Tres voluminosas panzas bebían algo frío alrededor de una barbacoa incipiente. «Sólo nos faltan los oros para completar el atuendo…» Justamente: en bañador, con las gafas de sol, sin camiseta o con una camisa abierta de par en par, aquellos tres domingueros se afanaban por encender la brasa. «Que no, que lo muevas. Así no, inútil, más al centro. ¿Hay extintor aquí?»
Es el plan perfecto: invadir un chaletazo a las afueras de Madrid, desembarcar con una compra que alimentaría a todo Cabo Noval durante un mes y meterse en la piscina a hacer el cafre. Luego, cuando el sol empieza a remitir, darse el último chapuzón, secar y enfrascarse en la guerra del fuego.
Pero existe un instante aún más idílico: ese momento en el que todavía hace algo de calor y se puede estar descalzo sobre el prao, en el que escuchas a los amigos de fondo («Creo que lo idóneo es tirarse por el tobogán de cabeza») y en el que el humo empieza a llenar el aire, despertándote de cierta modorra.
A la mañana siguiente tres fantasmas desayunaban Fanta Limón con las piernas metidas en la piscina («Os dije que se nos estaba olvidando comprar algo.») y otro, manguera en mano, borraba los últimos restos de la barbacoa del suelo de la terraza. No quedó ni rastro, pero… hay que repetir.