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Artículos

  1. La paz del titular

    Lo escribí el Sábado 2 de octubre de 2010

    Ahora que la actualidad ya ha recuperado sus revoluciones normales, conviene retomar la arriesgada actividad de desayunar titulares con café. La mayoría hacen temer una hecatombe nacional inminente, y el resto adoban con su inverosimilitud nuestras grises vidas.

    Pero bajo la densa capa de periodismo «serio», el de juicios masivos, huelgas generales y crisis de diversa condición, se esconde la inexplicable paz con la que viven algunos de nuestros vecinos del otro lado del charco: Bret Easton Ellis, con su última novela recién publicada y en el ojo del huracán literario por su genio y polémico jugueteo mediático, aparecía hace dos semanas en el suplemento cultural de ‘ABC’ en bata y zapatillas, sentado ante la pantalla del ordenador confesando, tan campante, que se había tirado toda ‘Toy Story 3’ llorando.

    O más inquietante aún, David Remnick, director de ‘The New Yorker’, entrevistado por Iker Seisdedos el sábado pasado, contaba en mitad del silencio bibliotecario de su redacción cómo en el último año y medio ha completado una biografía de Obama de 700 páginas mientras que dirigía el semanario.

    Uno sigue preguntándose cómo hace esta gente para encontrar la paz suficiente para conciliar los bamboleos y bombardeos de la actualidad con su actividad literaria y, lo que es más, ser capaces de sonreír. Algo debemos de estar haciendo mal por estos lares cuando cuatro míseros titulares nos quitan el sueño durante días, o cuando dos estadísticas de nada nos roban la calma sin pretenderlo. Obama adelgaza kilos a puñados, pero a ver quién es el guapo que le arrebata la sonrisa de la cara; un libro sobre la Moncloa en pantuflas y de pronto (¡blam!) nacen portadas sobre pagos del GAL de hace 14 años. ¿Y lo que nos convendría vivir en paz?


  2. Imágenes cargadas de fuerza

    Lo escribí el Sábado 25 de septiembre de 2010

    Flores en la cuneta

    Alejandro Céspedes

    Madrid: Poesía Hiperión, 2009

    «Pero hay tres cosas que cada vez que me las encuentro en mi camino siguen produciéndome una inmensa desolación: cadáveres de animales, zapatos desperdigados y ramos de flores». Así presenta Alejandro Céspedes las ideas –o mejor, las imágenes– en torno a las cuales construye este ‘Flores en la cuneta’. No se trata de un libro cargado de una moralidad de anuncio de la DGT, de un mensaje cifrado. No, se trata de una poesía rítmica y sólida, erguida sobre esos tres fotogramas de la introducción vestidos con el dramatismo que inevitablemente conlleva un accidente de tráfico. Ese dramatismo se convierte en un instrumento literario más en cuanto el autor lo exacerba, lo subraya y lo retuerce; se acerca más a aquellos autores estadounidenses herederos de la lágrima decimonónica, del héroe stendhaliano que rompe a llorar con la simple visión de la enamorada en brazos ajenos: «Aún no saben que a partir de la siguiente curva, y para siempre, van a llevar colgados de su corazón los ojos de una perra».

    De esta forma, Alejandro Céspedes elabora su volumen, que le valió el XXV Premio Jaén de Poesía, utilizando como lienzo –aparentemente– una mirada desapasionada y fría sobre el drama de la carretera, para que sea el lector quien dibuje, sobre él, su propio mapa del horror. Pero es un efecto, una ilusión: una segunda lectura más detenida revela que no hemos dado un solo paso que no fuera buscado, que hay truco tras cada emoción removida. Lo sirve, además, con la contención necesaria para no caer en el efectismo, con recursos gráficos –letras que se derrumban o se estiran por toda la página– que terminan de configurar el texto, hilvanado por eslóganes de anuncios de coches.

    El trabajo sobre la imagen pura y dura –especialmente, la dura– esconde uno de los pocos peligros a los que ha de hacer frente Céspedes en este libro: en algunos de los poemas, la propia fuerza de una instantánea de muerte o de hermosura, el ámbito en el que el autor se siente más cómodo, arrebata cierto protagonismo al desarrollo argumental, haciendo que el espectador se desvíe del supuesto camino trazado. Esta sensación, no obstante, deja de molestar en una de las últimas piezas del libro cuando este confiesa a voz en grito su condición de galería fotográfica: un poema estático, que se sirve únicamente de la palabra «ahora» para mantenerse anclado en un solo momento. Es más, en uno de estos arrebatos camuflados reside ese pasaje que impacta, marca y al mismo tiempo resume toda una obra: «Quieres seguir creyendo que eres dueño del cauce de este día porque aprietas a fondo y/ aceleras/ y todo ocurre al ritmo de la música que sólo tú decides».

    ‘Flores en la cuneta’ es uno de esos poemarios agradecidos con el lector que sólo pretende sentarse a disfrutar de un viaje de apenas media hora, que prefiere prescindir de rastrear las raíces grecolatinas de cada milímetro de papel; también lo es con el que quiera, lápiz en mano, descubrir las sutilezas literarias y referenciales que oculta. Un arte humilde, el de vender inmediatez enmascarando el trabajo interior; el de regalar una lectura agradable en una tarde, en un café, antes que abanicar el propio ingenio y erudición mediante un tostón de proporciones catastróficas.


  3. Escolarización

    Lo escribí el Sábado 18 de septiembre de 2010

    Hace poco más de una semana Clara, con sus tres años, empezó al colegio por primera vez. Engalanada con el uniforme nuevo, nerviosa desde días antes por los compañeros, por lo que aprendería y por cómo sería ir al «cole de mayores», como dice ella.

    Pocas horas después de que ella atravesara ilusionada las puertas de su entusiasmante licenciatura en plastilina aplicada al entretenimiento, yo tuve a bien ir a recoger el título de bachillerato al instituto, con unos años de retraso. En el gris edificio del centro de Madrid no queda uno solo de los profesores que nos acribillaron, por aquel entonces, a fórmulas químicas y nociones de filosofía para mentes boquiabiertas. Aquel bull-dog castellano capaz de bregar con cabestros en ebullición mientras que sonreía al que se sabía la tabla periódica se había jubilado. En su lugar, una docente de lo más urbanita trata de que un padre no estrangule a su hijo después de que este le vendiera la moto de que apuntaba a un nueve en los exámenes de septiembre que acabó por diluirse en un cuatro con poco; una madre llora desconsolada por nosequé suspenso de su retoño que parece condenarle a un limbo académico-administrativo de lo más apetecible. Hijos, sobrinos y nietos de la LOGSE.

    La siguiente parada es la Facultad, en la que he de pescar mi flamante título de licenciado. Una fotocopia por aquí, una compulsa por allá y en una brillante mañana de septiembre logro, por fin, que Juan Carlos I explique al mundo en un papelito qué he estado haciendo los últimos cuatro años, previo pago de 150 euros.

    Y la cosa no acaba ahí: ahora a echar la solicitud del máster y, con suerte, a dedicar otro curso a rellenarnos de sabiduría. Clara, supongo, estará diplomándose en rotuladores Carioca encantada de la vida, ajena aún a que, por lo pronto, es muy probable que las próximas dos décadas de su existencia estén dedicadas a arrastrar la legaña hasta el pupitre y a escuchar lecciones de todo pelaje. A ver dónde estamos nosotros entonces…


  4. El Kafka de Roces

    Lo escribí el Sábado 11 de septiembre de 2010

    Hace unos días el desierto informativo estival que tantas alegrías reporta («Roban una plantación de marihuana protegida por osos»;  «Calamaro cierra su Twitter»; «Un restaurante de Berlín pide donantes para servir comida caníbal brasileña»; «Muere un fotógrafo de bodas al pedir a los novios que posaran con armas»; etc.) se inundó con el chaparrón típico de un septiembre posvacacional. Lo que más me gusta de este momento catártico es un titular grandote que rece algo así como: «Un otoño cargado de tentaciones literarias». Ken Follet empieza otra trilogía (más); Vila-Matas vuelve a derramar las babas de los más repelentes autores de blogs ilegibles; Paulo Coelho parece seguir vivo… Nada nuevo bajo el sol, la verdad. (más…)


  5. Palabras vacías

    Lo escribí el Viernes 30 de julio de 2010

    El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.

    Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.

    Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.

    Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.

    Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.