Ahora que la actualidad ya ha recuperado sus revoluciones normales, conviene retomar la arriesgada actividad de desayunar titulares con café. La mayoría hacen temer una hecatombe nacional inminente, y el resto adoban con su inverosimilitud nuestras grises vidas.
Pero bajo la densa capa de periodismo «serio», el de juicios masivos, huelgas generales y crisis de diversa condición, se esconde la inexplicable paz con la que viven algunos de nuestros vecinos del otro lado del charco: Bret Easton Ellis, con su última novela recién publicada y en el ojo del huracán literario por su genio y polémico jugueteo mediático, aparecía hace dos semanas en el suplemento cultural de ‘ABC’ en bata y zapatillas, sentado ante la pantalla del ordenador confesando, tan campante, que se había tirado toda ‘Toy Story 3’ llorando.
O más inquietante aún, David Remnick, director de ‘The New Yorker’, entrevistado por Iker Seisdedos el sábado pasado, contaba en mitad del silencio bibliotecario de su redacción cómo en el último año y medio ha completado una biografía de Obama de 700 páginas mientras que dirigía el semanario.
Uno sigue preguntándose cómo hace esta gente para encontrar la paz suficiente para conciliar los bamboleos y bombardeos de la actualidad con su actividad literaria y, lo que es más, ser capaces de sonreír. Algo debemos de estar haciendo mal por estos lares cuando cuatro míseros titulares nos quitan el sueño durante días, o cuando dos estadísticas de nada nos roban la calma sin pretenderlo. Obama adelgaza kilos a puñados, pero a ver quién es el guapo que le arrebata la sonrisa de la cara; un libro sobre la Moncloa en pantuflas y de pronto (¡blam!) nacen portadas sobre pagos del GAL de hace 14 años. ¿Y lo que nos convendría vivir en paz?

