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Bah

  1. Con trabajo, feliz, capitalista, alérgico

    Lo escribí el Viernes 4 de noviembre de 2011

    Hace 11 minutos ha empezado la camapaña electoral para las próximas elecciones generales.

    En un despiste, acabo de poner la televisión para ver la típica ronda de aperturas de campaña. Como sometido a flashazos estroboscópicos, he visto lo siguiente:

    A Rubalcaba diciendo algo sobre quitarles dinero a los que más tienen para dárselo a los que más han perdido: los parados.

    A Rajoy diciendo que a los parados lo que les va a dar es la felicidad, que se la merecen.

    A Cayo Lara diciendo que ni uno ni otro, que están al servicio del capital.

    A Rosa Díez diciendo que lo del bipartidismo no es una opción.

    Luego, a todos los demás: son los únicos capaces de representar a sus respectivas comunidades en la capital.

    Ahora, pregunto: ¿Qué hacen los españoles que tienen trabajo, son felices, capitalistas, alérgicos a Rosa Díez (así, en general) y poco inquietos por la representatividad de su comunidad autónoma?

    Tenéis 17 días para responder. Con calma, pero sin pausa.


  2. Domingos electorales XVI: Todos los santos

    Lo escribí el Martes 1 de noviembre de 2011

    El paro, los mercados. El aburrimiento, el cenagal. No hay nada más denso, más árido y menos agradable que una campaña política cuando se torna económica, númerica y estadística.

    Al final, siempre nos ocurre lo mismo: se presentan los programas electorales, un par de sacrificados periodistas se los leen y, por lo demás, seguimos confiando en los himnos y fanfarrias para elegir candidatos. En su guapura y afabilidad ingénitas, a fin de cuentas.

    Por eso hemos sido siempre impredecibles y por eso, en este día de Todos los Santos, conviven titulares de todo pelaje. En especial pesan (y son especialidad de la casa: no me molesto siquiera en enlazar uno solo) los que, con un par de tirabuzones lógicos logran sacar en portada al candidato de turno, sonriente, con un titular demoledor del tipo: «Rajoy prohibirá los chimpancés en las piscinas públicas» o «Rubalcaba quiere devolver España al siglo XIX» o «Rosa Díez subvencionaría [importante el condicional] la masonería especulativa» o «Cayo Lara se decanta por el Athletic de Bilbao».

    ¡Feliz día de Todos los Santos! Ahora deberíamos quedarnos en y con los datos, con lo objetivo y necesario. Pero nuestra idea de rigor es, por desgracia, otra. Es menos mensurable y mucho más visceral: depende del aspecto, de la confianza, de lo que en ese momento nos pida el cuerpo.

    En un día como hoy, que es fiesta de guardar, supongo que, de hacer una encuesta, Rajoy, ese líder familiar y cercano, llevaría ventaja. Si mañana hace sol y nos levantamos con ganas de pelea, puede que Rubalcaba lleve más posibilidades. O, caso de leer las páginas salmón, igual nos da por aferrarnos a Izquierda Unida (los mercados, ya se sabe, los mercados).

    Lo mismo da que da lo mismo: todos esos factores que no son los tronchos pesan más de lo que desearíamos. Por eso, al final, nos veo consultando antes la información meteorológica que las previsiones económicas. Que gane quien pueda.


  3. Rubalcaba, ¿presidente?

    Lo escribí el Martes 25 de octubre de 2011

    Hace un tiempo me dio por pensar qué pasaría si ningún pronóstico se cumpliera. Qué pasaría si Mariano Rajoy no se convirtiera en el próximo presidente de España, sino, inexplicablemente, Rubalcaba. Y, dándole vueltas, a medida que se acerca el 20 de noviembre, me he dado cuenta de que esa perspectiva es posible.

    Creo que las propuestas del Partido Popular, aunque abarquen todos los ámbitos, no dejan de apostar la victoria a dos caballos aparentemente ganadores: economía y empleo e imposibilidad de hacerlo peor que el gobierno de Zapatero

    En su entrevista de presentación para la nueva ABC Punto Radio, Melchor Miralles dijo: «Creo que [Mariano Rajoy] será mejor presidente que candidato». En eso estamos de acuerdo. Pero las elecciones las ganan los candidatos, no los mejores presidentes potenciales. O al menos, así sucede en un país impulsivo y errático como este.

    Rubalcaba sabe sacar jugo a las ventajas que tiene que, creo, son las siguientes:

    1. Desmarque de Zapatero. El PP acusa la herencia socialista: la situación de las arcas públicas que han encontrado en las autonomías y la supuesta dificultad para sanearlas. Este mensaje ha sido una constante desde las elecciones regionales. Pero si ese electorado no ve resultados en menos de un mes, no tendrá por qué comprar la oferta de Rajoy más que la de Rubalcaba. Este, por su lado, reconoce el lastre y lo achaca a los mercados, bancos y demás entes abstractos. Esos molinos son, en la mente del votante, enemigos que combatir, una pelea por delante. La herencia, una excusa.
    2. Lucha antiterrorista. El supuesto fin de ETA la semana pasada es una baza mucho mayor de lo que parece, como dije este domingo.
    3. Relaciones internacionales. En un momento en el que España está menos en el mapa de lo que nunca estuvo, en el que se cuestiona incluso nuestra permanencia en el Euro, las relaciones internacionales son cruciales. Aparentemente, Francia y Alemania son las amantes a las que seducir. El eje potente europeo, en fin. Puede, de esta forma, que acabar con esa alianza sea vista como la opción más valiente. Puede que quien se atreva a «levantar la rodilla del suelo» se lleve el gato al agua. A Rubalcaba las ilusiones se le dan de miedo: quizás él sea capaz de crear la quimera de la autosuficiencia de puertas adentro.
    4. El factor sorpresa. Rubalcaba es el maestro de las sorpresas. Frente a la agenda lenta, taimada, sólida de Rajoy, Rubalcaba apuesta por los golpes de efecto. La campaña no ha comenzado: eso será el próximo 4 de noviembre. Entonces empezará el chorreo de titulares, y en ese terreno, desde luego, el socialista sabe desenvolverse.
    5. Desgaste y ataque. Ganar unas elecciones implica, desde la semántica, vencer al rival. En ese plano, Rajoy ataca de frente: Empieza el cambio. Cambio de algo malo por algo bueno, se entiende. Rubalcaba prefiere, por su parte, utilizar otros lemas: escuchar, hacer, explicar. No hay carga negativa por ningún lado: Obama no arrasó en 2008 con el Change we can believe in, sino con el Yes we can. Potencia ante negatividad como punto de partida.

    Claro que también puede ser que los pronósticos se cumplan. De momento, observar y debatir. Aquí estamos.


  4. Domingos electorales XV: La manzana envenenada de ETA

    Lo escribí el Domingo 23 de octubre de 2011

    Desde que empecé con estos domingos electorales he creído que el fin de ETA sería crucial para Rubalcaba. Mucha gente me ha dicho que no, que de ese árbol no iba a crecer ningún fruto aprovechable. No, quizás, para un candidato torpe. Para el candidato Rubalcaba, ha empezado la vendimia.

    Alfredo P. Rubalcaba lleva desde el anuncio de ETA, el jueves pasado, dando las gracias a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Y usando una sutil primera persona, como en el titular de la doble entrevista de este fin de semana en Público (del divorcio con El País hablamos otro día, si queréis): «Fuimos a por los terroristas, no a por los independentistas».

    De esta forma, no se está atribuyendo ningún mérito ni colgándose ninguna medalla: de eso ya se ocupan sus seguidores y electores. Es inevitable asociarle al Ministerio del Interior en el que fraguó esta baza que ahora tan dulce sabe.

    El siguiente paso (y el más hábil) ha sido dejarse llevar por la euforia generalizada. ETA se ha acabado, qué bien. El Partido Popular, entre tanto, trata de poner cordura y de pedir serenidad: esto no se ha acabado, queda muchor por andar, vamos a ir despacio. No nos lancemos.

    El PP es ese empollón que apaga la música a las doce para no molestar a los vecinos. Y todos le dan capones, por aguafiestas.

    En tan solo tres días, y más con el reportaje de Público, Rubalcaba ha logrado erigirse como el optimista que quería el fin de ETA, mientras que, en ese imaginario, el PP asume el rol de partido necesitado de un enemigo para «tener algo que hacer». Todo ello, sin que Rubalcaba se cuelgue una sola medalla: no, no, por favor, gracias, pero yo no he hecho nada.

    Estamos a menos de un mes de las elecciones. Los etarras han esquivado el peor de sus posibles finales justo antes de que el tren les pasara por encima, y se ha levantado una tormenta, con este asunto, que ha opacado durante toda la semana la vivienda, los recortes, la deuda, y todas esas cosas que al final, al votar, a los españoles nos importan un comino.

    Ya sabíamos que Rubalcaba no iba a jugar a la campaña y constante. Sabíamos que iba a recurrir a los hachazos, a los golpes de efecto y a una agenda determinada: no tiene por qué haber calculado lo que ha ocurrido esta semana, pero sí es seguro que ha sabido sacarle provecho.

    Digan lo que digan, el 20N puede ocurrir cualquier cosa.


  5. Las buenas noticias (el fin de ETA)

    Lo escribí el Viernes 21 de octubre de 2011

    Unos se alegraron ayer porque estiman que el comunicado del cese definitivo de la violencia de ETA supone su final. Se habrán llevado un chasco tremendo al escuchar hoy a Rufi Etxebarria que este no es el fin del conflicto, aunque solo sea político. Conflicto, haberlo, háylo.

    Otros no nos alegramos de que ETA se acabase porque lo dijera, sino por lo que implicaba el comunicado: que están acabados. Esa salida altanera del escenario, por chulesca que haya sido, no deja de ser una salida que, como no poca gente sabe, es una derrota.

    Desde ayer he intentado leer y detectar las opiniones no solo de los políticos, sino de los tuiteros y opinión pública en general. Juntándolo todo, diría que ahora tenemos cuatro vertientes de opinión fundamentales:

    1. Los escépticos, como Pedro J., que hablan de tregua trampa.
    2. Los que critican a los primeros por eso, por escépticos, y prefieren lanzarse a los brazos de la alegría.
    3. Los inflexibles, que hasta que los etarras no pidan perdón y entreguen las armas no se darán por satisfechos.
    4. Los victoriosos por la llegada de la paz, que consideran (casi igual que los del segundo grupo) que cualquier pega son ganas de remover lo irremovible.

    Por desgracia, ninguna de estas cuatro vertientes lleva la razón del todo. Este no es el fin de ETA, sino un reconocimiento implícito de que ese fin está cerca. Ese fin será policial, no nos engañemos. Ya lo decía el lunes: ETA no se va a acabar el día D a la hora H, por mucho que busquemos la foto para el recuerdo.

    Lo que ahora toca es que Policía y Guardia Civil, exultantes de felicidad (y con razón) sigan haciendo su trabajo. La concordia para con los terroristas ni es ni será una opción –nunca lo ha sido– pero tampoco hay que olvidar que no hay nada peor, para restañar heridas, que meter el dedo en la llaga.

    Existe un sector de la sociedad vasca que aprueba parte de las reivindicaciones abertzales: prueba de ello es la llegada de Bildu a las instituciones. Y dentro de ese sector, una parte estima que la violencia etarra estuvo justificada en un momento dado.

    Por lo tanto, es esencial que separemos a quienes promueven, incitan y practican la violencia y a quienes la han justificado pasivamente en algún momento. Entiendo que en el ideario de esas personas determinados actos terroristas tienen legitimidad. Ahí reside la clave del equilibrio deseable para el País Vasco.

    Solo lo lanzo como un hecho –no seré yo quien se atreva a proponer una solución o a repartir culpas–: por un lado tenemos terroristas, acabados y finiquitados desde ayer; y por otro a quienes les entienden de una forma o de otra.

    Esas son las brasas que quedan. Esperemos que alguien sepa apagarlas sin soplar.