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Bah

  1. Hipotécame (una noche más)

    Lo escribí el Sábado 2 de julio de 2011

    Nos siguen cayendo tantos castañazos que todavía no sabemos por dónde nos vienen. El tema estrella, el del día: las hipotecas.

    Empiezan a definirse las piedras de toque de la política rubalcabista (qué mal suena, pero vayan acostumbrándose) y una de ellas, que desprende su aroma desde el Consejo de Ministros de ayer, es elevar el porcentaje inembargable del sueldo para que, en caso de impago, el hipotecado en cuestión no se quede en la calle.

    Esto ya ha sido motivo de polémica, por el eterno debate de si la culpa de un desalojo o cancelación anticipada de la hipoteca por impago la tiene el banquero usurero o el imprudente hipotecado.

    Sea cual sea la respuesta, el hecho es que el porcentaje inembargable del sueldo parece una buena opción. Claro que se intuye que todos aquellos que no puedan hacer frente a los pagos responden, más bien al perfil del parado o empleado con el salario mínimo interprofesional. Ergo, ¿qué clase de porcentaje del sueldo puede ser inembargable para que puedas seguir viviendo a pesar del impago de la hipoteca? ¿50%? ¿Eso significa 300 euros al mes de sueldo?

    Quizás la solución sea más vistosa que eficaz. Quizás lo que hace falta es decirlo de una vez por todas: aquí, por liar, la liamos todos. Unos por conceder hipotecas de riesgo criminal y otros por asumirlas sin tener la información suficiente. Primera necesidad: transparencia por parte de quien las concede y sentido común por parte de quien las contrata. Segunda necesidad: convencerse, de una vez por todas, de que aunque vuelvan las vacas gordas la fiesta acabó hace tiempo. Déjense de porcentajes y de boquerones en vinagre.


  2. La Audiencia Nacional en la SGAE

    Lo escribí el Viernes 1 de julio de 2011

    ABC lleva varios días tirando de la manta de lo que está ocurriendo en la SGAE. Y si uno presta atención a las informaciones publicadas, verá que están firmadas por Susana Gaviña, periodista más que solvente en asuntos relacionados con Cultura y SGAE, y por Pablo Muñoz, de Nacional, periodista de fuentes suficientemente jugosas como para poder confirmar cualquier dato relacionado con la Audiencia Nacional o la Justicia en general. Si a esto sumamos las revelaciones de hoy de Cruz Morcillo en torno a la intervención de las cuentas de la SGAE y la entrada de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil en escena, podemos afirmarlo sin titubear: no hay una sola palabra falsa, ni un solo dato mal dado. Olvidaos de desmentidos.

    Lo que está aflorando es un escándalo del copón, por dos motivos: en primer lugar, porque la SGAE es, en la práctica, la única entidad (aunque sea privada) que se ocupa de recaudar los derechos de autor y de distribuirlos, con una curiosa mecánica que ya he comentado aquí anteriormente. En segundo lugar, porque esto la convierte en una institución efectivamente pública y, por tanto, estrechamente relacionada con el Ministerio de Cultura: son estos fondos los que ahora se le acusa a ella y, en concreto, a la SDAE de malversar.

    Solo pido, entre los gritos que exigen que los metan a todos en la cárcel (empezando por el reelegido Teddy Bautista) que vayamos un poco más allá en las precipitadas conclusiones que ahora pueden sacarse. Este asunto no es un castigo merecido como podía serlo una condena a, qué sé yo, Al Capone por desviar impuestos. Lo grave, lo que aquí se está poniendo de manifiesto es una corrupción ante todo moral ante la cultura. La Cultura, mejor dicho.

    Sean cuales sean los resultados de la investigación (que ya está bastante avanzada y trufada de indicios sólidos), el simple hecho de que el juez Ruz tenga que autorizar a la Guardia Civil a registrar sedes de la gran entidad de gestión de derechos de autor de este país me produce repulsión y asco. Porque no debería haber ni la más mínima sombra de sospecha, ni el menor viso de opacidad o de movimientos extraños en algo tan necesario como el organismo encargado de que los artistas y creadores vivan (vivamos) de nuestro trabajo.

    No se puede jugar, en asuntos tan serios e imprescindibles para que este sea un país decente, al Monopoly de lo pseudo público, a un andamiaje funcionarial e ininteligible. Esperemos que, acabe quien acabe entre rejas, esto sirva para darnos cuenta.


  3. Debate sobre el estado del mogollón

    Lo escribí el Miércoles 29 de junio de 2011

    El calor que hace estos días en Madrid es excesivo, sobrenatural. Totalmente inaguantable sin aire acondicionado. Será por eso que no nos queda más remedio que seguir con atención el debate sobre el estado de la nación, ese ritual que, por plomizo, no me extraña que pueda dormir incluso a sus señorías.

    El río de discursos no está sirviendo mucho más que para que avezados jefes de redacción saquen el titular que mejor cuadre con el tipo de vianda que ofrecen (hay para elegir) y para que, ya de paso, quienes estén en disposición de aparcarse frente al Congreso refuercen el lazo que cierra ese fofo saco de patatas llamado «clase política».

    No es que sean todos iguales, ni que digan todos lo mismo, solo es que el circo democrático no puede pararse bajo ningún concepto: y a finales de un junio subsahariano como este, este circo empieza a adquirir tintes de alucinación provocada por el sol.

    Pero es esencial recordar que ese mogollón, el de los entrecomillados y las grandes ideas, el de los paquetes de medidas con etéreos fines y las soluciones homeopáticas (palabrería disuelta en agua en una proporción de una parte por millón), poco o nada tiene que ver con lo que al final toca tierra, con lo que nos afecta de verdad. Parecerá una sonrojante obviedad.

    Olvidamos, en el fragor del debate, que por debajo de quien gobierne en la instancia en la que gobierne hay una mole de personal (desde funcionariado hasta cargos de confianza) que es quien concreta las ideas y quien es responsable de aplicarlas. Que hay un día a día desconocido y densísimo.

    Por mucho que haya ocurrido desde el último debate sobre el estado de la nación, las fotografías y análisis que brotan del hemiciclo no dejan de ser, para el lego, las de siempre. Es un mundo que queda tan lejos, es un lugar tan apartado y pequeño, tan encerrado en sí mismo y tan hermético que comprenderlo requiere un esfuerzo que pocos están dispuestos a hacer. Y es comprensible. Por eso antes de que caiga el sol y pueda usted bajar a tomarse las cañas de las ocho de la tarde, a ciscarse en la familia de quien corresponda, se lo ruego: apague la radio, cierre los periódicos y concéntrese en su aparato de aire acondicionado.


  4. Band of Horses frente a Lori Meyers

    Lo escribí el Sábado 25 de junio de 2011

    Es lo que tienen los festivales, y más aún los que  se organizan en escenarios contiguos: que las comparaciones, aparte de inevitables, se hacen más odiosas que nunca.

    Estoy asistiendo al dcode Festival ayer y hoy y, aunque no lo he visto todo (12 horas de música, seis de ellas a 35 grados bajo el sol de un secarral), lo que más llama la atención por el momento son los contrastes. No solo de estilos e ideas, sino de calidades.

    Anoche esto se percibió particularmente en el caso de las actuaciones de Band of Horses y de Lori Meyers, una detrás de otra. El cantante de los estadounidenses no siempre encuentra el tono, y menos en un recital como el de ayer, en el que hasta la segunda canción no se lograron remediar los problemas de sonido que le impedían escucharse bien y, por tanto, afinar como debería. Sin embargo, Band of Horses tiene una calidad dentro de su simplicidad, una solidez rítmica y melódica que hacen disfrutar de cada bocado de música que ofrecen.

    Es algo que sobrepasa los ensayos, y que entra en ese terreno brumoso que es el feeling: saben moverse como nadie por lo que hacen, son indiscutiblemente buenos músicos.

    De ahí, al bailoteo del penúltimo concierto de la noche: Lori Meyers con sus tres o cuatro himnos y sus ritmos para venirse arriba. Pero no, no lo consiguieron. Ellos sacan todo su complejo aparataje, sus percusiones, sus teclados y mares de guitarras, pero hay algo que no encaja. Para empezar, tocar indie como el que ellos proponen requiere de una base rítmica no ya pegada con loctite, sino con hormigón armado, y tanto la batería como el bajo zozobran lo suficiente como para romper la ilusión.

    El trabajo del técnico, elemento esencial de todo grupo que se precie en un recinto al aire libre de grandes dimensiones, es bastante más importante que el de una roadie que te ponga un cigarrillo en la boca a mitad de concierto y te lo encienda (así, tal cual): por eso no es bueno que al respetable le vibren las aletas de la nariz con los graves estando a 30 metros del escenario, por eso no es bueno que no se escuchen más que lejanamente los platos y, por eso, es catastrófico que la percusión no se escuche en absoluto (menos aún cuando dobla la línea de batería).

    Ayer quedó demostrado que en un directo, en un buen directo, es imposible vivir de las rentas que da una grabación de estudio: por muy himnos que se hayan hecho tus temas, hay que lograr defenderlos con simpatía y con compenetración, con tablas, en definitiva. Ya tendrás tiempo para quitarte la camiseta y hacer el canelo después.


  5. Vuelve la canción protesta

    Lo escribí el Jueves 23 de junio de 2011

    Etgar Keret, eminente escritor israelí, me dijo hace un mes que estaba hasta las narices de que le preguntaran por el conflicto y por política. «¿Te crees que si yo tuviera la respuesta a esa pregunta me dedicaría a escribir libros o me habría puesto a arreglarlo?»

    Aquí la prudencia y la lucidez artística de Keret no se estila: Todo empezó hará una semana, cuando Russian Red dijo que ella, de ser, era de derechas. Luego, El País estimó asunto de interés nacional la ideología musical y preguntó a otro puñado de músicos, que en general vinieron a decir lo mismo que Nacho Vegas: «Hoy en día, cuando las políticas neoliberales han dejado en la calle a familiares y amigos míos y han recortado derechos fundamentales a la mayoría de la gente, que además está saliendo en masa a la calle, no puedo evitar pensar que cualquiera que se declare de derechas ha de ser un cretino o un cabrón.» Y por último, salta al ruedo Hermann Tertsch defendiendo a la joven folkie. Y ahí seguirán, mientras que todo el mundo tiene algo que decir sobre el 15M, con las entrevistas a artistas, escritores y gente, en general, sin relación profesional con la política convertidas en charlas de bar sobre asuntos nacionales y/o internacionales.

    Ayer entrevisté a Kepa Junkera, que es un músico vasco que vive ahí, en su folk, en su música tradicional y en sus cosas. No, lo siento, no le pregunté sobre Bildu ni sobre el pacto del PNV para la negociación colectiva, no salió el tema, entre pregunta y pregunta, de si España se rompe o si la caverna mediática de Intereconomía está hundiendo el país.

    No entiendo en qué momento a alguien le importó si Russian Red era del Sporting o del Madrid; y menos aún, en qué momento se le ocurrió responder a la pregunta del millón. No entiendo que los artistas del artículo de El País arriba citado también entren al trapo. Pero, sobre todo, no entiendo en qué momento nadie con una guitarra se creyó que estaba en el lugar adecuado (encima de un escenario, detrás de un micrófono) para explicar al mundo de dónde viene y a dónde va. ¿Es la vuelta de la canción protesta?