RSS Feed

Bah

  1. Valor de ley

    Lo escribí el Miércoles 23 de febrero de 2011

    Decir de Valor de ley que es un peliculón es muy osado. Decir que es la mejor película de las nominadas a los Oscar, más. Pero es tan rematadamente necesaria como la canción de Johhny Cash que suena en la página web oficial. Y eso la hace única.

    Siempre he sido un gran admirador de los westerns, de las historias que brindan un trasfondo sencillo, un entorno conocido y explotado hasta la saciedad pero siempre fascinante y, por qué no, unos paisajes alucinantes.

    Precisamente la fotografía de las noches son, tanto en esta película como en La red social una de las cosas que más me ha atrapado de las películas de este año.

    Pero volvamos a la última de los Coen, película que, además, según leo, ha sido la primera de ellos que ha sobrepasado una recaudación en cines de 100 millones de dólares en Estados Unidos. Esto debería darnos algo que pensar: ¿qué aporta este remake? ¿Qué tiene de novedoso? Nada, y todo al mismo tiempo.

    Porque Valor de ley logra hacer que lo complicado parezca sencillo, logra llevar el lenguaje cinematográfico un par de pasos más allá lavándole la cara a lo que ya conocíamos y trayéndolo a los cines de hoy. Estas películas, de enorme complejidad en muchos de los planos cinematográficos que hay que saber conjugar, son las que terminan por reunir en un cine al público más variopinto, las fábulas más inmortales del folclore de una nación en construcción que han ido saltando del relato oral a la música (véase Johnny Cash, pero también a sus predecesores y herederos).

    Igual que esos cuentos hablan no solo de una tierra (los paisajes que nos regalan la vista) sino de unos personajes, de un dramatismo, de una cierta moraleja en mitad de la nada (los que nos seducen los sentidos e impregnan las narraciones), Valor de ley no solo plantea por enésima vez ese mundo al que siempre nos gusta volver.

    Con su historia, con unas interpretaciones bien servidas, con una niña repelente, con una pizca de humor negro, con tiros y una épica tan, tan particular… Vuelve a conseguirlo.


  2. Cisne negro

    Lo escribí el Lunes 21 de febrero de 2011

    Vengo de ver esta película y creo que, en una hora, me meteré a ver Valor de ley con la única esperanza de dormir bien esta noche.

    Cisne negro no es turbadora por la crudeza inesperada de algunas imágenes, ni siquiera porque tenga un desarrollo especialmente sobrecogedor: lo es por los riesgos que asume. Lo es porque Aronofsky se embarca en la nunca fácil tarea de incluir al espectador en un viaje que ha sido contado mil veces, el del protagonista que no tiene más remedio que empujar sus propios límites primero, y sobrepasarlos después, para alcanzar el ansiado objetivo.

    En este sentido, los logros del director son dos: sacar de Natalie Portman el proceso, lograr que lo cuente, y al mismo tiempo conseguir que perdamos en los momentos precisos el interés en el esperado final para imbuirnos en el mero placer y sufrimiento de la caza.

    Portman está brillante, soporta todo el peso de la película y así construye, ella sola, el doble juego que tanto seduce al espectador: primero, nos obliga a sospechar hasta dónde se mete la propia actriz en el papel de la intérprete; después, tratamos de adivinar con interés morboso qué hay de Portman y qué hay de Nina. Hasta Vincent Cassel, que está inmenso, termina por borrarse, por desaparecer (y sabe cómo hacerlo) ante el chaparrón de talento que destila Nina.

    El guión camina con mucha firmeza en la primera mitad, luego se emborrona con algunos instantes de autoparodia y concluye con un final intencionadamente abrupto (en cuanto cae el telón, se acaba todo). Deja el regusto de la duda en cuanto a su intencionalidad; ahora bien, luego uno se pregunta: ¿hubiera sido posible dejar tanto margen de maniobra a Portman y a Aronofsky sin perder el control de la película? Probablemente no.

    La propia tensión entre perfección, entre intención y desmelene existe en la película… ¿Una historia dentro de otra historia, quizás?

    Cisne negro solo gustará a los espectadores cuyos propios límites haya logrado pulsar, una película de las que jamás se podrán ver con objetividad y rigor cinematográfico. No es ni buena ni mala, ni clásica ni moderna. Es, sencillamente, la que es, para ser consumida en el momento preciso. Todo un riesgo; pero también un acierto.


  3. Eurovisión (esto es una mierda)

    Lo escribí el Domingo 20 de febrero de 2011

    El músico, el artista o cualquiera que dé la cara en un escenario se enfrenta, como hecho inherente a la profesión que ha elegido, a la crítica más dura y difícil de rebatir, la intelectualmente más elevada: «Esto es una mierda».

    ¿Qué se puede responder ante semejante despliegue argumental? Poco. Lo mejor es pasar. Sobre todo cuando uno es consciente de que el trabajo que ha hecho está objetivamente bien: la música, que tomaré como caso aquí, consiste en tiempos, armonías e instrumentación. Consiste en matemáticas, en números y en ondas que son las que son. Lo que cada cual haga con ellas va con él y con ella y con su conciencia. Ese es el primer filtro.

    Una vez colocado todo en su sitio, podemos pasar a contemplar otros matices: originalidad, frescura, ejecución, soltura, color… Y aquí no hay nada escrito; es imposible evaluar qué es bueno y qué es malo. Aunque yo propongo una vara de medir, creo que la más aceptable: sinceridad. Es difícil de explicar, a veces incluso de percibir, pero por plano que resulte, el artista que se arremanga y se mancha las manos con lo que hace, el que se machaca no por la fama o el éxito (solamente) sino por una convicción más honda, merece, por lo pronto, respeto. Eso tampoco podrá ser una mierda.

    Dicho lo cual, estimo sin pudor alguno que la canción que este año nos representará en Eurovisión es una mierda. Con todas las letras.

    La tal Lucía Pérez es la que menos culpa tiene de este descalabro musical, aunque no está exenta de su parte. Lo digo porque:

    a) La melodía le pilla fuera de tono. El uouo este le queda bastante alto, y tiene que forzar la voz. No sé si es porque no le da para más o, sencillamente, porque a quien haya producido esto no se le ha ocurrido la sencilla idea de bajar la canción un tono. Uno. Más fácil, imposible.

    b) Una cosa son las licencias literarias y otra, muy distinta, es tener los santos redaños de escribir:

    Pero a fin de cuentas he disfrutao

    de todo lo bailao

    c) Cuando la voz de alguien no llega, no puedes intentar taparlo con autotune y un reverb más bestia que hay en el baño.

    d) Si vas a meter coros para tapar el desaguisao (ya me estoy imbuyendo) no es necesario que los interprete una coral de tabernarios.

    Esas son las cuatro cosas, digamos, objetivas que se pueden señalar para justificar que es una de las peores canciones jamás escritas. Podría, con menos frialdad, meterme en razonamientos, pero ni siquiera estoy seguro de que merezca la pena comentar la armonía, los arreglos y la estructura.

    Y bien por Lucía Pérez y por quien haya perpetrado esto. Nos vemos en Eurovisión. Abajo, abajo.


  4. Cercas vs. Espada, crónica de una polémica (absurda)

    Lo escribí el Jueves 17 de febrero de 2011

    Bueno, leo que Arcadi Espada ha publicado en su blog que Javier Cercas fue identificado por la Policía en un burdel de Arganzuela. Y El País se hace eco a todo trapo del asunto, consulta con el «afectado» y este se enfada un montón.

    Y entonces resulta que todo se debe a una encarnizada rivalidad entre ellos, que al parecer ha alcanzado algunos picos de tensión reseñables, debida a… que la ficción en el periodismo. Un tema por el que merece la pena morir defendiendo nuestras posiciones, ¡faltaría más!

    Uno pensaba que este tipo de polémicas habían quedado superadas hace cien años, excluyendo, claro, a quienes dedicaron sus esfuerzos a parodiar a los literatos peleados por sus respectivas poéticas y a los imbéciles funcionales.

    Pero ni Espada ni Cercas son imbéciles (creo, por lo que les he leído); no obstante, ambos dos parecen haber encontrado cierto placer soterrado en esta absurda discusión sobre los límites de la verdad en el periodismo. ¿Por qué? Se me escapa.

    La vocación por meter en alguna categoría, por enmarcar la crónica periodística es jugosa por infinita, pero absurda por estéril: Leila Guerriero –a la que podéis leer aquí–, con la que estuvimos charlando la semana pasada,  defendía con naturalidad y un sutil encogimiento de hombros que prefería la realidad a la ficción, para contarla, porque le resultaba más interesante. Explicaba cómo sumergirse en una historia concreta, narrarla de arriba a abajo le vale la pena, le ensimisma y, entiendo, le entusiasma. La literatura está bien, pero para matar el rato. Mirad qué fácil.

    Cercas es, seguramente, mucho más relajado para eso: ni siquiera él se atrevía a calificar Anatomía de un instante de crónica, tampoco de novela, y dedica el extenso prólogo a explicarse (o a intentarlo). Espada es, por su lado, un enamorado de la verdad absoluta. Y así es como el segundo acaba llamando putero al primero, en un guiño metaliterario-privado que ayer dio el salto a la portada digital de El País para regocijo de las marujas literarias (que no son pocas).

    Discutir está bien; marujear, también. Pero viéndoles así enzarzados, uno se pregunta: ¿en qué momento decidisteis entrar al trapo?


  5. Freedom

    Lo escribí el Miércoles 16 de febrero de 2011

    Freedom

    Jonathan Franzen

    4th Estate: Londres (2010)

    562 pp.

    Cuesta saber por dónde empezar con Franzen. ¿Qué decir de él, si su literatura parece de lo más cotidiano, si se diría que no ha ocurrido nada, o poco, que realmente haya cambiado el mundo? Y es que ese es el truco: recurre a una historia tan normal –en un principio– que podría estar sucediendo a la vuelta de la esquina sin que nos estemos enterando. Luego los acontecimientos se van amontonando, van entrando en escena todo tipo de juegos, de giros, de filigranas aparentemente gratuitos. Y va colándonos la auténtica carga de la novela y, al pasar la última página (doblando el lomo, ya: no es que sea un folleto) buscamos un poco más de Franzen. Pero no, se ha terminado: ¿te lo has perdido? Eso pasa por parpadear.

    Tampoco es que sea difícil seguirle los pasos al relato. Está construido sobre un puñado de estadounidenses de hoy exagerados hasta sus respectivos estereotipos (estereotipos adecuados, digo), limitando el grupo a un número asequible de miembros. Asimismo la estructura, que alterna segmentos de aquí y de allí, lineal pero no llana, permite ir visitando cada una de las escenas con enorme agilidad. De no ser así, no habría por dónde agarrar Freedom.

    Y digo «de no ser así» con toda la intención, porque no creo haber encontrado el punto fuerte, la clave de la genialidad de Franzen. Existe, sí, uno se da cuenta a medida de que lee de que algo está ocurriendo; se identifica con este o con aquel, o con el que pasa por allí al fondo: todo es real y fascinante como un día normal. Puede que esa sea la sensación. Pero es imposible aislarla de todo lo que la rodea.

    No es tanto un ensayo o una crónica como una buena novela, una que da cuenta de su tiempo y de su pulso. No pesan tanto los hechos o la minuciosidad con la que se describen las interacciones entre los personajes (verosímiles, como digo) como el ambiente general, sus argumentaciones, lo que representan.

    Podría haber llegado a ser la novela que te cambia la vida de no haber sido por el plano emocional. La misma técnica utilizada para la construcción de los Berglund y alrededores en lo moral y lo ideológico llega hasta sus sentimientos y la manera en que encaran el paso del tiempo. Esto queda perfectamente reflejado y medido, cosa nada fácil de encontrar bien hecha, pero le falta, para ser redondo, un punto de sutileza. Perderle el miedo a dejar cosas sin decir que intuya el propio lector; incluso, por qué no, ocultárselas deliberadamente. No solo hacernos pensar, sino hacernos preguntas con algo de descaro.

    Pero ni siquiera estoy seguro de que sea un inconveniente. Ni siquiera estoy seguro de vaya a olvidarme de este libro. Ni siquiera estoy seguro de suficientes cosas tras terminar de leerlo como para no recomendarlo mucho, mucho.