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Bah

  1. Domingos electorales VI: El condimento ideal

    Lo escribí el Lunes 8 de agosto de 2011

    El jueves pasado se colmó el vaso del 15M, ocurrió lo que quizás no tenía que ocurrir pero que ya era solo cuestión de tiempo: desalojo de Sol, provocación pacífica, manifestación en Interior, carga, porrazo, detención de periodista y, como si le hubieran puesto el despertador, el movimiento «indignado» empezó a salir de su letargo.

    Ya no cuenta con los apoyos del principio y su relevancia de estos días, en Madrid, no se debe más que al impulso acumulado de las elecciones regionales. La cantidad de asistentes a las concentraciones de la Puerta del Sol se ha visto muy diezmado con respecto al espectacular grito mudo de la medianoche del viernes 20 de mayo, cuando empezaba la jornada de reflexión. (Espero que nadie lo justifique porque estamos de vacaciones.)

    Pero el objetivo de esta entrega no es valorar el funcionamiento y deriva internos del 15M, sino su peso con respecto a lo que ahora nos ocupa: las elecciones generales.

    En primer lugar, Rubalcaba ha estado rápido al desligarse en este asunto del Ministerio de Interior, en anular toda responsabilidad mediante esa visita a Soria en la que eludió el mítin y se dejó fotografiar en la calle, con la gente. Elena Valenciano, su jefa de campaña, deslizaba mientras tanto la propuesta de proporcionar a los indignados un espacio establecido para evitar choques con la Policía y molestias a los vecinos.

    Ambos pasos son tibios gestos para aproximarse al 15M. No para metérselo en el bolsillo –de momento–, pero sí para demostrar a esa mole de ciudadanos que no sabe muy bien qué pensar al respecto que Rubalcaba es un tío legal, es un tío que gobernará para todos.

    El PP, por su parte, cometió el grandísimo error de permitir que el miércoles pasado empezase a circular aquel rumor (no sé cuánto hay de verdad en él) de que se planteaba convocar a todos sus afiliados a una manifestación contra los indignados de Sol. Porque, como digo, lo importante electoralmente no son los indignados en sí sino quien está en su casa leyendo la prensa, viéndolo desde fuera.

    Fuera esto cierto, o no, el caso es que el PP nunca ha transigido con el 15M. Es verdad que el lenguaje utilizado (tomar la plaza, proseguir la lucha, no tener miedo) tiene unas connotaciones evidentes de rebeldía, de ruptura, que no encajan demasiado bien en el discurso de cambio pausado y canónico de los populares. Ellos han abierto la boca. El PSOE, entre tanto, intentaba aclarar sus ideas con una prudencia mucho más segura.

    Pero en ese preciso punto, en el que los socialistas parecían tener más terreno ganado y los populares el enfrentamiento asegurado, entra en escena el más santo de los problemas: el Papa.

    Algunos de esos no católicos que no entienden o no quieren entender lo que supone la visita de Ratzinger para millones (he dicho millones) de personas empiezan a soltar exabruptos sobre dineros públicos y pederastias. Los otros, que en principio querían disfrutar de su JMJ, responden. Y así va creciendo la bola, así se enquista la crispación en torno al Papa.

    E 15M no puede permitir que se le identifique como un movimiento de oposición a la visita de Benedicto XVI. Sería un error demasiado grande, y de bulto. Porque si lo hacen, acaban de perder al votante católico, a la derecha democristiana del PP y a cierto sector del PSOE. Es decir, con esto, que ni es política ni es economía, sino unas convicciones cargadas de connotaciones, el 15M acabaría de dinamitar el discurso de inclusión de todos los ciudadanos. Dicen que si alguien tiene propuestas o comentarios, vaya a una asamblea. Y más de uno piensa que mejor no, que mejor invierte el tiempo en ir a misa.

    Las acampadas y asambleas ya no son lo que fueron. El sentimiento se ha diluido y cada individuo que allí participaba ha ido marchándose a consolidar sus ideas en la intimidad del hogar; el núcleo que empieza a quedar al descubierto, si bien sigue siendo heterogéneo, también ha empezado a volverse exclusivo.

    Opino que lo más probable es que el 15M termine por desaparecer y renacer en un, qué sé yo, 13N, en un acto espontáneo que beba del espíritu original. Y si eso ocurre no será porque nadie haya acordado en asamblea reunirse en asamblea para decidir si se convoca una asamblea. Será porque alguien publicará en Facebook que está hasta las narices, se le unirán cinco, luego diez, luego cien, y acabarán quedando para manifestarse. Entonces, quizás a pocos días de las generales, los partidos tendrán que actuar rápido: ¿se echarán la culpa de haber convocado las manifestaciones, les lanzarán besos por el aire o se enfrentarán a ellos? Lo que decidan será crucial, y aún no ha nacido encuesta capaz de predecir el resultado de esas decisiones.


  2. Domingos electorales V: Ahí viene el lobo

    Lo escribí el Domingo 31 de julio de 2011

    No es que se le intuya, es que ya está aquí. Domingo 20 de noviembre, elecciones generales y los anuarios de los periódicos ya a punto de reventar, cuando apenas llevamos ni la mitad de 2011.

    Ya han saltado las liebres y los partidos, opinatodos y periodistas han echado a correr a sus trincheras, ya se están armando y cocinando los distintos sustos que, a buen seguro, nos irán dando en los próximos meses: todo fluye sin sorpresas, como estaba previsto, pero vertiginosamente rápido.

    Huelga analizar el adelanto electoral: lo interesante ha sido asistir a la carrera, como digo, hacia las respectivas trincheras. Rubalcaba ha empezado dando el puñetazo en la mesa, diciendo que aquí manda él pero allí, en La Moncloa, no demasiado. Es decir, desmarcándose del presente económico, anotándose el pasado antiterrorista inmediato y apelando a la sinceridad, a la honestidad férrea e incluso tosca que el PP y los suyos reivindican como patrimonio intransferible de su última legislatura en el poder. No le está saliendo mal.

    Mariano Rajoy sigue, por su parte, aferrado al discurso económico y abstrusamente ideológico: aún le queda concretar, plasmar y explicar –esta es la parte complicada– de ese presunto borrador de los Presupuestos Generales que ya se está fraguando en Génova. Entretanto, y a menos que del equipo del PP salga un documento brillante, abrumador, la coherencia de la que pretende hacer gala Rajoy no le está haciendo ningún bien. Porque no es coherencia lo que el elector percibe, sino un discurso estancado desde hace meses.

    En este sentido, tanto el PSOE como IU han sabido interpretar mejor los vientos de cambio que se exigen. Cada cual a su manera: los primeros, rompiendo con todo y tratando de vender entusiasmo; los segundos, agarrándose como un clavo ardiendo a la posibilidad de que los votantes del 15M identifiquen en ellos el partido del que carecen.

    Este mes que mañana empieza debe ser, será, el del trabajo soterrado y ofreciendo el menor número de pistas posible sobre la estrategia propia. Ahora toca clavar algunas estacas, situar unos pocos puntales y prepararse para un septiembre que vendrá movido.

    Medios enteros

    Los medios no han tardado en hacer lo propio. Abc editorializaba ayer (no hay enlace, perdón, el muro de pago de Kiosko y más ya se ha alzado) propinándole al presidente el puntapié final, con algo más de finura, eso sí, que La Gaceta, que se abalanzó sobre un «Zapatero se va mintiendo» a toda página. El Mundo, o Público, en sus respectivas líneas: una vez más, lo esperable.

    Más sorprendente está resultando la repentina toma de posición de El País por Rubalcaba, sin medianía alguna: primero, le pidieron al presidente que se fuera. Ahora, empieza la operación de aupamiento del candidato socialista y desgaste del PP.

    Parece, pues, que será el único que desempeñará un papel realmente activo en campaña, ya que de todos los medios impresos solo él cuenta con un espectro de lectores electores lo bastante amplio como para decantarlos hacia allá, o hacia acá. El resto no va hacer más que refirmar a cada cual en sus posiciones, desatando, como ocurre periódicamente, una de esas polarizaciones sociales que tanto nos gustan.


  3. Domingos electorales IV: Elección general(izada)

    Lo escribí el Domingo 24 de julio de 2011

    Leo en Twitter que el 15M vuelve a ponerse en marcha. #solrenace. ¿Volverá a cundir el desconcierto entre políticos y periodistas? ¿Volverán las interminables acampadas, y el diluvio de opiniones y análisis de escasa enjundia? Veremos.

    De momento, lo que sí ha resucitado es el espíritu Francisco Camps, de cuya dimisión esta semana alguno destacaba más la calidad política y la valentía que el acto de consecuencia, ejecutado a destiempo, que supone su dimisión. Y ahora vamos con las generalizaciones.

    Se tenga o no razón, y termine como termine el juicio, el caso es que a nadie extrañará escuchar a una enfadada señora de Benidorm gritarle a su ya ex presidente: «¡Chorizo!» Aunque nuestra señora de Benidorm haya votado, entusiasmada, por la re elección del presidente valenciano, empieza a olerse que algo tiene él que ver con lo de los trajes y, de paso, que está abonado a la teoría de que la mejor defensa es negarlo todo. Bien.

    Ahora, nuestra señora de Benidorm va un paso más allá y, preguntada por la calle por un programa de televisión, dice algo así como: «La clase política está podrida». A continuación, irá a preparar una paella a los indignados más cercanos para que protesten con el estómago lleno.

    Y así habrá nacido el «No nos representan» y los dardos envenenados contra esa Gorgona que es «la clase política». Fin.

    Habida cuenta de esto, en España las elecciones regionales suelen funcionar como toma de temperatura al sentir generalizado frente a unas generales, como si los candidatos a las alcaldías o presidencias fueran embajadores, de alguna forma, de su partido.

    Y lo son. Pero uno empieza a tener la sensación, de unos meses a esta parte, de que este mecanismo ya no funciona igual. Ahora, el elector puede conocer con una facilidad pasmosa a quienes le van a gobernar directamente, y ser consciente de lo lejos que se encuentran los «señores del Congreso».

    Ya no nos importa tanto un color o un partido, nos importa, más bien, quién es este y quién es aquel. No votamos a Camps porque Zapatero estuviera hundiendo España, sino porque nos gusta Camps. No estamos cocinando el derrocamiento electoral de Griñán en Andalucía por culpa de la crisis, sino por los EREs de Mercasevilla. No cambiamos la veleta de Castilla La-Mancha por apartar al PSOE de uno de sus feudos y castigar a nuestro desgastado presidente, sino porque preferimos la determinación artera de Cospedal.

    A la luz de esta situación, los candidatos a la presidencia del Gobierno tendrán que embarcarse en una aventura harto complicada: primero, convencer a quienes acampan en una plaza de que sí, que sí los representan (jamás se les podrá decir que se equivocan); y, segundo, seguir convenciendo a los demás (la señora de Benidorm, desencantada, es la primera) de que pueden seguir jugando en esta liga de la política.

    Parece que volvemos a lo concreto.


  4. Domingos electorales III: El efecto Asturias

    Lo escribí el Domingo 17 de julio de 2011

    He tardado más de lo habitual en ofrecer esta entrega porque estaba no solo ocupado, sino absorto presenciando el cambio de Gobierno en el Principado de Asturias. Mis disculpas.

    El martes 12 de julio comenzó el debate de investidura; el miércoles 13, prosiguió con un notable vapuleo político de Francisco Álvarez-Cascos a sus contrincantes en los turnos de réplica; el viernes 15, fue elegido presidente por la Junta General; y el sábado, prometió su nuevo cargo en mitad de un despliegue institucional con toda pompa.

    He podido ver al ex vicepresidente en directo y de cerca, moviéndose en su propia arena. Es cierto que a este mecanismo le ha faltado precisión, como se ha hecho claro a la vista de los torpes y apresurados primeros pasos de su flamante Gobierno, pero no es menos cierto que la alargada sombra de su experiencia política y su fama de hombre duro ya ha servido, al menos, para elevar el debate parlamentario asturiano varios pasos por encima de lo habitual.

    Los diputados de Foro Asturias no se mueven de sus escaños y, en el caso del debate de investidura, podía verse cómo algunos de ellos iban tomando notas y pasándoselas a su líder para que este, con gesto atento, decidiera incluirlas entre sus documentos para elaborar una respuesta o no.

    Quiero decir con todo esto que, sea cual sea la valoración que merezca el Ejecutivo de Álvarez-Cascos desde el momento de su toma de posesión en adelante, lo que sí ha quedado claro es que él ha sabido moverse por determinados terrenos por los cuales, con suficiente decisión, no podía hacer más que ganar.

    Por ejemplo, lo que más elogian los asturianos con los que he hablado del asunto es poner a la Administración a trabajar. Es más, conozco a alguien que votó a Izquierda Unida en las elecciones municipales y a Álvarez-Cascos en las regionales. Valiente ataque de risa le habría entrado a cualquiera de contarle semejante película hace diez años. O uno.

    Así están las cosas por este rincón de España. Se está cumpliendo el guión programado paso por paso, sin sorpresas ni sobresaltos. Y a pesar de todo ello, parece que los asturianos han elegido esa salida como receta a la crisis y como herramienta para mejorar su región.

    Álvarez-Cascos ha dicho en más de una ocasión que «cuando Asturias está bien, España está bien». Es un poco osado establecer una causalidad, pero sí es cierto que lo que ocurre en Asturias resulta, de alguna forma, sintomático de lo que sucede en el resto del país. Y esta vez, en Asturias, han pasado demasiadas cosas y demasiado complejas (y siguen ocurriendo) como para limitar nuestra lectura de los acontecimientos políticos a lo que afecta a Mariano Rajoy o a Alfredo Pérez Rubalcaba.

    Si no, atendamos al caso valenciano, sobre el que escribiré en la próxima entrega: ¿no resulta evidente que en torno a Camps se dan dos fenómenos, unidos pero separables? Por un lado, el extraño caso del electorado valenciano que sigue otorgándole su confianza. Por otro lado, el extraño caso de un PP nacional que, dejándole hacer, se enfanga políticamente a ojos del resto del país total y absolutamente gratis, sin que nadie se lo pida.

    En el plano analítico, Asturias también tenemos un par de lecturas en sendas direcciones: la nacional, que es con la que la mayoría de comentaristas se queda (el topetazo en los morros a Génova con la creación de Foro Asturias), y la regional, a la que solo parecemos atender asturianos y afines. Y ahí, en esa lectura regional compleja y apasionante, está la clave de lo que ocurrirá en las próximas elecciones generales.


  5. Domingos electorales II: Los ojos muy abiertos

    Lo escribí el Domingo 10 de julio de 2011

    El viernes, Alfredo Pérez Rubalcaba anunció que abandonaba el Gobierno de manera inmediata. En ese momento, aparecía en Twitter la cuenta de su campaña, @conRubalcaba, que en estas pocas horas ha superado los 8000 seguidores, ampliamente. La batalla ha comenzado.

    Al día siguiente, ayer sábado, Rubalcaba pronunció su primer discurso como candidato en un escenario austero y moderno, y con la llamativa sustitución del cartel que reza «PSOE» en el atril por otro que dice, simplemente, «Rubalcaba» con el mismo juego de colores. Ni una sola mención a Mariano Rajoy, que también le obviaba, en ese preciso instante, en el discurso que pronunció en el acto de clausura de los cursos de verano de la fundación FAES.

    Rubalcaba empezó a romper con lo que ya le habíamos oído y a enfangarse con el discurso económico, que a todas luces le queda grande: en un momento de su intervención confundió PIB con PNB; lanzó una confusa explicación sobre la balanza de pagos, la deuda y el déficit. Sabía lo que decía, pero no sabía de lo que hablaba.

    En esos pocos minutos, Rubalcaba consiguió destilar la misma sensación de importancia (y de desconfianza) que Rajoy sobre este asunto. En esta liza Izquierda Unida ni está ni se la espera: lo más cercano a defender una postura que ha tenido ha sido el discurso antibanca, fácilmente neutralizable con una propuesta de medidas moderadas de cualquiera de los partidos mayoritarios. Y UPyD, en fin, mientras tanto jugaba al pluralismo desorientado.

    Es lo que tiene la política económica: que es muy difícil de entender, y de manejar. Es un arma de doble filo: por un lado, se corre el riesgo de resultar opaco a oídos del votante raso; por otro, se logra, como hizo ayer Rubalcaba con una idea tan aparente como es la del fondo para crear empleo con parte de los beneficios bancarios, darle una patada en la cabeza al PP y a sus afines (defender a la banca sí, pero ¿se atreverían a negar una solución al desempleo?) y llenar de alegría a los indignados del 15M sin llamarles a su vera directamente.

    La boloñesa de exigencias

    Mirando atrás, detectamos un puñado de motivos para el cambio de Gobierno: necesidad de refresco y entusiasmo (González); saneamiento y prosperidad (Aznar); superación y solución de crisis (Zapatero). Ahora confluye todo eso. Necesitamos un refresco entusiasmante (que no, que no, que no nos representan), necesitamos saneamiento y prosperidad (acabemos con la corrupción y demos un futuro a los jóvenes) y necesitamos superar y solucionar una crisis (económica, en este caso).

    Semejante boloñesa de exigencias constituye un puzzle de difícil solución, al que cada candidato empieza a dar la forma que mejor se adapta a su doble necesidad: la de mantener a su electorado, por una parte, y la de ganarse al creciente segmento de dudosos, por otra. Rubalcaba ha afrontado ese proceso tratando de transmitir entusiasmo y un idealismo de perro viejo; Rajoy, apelando a la solvencia de un partido bregado en mil batallas y con la presunta seriedad que le confieren los principios inherentes a su centrismo.

    Alrededor orbita una Izquierda Unida desorientada y que va a pagar extremadamente cara la claudicación en Extremadura, que ha permitido a Monago acceder al poder. Alrededor, revolotea Unión, Progreso y Democracia, que pretende consolidar un programa que en la capital ya empieza a funcionar pero que  fuera de la M30 aún resulta nebuloso y deslavazado (aunque puede resultar determinante si ninguno de los dos partidos mayoritarios logra consolidar sus soluciones).

    Medir los tiempos

    Por último, es importante señalar que ayer se dieron unas pistas claras de adelanto electoral. El discurso de Rubalcaba tuvo mucho de principio, de inicio de campaña (en una ocasión se refirió a los meses pasados como «mi etapa como precandidato»), pero también de urgente y explosivo. Pretendió despertar y sacudir los ánimos, pretendió lanzarse en una carrera rápida: cualquiera que le escuchara se habrá dado cuenta de que con el ritmo e intensidad con el que habló ayer no puede mantenerse nueve meses. O afloja, o en otoño tenemos elecciones.

    Sin embargo este control de los ritmos es, al mismo tiempo, la gran baza de Rubalcaba en este momento: se ha ido en el punto más álgido en el que podía hacerlo, el de mayor bonanza política antes del difícil semestre de fin de año que tenemos por delante, y tiene la opción de desmarcarse de un PSOE agotado.

    Además, es el único candidato que sabe, o puede saber, cuándo se van a convocar elecciones: es el único que puede medir el ritmo con el que suelta sus cargas de profundidad, mientras que al Partido Popular no puede hacer más que esperar, en tensión constante, a que Zapatero dé el pistoletazo de salida a la campaña definitiva. Solo nos queda esperar, con los ojos muy abiertos. Este mes será decisivo.