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Ficción

  1. Abrirte los ojos

    Lo escribí el Lunes 11 de octubre de 2010

    Creía que no disfrutabas,
    en absoluto, de la oscuridad.
    Es más, creía que las luces,
    esas luces, estaban rotas y no apagadas.

    Mandaron encenderlas, y en ese
    confuso primer momento vi tus ojos,
    castaños, acurrucarse con rapidez.

    Los cerraste con tantas ganas,
    esos ojos, que los oí luxarse.
    Los encerraste bajo los puños,
    esos ojos, para no oírme.

    Pero decidí abrirlos. Abrirlos,
    sin palabras, con silencio.
    Luego con palabras, con estruendo.

    Luego los abrí, los trepané.

    Los abrí, los sorbí.

    En tus ojos ya no
    hay luz, no entra.

    Tranquila.


  2. Primer escalofrío (de pies y manos)

    Lo escribí el Sábado 9 de octubre de 2010

    La grava que rodeaba la casa crujió bajo las toscas botas del guardés. La culpa, venía pensando, no es más que el arrepentimiento rápido y doloroso del culpable cazado. La culpa, percibió más rápido de lo que pudo asumir, acababa de dar con él.

    El viento de octubre ululaba entre los árboles. Era una brisa que pretendía, quizás, recordarle que el frío estaba a la vuelta de la esquina. O bien que no se merecía disfrutar de las tiras cobrizas de cielo que el atardecer iba dejando en el horizonte. Por eso bajó la cabeza y se limitó a observar cómo avanzaba sobre el monótono suelo. La culpa adquirió cuerpo y volumen cuando fue a entrar en la casa.

    La familia estaba cenando en el comedor. Los entrevió, sentados alrededor de la maciza mesa de roble, llevándose las cucharas a la boca en silencio. La hija, con aquella melena rubia que el guardés había visto crecer, era la que más problemas tenía con el caldo: el brazo en cabestrillo le impedía moverse con naturalidad. Pero el ojo amoratado del padre, con la debilidad aún impresa en la cara, o el maltrecho cuello de la madre no se quedaban atrás. Probablemente lo peor de la escena no fuera, desde donde él se encontraba observando, el silencio acongojado e íntimo del hijo, sino la ausencia total de sonido –ni siquiera las cucharillas repiqueteaban en los platos– en la casa: aquel día, el tocadiscos que la madre solía poner con música suave permanecía mudo.

    El guardés se encaminó directamente a la cocina, donde estaban terminando de confirmar la espesura aterciopelada del puré de patata. La cocinera le miró, y luego dirigió los ojos a una pequeña bandeja donde reposaba lo que, según intuyó, sería su cena. Así todo, esos mismos ojos que le guiaban hacia un plato humeante –necesitaba ese calor– y suculento eran los mismos que, con la discreción propia de quien se sabe cómplice, le acusaban.

    Le asaltó de nuevo la misma sensación: la culpa no era ver a los señores tratando de cenar penosamente. La culpa era aquella mirada: ambos sabían, sabían mucho, aunque estuvieran tácitamente dispuestos a callar. Y fuera, lo que era una brisa se iba convirtiendo en un viento cortante. Ya era noche cerrada.


  3. La madre de tus hijos

    Lo escribí el Domingo 25 de julio de 2010

    Al final, decidió levantarse para dejar de soñarla como sabía que no era. La noche no había sido larga, pero sí lo suficiente como para que el sueño empezara a hacer mella en él cuando aún estaba llegando a casa, andando solo por las aceras aún calientes por el castigo del sol. Así, al acostarse, las casi dos horas que había invertido en acercarse a ella; la otra media que tardó en conseguir su teléfono; y el paseo de vuelta se engarzaron con un sueño profundo y repleto de imágenes.

    Pocas horas después de haberse acostado, se sorprendió despertándose solo y sobresaltado entre las sábanas (más…)


  4. Día 1 de primavera, casi verano

    Lo escribí el Miércoles 31 de marzo de 2010

    Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.

    Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.

    Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.

    No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.

    Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.

    Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo– el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.


  5. Siete minutos: Siete (de las despedidas)

    Lo escribí el Jueves 31 de diciembre de 2009

    Aguarda, ya, con las 12 uvas dispuestas en un cuenco, a las correspondientes campanadas. Asiste a la explicación del presentador, en televisión, de lo que va a ocurrir en la Puerta del Sol. Todos los presentes en el salón observan la gigantesca pantalla de plasma, cuchicheando entre parejas, con sonrisas cómplices; o entre amigos, con contenidas carcajadas.

    Bien, esto se acaba. Recapitula, piensa en los cabos que quedan por atar: en apenas 50 segundos, cuando el presentador sugiere el último anuncio del año como algo exótico, excepcional o necesario, todo habrá terminado. No, no queda mucho por pensar: no puede quejarse de la vida que lleva, de los amigos que tiene, de la casa que mantiene, del trabajo que le agota y le ayuda a dormir bien.

    40 segundos. Un frasco de colonia vuela sobre un fondo negro en la pantalla de plasma, y las caras contenidas en el salón aprovechan para girarse y dedicar miradas de felicitación teñidas de nerviosismo: ¿sabrán comer las uvas? ¿Se evitarán atragantamientos insalvables? Él empieza a notar el champán subir por sus sienes, hacia la coronilla, y dejarse caer por todo su cuerpo: empieza a estar levemente borracho, pero con la satisfacción el año cumplido, y bien hecho.

    30 segundos. Empiezan los zooms, los avisos, el presentador desaparece de plano.

    20 segundos. Está cada vez más nervioso, y no sabe por qué: 2010 es su año; esta década, la suya.

    10 segundos. ¿Se le está olvidando algo? Se lo pregunta como si estuviera a punto de emprender un viaje en el tiempo, como si fuera a un lugar del que no estuviera seguro poder volver. No sabe, se pregunta, se inquieta… ¿Y si de verdad estuviera dejando todo lo demás atrás (comida, amigos, clima, libros, plantas, luz)?

    2 segundos. Ya da igual. Feliz 2010.