No hay acusación política más repetida, más cierta y más descaradamente normal que la de echar cálculos electoralistas.
Casi todos los candidatos, alcaldes y alcaldables, aspirantes a senadores o congresistas, simpatizantes, campañeros y exaltados lo han proferido en los últimos días.
De esta forma, el asunto de la semana es sin duda el amago del Consejo de RTVE de aprobar lo que, efectivamente, es censura previa a los informativos del ente público. Primera reacción: la de Elena Valenciano en Twitter, afirmando que el PSOE no está de acuerdo con la decisión y que los consejeros propuestos por el partido actúan por cuenta propia, sin consultar, en este caso, con Ferraz.
Eso sí, en menos de 24 horas y con el revuelo de rigor organizado, el PSOE ya estaba colgándose la medalla de haber frenado la iniciativa, igual que el resto de fuerzas políticas y sindicales. Es decir, un «nohemossidonosotros» en toda regla, pero sin dejar de rebañar un par de gotas electorales por el camino. Un juego, este, peligroso. Este tipo de cálculos y discusiones (la propia Valenciano seguía liándose sola, al añadir, poco después, que la posición del PP era aún más ambigua que la suya) es la cuna de todos los debates sin fondo, de todas las peleas sin vencedores ni vencidos.
Empieza, en fin, la auténtica carrera electoral: bolas de lodo blando y pegajoso ahogando el panorama político.
Por otro lado, el gran asunto de la semana ha sido el comunicado de los presos de ETA (sin nombrar a ETA y con esa retórica ambigua y recargada, marca de la casa) pidiendo el fin de la violencia y la entrega de las armas. Dejando caer alguna que otra petición, por supuesto, pero sentando las bases, con el acto en Bilbao, de un regalo impagable para el candidato Rubalcaba.
Por último, el Congreso ya ha echado el cierre; los parlamentarios seguirán cobrando hasta el martes sus sueldos y, por cien euros, podrán quedarse con el portátil. Ya se han hecho fotos con sus iPhones en el hemiciclo. Ya ha terminado la legislatura, y ahora, sí que sí, empieza la carrera.
Llegamos a este punto con un PP muy avanzado en la consolidación de sus posiciones, en la generación de una solidez de partido que juega la baza de la confianza entre el electorado. El libro de Rajoy le ha dado una visibilidad curiosamente intensa en los últimos días, ha descubierto una cara «personal» que perfila su campaña por lo familiar, por una seguridad invernal. Incluso Cebrián le dio esta semana un capón a Zapatero por «el daño causado» a los medios de comunicación y tendió la mano, de alguna forma, al gallego popular.
El artero Rubalcaba, no obstante, está ofreciendo una imagen algo errática, aunque siempre tranquila. Parece más seguro que nadie de lo que está y no está haciendo, aunque todo apunta (el perfil bajo, la media sonrisa) a algún bombazo en la recámara.
