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Artículos

  1. Una barbacoa

    Lo escribí el Martes 14 de julio de 2009

    Tres voluminosas panzas bebían algo frío alrededor de una barbacoa incipiente. «Sólo nos faltan los oros para completar el atuendo…» Justamente: en bañador, con las gafas de sol, sin camiseta o con una camisa abierta de par en par, aquellos tres domingueros se afanaban por encender la brasa. «Que no, que lo muevas. Así no, inútil, más al centro. ¿Hay extintor aquí?»

    Es el plan perfecto: invadir un chaletazo a las afueras de Madrid, desembarcar con una compra que alimentaría a todo Cabo Noval durante un mes y meterse en la piscina a hacer el cafre. Luego, cuando el sol empieza a remitir, darse el último chapuzón, secar y enfrascarse en la guerra del fuego.

    Pero existe un instante aún más idílico: ese momento en el que todavía hace algo de calor y se puede estar descalzo sobre el prao, en el que escuchas a los amigos de fondo («Creo que lo idóneo es tirarse por el tobogán de cabeza») y en el que el humo empieza a llenar el aire, despertándote de cierta modorra.

    A la mañana siguiente tres fantasmas desayunaban Fanta Limón con las piernas metidas en la piscina («Os dije que se nos estaba olvidando comprar algo.») y otro, manguera en mano, borraba los últimos restos de la barbacoa del suelo de la terraza. No quedó ni rastro, pero… hay que repetir.


  2. Cervantes, Presley, etc.

    Lo escribí el Lunes 13 de julio de 2009

    Todo comenzó hace algunas semanas, cuando un traductor de los bien pagados y mejor reconocidos comenzaba por agradecer que le hubieran invitado al foro en el que participaba y se embarcaba, a continuación, en una extensa exposición teórico-intelectual sobre cómo transponer a nosequién a la lengua de Cervantes. Mientras, a un par de kilómetros de allí, varias aulas repletas de futuros licenciados en Filología Española cabeceaban, superadas por pronombres clíticos, deícticos espaciales y niveles diafásicos.

    Ahora un pequeño salto en el tiempo, hasta el viernes pasado, con los profesores de Filología, el traductor, los alumnos y los pronombres clíticos haciendo la conga en un bar del centro de Madrid al son de Carlinhos Brown, mientras que circulaba una especie de mojito amarillo y cantaban al unísono como si les fuera la carrera en ello.

    Cuando se disolvió el trenecito el traductor volvió, con su camiseta ajada y su barba de tres días, a la carga con una muchacha que miraba en todas direcciones buscando quien la rescatase; y los profesores encontraban un parecido razonable entre uno de ellos y un Elvis Presley que colgaba de la pared. Y yo, bajo un semáforo de pega, no entendía absolutamente nada.


  3. Eurogallo

    Lo escribí el Domingo 12 de julio de 2009

    Como todo neologismo, este también necesitaba fondo y forma. La forma la encontramos escuchando casualmente, cuando a alguien se le coló la escurridiza E hablando de esas simpáticas aves en peligro de extinción. A mi compañero le entró la risa, pero logré convencerle de la importancia de nuestro hallazgo, y empezamos a buscarle un significado.

    Semanas después dimos con el fondo de la manera más tonta: paseando por el Muro, encontramos a unos cenutrios, oportunamente estacionados bajo la cámara de vigilancia, practicando ese sanísimo deporte que es el lanzamiento de tapa de contenedor. Hacia la playa, por supuesto. Eso sí, con la marea alta para que cayeran en blando y no le hicieran daño a nadie.

    Un par de transeúntes les reprendieron por su actitud, y el que en aquel instante trataba de batir su mejor marca se encaró. Adoptó la siempre eficaz y retóricamente imparable táctica de responder a todos los reproches, avisos, insultos, suspiros y tosidos con un balbuceante «¿Y qué?». Luego se aburrió.

    Ahí lo teníamos, ante nuestras narices. Eurogallo: Evolución del gallo común («Home va, eso arréglolo yo en un momentín.») que le sitúa en cotas europeas de destrucción («¿Qué me dais si lo rompo con la cabeza?») e ilustración («Faltosu.»).


  4. Removido y agitado

    Lo escribí el Sábado 11 de julio de 2009

    Existe un tipo de artista español, principalmente superviviente de los 80, al que no es difícil de reconocer por su querencia por combinar las zapatillas blancas de entonces con unos vaqueros y con una camiseta de publicidad de compañía telefónica. Este conjunto es imperecedero; podemos encontrarlo cada domingo por la mañana al ir a por el periódico, o al bajar al perro a horas intempestivas. Ahora bien, si se trata de una coctelería un jueves noche, la cosa empieza a desentonar.

    De esta guisa, y dando tumbos, entró uno de esos rockeros de pronunciación extraña (no es Bunbury) y complicada expresión facial (no es Ramoncín) para sentarse, con una señorita, en una mesa adosada a una enorme cristalera con botellas de colección dentro.

    Pidieron un gin-tonic (10 euros) y un mojito (13 euros), que apenas tocaron. Empezaron a jugar a derrumbarse encima de la mesa y, eventualmente, a trastabillarse hasta estar a punto de hacerla volcar y cargarse el muestrario. Mientras, el dueño, vigilaba desde la barra anhelando, imagino, aquellos tiempos en los que por aquí paraban Hemingways y Hepburns. Su hijo, que sin pudor alguno se paseaba ante la pareja mirándoles fijamente, remataba murmurando: «Lo mejor es casarse». Toma ya.


  5. La gran colleja

    Lo escribí el Viernes 10 de julio de 2009

    Aunque esta semana el calor nos está dando una tregua, en Madrid basta con colocarse en cualquier lugar sin aire acondicionado a horas estratégicas (1 de la tarde, por ejemplo) para sentir lo que yo llamo «La gran colleja».

    Se trata de una serie de leves movimientos musculares, una sinfonía de relajamiento facial que desemboca en esa expresión alelada y absorta consistente en mantener la boca ligeramente abierta, los ojos entrecerrados y una cierta dificultad para sostener la cabeza erguida.

    Esta modorra se acentúa preocupantemente en el caso de los administrativos de universidad en bermudas y chancloides (o PAS, un nombre sugerentemente onomatopéyico tratándose de collejas) y ciertos vendedores de puestos de comida para llevar: el otro día pasé 45 minutos explicándole a uno en qué consistía un bocadillo de pollo sin mayonesa (sin éxito).

    Lo llamo «La gran colleja» porque este sutil movimiento de antebrazo, respetuoso con el medio ambiente y bajo en calorías, suele ser el medio más eficaz para despertar al afectado, pero se han dado casos de bofetada directa sin quebrantar el cuelgue.

    El metro es un foco de contagio, aunque quizás también tenga que ver lo que se denomina «Duchas fuera». Pero de eso mejor no hablar.