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Bah

  1. Cazadores de dragones

    Lo escribí el Viernes 15 de octubre de 2010

    Hoy ha tenido lugar la entrada oficial en el Máster, con nuestro director técnico, Alfonso Armada, mentando a David Remnick, director de The New Yorker, y a ese concepto de excelencia que aquí (conste que ayer decía «allí») perseguimos. Con él han coincidido tanto Bieito Rubido, nuevo director de ABC, y María Jesús Casals, cara catedrática del Máster.

    En fin, así y todo, me gustaría quedarme con el primer «flash» que nos ha plantado, a bocajarro, Fernando García de Cortázar, eminente historiador responsable de varias Terceras del vetusto diario y de la lección inaugural de hoy. Nos contó la historia de cierto mandarín que adiestraba a sus alumnos en la caza de dragones, hasta que una muchacha le preguntó para qué serviría aprender semejante cosa, si los dragones no existían: «Pues para que vosotros montéis vuestra propia escuela de dragones y enseñéis a otros».

    Este mal, el de la trampa mortal del bucle académico que azota la Historia, no debe contagiarse al periodismo. Y la sonrisa que se me escapó en aquel momento inesperado vino motivada, especialmente, porque ese bucle, en fase germinal, fue el que padecí durante los cuatro años de Traducción e Interpretación. Claro que hubo grandes momentos y grandes personas, pero eran sólo escuálidas truchas asomándose en un río bastante proceloso.

    En fin, sólo el poder de la imagen que evoca el título de esta entrada ya servirá para formarse una idea de los tintes heroicos con los que hoy empezamos a asumir la tarea que nos espera: unas cañas, extendidas hasta el filo de las seis y media de la tarde, nos han servido para pasar de la conversación frívola y contenida por la presencia cercana de un profesor a un encendido debate sobre el sistema electoral español. Quienes estábamos en aquella terraza (siete alumnos), sorbimos alucinados y silenciosos dándonos cuenta, repentinamente, de por qué estamos donde estamos: porque somos unos locos con tendencias discretamente osadas.

    Otra buena (primera) impresión, otro bocado –¡qué rico lomo ponen en los actos de ABC!– con el que empezar a asumir que el baño con hidromasaje, gran protagonista del Máster, no es lo mejor que nos espera.


  2. Arranca el Máster ABC 2010-2011

    Lo escribí el Miércoles 13 de octubre de 2010

    Pongo este titular como pequeño guiño a la sesión de hoy, que ha marcado el inicio del curso  y una primera toma de contacto con lo que será nuestro día a día. Mañana tendrá lugar la presentación oficial.

    En fin, la mayor preocupación hoy era conocer la orientación del Máster y a las 14 personas con las que compartiré esos metros cuadrados de la segunda planta de ABC durante los próximos meses.

    El planteamiento se dejaba intuir en las pruebas de selección, pero hoy, para alegría y jolgorio de los presentes, se ha confirmado: en primer lugar, la ideología se queda en la puerta. El ejemplo, tal y como ha explicado Alfonso Armada, es el de The Wall Street Journal, en el que la redacción de información y la de opinión están perfectamente divorciadas: hemos venido a ser (buenos) periodistas. En segundo lugar, va a haber curro para parar un tren; en tercer lugar, los estándares por los que vamos a guiarnos pasan bastantes kilómetros por encima de lo que se nos exigirá profesionalmente el día de mañana.

    El hecho de que la actividad principal sea conversar, leer y practicar, practicar, practicar; con el aderezo teórico justo y necesario, es el otro gran augurio.

    Y que estas quince almas parezcan estar dispuestas a aprender antes que a masacrarse mutuamente puede facilitarnos mucho las largas horas que pasaremos allí metidos.

    De momento, ganas de madrugar, leer y trabajar… Y que dure, oigan.


  3. Últimas tardes con Teresa

    Lo escribí el Martes 12 de octubre de 2010

    Ultimas tardes con Teresa

    Juan Marsé

    Barcelona: DeBols!llo, 2009 (original de 1966)

    470 pp.

    Probablemente, el libro más conocido de Juan Marsé. Y digo «libro» no por azar, sino porque no se trata de una novela al uso. Especialmente, por su carácter de ensayo, en cierto modo: leyendo algún Marsé posterior se puede observar cómo la historia del entrañable Pijoaparte y lo que la rodea no son tan importantes como el camino literario que el autor empieza a trazar.

    No sé muy bien cómo, pero el relato ensimisma cuando tiene que ensimismar –los alucinados párrafos corridos, tan ambiciosos– y precisa cuando tiene que precisar: por algún motivo, el lector tiene la sensación permanente de que las escenas culminantes, a las que Marsé se refiere en el prólogo a esta edición, son efectivamente el pilar sobre el que se sustenta toda la obra. Los colores, los olores, los paisajes, los movimientos –metáforas aparte– cobran una vida que sólo es posible con una escritura acelerada y concentrada.

    Se nota la falta de edición en algunos pasajes, aunque no molesta; se nota, también, lo cercano y conocido que es todo el universo plasmado para el narrador; pero lo que no se nota hasta haber pasado la última página es la construcción del héroe. Cualquiera podría ser Pijoaparte, cualquiera entiende al joven Manolo Reyes y a las muchachas y personajes que van desfilando por su vida. Es lo suficientemente complejo y elaborado como para que una descripción proletaria y baratera –que, viendo la época, sería lo oportuno– quede excluida del horizonte desde el primer momento.

    Mandan todas sus facetas, entre las cuales podemos elegir; manda el razonamiento maduro y meditado de las emociones que le conducen al siguiente paso.

    Manda, en definitiva, la sinceridad: literaria, intelectual, y artística. Y, qué narices, que es una novela incomparable.


  4. Abrirte los ojos

    Lo escribí el Lunes 11 de octubre de 2010

    Creía que no disfrutabas,
    en absoluto, de la oscuridad.
    Es más, creía que las luces,
    esas luces, estaban rotas y no apagadas.

    Mandaron encenderlas, y en ese
    confuso primer momento vi tus ojos,
    castaños, acurrucarse con rapidez.

    Los cerraste con tantas ganas,
    esos ojos, que los oí luxarse.
    Los encerraste bajo los puños,
    esos ojos, para no oírme.

    Pero decidí abrirlos. Abrirlos,
    sin palabras, con silencio.
    Luego con palabras, con estruendo.

    Luego los abrí, los trepané.

    Los abrí, los sorbí.

    En tus ojos ya no
    hay luz, no entra.

    Tranquila.


  5. Adiós a Solomon Burke

    Lo escribí el Domingo 10 de octubre de 2010

    Leo en The New York Times que el mítico Solomon Burke ha muerto hoy en Amsterdam. Según un artículo de prensa holandés, concretamente en el vuelo desde Los Ángeles: iba a presentar su nuevo disco, con la banda De Dijk.

    Solomon Burke es famoso –más o menos– por haber concebido la archiconocida Everybody needs somebody to love. Pero lo que realmente me interesa de esta enorme estrella del soul (en algún lugar leí que se llevaba a una de sus hijas de gira para secarle el sudor, y cantaba en un trono) es su figura, su efigie de unos años a esta parte.

    Cualquiera que consulte la discografía de Solomon Burke verá que es inabarcable: forma parte de ese equipo de artistas currantes y muy dados a inundar el mercado, a un ritmo frenético del que salían cosas geniales y otras mucho más del montón. Hablo de los años 60 y 70, cuando se dio el esplendor auténtico de Solomon. Luego, claro, llegaron esos jovencitos con greñas a comérselo todo en los 90 y en los 2000 él, como tantas otras estrellas de su quinta, se embarcaron en la típica aventura crepuscular con un productor de relumbrón.

    Don’t give up on me (2002) es un gran disco, no obstante. Y, especialmente, Nashville (2006): no tienen tanta personalidad como lo que ha hecho un chaval que empieza o incluso un artista que se apaga (pienso en los American Recordings de Johnny Cash), pero transmiten algo, no sabía lo que era.

    Un tiempo después leí en una entrevista, creo que en Rolling Stone: hablaba de los enecientos mil hijos de Solomon, de lo que se volcaba con la familia (en el sentido más «domingo de iglesia-barbacoa-traje nuevo»). Coincidía, además, con un reportaje de cocina sureña estadounidense en algún sitio: cómo hacían esos pasteles, ese pollo, ese cerdo…

    El caso es que la acumulación de sensaciones acabó por meter esos dos discos en el grupo de obras que se cargan de un significado más emocional que musical, que se alinean con determinado momento personal, vital, y con esas lecturas para configurar, en definitiva, una imagen mental a la que de vez en cuando me resulta grato acudir.

    Por eso, por haber logrado colarse en casa, le echaré de menos.