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Artículos

  1. Nuevos sabores

    Lo escribí el Sábado 5 de diciembre de 2009

    logoculturasGivaudan es una multinacional suiza, gigantesca, que se dedica a la síntesis de aromas naturales: una molécula de este cítrico, un toque de ua planta tropical y tachán: un nuevo sabor sintético.

    Existe, en este sector envuelto en secretismo corporativo, un concepto interesante: el de espacios blancos, esto es, sabores que no existían creados a partir de componentes conocidos. Por ejemplo, el Red Bull: ¿a qué sabe? A sí mismo, es único e inconfundible.

    Es sabido que lo mismo ocurre con los libros, con el cine o con la música: por estar, está todo inventado, la cuestión es ir colocando y recolocando elementos hasta dar con una nueva fórmula magistral: ese solo tremendo, esa descripción emocionante, ese plano secuencia que quita el habla.

    Uno de estos nuevos aromas, de los que estremecen hasta los dedos de los pies, topé hará un par de semanas, en un zapping, visitando la última joya de la producción televisiva nacional: Un burka por amor. Creo que uno de los momentos cumbre de la Historia de la pequeña pantalla se dio cuando, sobre la imagen de una pista de aterrizaje, apareció un subtítulo informándonos de que estábamos viendo Kabul. Exotismo a tope: entonces aterriza un avión de EasyJet, como si nada, y vemos a una Olivia Molina desembarcar más ancha que pancha en un aeropuerto que, si no era Ranón con un puñado de figurantes con la cara sin lavar, bien podría pasar por el vestíbulo de una oficina de Correos.

    Nuevos sabores, nuevas emociones: algo de castizo, mucho de barato, quítame allá el pudor, un buen chorro de tópicos y bien de carne para que entre mejor. Y a correr.


  2. Carnaza

    Lo escribí el Sábado 21 de noviembre de 2009

    logoculturasNo hay como levantarse de buena mañana y hacer un repaso a un puñado de periódicos y blogs para quedarse tranquilo una semana más: el mundo sigue su curso. Así es, en esta esquina de la Red de redes nosequién lanza su pulla personal contra la discográfica/editorial de turno porque no puede pagar el alquiler con su arte; Ramoncín dice «Blah» en un comunicado y le destruyen en la ristra de comentarios que acompañan a la noticia; por allá asoma la enésima diatriba contra González Sinde con lo mejor de un cabreo ilustrado: resulta que la cultura se ha convertido en «campo de fuerzas profundamente estratégico donde se libra la batalla global, donde se confrontan, encuentran y resitúan intereses, valores y significados».

    Y es que el café, con un poquito de bilis, entra mejor. Anoche estaba tan tranquilo leyendo en el sillón, viendo la última de Clint Eastwood o escuchando alguna novedad musical y notaba que algo me faltaba, que la velada se encarrilaba al fracaso: ponerme un ‘reality’ y ver a dos gemelos darse puñetazos, a una tertuliana con boca de estropajo y lengua viperina descuartizar a José Amedo (!), focos resplandecientes, sudor, sangre y lágrimas, espectáculo en estado puro.

    Es la diferencia entre la cultura de suplemento y la de toda la vida: aquellos se aferran al DRAE y a su afilada pluma mientras que los segundos (¡gracias!) han aprendido el glorioso camino de la metadestrucción, esto es, de sacar chicha de la propia inmolación de su cultura. ¿Qué tienen que hacer los llorones, ristomejides y editorialistas jurásicos frente a un montador de Telecinco bien forrado de féminas, injurias y paternidades dudosas? Hermánense de una vez y epátennos con lo mejor de este país: ¿Sara Montiel con Alaska? Esto no ha hecho más que empezar…


  3. De leños, libros y mechas

    Lo escribí el Martes 17 de noviembre de 2009

    Os dejo en PDF el reportaje que Mario Fernández y yo realizamos para el suplemento Culturas de la escritora asturiana Berta Piñán el pasado 31 de octubre.

    De leños, libros y mechas

    De leños, libros y mechas 2


  4. Sábado tarde

    Lo escribí el Sábado 7 de noviembre de 2009

    logoculturasPrimer plano del muslo del protagonista. El director quiere hacernos creer que se le ha clavado algo al huir por esta «tupida» jungla tropical, y que se lo va a quitar de la pierna en un alarde de desagradables efectos especiales. Gime, fuerza la mueca de dolor —qué bien lo hace, el condenado— y entonces suenan tambores. Se levanta sobre la pierna mala y echa a correr. Bravo: camino del Oscar.

    Llegados a este punto decidimos que o bien puede tratarse de una película de monos asesinos, o bien de una película de caníbales. Tiene que ser lo segundo: si no tienen dinero ni para hacer una sangre falsa como es debido ¿cómo esperar un mono asesino en condiciones?

    Cambiamos de canal. «Por el poder de la espada del anillo, acabaré con él, maestro.» Vamos, si ni siquiera puedes contratar a un actor que haya salido del competitivo circuito de los anuncios de champú ¿en qué momento decides rodar una imitación de ‘El Señor de los Anillos’ con dragones?

    Preguntas, preguntas todas que asaltan a uno un sábado cualquiera por la tarde frente al televisor: un zapping en cierta franja horaria en la que todo lo que topes vale su peso en oro, en la que los títulos de las películas recuerdan sospechosamente a otros (¿La isla de los caníbales?¿El reino del anillo?), en que florecen anuncios de queso manchego que no verás en ningún otro sitio, a ninguna otra hora. Todo termina con Cine de Barrio: tras Paco Martínez Soria, el diluvio. Bendito invierno que no acaba de llegar…


  5. Tengo una banda

    Lo escribí el Sábado 24 de octubre de 2009

    logoculturasLlevaba tiempo metido debajo de la cama. El flamante bajo con el que tan buenos ratos había pasado exprimiéndole el jazz que podía, aporreándolo tras un día largo y cansado frente al ordenador, o esforzándome por sacar grisáceas escalas llevaba tiempo mudo.

    Hasta que, hace unas semanas, lo desempolvé una tarde tontorrona sin saber por qué. Quizás alguna línea que me apetecía emular, quizás simple mono: allí estaban las cuatro cuerdas de acero, envueltas en la aterciopelada funda negra; volvía a sentir el peso de la madera maciza contra la pierna, la tracción de las cuerdas al encallecerme los dedos, la resistencia de los trastes al buscar un sonido limpio.

    Toqué, y toqué, y toqué, y pronto volvía a encontrarme forzando notas en este o aquel compás, preocupándome más por embellecer que por atinar en la armonía.

    Y justamente hace hoy una semana volví a enchufar el cable a un amplificador, y volví a darle al ‘Power’. Volví a sentir un pequeño crujido, luego algo de ruido: está bien afinado, las manos calientes, la estructura en la cabeza.

    Volví a los cuatro baquetazos, al «un, dos, tres, cuatro», al primer acorde saliendo despedido; volví a darlo todo; volví a saber lo que es tener una banda. Y bien que mola.