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Bah

  1. Ganadores y vencidos

    Lo escribí el Lunes 21 de noviembre de 2011

    Me he levantado esta mañana y el cielo no parecía más azul; el café sabía igual y, por lo pronto, el mundo no se ha acabado. Pero teníamos un nuevo ganador de las elecciones generales y próximo presidente de este país; y teníamos un nuevo candidato vencido, sobre el que ahora cae el peso de la derrota. El insoportable peso de la derrota.

    Lo que anoche quedó claro fue que el PP ganó las elecciones de calle y que la oposición sufrió el mayor castigo, que es no solo perderlas, sino desintegrarse en un montón de partidos cuyas reuniones, creo, serán como un grupo de niños jugando juntos solo porque tienen la misma edad.

    Como ciudadano, no me interesa hacia dónde va el PSOE ni, si nos ponemos pretenciosos, la social democracia europea. Tampoco me interesa qué PP tenemos delante, si Rajoy lee menos o si lee mejor los papeles en público.

    Me interesa, solo, que una vez más nos quedamos en que ahora «le toca a la derecha» y que luego «le tocará a la izquierda». Esa terminología venenosa, cansina y adaptada al gusto de esos señores que leen con suficiencia The Economist una vez al año solo nos ha permitido enrocarnos en un sistema poco exigente y polarizado.

    Supongo que el contrapunto a esto son esos mini partidos que han sacado mil votos o, en su defecto, quienes han acampado en una plaza para pedir un cambio. En fin, me quedo con que ayer en Sol había más periodistas y policías que manifestantes: la revolución se acabó. Pongámonos serios porque toca vigilar, criticar, proponer, fiscalizar y comprender lo que va a hacer este nuevo gobierno. Sin cacerolas, mejor.

    Dicho todo lo cual, si diez millones de personas han votado a Mariano Rajoy y este sigue siendo –al menos de momento– el sistema electoral que nos rige, es nuestro nuevo presidente. Cuanto antes lo asuma quien sienta asco; y cuanto antes olvide la euforia y el revanchismo quien lo celebre por todo lo alto, antes podremos empezar a ver cambios.

    Yo me he levantado esta mañana y el cielo no era más azul, y el café seguía sabiendo igual. El mundo, parece, no se había acabado.


  2. Último día de campaña

    Lo escribí el Viernes 18 de noviembre de 2011

    La deuda se desboca, el advenimiento se acerca y las elecciones, también. No hay nada que nos guste más a los españoles que un buen meneo 72 horas antes de ir a votar, otro más a 48 y, a ser posible, un susto morrocotudo de cualquier índole mañana, que nadie puede hablar.

    Así están las cosas hoy, último día de campaña: la deuda española sube como un soufflé y ya nadie piensa que la culpa sea de la herencia zapateril. Es más, creo que cada vez tenemos más claro que la desconfianza en nuestro país no es por lo que queda, sino por lo que viene y su aptitud para hacer frente a la peliaguda situación en la que nos hemos metido, como se puede leer en el New York Times, por ejemplo.

    Por otro lado, creo que lo que esta campaña ha hecho, ante todo, ha sido nivelar la opinión sobre ambos candidatos a ojos del votante medio. Rubalcaba y Rajoy se han ensimismado en una guerra de cifras, explicaciones, planes ocultos, y reproches que no beneficia a ninguno de los dos o que, en todo caso, beneficia al que era caballo perdedor de salida: Rubalcaba.

    Para completar el panorama (recuerdo que no me fío de las encuestas, prefiero mis israelitas personales) nos encontramos ante la subida de Equo con una propuesta que suena fresca y naïve; la de UPyD con un discurso solvente y alternativo; y la de Izquierda Unida con un tirar la casa por la ventana en plan agresivo que no está dando malos resultados. Los primeros captarán a parte de los que nunca votan; los segundos, a los que están hartos; y los terceros, a los convencidos y cabreados.

    En un momento como el que atravesamos, también creo que en cada Comunidad Autónoma van a subir los partidos regionales y nacionalistas, con lo que la fragmentación del voto va a ser clave en estas elecciones.

    Por último, y a pesar de los esfuerzos del PP por sortear el triunfalismo, me parece que Rajoy corre un riesgo tremendo de que los buenos datos tengan un efecto boomerang y que, por tanto, se tope con un voto de castigo mucho más alto del esperado.

    En poco más de una hora habrá rueda de prensa, al término del último Consejo de Ministros, con Elena Salgado y José Blanco. Esta también será decisiva.

    Creo, en fin, que no hay nada decidido por muy claras que parezcan las cosas. Si Rajoy no obtiene una mayoría absoluta el domingo, lo cual no me parece del todo descabellado, la batalla se librará en los pactos. Y en ese terreno, me temo, Rubalcaba tiene más que hacer que él.


  3. Domingos electorales XVIII: El rey de las encuestas

    Lo escribí el Domingo 13 de noviembre de 2011

    Es probable que el declive de un español empiece cuando se pone al lado de las obras de un párking a descubrir las deficiencias del encofrado. Es posible, de esta misma manera, que cuando suena el teléfono y al otro lado de la línea haya un encuestador de Metroscopia, o de Sygma 2, o de DYM, o del CIS, ocurra lo siguiente:

    –Hola. ¿Es usted mayor de edad, y votante?

    –Sí.

    –¿A quién va a votar?

    –Al PP.

    –Gracias, buenas tardes.

    –Buenas tardes.

    Yo no dudo de lo científico que entrañan estas cosas, pero sí estoy casi seguro de que hay un porcentaje muy superior al margen de error previsto que, por pudor o por el efecto ese-encofrado-no-aguanta-dos-asaltos dice que lo que cree que va a ocurrir y no lo que, realmente, va a votar. Que un encuestador te pille diciendo que vas a votar a Equo es, supongo, como que el médico te pille con la ropa interior sin lavar.

    Así hoy, cuando solo falta una semana para que sepamos quién nos va a gobernar durante los próximos ¿cuatro? años, todos los periódicos nacionales han hecho sus respectivas encuestas y titulan así:

    El PP adelanta en 20 puntos al PSOE y afianza una aplastante mayoría absoluta

    ¡Dios mío! Tranquilos, luego hay que leer el subtítulo  (las negritas son mías):

    Rajoy obtendría una posición de gobierno holgada, mientras que los socialistas caerían por debajo de las cotas de Almunia.

    ¿Habéis notado algo raro? ¿Sí? En efecto, todas y cada una de las entradillas están escritas en condicional.

    El grandonismo ibérico, este que nos obliga a conocerlo todo de antemano (o pretenderlo) es el que al final acaba haciendo raros  en el último momento: no dudo de la solvencia de los resultados a grandes rasgos, pero sí de que las diferencias sean tan marcadas y de que ese sorprendido ciudadano, que acababa de terminarse un plato de judiones con panceta, no dijera lo primero que le vino a la mente o lo que, según sus dotes de análisis, sucederá.


  4. Desafección

    Lo escribí el Martes 8 de noviembre de 2011

    Yo vi el debate en el Hotel Barceló de Oviedo, para elaborar una crónica sobre cómo lo seguían los militantes del Partido Popular aquí, en Asturias. Lo vi casi entero sentado entre los simpatizantes y militantes más jóvenes, que me ofrecían pincheo, tuiteaban y vitoreaban, reían, pataleaban con las intervenciones del suyo o del contrario.

    «Esto ye como un partido de fútbol», reía uno. Tanto allí, en Oviedo, como en la Casa del Pueblo en Gijón, donde se congregaron los socialistas asturianos, diría que había más animosidad que gente: por la competencia de uno; por las convicciones de otro. Da igual. La crispación, solo camuflada por la llamada a la colaboración de los últimos veinte segundos de debate, seguía vivita y coleando. «¡Dale, Mariano!»

    Entiendo que los análisis en torno a la solvencia de cada líder en su parcelita dialéctica tienen más que ver con ese ansia por saber quién gana, por qué gana y por qué se va a hacer con la presidencia de la Moncloa que con cualquier otra cosa. Quizás eso no me importe (hablo como ciudadano, ahora) porque no me sentí identificado con el debate ni con nada de lo que en él se habló. Quizás porque no alcancé a ver políticas, propuestas que vayan a afectar a mi futuro en nada, o al menos no las sentí cercanas. Quizás porque, a pesar de que determinadas cosas me hacen saltar de la silla, estuve cómodamente apalancado durante dos horas.

    Más desafección, desazón, PESADEZ con mayúsculas. Los cinco millones de parados son los protagonistas de esta campaña y de las próximas elecciones. Las historias dramáticas que envuelven la crisis son el juguete, la herramienta, el tema de moda. No hay un esfuerzo real por arreglar nada, ni juntos ni separados, ni desde La Moncloa ni desde la oposición: el esfuerzo ahora se limita a contar qué y cómo se va a hacer para que baje ese número que sale de la EPA a atragantarnos el desayuno. Es muy distinto.

    Y ya podremos seguir con cinco millones de parados dentro de doce legislaturas que si el número se queda como está cualquier portavoz medianamente competente sabrá inventarse una estabilidad positiva, aceptable y relajada. Podremos volver a ser felices.

    Ya nos vale. La raíz del problema, propio o ajeno, no siempre se encuentra encarnada en algo o alguien. No siempre hay que echar a uno para poner a otro; ni castigar a aquel para premiar a este. No todo es una hecatombe sistémica y permanente; no vivimos constantemente al borde de un precipicio. Tenemos tantas ganas de replantearnos toda nuestra existencia cada veinte minutos (cada cuatro años, para ser exactos) que parecemos tener ganas, urgencia por partirnos las caras. Y aquí el que gana siempre es el mismo: el que sea capaz de sonreír más mientras se la parten.

     


  5. Domingos electorales XVII: Huele a Europa

    Lo escribí el Domingo 6 de noviembre de 2011

    No es cosa nuestra, se lo tragaron todos. Se lo tragó todo el mundo, cuando Papandréu saltó con el bendito referéndum esta semana: mercados, dirigentes y una señora que pasaba por allí empezaron a tirarse de los pelos y a gritar histéricamente.

    Luego resultó que no, que con montar un gobierno de coalición valía. Es decir, Papandréu mandó un órdago a su oposición y el hermano mayor, el de la mesa de al lado, fue el que más nervioso se puso. Y con él, nosotros: a España no se le acaba de quitar esa sensación de que Grecia solo es el primero en la caída en dominó. Nosotros vamos luego.

    En cualquier caso, todos los analistas, y los mejores analistas del mundo, coincidieron en un primer momento en leer el movimiento griego como una estrategia de puertas afuera. Luego, cuando a las 48 horas resultó que no era así, a más de uno se le cayó la mandíbula al suelo y optó por esconder, prudentemente, la patita.

    Esto me lleva a pensar que no solo no somos importantes, sino que, si en su lectura de la realidad española Europa va a ser así de torpe, más nos conviene no abrir los micrófonos fuera de Madrid. No vaya a ser que el próximo presidente lance un mensaje teledirigido al líder de la oposición y acaben viniendo, qué sé yo, a arrancar a los pescadores sus ayudas.

    Frivolidades aparte, parece que con Europa a un par de horas en puente aéreo corremos, en este contexto de miedo, más peligro de salir mal parados que muy beneficiados.

    Corremos mucho riesgo de, en un esfuerzo miedoso por barrer la casa antes de enseñársela a la suegra luxemburguesa, empezar a aislarnos de nuevo, empezar a estar sin estar. Empezar a creernos, en fin, eso de que en Europa no pintamos nada más que por la Erasmus y por los euros (¿pesetas?) que algún día nos darán para terminar el AVE.