajo. Luego se desvistió, dejó la pesada ropa en la lavadora y se metió en la bañera con una botella de tinto hasta quedarse casi dormido. Aquel día, durmió como pocas veces lo había hecho, y al día siguiente pudo decir que era feliz.</p>
<p>A lo largo del año, pues, ha ido reparando en aquello que el clima puede ofrecer, e incluso se ha acostumbrado a empezar el día por mirar al cielo en lugar del despertador, el móvil, la pared o el techo. Y así es como, poco a poco, ha ido aprovechándose: en días de sol y brisa leve, se ducha y apenas usa la toalla, para ponerse aquella camisa de tejido indefinido que con tanto mimo se mece sobre la piel; en días de frío brutal, rebusca entusiasmado los calcetines de lana y elige con cuidado el número de capas que vestirá en busca de una nariz helada y un torso cálido (que no caliente); en días de nieve, directamente, mete los pies entre los cojines del sofá mientras cobija entre las manos una taza de té con leche.</p>
<p>El propósito para el año que entra en apenas siete minutos es no dejar de hacerlo: esta es una nochevieja calurosa, dentro de lo que cabe, pero dentro del salón de fiestas la temperatura es sencillamente la óptima para el esmóquin. Le queda a la perfección; y a las yemas de sus dedos las despierta la copa de champán que recoge de una bandeja cercana. Queda tan poco para que empiece otra década&#8230;</p>
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		<title>Días de niebla [4]</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2009 12:25:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuarta y última parte de <em>Días de niebla</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=852">tercera parte</a>.</em></p>
<p>Pero a medida que se fue acercando al pueblo descubrió que nada refulgía en las paredes de piedra de las casas: no tenían ventanas; que las entradas eran agujeros oscuros: no tenían puertas; que pocos tejados se mantenían en su sitio. Aquel pueblo marronuzco, lleno de ocres y bañado por la lluvia que empezaba a brillar bajo los primeros acordes del sol que siguió a la tormenta, estaba abandonado.</p>
<p>Siguió andando, con la masa de niebla pisándole los talones pero cada vez más alejada, como extenuándose y empezando a disolverse. Aprovechó la momentánea tranquilidad para comerse la otra barra energética y recordar, intranquilo, que no le quedaban víveres.</p>
<p>No había querido que el nerviosismo cundiera en él, había preferido achacar los temblores de su pulso al frío y al barro que aún quedaba pegado en la espalda, pero ahora, al no encontrarse sumido en la blancura cegadora de la mole de niebla, no pudo evitar que le invadieran las hipótesis.</p>
<p>Palpándose la ropa concluyó que era la misma que recordaba haberse puesto pot última vez y que, casualmente, todo lo que llevaba en los bolsillos respondía a su disposición habitual: odiaba equivocarse y guardar la navaja en el bolsillo derecho para luego, al necesitarla, ir a buscarla al izquierdo y que no estuviese allí.</p>
<p>Era tan secretamente escrupuloso que nadie, nadie, podría haber sabido cómo colocar las cosas adecuadamente más que él; y se habría dado cuenta enseguida si hubieran hurgado en sus cosas&#8230; Pero ¿cómo podía haber ido a parar a un sitio que no conocía, que no le era ni remotamente familiar? ¿Quién, cómo, por qué había logrado jugar con él de aquella manera?</p>
<p>Entró en el pueblo fantasma, caminando despacio y con la respiración acelerada, cuando encontró la respuesta sin buscarla: creyó oír tras de sí unos pasos, creyó sentir un pinchazo en el brazo y, mientras se desvanecía sobre el suelo mojado, entrevió unos ojos azules y brillantes, un pelo negro y alborotado, una cara blanca y sucia, unas ropas roídas y andrajosas, unos pies descalzos y magullados, una boca sonriente y siniestra.</p>
<p>Y luego le encontraron en la montaña en la que creía (y creían) que se había perdido, sumido en la niebla. Y guardó silencio sobre lo ocurrido durante días, preguntándose quién, cómo por qué había logrado hurgar en él de aquella manera. Al no obtener respuesta, se sentó ante el fuego, en el refugio, con los demás, y sonriente, decidió olvidarlo todo. Pero, claro, nunca lo logró.</p>
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		<title>Días de niebla [3]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/14/dias-de-niebla-3/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 09:18:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[<em>Días de niebla</em> se acerca a su final...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=727">segunda parte</a>.</em></p>
<p>Por fin, podría decir que tenía miedo.</p>
<p>Lo que había empezado siendo un pequeño temblor sin posibilidad de turbar lo más mínimo su habitual templanza se había extendido ya hasta los nervios tras sus vidriosos ojos, hasta su helada y húmeda nariz, hasta su boca, hasta su pecho de latir acelerado: el miedo empezaba a atenazar sus sentidos, como el del niño que, desorientado en la oscuridad de su habitación, deja de oír el silencio para quedarse sordo, mudo, ciego hasta que alguien vuelve a encender el interruptor.</p>
<p>Pero él sabía que nadie iba a encender el interruptor, empezaba a ser consciente de que descansar un poco no iba a ayudar en nada: el chubasquero seguía condensando rocío hasta formar gotas que se deslizaban hasta el pantalón; sobre su espalda, sus pantalones la capa de barro empezabaa hacerse más densa (que no sólida).</p>
<p>Estaba pensando en esto, y no en la manera de salir del laberinto abierto: cada vez había menos árboles y el suelo presentaba menos accidentes, pero la niebla que se cernía sobre él seguía plantando, alucinante, una pantalla blanca ante él, sin importar la dirección en la que caminara.</p>
<p>De pronto, se fue aclarando, se hizo más luminosa. Fue adquiriendo motivos, manchas aquí y allá que dudó si serían fruto de su imaginación y de pronto, como quien atraviesa una puerta, el sol le golpeó en la cara descompuesta, dejándole repentinamente boquiabierto.</p>
<p>Ante él se extendía un campo reseco, de amarillo apagado y punzante: crujía bajo sus pies -por fin podía oírlo- y, vasto, resplandecía bajo un sol que aún se estaba desperezando. El cielo estaba ribeteado por algunas nubes estiradas y amorfas, el paisaje se perdía, desierto, en el infinito y tras él, una pared de niebla le iba persiguiendo lentamente, sin disolverse, amenazante.</p>
<p>Echó a andar en la única dirección posible: lejos de la mole blanca que quería engullirle, en línea recta. Allí, a lo lejos, creyó ver un pueblo. Por fin&#8230;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=863">cuarta parte</a>.</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Días de niebla [2]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/08/dias-de-niebla-2/</link>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 11:58:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Segunda parte de <em>Días de niebla</em>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=721">primera parte</a>.</em></p>
<p>No tardó en tropezar con una piedra, en sortear un tronco caído, en sentir algún animalillo asustado escurrirse entre sus piernas al escapar. Seguía desorientado, pero al menos tenía la certeza de estar caminando en una dirección fija, con la esperanza de topar con algo, algo, en un momento dado.</p>
<p>En esta zona no debería ser demasiado complicado encontrar señales, aunque fueran nimiedades, que le permitieran ubicarse en el mapa que tan netamente tenía dibujado en la mente: era como si el terreno esperara a que llegara él y clavara con decisión su dedo sobre un punto (&#8220;¡Aquí estoy!&#8221;), como si el paisaje que le rodeba estuviera dispuesto a descubrirse, majestuoso, de esta niebla tupida y abandonara el siniestro cariz que poco a poco iba tomando.</p>
<p>Era lo suficientemente aficionado al monte como para no dejar que se le acelerara el pulso, que la incómoda humedad le hiciera exhalar vaho, desasosegado, hasta tener que gritar para liberar la presión del pecho: ya se había perdido alguna vez, y nunca había tardado en volver a encontrar el camino. Esta vez no tenía por qué ser distinta.</p>
<p>Efectivamente, evitaba pensar, absolutamente, en lo que le podría haber llevado a despertar sumido en barro: ¿De qué le serviría hacerse preguntas que era imposible responder ahora? Lo último que recordaba era noche, calor, lana, las manos enroscadas en una taza y meterse en la cama del refugio con calcetines. Nada de vestirse, nada de acostarse con esta ropa.</p>
<p>Sintió una punzada de hambre que le hizo pensar en que la mañana avanzaba rápida, sin que la niebla hiciera el más mínimo amago de romper filas. Y seguía sin reconocer nada, y sin agobiarse. Ni siquiera tenía clara la topografía: subía, bajaba, saltaba.</p>
<p>Empezó a sospechar que nunca había pisado este bosque, y que orientarse sería una cuestión de suerte. Había querido reservarse las barritas energéticas, pero una nueva punzada en el estómago le obligó a abrir una y a engullirla casi sin pensarlo. Cuando guardó el papel en el bolsillo, empezó a tener claro que la pregunta que no tenía sentido responder entonces (&#8220;¿Cómo&#8221;?) era, quizás, la clave para salir de esa niebla.</p>
<p>Por fin, le empezó a temblar el pulso.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=852">tercera parte</a>.</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Días de niebla [1]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/03/dias-de-niebla/</link>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2009 11:46:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Llega el invierno y, con él, relatos con frío.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se despertó con la espalda, desde la nuca hasta la rabadilla, hundida en el húmedo barro. Abrió los ojos nada más despejarse por la fina llovizna que caía sobre el chubasquero; no vio más que una densa niebla correr sobre él. Estaba tumbado en mitad de ninguna parte y no sabía por qué: sólo que le costaba levantar los talones de las botas de montaña del pegadizo suelo; que los vaqueros hacía tiempo que se habían calado y que tenía el pelo y la cara cubiertos por una molestísima mezcla de gotas de agua y trocitos de hojas, de ramas, de suelo.</p>
<p>Se levantó tan solo para descubrir que la niebla impedía ver a más de dos metros alrededor. Giró sobre sí mismo, como buscando una salida a aquella espesura; miró hacia arriba, como contando con encontrar la trampilla por la que estaba cayendo la lluvia. Sin éxito.</p>
<p>Se calló, trató de escuchar pero no oyó nada: ¿la niebla retiene el sonido? No, ni un riachuelo, ni un pájaro, ni el crujir de una rama.</p>
<p>Olió: el bosque que sin duda se cernía sobre él (aunque no pudiera verlo) le enviaba, montadas en la humedad, notas de robles, de criaturas de ojos afilados, de bayas, de solitarios senderos; quizás algo de otoño así, en general: ineludibles las ganas de una taza de chocolate caliente en el refugio, frente al fuego que solían encender esta clase de tardes, o de mañanas.</p>
<p>Se preguntó dónde estarían los demás mientras comprobaba —no pudo recordarlo— qué llevaba  consigo. Encontró la navaja, dos barritas energéticas, un poco de agua. La brújula de la muñeca seguía donde estaba, y parecía funcionar.</p>
<p>En ningún momento había dejado que le invadiera la inaquietud, ni siquiera consideraba importante preguntarse cómo había ido a parar allí: ahora sólo quería encontrar el refugio, sentarse frente al fuego y contarles a los demás que, sin saber bien qué hacer, había decidido caminar, con los pies chapoteando en la espesa capa de barro, hacia el Norte en primer lugar.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=727">segunda parte</a>.</em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>La cabeza [4]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/09/02/la-cabeza-4/</link>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2009 17:08:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Final de <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=600">tercera parte</a>.</em></p>
<p>Acabó por tranquilizarme no ya el tiempo que transcurrió —¿minutos?¿horas?— sino el más absoluto aburrimiento de no poder moverme: la impotencia se transformaba en desazón y ésta en una quietud que no me atrevería a llamar paz, puesto que el desasosiego no me abandonaba, pero sí en un cierto aturdimiento.</p>
<p>Tenía los ojos cerrados cuando empezaron a llamar a la puerta con insistencia: mi secretario y la criada gritaban, alarmados, desde el pasillo. Yo trataba de responder, de nuevo con una especie de estertores melosos, sin éxito. Volvió la angustia, volvieron los sudores; tenía que hacer esfuerzos mayores para tragar saliva y, con cada intento, mi garganta ardía un poco más.</p>
<p>Finalmente sentí que rompían una de las ventanas, noté una mano firme pero delicada zarandearme, supe que sería el ama de llaves, y a continuación escuché la voz de mi secretario, ahora cercana. No podía verles, estaban detrás de mí; seguía siendo incapaz de girar la cabeza. Me destaparon, encontraron la cama empapada, manchada; me miraron, adivinaron algo de vida en mi pecho agitado, me incorporaron, me movieron y entonces, sólo entonces, mi cráneo formó un ángulo imposible con mis cervicales que hizo proferir a la criada un horrendo grito, que hizo a mi secretario y al ama de llaves depositarme con cierta violencia de vuelta en la almohada.</p>
<p>El médico sentenció que se trataba de una extrañísima separación del cráneo: la juntura entre dos de mis vértebras se había resquebrajado milagrosamente, sin llegar a matarme, dejando la vida suficiente fluir por mi cuerpo, pero postrándome en esta silla de ruedas envuelto en un artificioso cuello acolchado de roble. Tardé años en saber que a punto estuvo el matasanos de lanzar un brusco movimiento que me decapitara finalmente, y yo mismo pienso, a veces, si no sería mejor que olvidaran sujetarme las malditas vértebras un día cualquiera. Porque sé que nunca, jamás, volveré a escuchar aquel delicioso crujido.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La cabeza [3]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/30/la-cabeza-3/</link>
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		<pubDate>Sun, 30 Aug 2009 11:24:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Tercera y penúltima parte de <em>La Cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=592">segunda parte</a>.</em></p>
<p>Logré aguantar la sobremesa como pude, y en cuanto hubo terminado, aproveché el receso del que gozábamos para enviar discretamente a mi secretario a la botica, en busca de algún remedio que pudiera mitigar el dolor hasta mi vuelta a la ciudad; los pinchazos se volvían más y más insoportables con cada nuevo movimiento y preveía que la junta de aquella tarde se iba a convertir en un auténtico suplicio; y así fue.</p>
<p>Daban ya las siete, empezaba a oscurecer entre la niebla espesa y el farolero la iba sembrando de esferas de luz que flotaban suspendidas entre la masa blanquecina. Nosotros nos apresurábamos para tomar el ferrocarril; mi estado era ya muy lamentable y, aunque no me miré en ningún espejo, supe por el semblante con el que me observaba mi secretario que el mío no podía ser sino el de un moribundo.</p>
<p>Penosamente, entré en mi habitación y me desvestí. Renuncié a la cena fría que tenía sobre la mesa; me limité a asearme y a acostarme de inmediato. Tardé varios minutos en encontrar una postura que no me hiciera daño en el cuello, me costó mucho dormir a pesar del agotamiento y el sudor, permanente, impregnaba la almohada allí donde reposaba la cabeza más de unos instantes.</p>
<p>Por fin logré conciliar el sueño boca arriba; un sueño por supuesto entrecortado y en absoluto reponedor. No obstante, en algún momento debí de lograr sumirme en una fase algo más honda y, cuando quise darme cuenta, comenzaba amanecer.</p>
<p>La primera sensación que tuve, al abrir los ojos, fue de haber descansado y de que todo había pasado. Fuera brillaba un extraño sol de domingo y la jornada parecía ofrecer un largo paseo a quienes quisiéramos aprovecharlo. Me propuse estirarme levemente, levantarme y disfrutar del día de descanso; reponerme, aunque fuese, del desasosiego.</p>
<p>Pero no pude. Me descubrí boca arriba, con la cabeza ladeada sobre la almohada, totalmente inmóvil, con la manta cubriéndome hasta las axilas. Me entró el pánico, no lo niego; noté cómo cada nervio se encogía, se expandía y todos los poros de mi cuerpo se abrían para empezar a liberar chorros de sudor frío. Volví a intentar la operación, convenciéndome de que todo era un mal sueño, una imaginación. De nuevo, fracasé.</p>
<p>Por fin renuncié a todo y traté de pedir ayuda, pero de mi garganta no salió más que una incómoda y débil masa de sonido ininteligible. No podía mover las manos; ni las piernas; ni el torso; ni el cuello: era perfectamente consciente de cada parte de mi cuerpo, pero me era imposible hacer nada con ellas.</p>
<p>Al cabo de unos minutos, cuando logré tranquilizarme (&#8220;en algún momento me echarán en falta&#8221;, pensé) lo que empecé a sentir fue un fino hilo de baba deslizarse por la comisura de mis labios hasta posarse en la delicada tela, empapada. Y no logré contenerlo. Entonces, sentí dos lágrimas ir a reunirse con la mezcla de fluidos&#8230;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=622">cuarta parte</a>.</em></p>
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		<title>La cabeza [2]</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Aug 2009 14:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Segunda parte de  <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=587">primera parte</a>.</em></p>
<p>Cuando ya estábamos entrando en la estación, sentí la necesidad de desperezarme antes de salir al frío andén. Estiré furtivamente las piernas, miré hacia un lado y, como acostumbro a hacer, empujé el mentón hacia arriba con la palma de la mano. Noté el relajante crujido de las vértebras recorrerme las cervicales y terminar, con un inesperado pinchazo de dolor, en la nuca: quizás debía empezar a plantearme dejar de hacerlo por unos días, al menos hasta que desapareciera el dolor.</p>
<p>Las calles del pueblo, embarradas, estaban cubiertas por una densa bruma, que impedía ver acercarse a los coches e incluso, los tejados de algunas casas. Con el traqueteo de los caballos y la humedad penetrante, sentía que el más mínimo movimiento de cuello me resultaba molesto, que girar la cabeza se volvía una empresa complicada y rematadamente incómoda; lo que es peor, cargando la pipa y sorbiendo el humo, sólo logré que los pinchazos ascendieran un par de pulgadas y se convirtieran en una infame cefalea.</p>
<p>El almuerzo con el alcalde no fue fácil de soportar; trataba de ocultar la rigidez con movimientos que se pretendían naturales, pero que desencadenaban una momentánea mueca de dolor de la que tanto el anfitrión como mi secretario se dieron cuenta de inmediato. Aquél se mantuvo callado, como fingiendo que no me notaba extraño; éste, me preguntaba con la mirada si todo marchaba bien y yo, por fin, tuve que excusarme para ir al aseo y refrescarme.</p>
<p>Me miré en el espejo y encontré mi semblante pálido, ojeroso; chorreaba sudor por mi frente y, al abrirme la chaqueta, descubrí la camisa y el chaleco absolutamente empapados. No supe lo que hacer; me aseé como pude, volví a vestirme y volví a la mesa. El alcalde me miró de reojo y se concentró en su copa de jerez; mi secretario, preocupado, trató de hacerse con la conversación. Yo ya sólo pensaba en volver y en guardarme bajo las mantas.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=600">tercera parte</a>.</em></p>
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		<title>La cabeza [1]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/23/la-cabeza-1/</link>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 14:17:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Primera parte de <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El día del viaje fue un sábado, jamás lo olvidaré: me desperté temprano, antes incluso de que mi secretario llamara a la puerta, con un leve dolor en la base del cráneo, en el cuello. Corría el invierno de 1893, uno de los más crudos que recuerdo. Debíamos tomar, como digo, el ferrocarril de las ocho de la mañana para llegar a la hora del almuerzo; con suerte, tras la junta, alcanzaríamos a volver a la ciudad a tiempo para cenar y dejarnos caer por el club. Pero el objetivo era, ante todo, evitar tener que pernoctar en una de esas inmundas pensiones de las estaciones de tren: mucho me temía que en el minúsculo pueblo nos costaría encontrar algo más decente que un hospedaje para viajeros.</p>
<p>Una vez acomodado en el vagón, cargué la pipa y lamenté el frío cortante de la mañana; sin duda, de no haber tenido que atender aquel asunto con tanta premura, hubiera disfrutado poniendo en orden los papeles en mi gabinete, o desayunando tranquilamente en la cama. Pero no nos quedaba más remedio que resolver la compra.</p>
<p>Apenas charlamos durante el viaje, mi secretario repasaba sus notas y documentos y yo, simplemente, me distraía buscando entre la monotonía de la nieve y la niebla que se cernían sobre el vagón y que impedían ver a más de cinco pies. El revisor abrió la puerta de nuestro compartimento violentamente por culpa de un bache, o de una curva mal tomada y yo, sobresaltado, desvié rápidamente la mirada de la ventanilla. Noté un potente pinchazo de dolor en el cuello, de nuevo, y no se me ocurrió más que achacárselo al tabaco de pipa, al frío, o al hollín que sibilinamente se colaba por cada rendija.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=592">segunda parte</a>.</em></p>
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		<title>El gran paseo [3]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/21/el-gran-paseo-3/</link>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2009 08:08:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Bah]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[El Norte]]></category>
		<category><![CDATA[Verano]]></category>

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		<description><![CDATA[Tercera y última parte de la incursión en El Norte.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=559">segunda parte</a>.</em></p>
<p>Por eso cuando estuve cerca del mirador, toda la soledad se había esfumado. Fotografié lo que me rodeaba, me di cuenta de que, paradójicamente, no había nadie a mi alrededor y comencé la vuelta. No sabía si me estaría esperando, si ya se habría marchado, si seguiría en aquella terraza donde le había dejado, delante de una copa, tan seguro de que mi espantada no era más que un arrebato; pero sí sabía que no valía la pena desaprovechar este día.</p>
<p>Se lo hubiera perdonado de no haber conocido a aquella zorra. Pero, para su desgracia, la conocía.</p>
<p>El sol, ya semioculto tras los edificios, aún tenía fuerza para lanzar brillantes reflejos sobre la bahía, y yo apreté el paso. La fina capa de sudor comenzaba a cristalizar, a secarse sobre mi piel con el salitre que me traía el viento de la tarde. Parecía que todo lo que se había recalentado volvía a enfriarse, y que la tarde se encaminaba hacia la cena, repentinamente, a mucha más velocidad de la esperada.</p>
<p>Apreté el paso, con un nuevo nudo creciéndome en el pecho: ahora, por la posibilidad de que las últimas horas de esta jornada súbitamente especial se me escaparan entre los dedos.</p>
<p>Fantaseé con la ducha, con la sesión de terraza en buena compañía; me ilusioné con encontrarle en el hotel preparado para hacerme creer que nada (importante) había ocurrido, aceleré aún más al ver que la tarde se despedía definitivamente. Pero todo aquello empezó a desvanecerse cuando, llegando de vuelta a El Norte, la playa seguía tan llena como antes (puede que algo menos); y todo permanecía en el mismo lugar en el que lo había dejado (como un flash-back al revés, con menos luz). Quizás, el gran paseo no había servido para nada; quizás, a fin de cuentas, no era tan buena idea volver al hotel.</p>
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