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Artículos

  1. Calentamiento global

    Lo escribí el Sábado 24 de abril de 2010

    Creo que cuando aquel sábado se apagaron tres o cuatro rascacielos entré en una de esas fases en las que uno decide desenchufarse de prensa, televisión, radio e Internet por un tiempo. Me llegan ecos desde fuera de la fortaleza (des)informativa, lo justo como para que el mundo no se acabe y me pille desprevenido, pero, servicios mínimos aparte, hay que decir que la vida es bastante más brillante y divertida.

    En la plaza acaban de plantar las terrazas, en el café del rincón ya dejan las puertas abiertas de par en par toda la noche, hasta cerrar, y la chaqueta va cogiendo postura en la percha, como preparándose para su particular hibernación de aquí a octubre.

    Lo mejor es que en Madrid, hace una semana, no era difícil encontrarnos pelados de frío la noche más tonta, por confiados; pero de pronto, tras discretas nieves en marzo (!) y la rasca amenazante de Semana Santa, me descubro sacando las camisas de verano y desterrando hasta el jerséy, a los oficinistas sin corbata dormitando en las terrazas a la hora de comer. Para mis amigos, los que apagan rascacielos, este es sólo otro síntoma del drama que atenaza al planeta; para nosotros, una semana de calor delicioso: ¿Quién llevará la razón? A saber: menuda tarde ha quedado.


  2. Distinto

    Lo escribí el Domingo 14 de marzo de 2010

    logoculturasPor mucho que digan, no es fácil encontrar buenas obras de teatro en Madrid. Hay muchas potables, bastantes decentes, demasiadas experimentales y un puñado de joyas cuyo programa no nos atreveremos a tirar al llegar a casa, y guardaremos arrugado en un cajón por los siglos de los siglos.

    Pero en el fondo, da igual: el poder del teatro, en estos tiempos en que la prudencial distancia de una pantalla y un moreno reluciente nos separan de películas, series y actores, reside, ante todo, en la propia potencia de lo que ocurre entre esas cuatro paredes.

    Dejemos de atender al texto: un silencio solidario y sepulcral se apodera del teatro en cuanto sube el telón; las tablas resuenan bajo los zapatos de los personajes; cada vez que se encienden un cigarrillo, una bocanada de humo alcanza las primeras filas; y resulta que sus voces les persiguen allá donde vayan dentro de la escena. Todo está sucediendo ahí, delante, al alcance de la mano.

    En el descanso somos conscientes, repentinamente, de que llevamos una hora y media callados, y rodeados de gente callada (¡milagro!), como sumidos en un limbo entre la ficción y lo tangible que sólo logramos desarmar un rato después, al desaparecer la enemistad de los dos protagonistas, o al resucitar aquel villano, que ahora sonríen, se agarran de la mano y saludan en una reverencia final. Ellos mismos se transforman, noche tras noche, en un ejercicio agotador que acota un tiempo, lo abstrae de todo lo demás y luego nos devuelve, zarandeados, al mundo real. Un gustazo, sin duda.


  3. Un libro «de mayores»

    Lo escribí el Sábado 13 de marzo de 2010

    Siendo yo niño, niño, vi a alguien con un grueso libro, de esos que tienen «sólo texto, sin dibujos» y cuyo argumento es además difícil de explicar (una novela «de mayores») y quise leer algo parecido: las aventuras de Guillermo eran de lo más divertido, pero sentía la necesidad de tener entre las manos un volumen con la fotografía de un señor circunspecto en la cubierta. Me parecía lo más: eran montañas literarias de una densidad insoportable para mí, y admiraba a aquellos adultos que podían con ellas sin pestañear y encima las disfrutaban, mientras que yo daba cabezadas al tercer capítulo. El reto se tornó factible cuando en clase nos mandaron leer ‘El camino’: bullía solo, leí una página, dos, tres, ¡un momento! ¿Qué significa «membrudo»? Corrí al diccionario, lo averigüé y seguí.

    No ocurren grandes cosas en la escritura de Delibes, no abunda el movimiento, pero al mismo tiempo las constantes descripciones no se están quietas: la apertura de ‘Las ratas’ contiene una violencia visceral durísima dentro de su anodina rutina. Mientras que nos transporta adonde quiere, tachona el texto con palabras desconocidas y acota, así, un espacio único, unos libros aleccionadores sin ser cargantes, que los currículos educativos nos enseñan a mirar con la reverencia del comentario de texto: «este», parecen decir, «es un gran libro». Pocas veces llegamos a creérnoslo del todo, pero de vez cuando salta esa chispa oculta al darle una segunda lectura en la intimidad, sin la presión de un examen, por puro placer: Delibes juega en esa liga.

    Es de los pocos autores a los que se puede no coger manía después de que a uno se lo embuchen de pequeño, a destiempo: los cuadros que nos pinta rebosan una humanidad y una belleza que impactan entonces y que, años después, cuando ya estamos en condiciones de entender algo, sobrecogen en lo más hondo.

    Tras de él quedan lecturas de todos los niveles, formas y sabores, en una producción tan extensa en el tiempo que se ha ido engarzando, poco a poco, con la vida de varias generaciones de españoles, siendo su Castilla un ingrediente fundamental de nuestro paisaje literario. Ahora, callado irremediablemente, ha llegado el momento de auparle a la categoría de «clásico». Sólo espero que, además de lograrlo, no deje de ser suyo el primer libro «de mayores» de muchos lectores más.


  4. Jubileo

    Lo escribí el Sábado 27 de febrero de 2010

    logoculturasDediqué el fin de semana pasado a revisitar lugares importantes de la tierna infancia y, por qué no, a mantener vivas tradiciones esenciales: llegarse a Muros de San Pedro, en las Rías Baixas, y ponerse tricolor a base de pulpo a la gallega tras pasear por sus calles empinadas y pescadoras; andar por Santiago de Compostela y visitar la catedral: me ha llamado especialmente la atención que, poco a poco, visitar la catedral de Santiago con intención de ganar el jubileo no va a diferir demasiado de darse una vuelta por la sección de electrodomésticos de El Corte Inglés.

    Para empezar, la colección de hermosas capillas, a donde yo de niño solía acercarme en busca de la titilante luz de las llamas sobre el Cristo correspondiente y el inconfundible olor a cirio, se han convertido en «un meta diez céntimos y se encenderá una lucecita». Para seguir, a alguna lumbrera se le ha ocurrido proteger el Santo del Croque, esa columna en cuyo desgaste la tradición manda colocar la mano, de la hercúlea fuerza de los visitantes. Y no sólo se ha instalado una valla; también un avezado empleado de Prosegur debidamente aleccionado para explicar el por qué de semejante decisión con profusión de datos históricos (no es broma). No llegamos a probar a echarle diez céntimos, pero igual se encendía. A ver si la próxima vez se animan a encargarle al Cirque du Soleil el rito del botafumeiro.


  5. ¡Quinqui!

    Lo escribí el Sábado 13 de febrero de 2010

    Cualquier estudiante sabe que, cuanto más se acercan los exámenes, mayor es el surtido de películas, series y materiales culturales de diverso pelaje que se cruzan en su camino: un amigo pasó diez años intentando sacar Derecho sin éxito, por culpa de Falcon Crest.

    Pero yo voy con todo, nada de sutilezas: leo una noticia sobre la política de comunicación de la Casa Blanca y veo La cortina de humo, peliculón; ya que estamos de thriller político, revisemos Todos los hombres del presidente (cómo nos gusta Robert Redford); y puestos a degustar el inconfundible sabor de las películas setenteras, rebusquemos, rebusquemos… ¡Nada al otro lado del charco! Bueno, pues volvamos a España (siempre con los apuntes al alcance de la mano para no sentirnos mal). ¡Premio! En dos días no puedo resistirme a la trilogía de Perros callejeros, con El Torete en plena forma; a las de El Lute; a la de El Vaquilla y -gracias, España- El Pico partes 1 y 2.

    Por ir, iremos a septiembre en procesión, pero hay que ver lo que se puede llegar a aprender en un par de semanas: in ir más lejos, a robar coches y la historia reciente de España, condensada en un puñado de cintas a medio camino entre lo cómico, lo dramático y lo grotescamente pos franquista: cine quinqui vs. apuntes. ¿Queda alguna duda? Suerte, estudiantes.