Ficción
Este es el rincón que aprovecho para dar rienda suelta a la vena literaria y publicar ficción pura y dura. A veces los escribo por partes; a veces no los escribo… Pero de estar, están aquí.
La madre de tus hijos
Al final, decidió levantarse para dejar de soñarla como sabía que no era. La noche no había sido larga, pero sí lo suficiente como para que el sueño empezara a hacer mella en él cuando aún estaba llegando a casa, andando solo por las aceras aún calientes por el castigo del sol. Así, al acostarse, las casi dos horas que había invertido en acercarse a ella; la otra media que tardó en conseguir su teléfono; y el paseo de vuelta se engarzaron con un sueño profundo y repleto de imágenes.
Pocas horas después de haberse acostado, se sorprendió despertándose solo y sobresaltado entre las sábanas Seguir leyendo
Día 1 de primavera, casi verano
Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.
Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.
Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.
No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.
Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.
Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo– el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.
Siete minutos: Siete (de las despedidas)
Aguarda, ya, con las 12 uvas dispuestas en un cuenco, a las correspondientes campanadas. Asiste a la explicación del presentador, en televisión, de lo que va a ocurrir en la Puerta del Sol. Todos los presentes en el salón observan la gigantesca pantalla de plasma, cuchicheando entre parejas, con sonrisas cómplices; o entre amigos, con contenidas carcajadas.
Bien, esto se acaba. Recapitula, piensa en los cabos que quedan por atar: en apenas 50 segundos, cuando el presentador sugiere el último anuncio del año como algo exótico, excepcional o necesario, todo habrá terminado. No, no queda mucho por pensar: no puede quejarse de la vida que lleva, de los amigos que tiene, de la casa que mantiene, del trabajo que le agota y le ayuda a dormir bien.
40 segundos. Un frasco de colonia vuela sobre un fondo negro en la pantalla de plasma, y las caras contenidas en el salón aprovechan para girarse y dedicar miradas de felicitación teñidas de nerviosismo: ¿sabrán comer las uvas? ¿Se evitarán atragantamientos insalvables? Él empieza a notar el champán subir por sus sienes, hacia la coronilla, y dejarse caer por todo su cuerpo: empieza a estar levemente borracho, pero con la satisfacción el año cumplido, y bien hecho.
30 segundos. Empiezan los zooms, los avisos, el presentador desaparece de plano.
20 segundos. Está cada vez más nervioso, y no sabe por qué: 2010 es su año; esta década, la suya.
10 segundos. ¿Se le está olvidando algo? Se lo pregunta como si estuviera a punto de emprender un viaje en el tiempo, como si fuera a un lugar del que no estuviera seguro poder volver. No sabe, se pregunta, se inquieta… ¿Y si de verdad estuviera dejando todo lo demás atrás (comida, amigos, clima, libros, plantas, luz)?
2 segundos. Ya da igual. Feliz 2010.
Siete minutos: Seis (de los libros)
Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:58
De pequeño le dijeron, como a todo el mundo, que la literatura era un universo de fantasía y aventuras; que encerraba sensaciones únicas; y así le dieron una copia mal impresa y con el lomo roído de Moby Dick. Llegó a la página 27, lo guardó y no ha vuelto a abrirlo desde entonces.
Una posterior y momentánea manía por el orden le hizo encontrarlo y colocarlo, aunque sólo fuera como recordatorio de su fracaso, en la balda más alta de la estantería del salón. Allí ha permanecido, amenazante, presidencial y adquiriendo paulatinamente una pátina de polvo.
En uno de los asaltos de limpieza anuales, volvió a vaciar toda la estantería y, cuando llegó al roñoso ejemplar de Moby Dick, tomó una decisión resolutiva: empapado en sudor como estaba, incómodo, con el suelo del salón copado de objetos (grapadoras, folios, carpetas, libros, regletas, pisapapeles, objetos decorativos, etc.) se dirigió, furioso y a trompicones, hasta la cocina; abrió la papelera y con una mueca de desprecio, lo tiró.
Pasó tiempo antes de que pudiera arrepentirse, puesto que en aquel momento aún trataba de hacerse un hueco profesional y lo último en lo que pensaba era en leer; pero poco a poco empezó a recordar aquel tomo no como un detalle desafiante en mitad de aburridos manuales (“¡Conmigo no puedes!”), sino con la nostalgia de aquel olor a papel en descomposición, con el tacto rugoso y desagradable de las hojas amarillentas.
En su incipiente estado de culpa, abrió cierto suplemento cultural un domingo por la tarde y encontró, como reportaje destacado, que se reeditaba Moby Dick en tapa dura, durísima, a un precio tan deliciosamente exagerado que le entraron ganas de pagarlo, sólo para saber qué se sentía.
Corrió, el lunes, a por un ejemplar de su nuevo Moby Dick y, sin siquiera sacarlo de la bolsa, espero a que llegara la noche para colocar una lámpara adecuadamente, poner el sillón en su sitio y abrir la primera hoja. ¡Qué papel! Y empezar a leer, con enorme atención primero, frunciendo las cejas y acercándose al volumen: ¡Qué olor! Y pasar las páginas con avidez: ¡Qué edición!
Disfrutó, durante un rato, del enorme libro que tanto le pesaba sobre el abdomen y lo depositó, agotado ya por un día de trabajo, sobre la mesilla. Se acostó y, satisfecho, durmió.
Sigue leyéndolo, lo tiene en casa esperándole ahora mismo: pretendía terminarlo antes de que el 2009 se lo llevara, pero no ha sido posible. Brinda, y recoge un cuenco con doce perfectas uvas.
Siete minutos: Cinco (de los amigos)
Jueves, 31 de diciembre de 2009, 23:57
Tener, siempre ha tenido amigos. Amigos, amistades, conocidos: cada cual le da un nombre, pero el caso es que la soledad nunca había hecho mella en él y eso no tenía por qué ocurrir. La única melancolía que pudo llegar a sentir fue más joven, cuando, sin batería en el iPod, se vio obligado a caminar bajo la lluvia sin paraguas sobre la cabeza ni música en los oídos.
Con los años el grupo de amigos se ha ido reformando, mutando, creciendo y encogiendo, pero jamás ha llegado a desmembrarse del todo: de hecho esta noche, aquí, están todos los que son con sus mujeres, o novias, o desubicados en alguna esquina del salón mientras esperan a que termine el año y a que, aguardando una suerte de efecto 2000, el mundo dé un cambio radical a su alrededor con la última campanada.
Él nunca ha sido consciente de la soledad que le ha sobrevolado, o que ha llegado incluso a apoderarse de él, porque creció aprendiendo a obviarla (de nuevo, sin pretenderlo). Por ejemplo, en septiembre más o menos, se encontraba en casa dispuesto a salir, planeando una noche con quienes hoy comparte fiesta. Dos de ellos ya tenían compromisos, uno de los desubicados trabajaba al día siguiente, el otro estaba fuera de la ciudad, otros tres estaban de viajes de trabajo y fue, por fin, el desubicado que ahora otea la sala despreocupado, el único que le ofreció compañía para la velada.
Salieron, cenaron, rieron con carcajadas menos sonoras de lo habitual y se enfrascaron en una conversación intrascendente, luego trascendente, luego ascendente, luego descendente y, finalmente, en barrena emocional, aplacados por una ristra de gin-tonics y asidos a sus respectivos taburetes acolchados como si en ello les fuera la vida.
Pero daba igual, porque no dejaban de reír aunque por dentro fueran quemándose y retorciéndose: volviendo a casa, sintió un atisbo de melancolía, que por suerte sus reflejos achacaron al alcohol ingerido y le recetaron, sabios, que se metiera en la cama urgentemente.
A apenas tres minutos de la explosión final de amistad, que mantiene a todos los estómagos levemente tensos, nadie piensa en ello. Y él, por descontado, menos aún: hay cosas mejores de las que preocuparse.