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Bah

  1. Domingos electorales XI: Ajustar cuentas

    Lo escribí el Domingo 25 de septiembre de 2011

    No hay acusación política más repetida, más cierta y más descaradamente normal que la de echar cálculos electoralistas.

    Casi todos los candidatos, alcaldes y alcaldables, aspirantes a senadores o congresistas, simpatizantes, campañeros y exaltados lo han proferido en los últimos días.

    De esta forma, el asunto de la semana es sin duda el amago del Consejo de RTVE de aprobar lo que, efectivamente, es censura previa a los informativos del ente público. Primera reacción: la de Elena Valenciano en Twitter, afirmando que el PSOE no está de acuerdo con la decisión y que los consejeros propuestos por el partido actúan por cuenta propia, sin consultar, en este caso, con Ferraz.

    Eso sí, en menos de 24 horas y con el revuelo de rigor organizado, el PSOE ya estaba colgándose la medalla de haber frenado la iniciativa, igual que el resto de fuerzas políticas y sindicales. Es decir, un «nohemossidonosotros» en toda regla, pero sin dejar de rebañar un par de gotas electorales por el camino. Un juego, este, peligroso. Este tipo de cálculos y discusiones (la propia Valenciano seguía liándose sola, al añadir, poco después, que la posición del PP era aún más ambigua que la suya) es la cuna de todos los debates sin fondo, de todas las peleas sin vencedores ni vencidos.

    Empieza, en fin, la auténtica carrera electoral: bolas de lodo blando y pegajoso ahogando el panorama político.

    Por otro lado, el gran asunto de la semana ha sido el comunicado de los presos de ETA (sin nombrar a ETA y con esa retórica ambigua y recargada, marca de la casa) pidiendo el fin de la violencia y la entrega de las armas. Dejando caer alguna que otra petición, por supuesto, pero sentando las bases, con el acto en Bilbao, de un regalo impagable para el candidato Rubalcaba.

    Por último, el Congreso ya ha echado el cierre; los parlamentarios seguirán cobrando hasta el martes sus sueldos y, por cien euros, podrán quedarse con el portátil. Ya se han hecho fotos con sus iPhones en el hemiciclo. Ya ha terminado la legislatura, y ahora, sí que sí, empieza la carrera.

    Llegamos a este punto con un PP muy avanzado en la consolidación de sus posiciones, en la generación de una solidez de partido que juega la baza de la confianza entre el electorado. El libro de Rajoy le ha dado una visibilidad curiosamente intensa en los últimos días, ha descubierto una cara «personal» que perfila su campaña por lo familiar, por una seguridad invernal. Incluso Cebrián le dio esta semana un capón a Zapatero por «el daño causado» a los medios de comunicación y tendió la mano, de alguna forma, al gallego popular.

    El artero Rubalcaba, no obstante, está ofreciendo una imagen algo errática, aunque siempre tranquila. Parece más seguro que nadie de lo que está y no está haciendo, aunque todo apunta (el perfil bajo, la media sonrisa) a algún bombazo en la recámara.


  2. Domingos electorales X: El fin, que es el principio

    Lo escribí el Domingo 18 de septiembre de 2011

    Esta semana se celebró la apertura del Año Judicial. Y allí, el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, se felicitó entre otras cosas por la proximidad del fin de ETA. Es más, la dio casi por liquidada. Asimismo, ayer, él mismo tuvo la sorprendente salida de afirmar que la resolución del caso Bateragune, que ha condenado a Arnaldo Otegui por tratar de refundar Batasuna, supone un paso más hacia la paz.

    Además del sainete económico, que no por preocupante deja de ser repetitivo, esta semana se ha puesto de manifiesto la relevancia del fin de ETA. para algunos inminente, para otros electoralmente forzado: lo que sí parece es que nos encontramos en uno de los momentos en los que más cerca ha estado.

    Ni que decir tiene que, así las cosas, Rubalcaba y Camacho aún están a tiempo de anotarse el tanto, resucitando el inevitable flanco del GAL, por el que atacaría el PP, pero sumando un buen gol en el galope hacia el 20-N.

    La semana también ha estado moteada de titulares que, según veremos en los próximos meses, se van a constituir en información recurrente: quién se queda y quién se va. Si bien es algo bastante irrelevante en este preciso instante (más que nada por lo fácilmente reversible de unas declaraciones), también constituye un puntal muy sólido para el discurso del PP que siembra el temor al continuismo zapateril, de ser elegido un candidato socialista, con el consiguiente gabinete heredado, usado.

    De esta forma, el Gobierno, la prensa, la oposición y no pocos parroquianos de bar se han enzarzado en la enésima polémica absurda: la del Impuesto sobre el Patrimonio; la guerra de los ricos contra los pobres; la pertinencia del duelo de gallos. La reforma constitucional ya no está de moda, ya es agua discutida y pasada: ahora toca hablar de un gravamen de escasísimo peso en nuestras maltrechas cuentas. Muy vistoso, eso sí, y con los ingredientes de polémica idóneos para que todos entremos al trapo con nulo sentido crítico.

    Por último, es esencial que nos preparemos para los movimientos autonómicos sobre los que tanto insisto. Se están configurando las listas al Senado y al Congreso como haciendo una sopa a base de ropa vieja (caras conocidas que prefieren un escaño a una tumbona) y de caras emergentes que arrancan en esto de la política con la voluntad de tomar posiciones.


  3. Domingos electorales IX: Mira, mamá, sin manos

    Lo escribí el Domingo 11 de septiembre de 2011

    Hoy, El País dedica una extensísima entrevista de su director, Javier Moreno, a Alfredo Pérez Rubalcaba; y Abc ofrece una de Montserrat Lluis con Yolanda Barcina, presidenta del gobierno navarro.

    Son, amén del descubrimiento de La Gaceta de que Rubalcaba se reunió con ETA en 1998, o noséqué (qué pereza) los únicos bocados de actualidad política que echarse al coleto en el día del aniversario del 11-S, el día que cambió el mundo.

    Estamos con la agenda relajada, después, solo, de que Esteban González Pons metiera la pata hasta atrás al hablar de los millones de puestos de trabajo que va a crear el PP. Y eso no ha pasado de ser una anécdota.

    Veo en la prensa de hoy el despliegue de esta semana y la gravedad con la que se tratan los acontecimientos estadounidenses de hace una década. Además, observo el contraste Madrid-Gijón que este tiempo de mudanza me está llevando a sentir de cerca. Me está llamando mucho la atención las ganas que tenemos de estar en el mundo, de encontrar la capital de algo.

    Venía leyendo ayer, en el tren, el excelente Mis almuerzos con gente inquietante de Manuel Vázquez Montalbán. Al final, muchas de las entrevistas giran en torno a la Transición y a todo el andamiaje sobre el que se construyó este patio de juego en el que, el 20 de noviembre, echaremos un partido más, con sus ganadores y sus perdedores.

    Las reflexiones de todos los que allí participaron giran en torno a la idea de Estado y a la mejor manera de configurar un país desde cero, integrando –este fue su gran éxito– aquello que ya traían puesto del franquismo. La CIA, Francia, todo lo que oliera a extranjero tiene en los análisis de la época un regusto exótico que hoy, que somos todos tan cosmopolitas, nos resulta entrañable y enternecedor.

    Pero el hecho es que hoy seguimos sin hablar inglés con fluidez, seguimos teniendo unos líderes con unas ideas igual de románticas sobre las relaciones exteriores de nuestro país, si no más, y sigue vigente la imagen –aún más este domingo, 11-S– de Aznar como socio débil de las Azores, o balbuceando en espánglis en Camp David, atemorizado por un Bush poderoso e imponente.

    Esta vocación, en los últimos treinta años, por dejar atados los asuntos de casa para empezar a estar en el mundo, para andar en la Champions de lo que sea (¡cómo nos gusta!) ha sembrado cierta ceguera con respecto a asuntos de vital importancia. Diríase que hemos corrido tanto que, al final, con la citada limitación lingüística y cierto paletismo cerril, nos hemos quedado en que Madrid es la capital de España; Barcelona, la cultural; y que un año de Erasmus en Francia nos confiere, ya, una visión panorámica suficiente para cambiar el mundo desde nuestro ínfimo metro cuadrado.

    Preferimos el pop en inglés y las películas que parecen de Hollywood. Durante años preferimos lo de fuera a lo castizo porque esto parecía no estar a la altura. Eso empieza a cambiar, pero cierto rechazo capitalino hacia lo rural, hacia lo que es de aquí hasta el dolor ha obcecado a las ciudades más cosmopolitas en un objetivo, el ¡Mira, mamá, sin manos! que no nos hace ningún bien. Mirar afuera no significa dejar de mirar abajo.

    Insisto, pues, una vez más en que aquel de los candidatos que logre bajar a tierra y –sin excavar trincheras a nuestro alrededor, sin estridencias– pulsar lo cercano tendrá media batalla ganada.

    Ya no jugamos en Europa, y lo sabemos; menos en el mundo. Será así mientras que no hayamos terminado de barrer el salón. Esa es la verdad que ahora empieza a cuajar. Entretanto, podemos seguir admirándonos con especiales sobre aquel Nueva York que ya no existe.


  4. Domingos electorales VIII: Casas por el tejado

    Lo escribí el Domingo 4 de septiembre de 2011

    Hola. Me he despistado dos semanas y me han reformado la Constitución, el presidente de mi comunidad (autónoma) ha decidido presentarse a las elecciones generales en Madrid, y el 15M ha resucitado, ya convertido en rutina. Sí, agosto terminó anteayer.

    Visto todo ello desde la perspectiva electoral, podemos empezar por excluir al 15M del análisis: solo el hecho de que Gaspar Llamazares, en su soledad parlamentaria, metiera unos finos palillos en las ruedas de la reforma le habrá permitido despertar alguna simpatía allí. Pero, por lo demás, los indignados (y que me perdonen) ya se han convertido en una rutina, en un elemento más del mobiliario: como ya veíamos aquí, la falta de frescura provoca falta de atención. Y la falta de atención conlleva el fin de la eficacia política.

    Vamos a por la reforma. Sin necesidad de meternos en honduras o de revisar con detenimiento su contenido, se constatan dos cosas: una, es una reforma chapucera y bastante inútil (Si se supera el techo de déficit, ¿qué? ¿Explotamos? ¿Denunciamos al ministro de turno ante el Constitucional?); y dos, es necesaria porque alguien nos lo exige.

    Es decir, que los nacionalistas se permitan organizar el paripé es lógico y normal; que Gaspar Llamazares, como decía, muestre algo de coherencia política es de esperar. Pero tanto a nuestro todavía presidente como al jefe de la oposición parece estar a punto de estallarles la cabeza a medida que pasan los días: han tenido que alcanzar un acuerdo en el que ni unos ni otros creen, sin dejar de criticar al contrario por estar haciendo aquello en lo que, por cierto, están metidos ambos. Sí, es muy esquizofrénico.

    Dado que se trata de una reforma impuesta, como decíamos, por el exterior, se ha convertido en algo automáticamente impopular. Concierne a otros analizar ante quién respondemos por este movimiento, a quién queremos contentar, pero ya se ha hecho claro que esto es un caso de dar la cara de puertas afuera y salvar los trastos de puertas adentro.

    Así, el PSOE ha acudido a la destrucción de su poder territorial. La certificación de muerte de la unidad de partido fue el pacto de Zapatero con Rajoy sin consultar con las fuerzas regionales más que para que le dijeran que sí. Y Alfredo Pérez Rubalcaba no ha tenido mejor idea que decir, públicamente, que él «Lo hubiera hecho de otra manera» y que hubiera consultado a los barones del PSOE. Pero no cuela: la estrategia de desmarque de la política de Zapatero aún está demasiado verde como para que no se le asocie con los porrazos frente a Interior del 15M o con esta reforma de nuestros desvelos.

    El PP se ha aferrado, por su parte, a la heroica. Una insinuación de que la necesidad de la reforma ha sido idea suya y un intento, poco contenido, de vender que están por encima de las diferencias por el bien de España. Tampoco cuela, aunque la unidad de partido que sí han sabido demostrar favorece a Mariano Rajoy.

    El regusto final es, en total, el caos. Los partidos han perdido el control de sus decisiones, o eso entendemos los electores, y han franqueado la única barrera que los fieles a una papeleta no perdonan: dar la mano al del otro bando. Lo único que pueden hacer, y que el PP intenta con cierta torpeza, es achacar el servilismo al contrario.

    En este contexto enmarañado, que nos alfombra un septiembre imprevisible, ese «efecto Asturias» del que ya he hablado en alguna ocasión sigue abriéndose camino: esta semana, Francisco Álvarez-Cascos ha anunciado que Foro Asturias se presentará a las elecciones generales en Madrid, además de en esta verde y fértil región.

    Tenemos, pues, a los electores asturianos hasta las narices de lo que ocurre en la carrera de San Jerónimo; un AVE sin hacer; un ex ministro de Fomento metido a presidente autonómico; y una oposición regional torpona en sus movimientos. ¿A quién van a votar aquí, y allí? Cuando veamos a Foro Asturias entrar en el Congreso, empezaremos a creernos por fin que lo que ocurre en la periferia importa.

    Mientras, que sigan jugando al patadón p’arriba con la Constitución: las casas no se empiezan por el tejado. Y todos, menos los pequeños, lo van a pagar caro.


  5. Domingos electorales VII: Bajar a tierra

    Lo escribí el Domingo 14 de agosto de 2011

    Es agosto y no pasa nada. José Luis Rodríguez Zapatero afirma no poder adelantar las elecciones más por una cuestión de compromiso con sus planes de recuperación; Alfredo P. Rubalcaba y el PP se dedican a chatear en las redes sociales, y Esperanza Aguirre cuenta, desde su retiro vacacional asturiano, que Álvarez-Cascos es el mejor. Pero no pasa nada.

    El viernes pasado visité La Coruña, visité Redes, Mugardos, Ferrol, Limodre. Me alojé en un pintoresco hotel incrustado entre la puerta de un astillero y unas vías de tren. El único sonido que allí turbaba la calma de los árboles era el de los coches al pasar por una de esas exiguas carreteras gallegas. Allí, al borde de la ría, tampoco pasa nada.

    Como buenos días de descanso que debían ser, aproveché la tesitura para olvidar el móvil y repatingarme en una silla de plástico al sol gallego, con una faria en una mano y un gin tonic en la otra. Hay que darse el gustazo: aquella mujer, la que atendía tras la barra del peculiar sitio desde hacía ya demasiado tiempo, no sabía cuánto costaban ni la copa ni el puro.

    Iba pensándolo, al parecer, en cada uno de los lentos movimientos que hacía.

    Allí estaba, en mitad de Galicia, donde no pasa nada, asistiendo a una vida, de nuevo, totalmente alejada de lo central y de las elecciones generales. Alguien que, a fin de cuentas, ha tenido que vivir y padecer en carne propia los vaivenes políticos regionales y nacionales: en esa ría, cuando se hundió el Prestige, podía clavarse un palo vertical en el agua y se mantenía en pie. Allí, a pocos metros de su establecimiento, el latigazo de la reconversión se dejó sentir con toda su fuerza. Allí, enfrente, dependen del ministro de turno para poder coger un tren. Allí necesitan esas carreteras imposibles más que nada, y más que nadie.

    Entre tanto, alguien me contaba la semana pasada que en su pueblo, en Asturias, Álvarez-Cascos arrasó porque fue el único candidato que se dejó ver allí y dio la mano a todo el mundo.

    Podría ocurrir con aquella mujer gallega a la que todo afecta y todo llega, pero estoy seguro de que no es una adicta al BOE: lo que tiene al lado es un cartel electoral con un candidato sonriente.

    La incapacidad de unos, de otros y de los de más allá para explicar sus políticas y los efectos directos que estas tendrán sobre esos paisanos y paisanas es evidente: ¿Nos ayuda en algo Elena Valenciano publicando en Twitter una foto de sus pies y de una cala mediterránea mientras contesta correos electrónicos? ¿O María Dolores de Cospedal  enzarzándose a cuenta de la legalización de Bildu? Feliz agosto.