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Artículos

  1. Fans

    Lo escribí el Jueves 23 de julio de 2009

    Miguel escribe en un foro de fanáticos de Bruce Springsteen bajo el pseudónimo de «razzmatazz». Trabaja como desratizador en Murcia y, cuando tiene oportunidad, agarra el hatillo y se hace una gira por media Europa persiguiéndole, en busca de esa canción deseada o del autógrafo prometido, como el que consiguió en Dublín tras esperar «cuatro horas en la puerta del hotel».

    Uno ya desiste. Hace exactamente un año glosaba las maravillas de haber asistido a 6 conciertos de Springsteen, pero tan sólo 12 meses después (que alguien le dé un Tranquilmazin al Jefe) el plan Valladolid-Benidorm-Sevilla no convence demasiado, y menos aún teniendo en cuenta que, a buen seguro, los viejos rockeros volverán el año que viene con la voz más cascada y más injertos de pelo.

    Lo mismo con U2; el respetable empieza a dormirse de mesianismos e himnos épicos: no somos pocos a los que nos encantan tanto la E-Street como los irlandeses, pero que preferimos quedarnos con un The River bien entonado a tiempo que ver languidecer al ídolo sobre el escenario. Seguro que el señor aquel que denunció a U2 por ruidos acababa de escuchar No line on the horizon

    Pero Miguel, una vez más, se despide azorado: «Llego tarde, la cola, las pulseras…» Y allá que se va, a por los 200 conciertos.


  2. Al rojo vivo

    Lo escribí el Martes 21 de julio de 2009

    Llevo tratando de no dormirme a los cinco kilómetros de carrera desde que comenzó este Tour de Francia, sin éxito. Lo mismo me sucede con los telediarios, capaces de mandar un enviado especial a la Antártida a cubrir una tormenta de nieve con tal de arañar un par de minutos al aburrimiento estival. Y Michael Jackson ha muerto, por si alguien no lo sabía.

    El domingo por la noche, hojeando la edición digital de cierto diario, comprobé que la segunda noticia más visitada (¿Sobre quién versaba la primera? Empieza por Michael) llevaba por titular «El dilema del uso del biquini por la ciudad». En el extenso artículo (unas diez veces esta columna) la preocupación ciudadana que despierta este asunto quedaba patente en una maraña de acusaciones entre ayuntamientos y hosteleros; en un festival de PIB y porcentajes; y, como no podía ser de otra manera, todo ello aderezado con las opiniones de catedráticos en Ciencia Política y Antropología.

    Es frenético: aún no nos ha dado tiempo a digerir la bacanal que la semana pasada mereció la portada de otro rotativo nacional cuando nos llega esta bomba informativa. Menos mal que Obama no ha tenido a bien volver a cazar una mosca, porque explota Internet y se colapsa el país.


  3. ¿Oasis?

    Lo escribí el Domingo 19 de julio de 2009

    Según leo y veo desde varios ángulos (desde un móvil entre el público, en el telediario: bendito Internet) Liam Gallagher y su infame voz de cazallero protagonizaron una de sus conocidas espantadas en mitad de una canción el pasado jueves, en el FIB. No era cualquier canción, era Wonderwall.

    En el conocido como «britpop» todo son bandos: están los de Blur y los de Oasis, los que prefieren a un Gallagher o al otro, los que les aman y los que les odian. Este último club se incrementa cada vez que abren la boca, intentan dar un concierto o, lo que es más frustrante, sacan un disco. Y es que resulta bastante mosqueante encontrarles edulcoradamente melosones acariciándonos los tímpanos con sus baladas primigenias para luego comportarse como punkys pasados de vueltas.

    Puede que hayan logrado sobrevivir a esta actitud a base de tirarse los trastos a la cabeza, que sus conciertos hayan terminado por funcionar gracias a una banda medianamente profesional, puede que incluso tengan algún motivo para no saber sobreponerse a lo que son.

    Pero lo más increíble y paranormal no es nada de esto: son, precisamente, más de 40.000 personas, sin necesidad alguna de un Liam Gallagher, coreando Wonderwall 14 años después, que se dice pronto.


  4. Soldados

    Lo escribí el Viernes 17 de julio de 2009

    Podría ser un chiste: sentados en una bulliciosa terraza matritense, un guardia civil y un miembro de la marina británica departían sobre gastronomía castrense.

    El diálogo transcurría, más o menos, de la siguiente manera: «Nuestras beans son de lo mejor que te puedas echar a la cara», iniciaba uno. «No, si ya, lo de nuestra sopa que se calienta agitándola… Pero de todos modos nuestras salchichas con tomate eran de lo más cotizado en Bosnia eh.» Ponían cara de asco, daban un trago a sus cañas y seguían parloteando sobre calibres y gases lacrimógenos.

    A pocos metros de ellos, empezaban a cundir las miradas de recelo y los sibilinos movimientos de sillas entre el resto de terracistas, a medida que la cosa avanzaba hacia terrenos más pantanosos: masticaban olivas y mordisqueaban patatitas mientras comparaban el marco legal de las porras extensibles en una legislación y en otra.

    Para terminar, una anécdota sobre sprays de pimienta y la despedida: «Se me hace tarde. Si ves en el telediario que pasa algo en Afganistán, mándame un mensaje por el Facebook y te confirmo que sigo bien. Nos vamos de cañas cuando vuelva eh, sin falta.» Como si tal cosa, se saludaron con efusividad y cada uno se fue doblando una esquina. «¡Hasta la próxima!»


  5. Ornitología de terraza

    Lo escribí el Miércoles 15 de julio de 2009

    A media tarde, un hombre impertérrito cruza la plaza con una urraca viva (aunque igualmente seria) sobre el brazo: acaba de darle de beber en una fuente pública y ahora corren a refugiarse a la sombra de un árbol, sentados en un banco de piedra.

    El tipo se dedica a jugar con el ave, le da de comer, la posa en una papelera mientras que recoge algo del suelo («No te escapes eh, pórtate bien») y la otra obedece dócil.

    Pero lo más increíble es que aquí, en pleno centro de Madrid, no deje de pasar gente, que ya sale de sus guaridas y oficinas, sin prestar la más mínima atención al dúo. Será que ya están aburridos de encontrar a gente que tiene una urraca como animal de compañía.

    Por fin, llega la última esperanza: el consabido estudiante de Bellas Artes sacándole fotos a cada baldosa que pisa. Se acerca al hombre y a la urraca, yo cruzo los dedos de la emoción ¾ellos no mudan su semblante por nada: urraca y paisano en una simbiosis única¾ cuando de pronto… Sorpresa, cambia de rumbo en el último segundo y se dirige a la papelera en la que hace unos minutos reposaba el ave. Le saca una foto al mamotreto gris y solitario y, encantado por la instantánea, prosigue su camino como si nada hubiera ocurrido.