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	<title>¡Bah! &#187; Artículos</title>
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	<description>El irreductible blog diario</description>
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		<title>And last, but not least&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Jun 2011 08:19:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[Bruce Springsteen]]></category>
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		<category><![CDATA[Rock'n'roll]]></category>

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		<description><![CDATA[Adiós a un saxofonista que era más que leyenda, músico.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Springsteen siempre presentaba igual al Big Man: «And last, but not least&#8230; ¡Clarence Clemons!» («Y por último, aunque no menos importante&#8230; ¡Clarence Clemons!»). Y los estadios se caían. En el caso de Bruce Springsteen y de su E Street Band, a la capacidad natural que tuvieron para reconfigurar una banda de rock convencional hay que añadir que en el momento en el que se les vive en directo, dan ganas de tirar todos los discos a la basura y no escuchar más que conciertos.</p>
<p>Porque por mucha manía que se le tenga al saxo como instrumento, Clarence Clemons supo atacarlo con cordura y mucha elegancia y, además, integrarlo en el proyecto de Springsteen y de su E Street Band. Ese fue su primer triunfo.</p>
<p>Clemons no es solo, entonces, momentos fulgurantes, sino  algo tan sorprendente como la introducción de este <em>The River</em> del <em>Reunion Tour</em> (1999) en el Madison Square Garden:</p>
<p><object width="480" height="390"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/J1wrWbN3fnA?version=3&amp;hl=es_ES" /><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="390" src="http://www.youtube.com/v/J1wrWbN3fnA?version=3&amp;hl=es_ES" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>En este vídeo aparece el otro e-streeter que ya no está entre nosotros, Danny Federici. Federici falleció en 2008, y le sustituyó Charles Giordano, el teclista de la formación folk que Springsteen se sacó de la manga en 2006, la <em>Seeger Sessions Band.</em></p>
<p>Por eso las muertes o sustituciones en una banda como esta, que es una piña, son muy complicadas para los fans y escuchantes en general: llega un momento en el que la emoción sobrepasa la música, en el que la mera presencia de, por ejemplo, un Clemons agarrotado y al que sacaban del escenario en silla de ruedas enchufado a una bombona de oxígeno era más importante que lo que fuera capaz de demostrar con su saxo de oro.</p>
<p>Será difícil olvidar aquel concierto de verano de 2008 en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, en el <em>Magic Tour</em>, cuando Clemons logró sobrevivir a <em>Radio Nowhere</em> (había entrado en su solo como un elefante en una cacharrería) y se atrevió con <em>Jungleland</em>.</p>
<p>Cuando sonaron los primeros acordes de esa canción quienes allí estábamos nos miramos sorprendidos: su solo en ese tema es uno de los momentos por los que mejor se le conoce y entraña, además, una dificultad técnica considerable. «No va a ser capaz», pensé entonces. Empezó con cautela, la banda le arropaba, atenta, echándole el tempo hacia atrás para que pudiera amarrar cada nota con prudencia. De pronto, uno ve aparecer de alguna forma al músico, a lo que le ha conferido esos poderes: uno sabe, de golpe, que por encima de la leyenda que él se sabe para mucha gente y por debajo del poder que destila quedándose aparcado en un taburete sobre el escenario, hay un musicazo. Había un musicazo. Y sí, pudo con el solo.</p>
<p><object width="480" height="390"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/0f9TLOQLv-M?version=3&amp;hl=es_ES" /><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="390" src="http://www.youtube.com/v/0f9TLOQLv-M?version=3&amp;hl=es_ES" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Electrificados</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Jun 2011 08:14:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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		<category><![CDATA[Libro electrónico]]></category>
		<category><![CDATA[Suplemento Culturas]]></category>

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		<description><![CDATA[Está bien lo de prepararse para el advenimiento. Pero ¿dónde nos va a pillar cuando llegue?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace seis días que terminó la 70 edición de la Feria del Libro de Madrid. Fernando Valverde, su director adjunto, se lamentó el domingo de un descenso del 4% en las ventas en las casetas, pero no llegó a quejarse (demasiado). ¿Por qué? Porque ese descenso supone que la cifra se sitúa en 7,95 millones de euros. No está mal para 17 días acampados en el Retiro: es una media de más de 467.000 euros al día, esté como esté repartido el pastel, además de la publicidad gratuita.</p>
<p>Justo antes de que empezara la Feria, un periodista preguntó a su presidenta, Pilar Gallego, qué papel iba a desempeñar el libro electrónico en esta edición, y ella vino a decir que el libro electrónico es un aparato que, como tal, se vende en otro tipo de establecimientos y que, además, las obras en ese formato se descargan de Internet. Así, no hace falta ir a ninguna Feria para hacerse con ellos. Aplastante. El plato fuerte de la cita, había explicado minutos antes, era la posibilidad de conocer a los autores preferidos y que le dedicaran a uno su libro. Y uno se pregunta: ¿Cómo se firma un e-book?</p>
<p>Al final, va a ser que el peligro digital no acecha desde tan cerca como lamentan algunos, si la Feria del Libro, fiesta del papel, factura ese dineral sin prestar demasiada atención a ese presunto peligro, si se permite cerrar de 2 de la tarde a 6 para ir a comer (el sol aprieta en Madrid, qué quieren). Pero aunque las orejas del lobo asomen desde lejos, asoman. Y ¿dónde nos va a pillar cuando llegue?</p>
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		<title>¿Botellón?</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2011 08:41:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Botellón]]></category>
		<category><![CDATA[El Comercio]]></category>
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		<category><![CDATA[Fútbol]]></category>
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		<description><![CDATA[Es miércoles. Se está jugando la final de la Copa del Rey entre silbidos y el himno a un volumen «en el umbral del dolor», según dicen. En una marisquería no muy lejos de la playa, algunos se hinchan con buenos productos del mar y con selectos vinos blancos. Fuera, pasan dos jóvenes sospechosamente emperifolladas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es miércoles. Se está jugando la final de la Copa del Rey entre silbidos y el himno a un volumen «en el umbral del dolor», según dicen.</p>
<p>En una marisquería no muy lejos de la playa, algunos se hinchan con buenos productos del mar y con selectos vinos blancos. Fuera, pasan dos jóvenes sospechosamente emperifolladas –mañana es jueves santo y, por tanto, fiesta–: «Tía, ¿sabes que hay una movida que la copa cuesta 150.000 euros?» «¡Calla, ho!», contesta exageradamente su acompañante.</p>
<p>A simple vista, cualquier chigrero que haya vuelto a la calle, a fumar para aliviar los nervios de tan cardíaco encuentro, diría que esas dos chicas son víctimas de su tiempo, frutos de una educación que reformar y de un sistema que se derrumba.</p>
<p>Un par de horas antes de que comenzara el segundo de los partidos de la tetralogía llamada a parar el país, un candidato a la alcaldía de su ciudad estaba comprometido, en las redes sociales, con su mensaje político y su consabido discurso electoral.</p>
<p>Sin embargo, ahora, al filo del fin de la primera parte, con el gol (que no es gol) de Pepe, con medio país saltando del butacón y el otro medio tratando de aislarse del deporte rey, nuestro candidato retransmite un escueto pero significativo «Qué mal Arbeloa&#8230;» Ahora estamos a lo que estamos.</p>
<p>Hay quien se abstrae, en esta noche de abril, con un cine y una buena cena (la minoría) y hay quien se abstrae con un buen Madrid-Barça (la mayoría), con lo que ello conlleva. Hay quien se abstrae, en primavera en general, con un terraceo. Hay quien no deja de ser cabal. Y hay quien, imitando a sus mayores o tratando de cabrearles, se apalanca en el parque de turno para circunvalar los derechos que le otorga su edad y ponerse tibio. Pues bueno.</p>
<p>Podríamos examinarlo todo (empezando por los botellones, siguiendo por los patadones de Messi al respetable) a la luz del café meditado del sábado por la mañana, al calor analítico y somnoliento de los lunes. Pero de momento, mañana es fiesta, y el marcador está a ceros.</p>
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		<title>Madrileño y en 3D</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Mar 2011 13:34:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[Torrente]]></category>

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		<description><![CDATA[A veces nos cuesta identificar eso, qué nos identifica.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p>Es el primer martes por la tarde de la primavera en Madrid. Los oficinistas vuelven a casa paseando por la calle Luchana. Pero allí, en el cine que hace esquina, una cola que alcanza la puerta de la discoteca contigua se aprieta para sacar su entrada. No es que vayan a ver Torrente 4: no son jóvenes, ni fans atraídos por uno de los horterísimas preestrenos de la Gran Vía. Son señores y señoras ataviados con sus mejores galas que esperan pacientemente para aprovecharse del precio especial de un euro que hoy se les ofrece.</p>
<p>Porque este Madrid, Madrid, Madrid del chotis no es necesariamente elegante, pero sigue teniendo encanto. Es, incluso, un pelín cutre cuando se lo propone. Eso sí, cuida el estómago y el bolsillo a partes iguales, y alimenta una de las pocas cosas por las que algunos no nos quejamos en absoluto de vivir en la capital del reino.</p>
<p>Como aquellos mayores, procuro ir a cines de barrio cuando toca. Sigo prefiriendo las butacas desvencijadas y el estampado gastado de las paredes de esta sala al mega emporio de enfrente (los horrores de Las Rozas, a la vuelta de la esquina). Claro que la última vez que me acerqué a uno de estos cines, lo que topé fue a una taquillera borde negándome el descuento por llevar el carnet joven y a 4 personas ociosas desperdigadas por el patio de butacas. Igual que el pescadero sospechosamente sonriente y pesetero que suele intentar colarme estas doradas, «fresquísimas».</p>
<p>Los viernes en el Camacho no cabe un alma, porque los camareros gruñirán con entusiasmo, pero nadie se resiste a la llamada de esos vermús alquímicos a euro y poco. En el Palentino corretean sin cesar los sábados, pero es que ¿quién puede hacer caso omiso a esos grasientos pepitos de ternera?</p>
<p>Ahí lo tenemos: ¿por qué llena nuestro policía más insigne las salas del país? ¿Es lo que es, o es el 3D?</p>
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		<title>La cocina de los Oscar</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Mar 2011 12:08:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
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		<category><![CDATA[Traducciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Interpretando la 83 edición de los Oscar.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estamos en Los Ángeles. Esta noche se entregan los Oscar,  los premios -quizás- más importantes de la «industria del cine». Bueno,  más bien, estamos en una cocina de una de las plantas altas del Círculo  de Bellas Artes de Madrid mirando fijamente a una pantalla y esperando a  que un presentador o premiado tome la palabra.</p>
<p>Dos voces masculinas y dos voces femeninas llevamos  cuatro horas, cuando se acercan las 2 y media de la madrugada en España,  con el ceño fruncido sobre el guión de casi 200 páginas que rigió, con  paso marcial, la ceremonia de entrega de los premios de la Academia.</p>
<p>Los técnicos corretean entre el plató de televisión y el  de radio que nos rodean, van dando buena cuenta del catering entre  carrera y carrera y nosotros, entre tanto, vamos repartiéndonos los  papeles: «Bueno, yo creo que seré James Franco», afirma Fernando.  «Oprah. Sí, soy yo, que tú eres Anne Hathaway», dice Christine a  Christina. Por supuesto, el guión no revela todos los misterios («Pero  ¿quién es TBR?»): nadie sabe por dónde van a salir los premiados, nadie  puede esperarse la metralleta de nombres en la que se convierte Andrew  Sorkin al recoger el Oscar al mejor Guión Adaptado; tampoco que Bob Hope  pueda ponerse a charlar, desde el más allá, con Jude Law y Robert  Downey Jr.</p>
<p>Así van pasando las horas hasta que cae el telón: son  casi las seis de la mañana en un Madrid de lunes que empieza a  desperezarse y entre tragos de café hemos ido tratando de poner voz, con  el mayor tino posible, a todo el firmamento de Hollywood. Han caído los  premios más técnicos, en los que una voz en &#8216;off&#8217; felicitaba a los  técnicos reconocidos por haber «desarrollado tanto ese sistema de  cabrestantes»: ojipláticos, nos giramos entonces hacia Christina y le  aplaudimos en silencio para que las palmadas no se colaran por el  micrófono. En una noche recurrente pero inolvidable, hemos sido, por un  rato y en la sombra, desde Kathryn Bigelow hasta Geoffrey Rush, desde  Steven Spielberg hasta Sandra Bullock, desde Gwyneth Paltrow hasta Randy  Newman. Y todo&#8230; desde la cocina.</p>
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		<title>¿Quién es el loco?</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Feb 2011 12:03:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas y opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[Umberto Eco]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando un autor deja de ser un genio por lo que piensa; igual que empieza a vender como una bestia por lo que opina. No, no tiene sentido.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El dinero está para gastarlo. Y más, aún, cuando uno puede meterse en una librería y dejarse los cuartos en algo que quizás guste o quizás no, pero que quedará precioso en la estantería del salón por el simple volumen de su lomo.</p>
<p>El otro día, entre los vastos dominios de una vendelibros de las grandes, recordé la repentina decisión francesa de exiliar a Ferdinand de Céline de su patrimonio y, curioso, rebusqué en el rincón internacional alguna de sus obras para legitimar el no siempre fácil paso por caja.</p>
<p>Céline, de cuya muerte se cumplen 50 años el próximo 1 de julio, era nazi. Es un hecho, pertenecía a un equipo de pensadores o de escritores o de indeseables que nadie querrá recordar jamás, estuviera hoy del lado de los combativos pueblos árabes o del inefable Israel (¡menudo dilema!).</p>
<p>Y Céline también es un autor cuya lectura, en cuatro años de licenciatura profusamente bañados en la francofonía, solo han hablado profesores a los que recorría cierto sentimiento de transgresión por el simple hecho de pronunciar su nombre.</p>
<p>¿Por qué justamente él, padre de algunos de los renglones mejor escritos del siglo XX, merecerá quedar olvidado el próximo 1 de julio? ¿Por qué una de las firmas esenciales para entender un siglo que ya empieza a oler a caduco, a histórico, merece semejante paliza intelectual?</p>
<p>Pregunté a una de las dependientas dónde caía Céline, entonces, y solo acertó a decirme que no había nada en su lengua original y que sería necesario pedirlo, con un condicional así de grande («Habría que…»), como para disuadirme de que se lo encargara.</p>
<p>Había despertado el repentino recuerdo del de Courbevoie una charla, horas antes, sobre la alucinante crítica que ha padecido Umberto Eco con ‘El cementerio de Praga’, su última novela, por la mera construcción de personajes de calaña moral y socialmente reprobable.</p>
<p>En definitiva: Céline inexistente, nazi y despojado del francesismo que tan bien le sentaba; Eco, segundo en la lista de ventas. Ambos, pensando, creando y contando. Lo primero, a su manera; lo segundo, inapelablemente bien; lo tercero, magistralmente. Y ¿quién de los dos dicen que es el loco?</p>
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		<title>Lo que viene</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Jan 2011 13:04:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy, en Culturas, recomiendo un par de novedades a punto de caramelo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay autores que dedican toda una vida a un objetivo. De esos que son capaces de levantarse a diario a labrarse un Nobel; o de los que guardan, pegada en la nevera, una lista de todos los premios literarios que conceden las cajas rurales constantemente por ese relato ya escrito, por esa novela manida. Y hay autores como Johnathan Franzen, que se dedica a dar con su novela perfecta. Saltó a la fama a principios de la década (ya) pasada con <em>The Corrections</em>, con un estilo tan expansivo como adictivo. Un género tan propiamente estadounidense como personal, unos libros que andan a medio camino de la ficción y del ensayo contemporáneo. En septiembre del año pasado, tiró la casa por la ventana con <em>Freedom,</em> mismo estilo, mismo género, pero no más de lo mismo. Un novelón de los que podrían tener más de un siglo y que alguien de la editorial Salamandra aún se debe de estar deslomando para traducir, pero que llegará en 2011 a España.</p>
<p>Otra buena noticia: el solemne, canadiense, barbudo y entrañablemente erudito Robertson Davies regresa de la tumba (21 años hace ya que nos dejó), una vez más, de la mano de Libros del Asteroide. «Monté la editorial porque un día me di cuenta de que no leía nada que tuviera menos de 10 años», contaba el editor en una ocasión. Y así fue: dos de las trilogías de este genio olvidado ya han aterrizado impecablemente publicadas. Pronto, muy pronto, llegará la primera parte de otra más, la de una compañía de teatro que se enfrentará, en esta entrega, al montaje de <em>The Tempest</em>, de Shakespeare.</p>
<p>No será difícil perderse en la ensalada editorial del año que entra, pero así, de mano, estos dos bocados vale la pena buscarlos.</p>
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		<title>Fin de año, etc. (ocho) Sin comerlo ni beberlo</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 16:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un poco menos, y empiezan las cenas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay dos maneras de tomarse el fin de año: a la ligera o a la tremenda. Inevitablemente, es el momento en el que la mayoría se detiene y mira hacia atrás, hacia delante, hacia un lado y hacia el otro; salda cuentas y elabora planes.</p>
<p>Empezamos a tomar conciencia al descubrirnos con la familia, vistiendo el consabido jersey de lana, en Nochebuena. Dejamos pasar los días y de pronto es Nochevieja. Hay quien se queda en casa, hay a quien le toca trabajar, quien tiene calor y quien tiene frío: situémonos en el salón elegante y añejo, con todo el mundo haciendo equilibrismos para aguantar las doce uvas, en una reunión que congrega a todos los personajes que han pasado por nuestro 2010.</p>
<p>Uno hace balance bajo los techos altos y las lámparas, en el mismo decorado del año anterior. Cuando se quiere dar cuenta, el cuenco con las uvas se ha vaciado y está brindando con quien tiene alrededor. Todo el mundo parece festivo, pero todo el mundo está, también, empezando a hacerse a la idea de que el calendario ya ha completado otra vuelta completa.</p>
<p>Examina errores, aciertos y acontecimientos del año que acaba para predecir qué depara el entrante. Así hasta que amanece otro primero de enero y la luz de la mañana empieza a colarse por los enormes ventanales; en el suelo solo quedan confeti, serpentinas y colillas pisoteadas. Vuelve a casa y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra ante un año más que estrujar, explotar y disfrutar. Feliz 2011.</p>
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		<title>Lo bueno y lo malo</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 09:52:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[El Comercio]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Tabaco]]></category>

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		<description><![CDATA[Una ley que juzga.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La ciencia médica es tajantemente clara al respecto del  peligro del tabaco. Lo que ocurre es que a pesar de que la ciencia  médica se tome tres raciones de verdura al día, haga media hora de  ejercicio, duerma ocho horas y modere el consumo de alcohol, el hecho es  que el común de los mortales disfruta remoloneando en la cama media  horita más, adora brindarse un homenaje (por estas fechas, más) y en  general pretende equilibrar lo que es físicamente sano con lo que es  mentalmente sano. O lo que es médicamente inapelable con lo que es  económicamente jugoso.</p>
<p>Consultando el avance de la liquidación de los  Presupuestos Generales de 2010, observamos que el Estado ha recibido de  las llamadas labores del tabaco, y solo del tabaco (sin alcohol), 4.289  millones de euros. Agárrense, que hay más: la previsión de gasto por  programas para 2011 del Ministerio de Sanidad es de 2.693 millones de  euros, esto es, un 62% de lo ingresado por las labores del tabaco, y  solo del tabaco. Con los 1.596 millones de euros restantes podrían  cubrirse las previsiones de gasto del Ministerio de Cultura para todo  2011, y todavía sobrarían 360 milloncejos para, no sé, regalar 50  billetes de Metro a cada habitante de Madrid y frenar el cambio  climático, que también es muy malo.</p>
<p>He aquí el imponderable de marras: la nivelación entre lo  que nos garantiza vivir 100 años y lo que nos garantiza vivirlos a  gusto. Hay quien disfruta yendo a pescar (eso es bueno); hay quien  disfruta fumando (eso es malo); hay quien disfruta corriendo 15  kilómetros en su día libre (eso es bueno); hay quien disfruta  comiéndose, mientras, cuatro grasientas hamburguesas (eso es malo).</p>
<p>Conste que todo es malo o bueno, que no hay términos  medios: el humo en la ropa molesta, los ambientes cargados, también. Y  todos agradeceremos respirar mejor y saborear vinos y manjares. Eso sí,  no debemos olvidar que lo que estamos examinando aquí no es la densidad  del humo de un cigarrillo. No, esa es otra guerra y no debemos  confundirnos: lo que estamos midiendo es la potestad de nuestro  Estado-padre para decidir sobre qué nos conviene y qué no (mientras que  nos vende cajetillas a puñados).</p>
<p>Dejando de lado aficiones poco positivas (robar bancos o  importar ojivas nucleares), lo que no termino de comprender es qué clase  de autoridad moral tiene el Estado sobre todos nosotros, sobre el  devenir de la sociedad civil. Probablemente, ninguna. Evidentemente,  toda.</p>
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		<title>¡Que no controles!</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Dec 2010 13:29:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Noticias sin noticia.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que cualquiera que haya visto una película de acción en condiciones habrá fantaseado, aunque sea al irse a la cama, con la posibilidad de que ocurra una calamidad de la magnitud necesaria para que un Sylvester Stallone entre en escena.</p>
<p>Lo de los controladores no ha sido para menos, y lo más emocionante y atinado que ha engendrado el asunto hasta el momento ha sido el ministro de Fomento cometiendo el esplendoroso desliz de disculparse por los «prejuicios» causados a los viajeros que se quedaron en tierra. Efectivamente, prejuicios nacieron: desde el viernes pasado no nos gustan ni los controladores, ni los ministros, ni los presidentes.</p>
<p>Pues ahí estaba medio país, más pendiente de que el Osasuna-Barça se disputara con normalidad por culpa del estado de alarma que de la que se estaba liando.</p>
<p>No desesperemos: siempre nos quedará Wikileaks. 250.000 documentos contando, esencialmente, lo que todos sospechábamos. Tratando de mantener el interés (no olvidemos que a este ritmo de publicación nos van a dar las uvas, literalmente) el fin de semana pasado vio la luz una entrevista con Julian Assange íntegra y trepidante, por chat, con emoticonos y todo. No es broma: P: «Hola, ¿aún sigue ahí?» R: &#8230; P: «¿Se acabó?» R: «Lo siento, Internet se desconectó momentáneamente». Esto es.</p>
<p>Probablemente los controladores, la huelga general, Wikileaks, la visita del Papa, el caso Gürtel, la Pantoja, la muerte de Berlanga, que hayamos ganado el Mundial y todas esas cosas tan interesantes que nos han ido ocurriendo a lo largo de este año que se nos acaba hayan marcado la Historia. Sí, seguro. Dentro de dos generaciones. Y&#8230; ¿hoy qué? Hoy juega el Getafe, me han dicho.</p>
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		<title>Sobre el Goncourt</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Nov 2010 12:44:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Michel Houellebecq]]></category>
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		<description><![CDATA[Un par de palabras sobre el señor Houellebecq.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sólo podía ser él. El único hombre que se las apaña para salir en la portada de todas sus novelas fumando, tenía que ganar el premio Goncourt. Pero ¿qué ha hecho Michel Houellebecq por las letras? Varias cosas. Lo que aún nos preguntamos es si son buenas.</p>
<p>Me acerqué a él por primera vez con <em>Les particules élémentaires</em>, un libro desasosegante, raro, y bastante explícito, no nos engañemos, cuya portada le tenía –claro– a él como protagonista, con una bolsa de plástico y blandiendo un cigarrillo. No sé, en una primera lectura podría llegar a parecer que nos encontrábamos ante una especie de Medem (uf) o de Bigas Luna (uf, uf) literario (uf, uf, uf) francés (recontra uf).</p>
<p>Pero con el tiempo, abandonando un interés casi marrano por la reproducción; dejando de lado su amistad con Fernando Arrabal y la consiguiente tendencia hacia el mileniarismo chusco; obviando que se trate de uno de esos autores que despiertan frases en Wikipedia del tipo «el ‘fenómeno Houellebecq’, que provocó numerosos y apasionados debates»; e incluso olvidando el barniz científico que da un presunto giro inusitado a todas sus tramas, empecé a sentir, como tantos otros, que efectivamente se trata de uno de los mejores escritores que ha dado la madre Francia.</p>
<p>Le perdí levemente la pista cuando empezó a ser más importante su faceta de carnaza mediática que de escritor (algo) preocupado por lo que producía; cuando empezó a ser, en fin, objeto de sesudos seminarios de estudio (!). Cuando lo que había entre sus fotos fumando y la contra de sus libros, dejó de importar.</p>
<p>Ahora, que ha salido su nuevo libro, lo único de lo que se ha hablado ha sido de supuestos plagios de Wikipedia, para ese barniz científico que tan poco me interesó en su día. Eso sí, ahora, Houellebecq tiene un Goncourt. Y un lector menos, creo.</p>
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		<title>Jurado popular</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Nov 2010 17:05:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Festival Internacional de Cine de Gijón]]></category>
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		<description><![CDATA[El Festival de Cine de Gijón se acerca.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me ha crecido un flequillo que tengo que cortarme. Aún no he sucumbido a las gafas (no me hacen falta, por suerte); ni se me han ceñido los pantalones tanto a las piernas. Sí tengo una rebeca (por si refresca, ya se sabe) en el fondo de armario, pero me falta una pashmina con la que dar empaque a mis palabras en las tertulias. Pero ese día puede llegar de un momento a otro.</p>
<p>En el Café Dam las espirales de humo y conversaciones en torno a lo más granado del Festival se multiplican por estas fechas, y en casi cualquier rincón de la ciudad pueden divisarse encendidas conversaciones. Conversaciones que pueden no ser tales, ojo, sino deliberaciones del jurado joven del festival, compuesto, en general, por perfiles como el arriba descrito. Esto es, el 92% de la población cimavillense, en algún momento de su vida.</p>
<p>Será difícil tener a Julia Roberts correteando por la alfombra roja, aunque Joaquin Phoenix esté en las pantallas de la Laboral; eso sí, ese mismo espíritu que llevará al gijonés joven a plantarse, dentro de cinco décadas, a pie de obra para comentar la calidad del mortero, encontrará una buena formación en este primer acercamiento.</p>
<p>Sin duda, lo mejor del Festival: como si Perry Mason se pasara por La Plaza; como si Jessica Fletcher se dejara caer por el Sonotone: durante unos días, cualquier cineasta puede caer fulminado en el rincón más insospechado y, cuando se abra el plano, descubriremos que una imagen desconocida y juvenil está detrás del veredicto. No hay como esta cita para recordar que, por suerte, este festival sigue siendo como Hacienda: somos todos.</p>
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		<title>El mejor canal</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Oct 2010 13:11:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En serio, lo tengo puesto a todas horas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.</p>
<p>Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.</p>
<p>Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.</p>
<p>El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?</p>
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		<title>El canon ¿qué más da?</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Oct 2010 12:06:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Derechos de autor]]></category>
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		<description><![CDATA[Realmente, dudo que nada importe.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid nos  dijo el año pasado, en una charla, que el Derecho y la Medicina eran las  dos «únicas ciencias abocadas al fracaso de antemano». La suya, en  concreto, porque se ocupa de la dificilísima tarea de vertebrar y  organizar una sociedad.</p>
<p>Así, los derechos de autor han encontrado, en esta  disciplina, un campo de batalla fértil para la pelea y farragoso para  dar con una solución razonable; un debate que al ciudadano medio le  cuesta entender, y no digamos ya juzgar.</p>
<p>De lo legal se ha saltado a lo político; de lo político, a  lo popular; y de lo popular, a lo faltoso. Con ese cóctel, ha terminado  por ocurrir lo único posible: que los derechos de autor se hayan  convertido en un tema tan vidrioso que es mejor no acercarse.</p>
<p>Esto ya no se trata de compensar a los autores (que  pregunten a los artistas nacionales que a día de hoy copan las listas de  éxitos cuánto dinero perciben al año), ni de echarle la culpa al  intercambio de archivos de la caída en el número de ventas, no. Se trata  de un cómodo tema, acotado y paulatinamente vaciado de contenido, que  se está instalando entre el tabaco y la obesidad en la siempre necesaria  lista de asuntos de sociedad sobre los que debatir con el menor  fundamento posible.</p>
<p>El Tribunal de Justicia de la UE acaba de prohibir cobrar  el canon digital a personas jurídicas, pero no a físicas. ¿Quién gana,  quién pierde? Una pequeña victoria para algunos, y una inyección de  polémica para otros. Poco importa, mientras que sigamos enzarzados en  una pelea que tiene que ver con todo menos con los discos y libros que  se gestan afortunadamente lejos de tribunales y polémicas, y que mañana,  sin duda, querremos disfrutar.</p>
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		<title>De Sorel a Pijoaparte</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Oct 2010 10:05:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Juan Marsé]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Seguimos logrando conmovernos?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ese libro sólo podía haber sido así», me dijo un profesor sobre <em>Últimas tardes con Teresa</em>. Y tiene toda la razón del mundo: el Pijoaparte es un chulito arrabalero que empieza por caernos bien hasta que, al final, se acaba quitando su propia careta para quedarse en el Manolo Reyes que nunca debió dejar de ser: un chico inocente, tontamente enamorado de una rubia no menos prendada de los trajes baratos y las maneras de barriada.</p>
<p>Pero que el Pijoaparte acabe por dejar de ser quien es, o al menos en parte, no es nada comparado con lo que el bueno de Julien Sorel, en <em>Rojo y negro</em>, era capaz de hacer en circunstancias similares (y eso que el segundo era unos añitos más joven que el primero). Los personajes de Stendhal no se andan con chiquitas: mientras que Pijoaparte se pasa un puñado de líneas poniéndose tonto porque ha visto, fugazmente, un hombro en la playa, Sorel pasa del aserradero a la docencia, de la docencia a los líos de faldas, de los líos de faldas a la cárcel y –¡como tiene que ser!– luego el que no muere, llora amargamente.</p>
<p>No, no se andaban con chiquitas, aquellos decimonónicos: las macarradas de nuestro mejor cine quinqui se quedan en pañales al lado de aquel orondo personaje de las <em>Crónicas italianas</em>, del propio Stendhal, a cuya llaga de la pierna tenían que alimentar directamente con filetes para que dejara al amo en paz.</p>
<p>El Pijoaparte no deja de resultar entrañable por sus torpes esfuerzos por aprender, por salir de eso que llaman un «drama social»; Sorel no deja de resultar entrañable por lo bruto que es bajo esa apariencia dócil e inocente: después de todo&#8230; ¿Quién logra, hoy, conmovernos como ellos?</p>
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		<title>La paz del titular</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Oct 2010 09:27:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Bret Easton Ellis]]></category>
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		<description><![CDATA[¿Y lo bien que viviríamos?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ahora que la actualidad ya ha recuperado sus revoluciones normales, conviene retomar la arriesgada actividad de desayunar titulares con café. La mayoría hacen temer una hecatombe nacional inminente, y el resto adoban con su inverosimilitud nuestras grises vidas.</p>
<p>Pero bajo la densa capa de periodismo «serio», el de juicios masivos, huelgas generales y crisis de diversa condición, se esconde la inexplicable paz con la que viven algunos de nuestros vecinos del otro lado del charco: Bret Easton Ellis, con su última novela recién publicada y en el ojo del huracán literario por su genio y polémico jugueteo mediático, aparecía hace dos semanas en el suplemento cultural de ‘ABC’ en bata y zapatillas, sentado ante la pantalla del ordenador confesando, tan campante, que se había tirado toda ‘Toy Story 3’ llorando.</p>
<p>O más inquietante aún, David Remnick, director de ‘The New Yorker’, entrevistado por Iker Seisdedos el sábado pasado, contaba en mitad del silencio bibliotecario de su redacción cómo en el último año y medio ha completado una biografía de Obama de 700 páginas mientras que dirigía el semanario.</p>
<p>Uno sigue preguntándose cómo hace esta gente para encontrar la paz suficiente para conciliar los bamboleos y bombardeos de la actualidad con su actividad literaria y, lo que es más, ser capaces de sonreír. Algo debemos de estar haciendo mal por estos lares cuando cuatro míseros titulares nos quitan el sueño durante días, o cuando dos estadísticas de nada nos roban la calma sin pretenderlo. Obama adelgaza kilos a puñados, pero a ver quién es el guapo que le arrebata la sonrisa de la cara; un libro sobre la Moncloa en pantuflas y de pronto (¡blam!) nacen portadas sobre pagos del GAL de hace 14 años. ¿Y lo que nos convendría vivir en paz?</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Imágenes cargadas de fuerza</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Sep 2010 13:32:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Alejandro Céspedes]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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		<description><![CDATA[No soy muy dado a la poesía, pero este es un gran libro.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wp-content/uploads/PORTADA+FLORES+EN+LA+CUNETA.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-1313" title="cespedes" src="http://www.alejandrocarantonna.es/wp-content/uploads/PORTADA+FLORES+EN+LA+CUNETA-206x300.jpg" alt="" width="206" height="300" /></a></p>
<p><em>Flores en la cuneta</em></p>
<p>Alejandro Céspedes</p>
<p>Madrid: Poesía Hiperión, 2009</p>
<p>«Pero hay tres cosas que cada vez que me las encuentro en mi camino siguen produciéndome una inmensa desolación: cadáveres de animales, zapatos desperdigados y ramos de flores». Así presenta Alejandro Céspedes las ideas –o mejor, las imágenes– en torno a las cuales construye este ‘Flores en la cuneta’. No se trata de un libro cargado de una moralidad de anuncio de la DGT, de un mensaje cifrado. No, se trata de una poesía rítmica y sólida, erguida sobre esos tres fotogramas de la introducción vestidos con el dramatismo que inevitablemente conlleva un accidente de tráfico. Ese dramatismo se convierte en un instrumento literario más en cuanto el autor lo exacerba, lo subraya y lo retuerce; se acerca más a aquellos autores estadounidenses herederos de la lágrima decimonónica, del héroe stendhaliano que rompe a llorar con la simple visión de la enamorada en brazos ajenos: «Aún no saben que a partir de la siguiente curva, y para siempre, van a llevar colgados de su corazón los ojos de una perra».</p>
<p>De esta forma, Alejandro Céspedes elabora su volumen, que le valió el XXV Premio Jaén de Poesía, utilizando como lienzo –aparentemente– una mirada desapasionada y fría sobre el drama de la carretera, para que sea el lector quien dibuje, sobre él, su propio mapa del horror. Pero es un efecto, una ilusión: una segunda lectura más detenida revela que no hemos dado un solo paso que no fuera buscado, que hay truco tras cada emoción removida. Lo sirve, además, con la contención necesaria para no caer en el efectismo, con recursos gráficos –letras que se derrumban o se estiran por toda la página– que terminan de configurar el texto, hilvanado por eslóganes de anuncios de coches.</p>
<p>El trabajo sobre la imagen pura y dura –especialmente, la dura– esconde uno de los pocos peligros a los que ha de hacer frente Céspedes en este libro: en algunos de los poemas, la propia fuerza de una instantánea de muerte o de hermosura, el ámbito en el que el autor se siente más cómodo, arrebata cierto protagonismo al desarrollo argumental, haciendo que el espectador se desvíe del supuesto camino trazado. Esta sensación, no obstante, deja de molestar en una de las últimas piezas del libro cuando este confiesa a voz en grito su condición de galería fotográfica: un poema estático, que se sirve únicamente de la palabra «ahora» para mantenerse anclado en un solo momento. Es más, en uno de estos arrebatos camuflados reside ese pasaje que impacta, marca y al mismo tiempo resume toda una obra: «Quieres seguir creyendo que eres dueño del cauce de este día porque aprietas a fondo y/ aceleras/ y todo ocurre al ritmo de la música que sólo tú decides».</p>
<p>‘Flores en la cuneta’ es uno de esos poemarios agradecidos con el lector que sólo pretende sentarse a disfrutar de un viaje de apenas media hora, que prefiere prescindir de rastrear las raíces grecolatinas de cada milímetro de papel; también lo es con el que quiera, lápiz en mano, descubrir las sutilezas literarias y referenciales que oculta. Un arte humilde, el de vender inmediatez enmascarando el trabajo interior; el de regalar una lectura agradable en una tarde, en un café, antes que abanicar el propio ingenio y erudición mediante un tostón de proporciones catastróficas.</p>
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		<title>Escolarización</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Sep 2010 14:26:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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		<description><![CDATA[20 años de tuvida entregados a... aprender.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco más de una semana Clara, con sus tres años, empezó al colegio por primera vez. Engalanada con el uniforme nuevo, nerviosa desde días antes por los compañeros, por lo que aprendería y por cómo sería ir al «cole de mayores», como dice ella.</p>
<p>Pocas horas después de que ella atravesara ilusionada las puertas de su entusiasmante licenciatura en plastilina aplicada al entretenimiento, yo tuve a bien ir a recoger el título de bachillerato al instituto, con unos años de retraso. En el gris edificio del centro de Madrid no queda uno solo de los profesores que nos acribillaron, por aquel entonces, a fórmulas químicas y nociones de filosofía para mentes boquiabiertas. Aquel bull-dog castellano capaz de bregar con cabestros en ebullición mientras que sonreía al que se sabía la tabla periódica se había jubilado. En su lugar, una docente de lo más urbanita trata de que un padre no estrangule a su hijo después de que este le vendiera la moto de que apuntaba a un nueve en los exámenes de septiembre que acabó por diluirse en un cuatro con poco; una madre llora desconsolada por nosequé suspenso de su retoño que parece condenarle a un limbo académico-administrativo de lo más apetecible. Hijos, sobrinos y nietos de la LOGSE.</p>
<p>La siguiente parada es la Facultad, en la que he de pescar mi flamante título de licenciado. Una fotocopia por aquí, una compulsa por allá y en una brillante mañana de septiembre logro, por fin, que Juan Carlos I explique al mundo en un papelito qué he estado haciendo los últimos cuatro años, previo pago de 150 euros.</p>
<p>Y la cosa no acaba ahí: ahora a echar la solicitud del máster y, con suerte, a dedicar otro curso a rellenarnos de sabiduría. Clara, supongo, estará diplomándose en rotuladores Carioca encantada de la vida, ajena aún a que, por lo pronto, es muy probable que las próximas dos décadas de su existencia estén dedicadas a arrastrar la legaña hasta el pupitre y a escuchar lecciones de todo pelaje. A ver dónde estamos nosotros entonces&#8230;</p>
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		<title>El Kafka de Roces</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Sep 2010 12:37:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Colaboraciones]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta semana, en Culturas, no hay como estar agradecido por salvarnos del aburrimiento.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días el desierto informativo estival que tantas alegrías reporta («Roban una plantación de marihuana protegida por osos»;  «Calamaro cierra su Twitter»; «Un restaurante de Berlín pide donantes para servir comida caníbal brasileña»; «Muere un fotógrafo de bodas al pedir a los novios que posaran con armas»; etc.) se inundó con el chaparrón típico de un septiembre posvacacional. Lo que más me gusta de este momento catártico es un titular grandote que rece algo así como: «Un otoño cargado de tentaciones literarias». Ken Follet empieza otra trilogía (más); Vila-Matas vuelve a derramar las babas de los más repelentes autores de blogs ilegibles; Paulo Coelho parece seguir vivo&#8230; Nada nuevo bajo el sol, la verdad. <span id="more-1297"></span></p>
<p>Sin embargo, el largo verano, con su parón en lo que a publicaciones se refiere, ha permitido ir urdiendo esa subcapa de marujeos que es en la que auténticamente reside el alborozo del lector y que constituye, encima, un pozo sin fondo de historias. Por ejemplo un amigo cuenta, ante una espectacular comida en el jardín, cómo una estrella literaria local tuvo a bien declarar en cierto congreso, sin ambages: «Me gustaría trazar, modestamente, un paralelismo entre mi obra y la de Charles Baudelaire». No consta la reacción de los asistentes ni la veracidad de la anécdota, pero la simple posibilidad de erigirse como el Baudelaire de Cimadevilla, pongamos por caso, abre un abanico nominal tan delicioso que no podemos sino aplaudir a nuestro autor por brindarnos la oportunidad de crear toda una retahíla de títulos de semejante calado: ¿quién no pagaría por conocer al Kafka de Roces?</p>
<p>Un monumento se merecen quienes, como héroes sacrificados –no ocupan las portadas, aún–, salpimentan nuestras vidas con especiadas emociones. ¡Gracias!</p>
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		<title>Palabras vacías</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 09:14:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Colaboraciones]]></category>
		<category><![CDATA[Comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[El Comercio]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Toros]]></category>

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		<description><![CDATA[Sobre la intensidad de los debates parlamentarios.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.</p>
<p>Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.</p>
<p>Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.</p>
<p>Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.</p>
<p>Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.</p>
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