El jueves pasado se colmó el vaso del 15M, ocurrió lo que quizás no tenía que ocurrir pero que ya era solo cuestión de tiempo: desalojo de Sol, provocación pacífica, manifestación en Interior, carga, porrazo, detención de periodista y, como si le hubieran puesto el despertador, el movimiento «indignado» empezó a salir de su letargo.
Ya no cuenta con los apoyos del principio y su relevancia de estos días, en Madrid, no se debe más que al impulso acumulado de las elecciones regionales. La cantidad de asistentes a las concentraciones de la Puerta del Sol se ha visto muy diezmado con respecto al espectacular grito mudo de la medianoche del viernes 20 de mayo, cuando empezaba la jornada de reflexión. (Espero que nadie lo justifique porque estamos de vacaciones.)
Pero el objetivo de esta entrega no es valorar el funcionamiento y deriva internos del 15M, sino su peso con respecto a lo que ahora nos ocupa: las elecciones generales.
En primer lugar, Rubalcaba ha estado rápido al desligarse en este asunto del Ministerio de Interior, en anular toda responsabilidad mediante esa visita a Soria en la que eludió el mítin y se dejó fotografiar en la calle, con la gente. Elena Valenciano, su jefa de campaña, deslizaba mientras tanto la propuesta de proporcionar a los indignados un espacio establecido para evitar choques con la Policía y molestias a los vecinos.
Ambos pasos son tibios gestos para aproximarse al 15M. No para metérselo en el bolsillo –de momento–, pero sí para demostrar a esa mole de ciudadanos que no sabe muy bien qué pensar al respecto que Rubalcaba es un tío legal, es un tío que gobernará para todos.
El PP, por su parte, cometió el grandísimo error de permitir que el miércoles pasado empezase a circular aquel rumor (no sé cuánto hay de verdad en él) de que se planteaba convocar a todos sus afiliados a una manifestación contra los indignados de Sol. Porque, como digo, lo importante electoralmente no son los indignados en sí sino quien está en su casa leyendo la prensa, viéndolo desde fuera.
Fuera esto cierto, o no, el caso es que el PP nunca ha transigido con el 15M. Es verdad que el lenguaje utilizado (tomar la plaza, proseguir la lucha, no tener miedo) tiene unas connotaciones evidentes de rebeldía, de ruptura, que no encajan demasiado bien en el discurso de cambio pausado y canónico de los populares. Ellos han abierto la boca. El PSOE, entre tanto, intentaba aclarar sus ideas con una prudencia mucho más segura.
Pero en ese preciso punto, en el que los socialistas parecían tener más terreno ganado y los populares el enfrentamiento asegurado, entra en escena el más santo de los problemas: el Papa.
Algunos de esos no católicos que no entienden o no quieren entender lo que supone la visita de Ratzinger para millones (he dicho millones) de personas empiezan a soltar exabruptos sobre dineros públicos y pederastias. Los otros, que en principio querían disfrutar de su JMJ, responden. Y así va creciendo la bola, así se enquista la crispación en torno al Papa.
E 15M no puede permitir que se le identifique como un movimiento de oposición a la visita de Benedicto XVI. Sería un error demasiado grande, y de bulto. Porque si lo hacen, acaban de perder al votante católico, a la derecha democristiana del PP y a cierto sector del PSOE. Es decir, con esto, que ni es política ni es economía, sino unas convicciones cargadas de connotaciones, el 15M acabaría de dinamitar el discurso de inclusión de todos los ciudadanos. Dicen que si alguien tiene propuestas o comentarios, vaya a una asamblea. Y más de uno piensa que mejor no, que mejor invierte el tiempo en ir a misa.
Las acampadas y asambleas ya no son lo que fueron. El sentimiento se ha diluido y cada individuo que allí participaba ha ido marchándose a consolidar sus ideas en la intimidad del hogar; el núcleo que empieza a quedar al descubierto, si bien sigue siendo heterogéneo, también ha empezado a volverse exclusivo.
Opino que lo más probable es que el 15M termine por desaparecer y renacer en un, qué sé yo, 13N, en un acto espontáneo que beba del espíritu original. Y si eso ocurre no será porque nadie haya acordado en asamblea reunirse en asamblea para decidir si se convoca una asamblea. Será porque alguien publicará en Facebook que está hasta las narices, se le unirán cinco, luego diez, luego cien, y acabarán quedando para manifestarse. Entonces, quizás a pocos días de las generales, los partidos tendrán que actuar rápido: ¿se echarán la culpa de haber convocado las manifestaciones, les lanzarán besos por el aire o se enfrentarán a ellos? Lo que decidan será crucial, y aún no ha nacido encuesta capaz de predecir el resultado de esas decisiones.
